12
Por fin habían llegado mis vacaciones y, la verdad, no había hecho ningún plan.
Sara llevaba varios días dándome la lata para que organizáramos algo para el fin de semana.
—Todavía me debéis una, Marcelo y tú. Después de la famosa noche de los franceses, yo también quiero vivir una noche así —me había dicho con cara de enfurruñada.
—Ni de coña —le contesté—. Yo ya he cubierto el cupo de fiestas por una buena temporada. Ahora necesito tranquilidad.
Sara me había mirado con cara de pocos amigos.
—¿Más tranquilidad? Si te pasas el día pegada al móvil viendo esos dichosos vídeos de tarot. Y ya me estoy cansando de tus manías con las tiradas.
Durante buena parte del verano había seguido empeñada en convertirme en tarotista.
Le había echado las cartas tantas veces a la pobre Sara que ya tenía como quinientas posibilidades distintas de futuro.
—Esto ya no hay quien se lo crea, Malu. Cada día me dices tres o cuatro cosas diferentes que me pueden pasar. Coño, con tantas predicciones, normal que aciertes alguna.
Pero a mí aquello me daba igual.
Yo seguía a lo mío. Y no pensaba rendirme por unos fallitos sin importancia.
Aquel viernes decidí salir a dar una vuelta.
El viento no acompañaba para ir a la playa, así que pensé que me vendría bien despejarme un rato.
Cuando pasé por delante del escaparate de una tienda me paré en seco.
¿Qué demonios hacía esa tienda ahí?
¿Cómo no la había visto antes?
Entré como un rayo.
Aquello era mi perdición.
Me gustaba absolutamente todo.
Cogí unos pantalones bombachos de rayas y me los probé por encima.
—Perfectos.
Después cogí otros exactamente iguales, pero completamente blancos. Parecían traídos directamente de la India.
Luego encontré unos tops monísimos de colores que hacían juego con los pantalones y acabaron también en mi cesta.
Pero la cosa no terminó ahí.
Mis ojos se fueron directamente a unas chanclas de cuero preciosas.
Después descubrí unos pendientes largos con forma de luna.
Luego unos colgantes.
Uno llevaba un atrapasueños y el otro un árbol de la vida.
Y cuando llegué a las pulseras de cuero, ya fue imposible salir de allí sin llevármelas.
Salí de la tienda feliz de la vida.
Y bastante más pobre. Todo hay que decirlo.
Durante todo el rato que había estado dentro, el móvil no había dejado de sonar.
Alguien llevaba un buen rato mandándome mensajes, pero no le había hecho ni caso.
Cuando salí, miré la pantalla.
Era Marcelo.
Antes de que pudiera responderle, el teléfono volvió a sonar.
—Tierra llamando a Malu. ¿Sigues ahí? Llevo un rato intentando localizarte.
—Perdona… estaba en el cielo.
Le conté todo lo que me había comprado y soltó una carcajada.
—Parece que te has propuesto cambiar de estilo.
—Sí.
No podía evitar sonreír.
—Radical.
Volvió a reírse.
—Oye… Sara está empeñada en que nos vayamos este fin de semana a El Palmar. Pero dice que tú no quieres. ¿Por qué no te animas? Seguro que lo pasamos bien.
—Ni hablar. Ya conozco nuestros fines de semana de locura y, sinceramente, ahora mismo no me apetece.
—Bueno. ¿Y si esta vez vamos de «tranqui»?
Miré al cielo aunque sabía que no podía verme.
—¿De «tranqui»? Tú no sabes lo que significa esa palabra.
Marcelo volvió a reírse.
—Venga, Malu. No te encierres otra vez. Un fin de semana no te va a hacer ningún daño. Además, El Palmar. Sabes que nos encanta.
Puse los ojos en blanco de nuevo.
—Precisamente por eso.
Estuvo un buen rato intentando convencerme, pero no hubo manera. Yo solo tenía ganas de llegar a casa, prepararme un té y seguir aprendiendo tarot.
Cuando llegué, me puse uno de los pantalones nuevos con uno de los tops.
Después las chanclas.
Luego los pendientes, los colgantes. Y, por supuesto, las pulseras.
Me miré al espejo y sonreí.
Oye… pues no estaba nada mal.
Me revolví un poco el pelo, que ya estaba bastante más largo, y lo dejé completamente a lo loco.
Ahora sí.
Aquel conjunto tenía su rollo.
Sara llegó del trabajo justo cuando yo salía de la habitación.
Se quedó mirándome de arriba abajo, pero no dijo absolutamente nada durante unos segundos.
Incluso dio una vuelta a mi alrededor como si estuviera inspeccionando un mueble nuevo.
Al final levantó el pulgar.
—Estás rara…
Hizo una pequeña pausa.
—Pero mola.
Sonreí.
La verdad es que yo también empezaba a pensarlo.