13
Al final me liaron.
No sé muy bien cómo lo hicieron, porque juraría que había dicho que no unas treinta veces. Pero entre Sara, Marcelo y su extraña capacidad para hacerte cambiar de idea cuando menos te convenía, allí estaba yo otra vez, metiendo ropa en una mochila para ir a El Palmar.
Marcelo le había pedido la furgoneta a su hermano.
Era una camper completamente equipada, con un colchón enorme detrás donde cabíamos los tres para pasar un par de noches.
Llevábamos unas cuantas garrafas de agua para quitarnos el salitre y lavarnos la cara por las mañanas. Con eso nos bastaba. Lo demás ya iría saliendo.
Íbamos los tres sentados delante.
Marcelo conducía con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Vámonos!
Suspiré.
No me persigné porque todavía estaba decidiendo de qué religión hacerme en ese momento. Pero ganas no me faltaban.
Sabía que aquel fin de semana también iba a ser digno de recordar.
Marcelo pulsó el botón de la música y empezó a sonar la lista de Spotify que llevaba preparada.
Sara puso cara de asco.
—A mí no me vas a llevar todo el camino escuchando El Kanka, ¿eh?
Marcelo y yo la miramos como si acabara de insultar a un miembro de nuestra familia.
—¿Entonces qué quieres escuchar?
Le tendió el móvil.
—Venga. Cámbialo y pon lo que quieras.
Sara lo cogió sonriendo como Gollum cuando recuperó el anillo, y dos segundos después empezó a sonar Camela.
Marcelo y yo nos miramos horrorizados.
Sara ya estaba bailando en el asiento.
—¡Titiri tiri… tirititiri tititiritiri… !
Marcelo se llevó una mano a la frente.
—Lo mejor de todo es que encima no se sabe ni la letra.
Hizo una pausa y negó con la cabeza.
—Esto es descojonante.
Pero Sara iba a su bola oyendo Camela pasándoselo en grande.
Llegamos al pueblo.
Dejamos la furgoneta aparcada en la entrada y lo primero que hicimos fue bajar un rato a la playa.
La cosa iba sorprendentemente tranquila.
Sol, algún baño de vez en cuando, charlas, risas… Todo demasiado relajado para tratarse de nosotros.
A media tarde, Marcelo propuso ir a comer algo.
—Si esperamos más, luego no va a haber quien encuentre una mesa libre.
Nos sentamos en una cervecería del paseo.
Era uno de los bares a los que siempre íbamos cuando veníamos a El Palmar. Se comía bien, era barato y nunca fallaba.
Pedimos unas cervezas antes de decidir qué íbamos a comer.
Cuando nos dimos cuenta, llevábamos tres cada uno y todavía no habíamos pedido ni una tapa.
Ahí empezó a sonar una pequeña alarma en mi cabeza.
Me olía que aquello se nos iba a ir de las manos.
Por fin pedimos unos pinchos de tortillas, ensaladilla y unas mini hamburguesas que estaban de muerte.
La noche seguía yendo sorprendentemente bien. Hasta que a Sara se le ocurrió una de sus maravillosas ideas.
—¿Y si vamos al Savage?
A mí no me apetecía demasiado.
La última vez que estuve allí tenían la música tan alta que salí con el cerebro vibrando.
—Solo un rato.
Insistió tanto que al final acepté.
Llegamos y nos llevamos una sorpresa.
No estaba tan lleno como otras veces y, en lugar de DJ, había un grupo tocando en directo.
—Mira, pues esto sí me gusta —dije.
Pedimos otra cerveza y nos acercamos.
Y entonces lo vi.
Me quedé completamente paralizada.
El cantante.
Rubio. Pelo largo. Guitarra. Sombrero de cowboy.
Durante un segundo pensé que me estaba confundiendo.
No podía ser.
Pero sí.
Era él.
Mi «Jon Bon Jovi».
Durante la pandemia había intentado ligar conmigo por Facebook.
Como no podíamos salir, al principio aquello tenía hasta su gracia.
Hablábamos, nos reíamos, todo muy normal.
Hasta que dejó de ser normal.
Me contó que era cantante y yo bromeé comparándolo con Jon Bon Jovi. Mi artista favorito. Aquello pareció subirle la autoestima. De hecho, no sé cuántas veces llegó a decirme que era «mi Jon Bon Jovi».
Lo cierto es que la historia terminó como el rosario de la aurora. Sin habernos visto jamás en persona.
Y menos mal.
Ahora estaba allí.
En un escenario.
A pocos metros de mí.
Con la guitarra, el sombrero de cowboy y el pelo al viento.
Tragué saliva.
—No puede ser… —murmuré.
Marcelo me miró.
—¿Qué?
Negué rápidamente con la cabeza.
—Nada.
Intenté esconderme entre la gente.
Pero Sara, que siempre tenía que ponerse en primera fila, empezó a abrirse paso hacia delante.
Yo me quedé atrás.
Con Marcelo.
Cada vez que el cantante levantaba la vista hacia el público, yo me escondía entre la gente. Como si estuviese jugando al escondite.
Una vez.
Dos.
Tres.
Hasta que Marcelo acabó mirándome como si estuviera viendo a una persona completamente nueva.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Malu…
—Nada.
—Llevas cinco minutos intentando desaparecer.
Le di un buen trago a la cerveza.
—Marcelo —dije al fin.
—¿Qué?
Lo miré muy seria.
—Mírame bien.
Me observó durante unos segundos.
—¿Estoy muy cambiada?
Frunció el ceño.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Contesta.
Volvió a mirarme de arriba abajo.
—A ver… eres tú.
Se dio cuenta de mi cara y rectificó enseguida.
—Bueno, sí. El pelo ya te ha crecido un poco, pero aun así se te ve muy diferente, llevas otro estilo de ropa… estás algo distinta. ¿Por qué?
Respiré un poco más tranquila.
Igual no me reconocía de las fotos de cinco años atrás.
Miré otra vez hacia el escenario.
El cantante volvió a levantar la vista.
Nuestros ojos se encontraron durante un segundo.
Me agaché inmediatamente.
Marcelo abrió mucho los ojos.
—Pero ¿qué coño…?
Sara apareció entonces con una sonrisa enorme.
—¡Venga! Veníos delante.
La miré horrorizada.
—No.
—¿Cómo que no?
—Que no.
—Pero si siempre te gusta ponerte delante.
—Hoy no.
Sara me miró unos segundos.
Después miró hacia el escenario.
Volvió a mirarme a mí.
Y entonces, abriendo mucho los ojos, sonrió.
—Espera…
Yo ya sabía lo que iba a preguntar.
—¿Es él?
Suspiré.
—Sí.
—¡No me jodas!
Marcelo miró hacia el escenario.
Después me miró a mí.
—Un momento…
Volvió a mirar al cantante.
—¿El Bon Jovi?
Asentí.
Marcelo soltó una carcajada.
—¡No puede ser!
—Por eso nos vamos.
Sara abrió la boca para protestar.
Pero antes de que pudiera decir nada, se me encendió la bombilla.
—¡Vámonos al Pico de la Ola!
Los dos me miraron sorprendidos.
Sara sonrió.
—¡Vale!
No le di tiempo a cambiar de opinión.
Me di la vuelta y salí casi corriendo del local.
Y mientras atravesaba la puerta, tuve la sensación de que el cantante me seguía con la mirada desde el escenario.