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El sol inundaba el interior del coche.

Abrí los ojos poco a poco, molesta por la claridad, y noté el sofoco del ambiente.

El coche estaba completamente cerrado. Allí no corría una gota de aire.

—Marcelo… abre una ventanita, por Dios.

Intenté bajar la mía pulsando el botón una y otra vez, pero no hacía absolutamente nada.

Marcelo se removió en el asiento, aunque seguía medio dormido.

—¿Dónde tienes la llave del coche? —pregunté incorporándome como pude—. Me voy a asfixiar aquí dentro.

Se restregó la cara con las manos y bostezó.

—¿Qué hora es?

—Las diez.

Probé a abrir la puerta.

Cerrada.

—¡Joder! ¡Me voy a morir aquí dentro!

Mientras yo seguía peleándome con la manilla, sonó por fin el cierre centralizado.

Abrí la puerta de golpe y salí disparada.

El aire, cargado de salitre, me golpeó la cara como una bendición.

Respiré hondo varias veces mientras recuperaba el aliento.

Detrás de mí apareció Marcelo, todo despeinado y con el mando del coche en la mano.

—¿A qué hora nos dormimos? —pregunté.

—Llegamos al coche sobre las cinco. Pero estuvimos hablando un buen rato. No sé… las seis, supongo.

Lo miré indignada.

—Estuviste hablando tú. Yo me quedé frita en cuanto apoyé la cabeza en el asiento.

Sonrió.

—Gracias por escucharme. Eres una gran amiga.

—Encima vacilando.

Soltó una carcajada.

—¿Un café?

—Y una tostada. Y un cruasán. Y unos donuts. Me muero de hambre.

Me miró sorprendido.

—Es verdad… anoche no cenamos.

Puse cara de auténtica tragedia.

—Creo que me ha despertado el estómago antes que el sol.

Marcelo negó con la cabeza sonriendo mientras cerraba el coche.

—Pues venga. Vamos a darle de comer a la fiera.

El Palmar ya estaba en marcha.

Los bares estaban llenos y la playa rebosaba de gente.

Nos costó encontrar un sitio donde sentarnos, pero al final dimos con una mesa estupenda junto al paseo.

Mientras esperábamos a que alguien nos atendiera, me quedé mirando el mar.

Me encanta.

Me da paz.

Me tranquiliza.

Solo rompió aquel momento la camarera cuando se acercó a tomar nota.

En cuanto pedimos, me levanté.

—Voy a arreglarme un poco. Tengo que tener un careto impresionante.

Marcelo me miró de arriba abajo.

—Estás muy guapa.

—Gracias. Eres un amigo increíble. Pero aun así voy a asearme un poco. Y tú deberías ir a peinarte también, que pareces Espinete.

Me lavé la cara.

Tampoco estaba tan mal. Como no me había maquillado, no parecía un oso panda.

El pelo… bueno, el pelo no tenía arreglo. Pero tampoco se había levantado demasiado.

Me coloqué el sombrero, las gafas de sol, estiré un poco el mono y lista.

No estaba tan mal. Nadie diría que había dormido en un coche después de una noche de fiesta.

Cuando volví a la mesa ya habían traído los cafés y un plato lleno de cruasanes.

Le hinqué el diente al primero en cuanto me senté.

Los saboreé como si llevara días sin comer, mientras Marcelo me observaba divertido.

—Vaya nochecita.

—Y que lo digas —asentí con la boca llena—. Pero ya esto es normal en nosotros. Tenemos que madurar, Marcelo.

Le di un sorbo al café y fui directa a por el segundo cruasán.

Marcelo soltó una carcajada.

—¿Madurar? Ni que fuéramos tomates.

Lo miré poniendo los ojos en blanco.

—Ya me entiendes. No es normal pegarnos estas marchas.

—¿Cómo que no? Tampoco lo hacemos todos los fines de semana.

Lo miré de reojo.

Él aguantó dos segundos serio. Y volvió a reírse.

—Bueno… vale… pero llevábamos tiempo sin hacerlo.

—Y espero que pase bastante hasta la próxima.

Marcelo se encogió de hombros sin dejar de sonreír.

—Oye… —empecé mientras dejaba la taza sobre el plato—. Lo de los franceses… ¿pasó de verdad o lo soñé?

Marcelo rompió a reír otra vez.

—Tan real como la vida misma.

Casi me atraganto con el café.

—¡Tío! No me lo puedo creer. Anoche aluciné, pero tampoco estaba muy lúcida. Y ahora que lo pienso… madre mía. Igual ni siquiera eran pareja.

—Sí que lo eran. Les vi las alianzas. Estaban casados.

Apreté los labios intentando no reírme.

—Recuerda nuestras últimas conversaciones, Malu…

Lo miré.

—Escuchamos, pero no juzgamos.

—No, no. Juzgar no juzgo. Si a ellos les funciona… estupendo. Pero yo paso de esos juegos.

Marcelo levantó las manos.

—Aceptable.

Y siguió desayunando tan pancho.

A lo lejos vi aparecer una figura que me resultaba de lo más familiar.

Entorné los ojos y sonreí en cuanto descubrí quién era.

—Mira… —dije señalando con la cabeza—. Otro que tampoco ha vuelto por su casa esta noche.

Con aquellos andares tan característicos apareció Ariel por el paseo, con las rastas ondeando al viento.

En cuanto nos vio, se le iluminó la cara.

—¡Qué pasa, helmanos!

Chocó la mano con Marcelo y después me plantó dos besos.

—¿No habéis dolmio tampoco?

—Una cabezadita en el coche sí hemos dado —respondió Marcelo—. Tú sí que no habrás dormido.

Ariel se dejó caer en la silla que había junto a Marcelo.

—Bueno… yo al final me fui pa casa del argentino. Pero, tío… allí vive media humanidad. Comparte la casa con seis más y me tocó dolmí en el suelo de la cosina.

Dejó las gafas de sol sobre la mesa y llamó a la camarera.

—En cuanto el dolo de espalda me despeltó dije: “Ariel, ya es hora del café”.

Marcelo y yo soltamos una carcajada.

—Además… tampoco tenía como ilme. Vosotros vais «pa´l» pueblo ¿no? ¿Me lleváis?

—Claro. Sin problema.

—¿Pero os vais ya?

Marcelo levantó una ceja.

—Ariel, que te conozco. No me tengas aquí toda la mañana. Estoy deseando llegar a mi casa y pegarme una ducha.

—No, tranquilo. Solo tengo que habla con una tipa. Cosa del trabajo.

Ariel llevaba unos meses trabajando con Edu, que era su jefe.

Sonrió con picardía.

—Bueno… del trabajo… ya veremos.

Marcelo soltó una risa.

—¿Qué has hecho ahora?

—Na. Que mi jefe me mandó anoche pa habla con ella, pero al final hablamos de tó menos de trabajo.

Nos echamos a reír.

—Pero no me comí na. Y al final acabé dulmiendo en casa del argentino.

Nos miró con una sonrisa.

Marcelo negó con la cabeza.

—O sea, que ahora tienes que volver.

—Claro. Como llegue hoy al curro y le diga que no hablé con la tipa, mi jefe me mata.

—Bueno, pero no tardes.

Ariel cogió la taza, le echó el azúcar y empezó a remover el café.

Mientras lo hacía, Marcelo preguntó con aparente naturalidad.

—¿Y qué tal por el curro? ¿Todo bien?

Noté el pellizco de siempre.

Se me cambió el cuerpo al instante.

Ariel siguió removiendo el café sin darle la menor importancia.

—Sí, hombre. Ya tú sabe. Edu sigue igual. Ese e un bala. Ahora está entretenío. Está saliendo con una chica.

Le dio un sorbo al café.

—A ve cuánto le dura.

Se me encogió algo por dentro.

Marcelo levantó la vista y me miró de reojo.

Yo bajé la mirada hacia mi taza.

Empecé a remover el café sin darme cuenta.

Tanto, que estuve a punto de derramarlo.

Ariel señaló el cruasán que quedaba en el plato.

—¿Os lo vais a comer?

Marcelo me miró.

Yo negué con la cabeza.

—Se me ha cerrado el estómago. Cómetelo.

Ariel dudó un instante antes de cogerlo.

—¿He dicho algo malo?

Miró a Marcelo.

Marcelo negó muy despacio, apretando los labios.

Ariel volvió a mirarme.

Y entonces lo entendió.

—Ostras… perdona. Creí que esa historia ya estaba en el pasado.

Cogió el cruasán, se terminó el café de un trago y se levantó.

—Media hora, helmano.

Al pasar junto a mí, me apretó el hombro con cariño antes de marcharse con aquellos andares tan suyos.

Yo seguía allí, callada, removiendo sin ganas un café que ya estaba medio frío.

La mirada se me perdió en el mar.

No estaba mirando nada.

Solo pensaba.

—¿Quieres hablar? —preguntó Marcelo.

Negué despacio sin apartar la vista del horizonte.

No.

Todavía no.

Marcelo no insistió. Se quedó conmigo en silencio, dejando que el ruido de las olas hablara por los dos.

Pasaron unos minutos. Y entonces dejó la taza sobre la mesa.

—¿Damos una vuelta por la playa?

Asentí y caminamos hacia la playa.

Durante un rato recorrimos la orilla en silencio.

El mar iba y venía a nuestros pies y yo seguía sin decir una palabra.

Solo notaba un nudo en el estómago que no terminaba de irse.

Marcelo tampoco habló. Esperó. Hasta que, al cabo de un rato, dijo con calma:

—No quiero presionarte. Pero si en algún momento necesitas soltarlo, aquí estoy.

Seguimos caminando unos metros más y, al final, fui yo la que se detuvo.

Lo miré.

—No sé qué me pasa.

Marcelo asintió despacio.

—Te ha removido la noticia.

—Supongo…

Marcelo esperó unos segundos antes de preguntar:

—Si ahora mismo apareciera Edu y te dijera de volver ¿volverías con él?

Negué con la cabeza al instante. Tan deprisa que fui yo la primera en sorprenderme.

Marcelo no dijo nada más. Se limitó a darme un pequeño abrazo por los hombros mientras seguíamos caminando junto al mar.