6
La videollamada con Julio nos había dejado el cuerpo mucho más ligero.
Todavía nos estábamos riendo de su despedida.
—¡Nos vemos… con los ojos!
—No cambia nunca —dije negando con la cabeza.
Marcelo levantó la cerveza.
—Y gracias a Dios.
El camarero apareció justo entonces.
—¿Van a comer?
Marcelo me miró.
—¿Qué dices?
Miré a mi alrededor.
A lo lejos podía ver un trozo del mar entre las cañas que hacían de muro.
No tenía ninguna prisa por volver a casa.
—Venga.
Nos cambiamos de mesa.
El chiringuito se había llenado sin que nos diéramos cuenta.
Familias, niños corriendo descalzos, camareros atravesando la terraza a toda velocidad con platos de pescado…
Era de esos sitios donde todo el mundo parecía estar de vacaciones.
—Un surtido de pescado.
—Y unas papas aliñás.
—¿Ensalada?
Asentimos los dos.
El camarero levantó la libreta.
—¿Algo de beber?
Miré a Marcelo.
—Seguimos con cerveza.
Él hizo una mueca.
—¿Seguro que no vino?
—Conociéndonos… mejor no mezclar.
—Tienes razón.
Hizo una pausa.
—Bueno… aunque después nos podemos ir a la playa un rato.
—Entonces vale.
La comida llegó enseguida.
Y desapareció todavía más rápido.
Entre una ración y otra hablamos de tonterías.
Que si Julio seguía siendo incapaz de contar un chiste bueno.
Que si Sara seguramente estaría sometiendo a algún pobre hombre a un interrogatorio sentimental.
Que si el camarero tenía exactamente el mismo bigote que un profesor mío de instituto.
El alcohol empezaba a hacer su trabajo.
Y, curiosamente, cuanto más hablábamos de tonterías… más claro tenía que Marcelo seguía evitando contarme aquello para lo que me había llamado.
Cuando terminamos de comer, se palpó los bolsillos.
Frunció el ceño.
—Mierda.
—¿Qué pasa?
—No tengo tabaco.
Marcelo fumaba como si quisiera batir algún récord mundial.
Le preguntó al camarero.
Éste negó con la cabeza.
—Por aquí no vais a encontrar. El estanco está cerrado.
Marcelo resopló.
—En la Batalla seguro que venden.
Lo miré.
—Eso está lejísimo.
—Pues andamos. Nos vendrá bien bajar el alcohol.
Y tenía razón.
Así que echamos a andar por la carretera rumbo a la Batalla.
El viento olía a sal.
Y el calor era insoportable pero no nos importaba.
Durante varios minutos ninguno habló.
Y eso, en Marcelo, era rarísimo.
Lo miré de reojo.
Tenía la vista clavada en el suelo.
Metía las manos en los bolsillos.
Las sacaba.
Volvía a meterlas.
Pensé que igual se había peleado con el estanco personalmente, porque no encontraba otra explicación posible.
Hasta que, sin dejar de caminar, dijo:
—Lo hemos dejado.
No hizo falta preguntar quién.
—Tati —dijo.
Asentí despacio.
Ahora entendía el tono de aquella llamada.
—¿Estás bien?
Se quedó unos segundos mirando a lo lejos.
—No lo sé.
Y por cómo lo dijo… supe que aquella tarde ya no iba a ir solo de cerveza, playa y pescado.
En la Batalla tampoco tenían tabaco.
Marcelo miró el cartel del bar y suspiró.
—Bueno… ya que hemos llegado hasta aquí… ¿un café?
Asentí.
Nos sentamos en una mesa a la sombra y los dos lo agradecimos.
La caminata había sido importante y el sol ya empezaba a apretar.
Durante unos segundos ninguno habló.
Marcelo removía el azúcar sin necesidad. El café ya estaba perfectamente mezclado.
—Sara me hizo un comentario el otro día… —dijo al fin.
Levanté la vista.
—Sé que no lo hizo con mala intención. De hecho, sé que me quiere muchísimo.
Esperé.
—Le dijeron que habían visto a Tati con otro.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Y tú qué piensas?
Se encogió de hombros.
—Que podría ser verdad.
Lo dijo con una tranquilidad que me sorprendió.
Después dio un sorbo al café.
—Pero, sinceramente. Creo que da igual.
Lo miré sin entender.
Sonrió con tristeza.
—Eso no tenía futuro, Malu.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Siempre evitaba que su familia supiera que estábamos juntos. Nunca sentí que ocupaba un sitio en su vida. Era como estar… pero sin estar.
Aquella frase me atravesó.
Porque la entendía demasiado bien.
Con Edu también había aprendido a vivir en ese terreno extraño, donde poner nombre a las cosas parecía estropearlas.
Cinco años entrando y saliendo de la misma historia, convenciéndome de que aquello era suficiente.
Marcelo me miró como si hubiera adivinado por dónde andaban mis pensamientos.
—¿Sabes una cosa? —dijo mientras daba vueltas a la cucharilla del café—. No es que no me importe esta ruptura. Claro que me importa. Y claro que quería a Tati.
Hizo una pausa.
—Lo que pasa es que también sé lo que quiero. Y no quiero estar con alguien que no valore lo que ofrezco.
Asentí despacio.
Durante mucho tiempo yo había creído que sabía lo que quería.
Ahora entendía que, en realidad, primero había tenido que descubrir todo lo que no quería volver a vivir.
—Esto pasará —continuó—. Yo estaré bien.
Después me señaló con la cucharilla.
—Y tú también.
Sonrió.
—Edu es un buen tío. Siempre lo he dicho. Pero eso no significa que sea el hombre para ti.
La comparación apareció en mi cabeza.
Era como empeñarse en caminar con un zapato de una talla menor.
Podía hacerlo.
Pero cada paso dolía.
—Y escucha una cosa más.
Esperó a que lo mirara.
—Decidas lo que decidas, yo voy a estar aquí. Sin juzgarte. Sin decirte lo que tienes que hacer. Simplemente… aquí.
No pude evitar sonreír. Y, de paso, secarme una lágrima que había decidido aparecer sin pedir permiso.
Marcelo dio una palmada sobre la mesa.
—Bueno. Ya está bien de ponernos intensitos.
Se levantó.
—Ahora toca solucionar un problema muchísimo más importante.
Lo miré divertida.
—¿Cuál?
—Encontrar un estanco.
Solté una carcajada.
—Y después un helado.
Dije poniéndome yo también de pie.
—No.
—¿No?
—Un helado… y luego ya veremos.
Lo dijo con esa sonrisa que siempre significaba que el plan iba a acabar regular.
Y, curiosamente, eso era parte del encanto.
Tres cuartos de hora más tarde, después de regresar andando hasta el coche, íbamos camino de El Palmar.
Marcelo por fin consiguió comprar tabaco.
El mundo volvía a estar en equilibrio.
Paseamos entre los chiringuitos mientras el sol empezaba a caer sobre el mar.
—¿Entramos en El Cartero?
—Ahí no venden helados.
—Pues un batido. Un té… lo que sea.
—¿Y si luego queremos un helado?
—Pues nos comemos un helado también.
No tenía ninguna lógica. Pero me parecía un plan estupendo.
Subimos a la terraza y nos dejamos caer en dos sillones de mimbre.
El camarero apareció con la carta.
Yo seguía leyendo cuando oí a Marcelo.
—Yo quiero un gin-tonic.
Levanté la vista.
—¿No es un poco pronto?
Alzó una ceja.
—Mañana es fiesta.
Hizo una pausa.
—¿Tienes prisa?
Negué con la cabeza. Y me encogí de hombros.
—Pues ponme otro.
El camarero sonrió mientras apuntaba la comanda. Y Marcelo y yo nos echamos a reír como dos niños que acaban de decidir hacer una trastada.
En ese momento vimos pasar a una pareja cargada con instrumentos.
Marcelo entornó los ojos.
—Oye… ¿esa no es Carmen?
Seguí la dirección de su mirada.
—¡Sí!
—Pues tiene pinta de que van a tocar por aquí cerca.
—¿Vamos?
—Del tirón.