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Al día siguiente tenía tres notificaciones de Amazon.
Ese día llegaban mis mazos.
Estaba emocionadísima y salí del trabajo casi corriendo para llegar cuanto antes a casa.
Apenas llevaba unos minutos allí cuando sonó el timbre.
El repartidor me entregó los tres paquetes y los miré como quien acaba de recibir un tesoro.
Uno de los mazos venía con un libro de instrucciones.
¡Qué ilusión!
Lo ojeé un buen rato. Me vendría genial.
Había estado viendo los vídeos del curso de YouTube y algo había aprendido, pero aquello era bastante más complicado de lo que parecía.
No conseguía memorizar los significados de las cartas y algunas tiradas se me mezclaban en la cabeza.
Había quien decía que no hacía falta memorizar nada, que simplemente debía dejarme llevar por mi intuición.
¿Mi intuición?
Si hubiese tenido tanta intuición, no habría tropezado tantas veces con la misma piedra en mi relación con Edu.
No.
Definitivamente, no podía dejar aquello en manos de mi intuición.
Aquello me desanimó un poco.
Pero solo un poco.
Podía conseguirlo.
Ya tenía una pequeña base y, además, el libro de instrucciones me iba a venir de maravilla.
Preparé la mesa del comedor.
Quité todo lo que había encima, extendí el tapete, coloqué las piedras, puse una vela a cada lado, encendí una varilla de incienso y dejé los tres mazos perfectamente colocados en el centro.
Después fui a prepararme un té.
Mientras esperaba a que hirviera el agua, oí abrirse la puerta de casa.
Sara se había quedado completamente parada frente al pequeño altar que acababa de montar.
Lo observaba como quien mira un puesto en un mercadillo.
—Malu…
levantó una ceja.
—¿Has puesto una tienda?
Salí de la cocina con mi taza de té entre las manos y le sonreí como una niña el día de Reyes.
Sara volvió a mirar la mesa.
—Espera… tú fuiste a comprar una piedra ¿no?
Asentí.
—¿Y cómo has acabado montando una sucursal del universo?
No pude evitar reírme.
—Es que una cosa llevó a la otra.
Sara volvió a recorrer la mesa con la mirada deteniéndose en las piedras, las velas, el incienso, los tres mazos y el tapete. Después suspiró.
—No sé por qué… pero tengo la sensación de que esto no ha hecho más que empezar.
La cogí del brazo y la obligué a sentarse a mi lado, frente a la mesa.
—Venga. Tengo muchas ganas de empezar. Voy a practicar contigo.
Sara me miró como si acabara de insultar a toda su familia y se levantó de un salto.
—¡Ah, no! Yo no quiero que me leas la buenaventura. A mí no me gustan estas cosas. Es más, no creo en ellas.
Sonreí y volví a tirar de ella para que se sentara.
—Pues entonces mejor. Si no crees en esto, ¿qué más te da? Déjame practicar contigo.
Sara volvió a intentar levantarse, pero la sujeté otra vez.
—¡Que no! Que no quiero que me tires las cartas.
Puse mi mejor cara de pena.
—Venga… porfi…
Sara resopló, puso los ojos en blanco y terminó rindiéndose.
—Solo esta vez.
Di unas palmadas de emoción, como una niña pequeña.
Miré los tres mazos.
Y ahí apareció mi primera duda.
¿Cuál elegía?
Sara me observó unos segundos y luego miró las cajas.
Yo seguía sin decidirme.
—Bueno… ¿te vas a pasar toda la tarde mirándolos? Pareces la del «Un, dos, tres» intentando adivinar dónde está el coche. Coge uno cualquiera. Mira, ese mismo.
Señaló el de Marsella.
Lo agarré sin pensarlo dos veces.
Sí.
Aquello tenía que ser una señal.
Lo había elegido ella.
Su intuición había hablado.
¡Perfecto!
Si luego salía una tirada desastrosa, siempre podría echarle la culpa a ella.
Saqué las cartas de la caja y me metí de lleno en el papel.
Agarré el mazo y, tal y como había visto hacer en los vídeos, los acerqué al humillo que salía de la varilla de incienso.
Sara me miró extrañada.
—¿Qué haces?
—Shiii… Las estoy limpiando.
—Pero si están nuevas. ¿Qué vas a limpiar?
—La energía. Estoy limpiando la energía.
Entonces caí en la cuenta.
No había encendido las velas.
Abrí mucho los ojos.
—¡Ay!
Las cartas se me escaparon de las manos.
Tiré la varilla de incienso.
Y toda la ceniza se desparramó por el tapete.
Sara contempló el desastre y negó con la cabeza.
—Anda… la bruja Lola la acaba de liar. Mira cómo ha dejado el pañito.
Intenté que aquello no arruinara el momento.
—No importa. No pasa nada. Ya se lavará.
Sara volvió a mirar el tapete.
—¿Pero se puede lavar? ¿No se irá la energía?
Me quedé pensándolo un momento.
Era una buena pregunta.
No tenía ni idea de cómo se limpiaba un tapete de esos.
La miré.
—Supongo que sí… ya lo buscaré.
Cogí el mechero y encendí la primera vela.
Sara arqueó una ceja.
—¿Estas cosas no se encienden con cerillas?
Me quedé congelada.
¡Mierda!
No había comprado cerillas.
—Bueno… hoy haremos una excepción. El universo seguro que lo entiende.
Después de encender las velas, volví a coger las cartas y, esta vez sí, las pasé con cuidado por el humillo del incienso.
Luego empecé a barajarlas.
Era bastante más complicado de lo que parecía.
Las cartas eran enormes y el mazo tenía tantas que apenas podía sujetarlo con las manos.
Sara empezó a impacientarse.
—¿Vas a tardar mucho?
—Paciencia.
Cuando por fin terminé de barajarlas, hice tres montones, tal y como había visto hacer.
Respiré hondo y saqué la primera carta.
Ocho de bastos.
¡Esa me la sabía!
—Noticias rápidas. Vienen noticias… y pronto.
Sonreí encantada y saqué la segunda.
La Emperatriz.
¡También me la sabía!
Estaba feliz de no tener que abrir el librito delante de Sara.
—La Emperatriz…
—¿Y eso qué significa?
—Pues… fertilidad.
Sara me miró.
—Malu… no jodas. No estoy en mi momento de ser madre.
Miré la carta otra vez.
—Bueno… espera. También puede significar abundancia.
Sara respiró algo más tranquila.
Saqué la tercera.
La Muerte.
Las dos nos quedamos mirando la carta.
—No me gusta.
—Sara…
—No. Esa carta no me gusta. Guárdala y saca otra.
—No podemos hacer eso. Las cartas que salen, salen.
—Pues vaya sistema —dijo cruzándose de brazos— ¿Ves? Por eso no quería que me echaras las cartas.
Miré otra vez las tres cartas intentando buscarles sentido.
—A ver…
Cogí el libro y pasé varias páginas.
—Aquí dice que La Muerte no significa una muerte.
Sara seguía sin convencerse.
—Pues menos mal.
Seguí leyendo.
—Habla de cambios importantes, finales de una etapa, transformaciones.
Cerré el libro y la miré.
—Bueno, pues igual es eso.
Sara suspiró.
—Espero.
Hubo un momento de silencio. Hasta que dijo:
—Tía… practica contigo.
La miré.
—Pero yo no puedo echarme las cartas.
—¿Quién dice eso?
Me encogí de hombros.
—Lo he oído por ahí.
—Pues menuda tontería. Tú conoces tu pasado. Pregunta por tu pasado, tu presente y tu futuro. Así practicas.
Lo pensé unos segundos. Y llegué a la conclusión de que tenía razón.
Recogí las cartas y empecé a barajarlas otra vez.
—A ver…
Saqué tres cartas y las dejé boca abajo.
—Mi pasado.
Otra.
—Mi presente.
Y la tercera.
—Mi futuro.
Sara se acercó un poco más.
Las dos nos quedamos mirándolas unos segundos.
Le di la vuelta a la primera.
Tres de espadas.
Y abrí mucho los ojos.
—¡Anda!
Cogí el libro.
—Dolor… traición… corazón roto…
Levanté la vista.
—Pues sí. Eso tiene bastante sentido.
Sara asintió despacio.
Le di la vuelta a la segunda.
La Torre.
Y volví al libro.
—Cambios bruscos… derrumbe… que todo se viene abajo…
Me eché a reír.
—¡Pues claro! Si es exactamente como estoy ahora.
Ya solo quedaba una.
La levanté.
La Muerte.
Sara me miró con los ojos como platos.
—Malu…
—No. Tranquila. Que no habla de morirse. Habla de cerrar una etapa y empezar otra.
Levanté la vista.
—Pues oye, también me encaja.
Sara seguía mirando las tres cartas.
Negó con la cabeza.
—No entiendo ese entusiasmo —y señaló la mesa—. Son tres cartas de mierda. Si a mí me sale eso, me paso tres días llorando.
Se volvió hacia la cocina.
—Tía… voy a prepararme algo, que tengo hambre. Tú sigue practicando anda.
Esperé a que desapareciera, volví a mirar las cartas y sonreí.
Ya estaba completamente enganchada.
Cada vez estaba más convencida de que aquello tenía mucho más sentido del que yo había imaginado.
O… quizás no.