9
Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue darme un buen baño.
Después me preparé un té y me senté en mi sillón de la terraza.
Me quedé un buen rato mirando por el gran ventanal.
Los dos árboles que tenía delante se mecían despacio con el viento y, no sé por qué, aquello siempre me transmitía una calma difícil de explicar.
Cerré los ojos un instante y me limité a escuchar. El viento, los pájaros y, a lo lejos, las gaviotas que llegaban desde la costa.
Era mi momento de paz.
Sara no estaba en casa. Había quedado con uno de sus ligues y, si soy sincera, agradecí tener la casa para mí sola.
Sonreí al acordarme de algunas escenas de la noche anterior.
Los franceses, el argentino, Ariel, Carmen… menudo cuadro.
La sonrisa, sin embargo, me duró poco.
Cogí el libro que llevaba días intentando leer y lo abrí por la página donde lo había dejado.
Empecé.
Llegué al final de la hoja.
No me había enterado absolutamente de nada.
Volví a empezar.
Otra vez igual.
Cerré el libro resignada.
Mi cabeza seguía empeñada en dar vueltas a lo mismo. Era como si quisiera encontrar una explicación que ya no cambiaba nada.
Lo que había pasado, había pasado. No había ninguna conversación pendiente, ninguna respuesta escondida, ningún final diferente esperándome.
Y aun así, mi mente seguía empeñada en imaginar cómo habría sido todo si las cosas hubieran salido de otra manera.
Cogí el móvil y empecé a hacer lo que llevaba haciendo semanas: scrollear sin ningún rumbo.
Deslizaba el dedo casi por inercia.
Un vídeo.
Otro.
Una receta.
Una discusión absurda.
Un anuncio.
Nada conseguía mantener mi atención más de unos segundos.
Como siempre, terminé buscando mi horóscopo.
Lo leí entero.
Me encogí de hombros, porque la mayoría de las veces no tenía nada que ver conmigo.
Seguí bajando. Y entonces apareció un vídeo.
«Predicción de tarot para Capricornio».
No sé por qué me detuve.
Supongo que por pura curiosidad.
Le di al play.
Carta tras carta, empecé a prestar más atención. Aquella mujer hablaba de una ruptura, de una persona que iba y venía, de alguien que no había sabido valorar lo que tenía delante.
Fruncí el ceño.
¿Cómo podía acertar tantas cosas?
Cuando terminó el vídeo, busqué otro.
Y luego otro.
Y otro más.
Algunos no tenían ningún sentido. Otros parecían estar hablando de mí.
Así me pasé horas.
Cada vez que uno no encajaba pensaba:
«Este no es para mí».
Y buscaba otro.
Pensé que si algún día alguien hacía un documental sobre personas enganchadas al tarot durante horas sin darse cuenta, ya tenían protagonista.
No me di cuenta ni de que había anochecido.
—¿Qué haces a oscuras?
Levanté la cabeza sobresaltada.
Sara acababa de entrar.
—No te he oído.
Miró el móvil y después me miró a mí.
—Pues tienes una cara de concentración que da hasta miedo.
Sonreí.
No sabía muy bien cómo explicarle lo que me estaba pasando.
Solo tenía la sensación de haber encontrado algo que, de alguna manera, me daba respuestas.
O al menos, eso creía.
Y, por primera vez, se me pasó una idea por la cabeza.
¿Y si aprendía tarot?
Sara entró en la cocina y la oí trastear con los cacharros mientras yo ponía otro vídeo de tarot.
Dijo algo.
O eso creo.
Estaba tan metida en aquella nueva lectura que ni me enteré.
Aquella chica era buenísima. ¡Madre mía!
Me suscribí a su canal.
Era la décima tarotista que seguía aquella tarde.
Ya tenía una colección bastante interesante.
De pronto, Sara me dio un golpecito en el móvil y casi se me cae de las manos.
La miré sobresaltada.
—Estás en la parra, tía. Llevo un rato hablándote.
—Perdón… es que estoy enganchadísima a esto.
Sara miró la pantalla.
Luego me miró a mí.
Y volvió a mirar la pantalla.
—¿Tarot?
Asentí con entusiasmo.
—Estoy flipando. Es que aciertan un montón de cosas.
Sara siguió observándome unos segundos, como intentando averiguar en qué momento se me había ido la cabeza.
—Creo que voy a hacer un curso.
Lo dije con la misma naturalidad con la que alguien dice que mañana va a comprar pan.
—Hace unos meses querías apuntarte al gimnasio… y acabaste comprándote una bicicleta estática.
Las dos miramos hacia el rincón donde descansaba, completamente abandonada y con una fina capa de polvo.
—Esto es distinto.
—Eso mismo dijiste con el ganchillo.
Señaló la habitación.
—¿Te recuerdo la montaña de bolsas llenas de ovillos que tienes ahí? ¿Cuándo vas a hacer ese jersey maravilloso que ibas a tejer? Porque cada vez que vas a empezar resulta que el color ya no te convence, o el hilo no es el adecuado.
Lo pensé un momento.
Tenía toda la razón.
Pero esta vez era diferente.
O al menos, eso pensaba yo.
—¿Y cuánto tiempo va a durar esta nueva afición?
La miré convencidísima.
—Esta es la definitiva.
Sara cerró los ojos un segundo, negó con la cabeza y me dio por imposible.
—Voy a hacerme unos fideos instantáneos. ¿Quieres un plato?
Negué sin apartar la vista del móvil.
—Estoy bien.
—Ya… pues estoy completamente segura de que llevas horas viendo esas «predicciones» y todavía no has comido.
Bajé el móvil un momento.
—Puede ser.
—Lo sabía.
Y volví a darle al play como si aquella conversación nunca hubiera existido.