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Carmen había sido durante años la compañera musical de Julio, antes de que le diera por recorrer medio mundo con la guitarra a cuestas.

Era maravillosa. Cantaba de todo.

Bueno… o casi de todo.

Había un estilo que provocaba discusiones épicas con Julio.

Pero además de cantar como los ángeles, era una de esas personas que caían bien antes incluso de abrir la boca.

Bueno, cuando hablaba también.

Y cuando cantaba en inglés o en francés… todavía más.

Porque Carmen tenía un don muy especial.

Si no se sabía una palabra se inventaba otra. Con una seguridad que hacía dudar hasta el diccionario.

Más de una vez, antes de empezar un tema en francés, había mirado al público muy seria y preguntado:

—¿No habrá ningún francés por aquí… verdad?

Y cuando todos negábamos con la cabeza, respiraba aliviada.

—Vale, entonces seguimos.

Siempre terminábamos muertos de la risa.

No tardamos en encontrar el chiringuito.

Cuando llegamos ya estaba sobre el pequeño escenario, y la voz llenaba toda la playa.

Encontramos una mesa alta cerca del escenario y nos quedamos allí.

En cuanto nos vio, sonrió y nos saludó con la mano sin dejar de cantar.

Nosotros respondimos igual.

—Ahora vengo —dijo Marcelo.

Y desapareció entre la gente.

Yo me quedé escuchando a Carmen.

Siempre me había parecido increíble la facilidad que tenía para hacer que todo pareciera sencillo.

A los pocos minutos Marcelo volvió.

Traía dos cervezas. Y las dejó sobre la mesa con una sonrisa de esas que anunciaban problemas.

Las miré. Y luego lo miré a él.

—¿En serio?

—Te he dicho que hoy no había prisa.

Cogí una.

—Esto es culpa tuya.

—Por supuesto.

Chocamos los botellines.

—¿Sabes que como sigamos así, no vamos a volver hasta bastante tarde?

Marcelo hizo una mueca.

—Malu…

Esperó un segundo.

—Sabes perfectamente que hoy no vamos a volver.

No pude evitar reírme.

Tenía razón.

Aquella no era la primera vez que un «vamos a tomar algo un ratito» terminaba convirtiéndose en una aventura absurda.

Y, si conocía bien a Marcelo, tampoco iba a ser la última.

Una cerveza llevó a la otra. Y, como suele pasar después de la segunda, tuve una idea.

Miré a Marcelo.

—Vamos a mandarle un vídeo a Julio de Carmen cantando.

Marcelo sonrió.

—Hazlo.

Saqué el móvil, empecé a grabar y levanté la mano para llamar la atención de Carmen.

—¡Es para Julio! —le grité señalando la cámara.

Ella nos miró.

Sonrió.

Y, de repente, levantó la mano hacia el guitarrista.

—¡Un momento!

La música se detuvo.

Todo el chiringuito se quedó mirándola.

—Voy a cambiar de canción.

Hizo una pausa teatral.

—Tengo que dedicarle esto a un amigo que está muy lejos.

Se llevó la mano al pecho.

—¡Va por ti Julito!

Los primeros acordes de «Como quieres que te quiera», de Rosario Flores, empezaron a sonar.

Yo seguía grabando.

Carmen clavó la mirada en la cámara.

Se metió completamente en el papel. Y empezó a cantar.

—Cómo quieres que te quiera, ¡Julio!, si no te das a mí…

Marcelo ya estaba doblado de la risa.

Pero Carmen todavía no había terminado.

Se acercó un poco más al borde del escenario, señaló directamente al móvil y remató:

—Cómo quieres que te quiera, ¡Julito!, si sé que te perdí...¡pero quédate ahí! ¡Vámonooooooos!

Cuando terminó, todo el chiringuito estalló en carcajadas.

Yo apenas podía sujetar el teléfono.

De tanto reírme, casi acabo grabando más cielo que escenario.

Y así estuvimos hasta que Carmen terminó el concierto y se marchó a seguir poniendo música en otro chiringuito.

Marcelo y yo ya llevábamos unas cuantas encima.

Lo suficiente como para que el DJ pusiera una canción cualquiera y nos pareciera la mejor del verano.

Nos pusimos a bailar. Sin ninguna vergüenza.

Como siempre.

Al cabo de un rato, una pareja empezó a bailar con nosotros. Así, sin más.

No decían nada. Solo sonreían y nos hacían gestos para que siguiéramos.

Nosotros encantados.

A esas alturas ya aceptábamos amigos con la misma facilidad con la que aceptábamos otra cerveza.

Hasta que la chica dijo algo. En francés.

Marcelo levantó un dedo.

—Un momento… creo que sé decir dos cosas.

Lo miré.

Él la miró a ella.

Y soltó su mejor francés.

Ella respondió con una frase larguísima.

Marcelo asintió con muchísima seguridad. Como si hubiera entendido perfectamente.

La chica sonrió.

Entonces intentó hablar en español. Aquello tampoco ayudó demasiado. Pero, sorprendentemente acabamos entendiéndonos.

No sé muy bien cómo.

Entre señas, risas y palabras inventadas conseguimos mantener una conversación durante un buen rato.

Y, sin saber cómo, los franceses pasaron a formar parte del grupo.

Ya iban con nosotros a todas partes. Como si nos conociéramos de toda la vida.

Cuando nos entró hambre ya era demasiado tarde. Todas las cocinas habían cerrado.

Miré a Marcelo.

—¿Y ahora qué hacemos?

Se encogió de hombros.

Como si fuera la única opción razonable.

Terminamos entrando en El Pico de la Ola.

Los franceses insistieron en invitarnos a otra copa.

Aceptamos.

Porque, evidentemente, a esas alturas ya habíamos perdido toda capacidad para tomar decisiones inteligentes.

Y entonces apareció Ariel.

Un músico cubano con unas rastas que se veían desde Cádiz.

En cuanto nos encontró entre la gente abrió mucho los ojos.

Me miró.

Miró a Marcelo.

Volvió a mirarme.

Y, sin decir hola siquiera, empezó a cantar.

—Tú tienes muchas novias… tú tienes muchas novias…

Señalando a Marcelo.

Yo lo miré sin entender absolutamente nada.

Marcelo se echó a reír.

—Siempre me veía con Tati.

Hizo un gesto hacia mí.

—Ahora me ve contigo… y ha sacado sus propias conclusiones.

Ariel siguió caminando entre la gente sin dejar de cantar.

—Tú tienes muchas novias…

Hasta desaparecer.

La pareja de franceses parecía entretenida hablando entre ellos.

Marcelo y yo aprovechamos para escabullirnos entre la multitud convencidos de que, por fin, se habían cansado de seguirnos a todas partes.

—Vamos a bailar un poco. Esta música me gusta.

Me agarró de la muñeca y tiró de mí hasta una pequeña pista de madera abarrotada de gente.

Nos hicimos un hueco como pudimos y empezamos a movernos al ritmo de la música.

Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que mi cabeza dejaba de dar vueltas.

Era como si durante un rato todos aquellos pensamientos que me habían acompañado durante los últimos meses hubieran decidido tomarse vacaciones.

El olor a sal y crema solar se mezclaba con el aire cálido de la noche.

Ariel reapareció un rato después.

Bailaba como si hubiera nacido con música dentro.

Moreno, con aquellas rastas moviéndose a cada paso y una sonrisa permanente dibujada en la cara.

Se unió a nosotros sin decir una palabra.

Detrás de él apareció otro chico.

No era muy alto, pero tenía una complexión fuerte y una barba bastante poblada.

Hasta ese momento ni siquiera me había dado cuenta de que Ariel venía acompañado.

Por el acento, en cuanto abrió la boca supe que era argentino.

El chico me miró.

Yo le devolví una sonrisa por educación y seguí bailando.

Pero pasaban los minutos y seguía mirándome.

Empecé a buscar a Marcelo con el rabillo del ojo.

De pronto se acercó hasta casi mi oído para hacerse entender entre la música.

—Me gusta tu pelo.

Lo miré sorprendida.

¿Mi pelo?

Era la primera persona que decía algo bonito de mi nuevo corte.

Sonreí agradecida.

—Gracias.

Pero el argentino no había terminado.

Volvió a acercarse.

—Digo… que eres una chica muy atractiva.

Esta vez mi sonrisa fue bastante más incómoda.

—Gracias.

Durante un buen rato no se separó de mí.

Yo me iba acercando cada vez más a Marcelo, esperando que captara la indirecta.

No la captó.

O la captó y decidió ignorarla.

—¿Te invito a algo? —insistió.

Le enseñé el botellín de cerveza, todavía medio lleno.

—Gracias. Estoy servida.

Parecía dispuesto a seguir intentándolo cuando, de repente, reaparecieron nuestros franceses.

Los dos se metieron bailando entre la gente con la misma alegría de siempre.

Y, para mi alivio, el argentino se apartó un poco.

Me acerqué a la pareja y empezamos a bailar los cuatro.

La chica agarró a Marcelo de una mano.

Su pareja hizo lo mismo conmigo.

Nos reíamos intentando entender aquel español improvisado que hablaban entre los dos.

Ellos hacían el esfuerzo.

Nosotros también.

Y, sorprendentemente, conseguíamos entendernos… más o menos.

El argentino terminó desapareciendo junto a Ariel, que seguía bailando de un lado para otro como si el suelo quemara.

Respiré tranquila.

No tenía ninguna gana de ligar con nadie. Y estaba bastante convencida de que él sí.

Pasó un buen rato entre bailes y carcajadas.

Hasta que el francés se acercó a su compañera y le dijo algo al oído.

Ella asintió.

Entonces los dos nos hicieron una seña para que los siguiéramos.

Salimos de la pista.

La música seguía sonando, pero ya bastante más baja.

La chica empezó a hablar.

Yo la miraba intentando descifrar una sola palabra.

Nada.

Volvió a repetirlo.

La seguía mirando exactamente igual.

Marcelo empezó a reírse.

—¿Qué pasa? —pregunté.

No podía responder.

Se doblaba de la risa.

La francesa volvió a repetirlo señalándonos alternativamente a los cuatro.

—Marcelo… ¿qué está diciendo?

Intentó hablar.

Volvió a reírse.

Respiró hondo.

—Creo… creo que quiere que tú te vayas con él… y yo con ella.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Que nos está proponiendo un intercambio de pareja.

Me quedé completamente inmóvil.

Miré a la chica.

Luego al francés.

Los dos nos observaban con absoluta naturalidad.

Repasé por un momento la frase por si la había entendido mal.

La había entendido perfectamente.

—¿Es una broma?

Ella sonrió mientras negaba con la cabeza. Y, sin esperar respuesta, agarró a Marcelo de la muñeca. Se dio media vuelta y empezó a tirar de él hacia la playa.

La playa estaba completamente oscura. Solo la espuma de las olas, iluminada por la luna, rompía la negrura de la orilla.

Miré al francés.

Seguía esperándome.

Aquello iba completamente en serio.

Marcelo, muerto de risa mientras la francesa lo arrastraba, se volvió hacia mí.

Levantó una mano.

—¡Ahora vuelvo!

En aquel momento casi me da un infarto.

—¡¡Eh!! ¡¡No, no, no!!

Di dos pasos detrás de ellos.

—¡¡¡Marcelo!!! ¡Ni en broma! ¡Yo no me voy con este hombre!

La francesa se giró sorprendida.

El francés la llamó haciendo un gesto con la mano.

Ella miró a Marcelo.

Luego a mí.

Y, completamente decepcionada, terminó soltándole la muñeca y regresó junto a su pareja.

Marcelo volvió caminando hacia mí sin poder dejar de reír.

—Tranquila, mujer. ¿Tú de verdad creías que iba a dejarte sola?

Le di un manotazo en el brazo.

—¡Pues claro! ¡Si te he visto irte tan contento!

Y entonces ya no pude más.

Nos doblamos los dos de la risa allí mismo, en mitad de la carretera, mientras los franceses nos miraban sin entender absolutamente nada.