NA MÁS TÉ 5
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Hacía más de medio año que lo había dejado con Edu. Y aunque a veces la nostalgia seguía apareciendo sin pedir permiso, también había empezado a sentir algo que no esperaba.

Alivio.

Había recuperado el silencio de la casa.

Había recuperado el orden.

Y, poco a poco, también empezaba a recuperarme a mí.

Había perdido por completo las ganas de salir de fiesta.

Cerrar los bares con el grupo de amigos ya no me apetecía.

Antes me parecía el mejor plan del mundo. Ahora prefería mi pequeña terraza. Mi sillón. Un té caliente. Y quedarme allí sentada, pensando.

Pensando demasiado.

¿Por qué había aguantado tanto?

¿Por qué había intentado salvar una relación que llevaba haciendo agua desde casi el principio?

¿Y por qué, cada vez que Edu desaparecía de mi vida, sentía la necesidad de llenar aquel vacío con otra relación que terminaba siendo todavía peor?

Hasta entonces había confundido pasar página con encontrar a otra persona.

Pensaba que enamorarme era la única forma de dejar de sufrir.

Pero esta vez no.

Esta vez no quería correr.

Necesitaba entender.

Y, curiosamente, las respuestas empezaron a llegar cuando dejé de buscarlas en los demás.

El sábado por la mañana sonó el teléfono.

Era Marcelo.

Sí.

Nuestro Marcelo.

El mismo al que Edu le había declarado la guerra al coche sin querer.

Sonreí sin darme cuenta antes incluso de descolgar.

Marcelo siempre tenía ese efecto. Era de esas personas que aparecían y todo bajaba un par de revoluciones.

Con él nunca hacía falta fingir que estaba bien.

—¡Buenos días, superviviente! —dijo nada más responder.

—¿Superviviente de qué exactamente?

—De tu propia cabeza.

Me reí.

—Sigue siendo un poco peligroso.

—Ya lo sé. Por eso llamo de vez en cuando. No vaya a ser que un día te pierdas por allí dentro.

Era imposible hablar con él cinco minutos sin terminar riéndome.

No recuerdo exactamente cuándo empezó aquella amistad.

Solo sé que, cuando miraba atrás, Marcelo siempre estaba.

Había estado en todas las versiones de mi vida.

En las buenas.

En las malas.

Y en las absolutamente surrealistas.

Sabía toda mi historia.

Absolutamente toda.

Una vez le pregunté a Edu si le molestaba que Marcelo y yo fuéramos tan amigos.

Me miró unos segundos.

—¿Vosotros nunca habéis tenido nada?

Me eché a reír.

—¿Con Marcelo? Es como preguntarme si saldría con mi hermano.

Edu se quedó pensativo.

—Pues es un tío de puta madre.

—Lo es.

—Si algún día lo dejamos… casi prefiero que acabes con él.

Recuerdo que me hizo muchísima gracia.

Dos semanas después, como si la conversación anterior nunca hubiera existido, una noche me soltó otra vez.

—Una cosa… ¿seguro que nunca hubo nada entre vosotros?

Era desesperante.

Y bastante divertido, para qué engañarnos.

Marcelo quería muchísimo a Edu. Pero también me quería a mí. Y nunca intentó ponerse de parte de ninguno. Solo quería que los dos fuéramos felices. Jamás tomaba partido. Creo que precisamente por eso lo quería tanto.

—¿Qué te parece si nos escapamos un rato? Tengo que contarte una cosa.

Supe al instante que algo iba mal.

—¿No habías quedado con Tati?

Silencio.

—De eso quiero hablarte. Pero mejor delante de un par de cervezas.

No hizo falta preguntar más.

Si él necesitaba hablar, allí estaría yo. Igual que él siempre había estado cuando le tocaba recoger mis pedazos.

—¿Qué propones?

—Los Caños.

—¿Playa?

—Bueno… playa, bares… ya improvisaremos. Pero llévate el bikini, por si acaso.

A las once y media estaba esperándolo en la puerta.

Puntual como un reloj.

Me había puesto un mono mostaza, unas sandalias y, por supuesto, mi inseparable sombrero.

Era la única forma de disimular el atentado capilar de la peluquería.

Marcelo bajó del coche.

Me miró de arriba abajo.

Se quitó las gafas de sol y rompió a reír.

—¿Dónde vas, Tom Sawyer? Sara ya me ha contado lo del pelo.

—Pues que sepas que estoy monísima.

Se acercó, me quitó el sombrero de un tirón y negó con la cabeza.

—Así mejor.

Me lo volví a poner inmediatamente.

—No. Así escondo la desgracia.

Marcelo soltó otra carcajada.

—Mientras tú estés bien con él… —Señaló el sombrero—… yo no pienso opinar.

Antes de subir al coche me agaché a mirar la rueda delantera.

—Bonitas llantas.

Marcelo siguió mi mirada y sonrió.

—Cortesía de Edu.

—Todavía tienes que darle las gracias.

—Lo sé. Lo tengo pendiente.

Nos echamos a reír los dos.

Era la misma broma de siempre. Y, por alguna razón, nunca dejaba de hacernos gracia.

Durante el viaje, Marcelo puso el último disco de El Kanka.

Le encantaba.

Y a mí también.

Al cabo de unos minutos ya estábamos cantando a gritos medio repertorio, enlazando unas canciones con otras y riéndonos cada vez que alguno desafinaba.

Había algo terapéutico en aquello.

En un momento bajé la ventanilla.

El olor a sal entró de golpe en el coche y el aire caliente me despeinó todavía más aquel corte de pelo que ya era un drama por sí solo.

Cerré los ojos un instante.

—¿Qué haces, loca? ¡Que se va el aire acondicionado!

—Déjame disfrutar esto.

Me miró de reojo y sonrió.

—Te lo voy a permitir… porque hacía mucho que no te veía disfrutar de algo.

No respondí.

Solo seguí mirando el mar.

Y, por primera vez en bastante tiempo, sentí que tenía razón.

Aparcamos al final del pueblo y caminamos hasta un chiringuito.

Era pequeño. Con cañas pintadas de azul haciendo de pared, mesas blancas y ese olor a pescado, crema solar y cerveza fría que solo existe en verano.

Elegimos una mesa alta.

La idea era tomarnos un par de cervezas.

Solo un par.

Los dos sabíamos que ese plan nunca acababa siendo solo un par.

—Es raro que Sara no se haya apuntado —dijo Marcelo mientras levantaba la botella.

—Está ocupada este fin de semana.

—¿Nuevo ligue?

Asentí.

—A ver qué colgado nos trae esta vez.

—¿El último fue el de los calcetines con sandalias?

—No, hombre. Ese fue el verano pasado.

Marcelo se quedó pensativo unos segundos.

—¡Es verdad! Ese era el que Julio pensaba que era guiri.

—Es que llevaba calcetines con sandalias.

—No. Es que tenía un problema en los pies.

Los dos rompimos a reír.

—¿En serio?

—En serio.

—Pues yo ya le había puesto hasta nacionalidad.

Julio era otro de nuestros amigos.

Músico.

Llevaba unos meses fuera de España trabajando y se pasaba la vida de aeropuerto en aeropuerto.

Marcelo levantó el móvil.

—¿Le hacemos una videollamada?

Ya llevábamos dos cervezas.

La idea nos pareció brillante.

—¡Venga!

Apoyó el teléfono sobre una copa vacía para que se sostuviera y juntamos las cabezas delante de la cámara.

A los pocos segundos apareció Julio en pantalla.

Nada más vernos levantó las manos.

—¡¡Eeeeeeh!!

Y, sin decir una palabra, empezó a bailar la Macarena.

Marcelo y yo nos miramos.

—Ya está…

—Cinco segundos ha tardao.

Cuando terminó, señaló la pantalla como si acabara de ofrecer el concierto del siglo.

—¡Qué lucha!

—¿Cómo que qué lucha? Si todavía no hemos dicho nada.

—Da igual. La vida es una lucha.

Nos echamos a reír.

Julio era así.

Podía estar en un aeropuerto, en un camarote, en un hotel o en mitad de una gasolinera perdida.

Siempre encontraba el momento de cantar la Macarena y decir:

«¡Qué lucha!».

—¿Qué pasa, picha? —dijo Julio sin dejar de moverse—. ¿Estáis deprimidos o qué?

—Cinco meses lleva intentando dejar de estarlo —contestó Marcelo señalándome.

Julio me miró muy serio durante dos segundos.

Pensé que, por una vez, iba a decir algo profundo.

Pero no.

Se puso a cantar.

—¡Esos son Reebok o son Nikeeee…! ¡Son Nikeeee! Oooh, yeee…

Y Marcelo, sin poder dejar de reír:

—¿Puedes comportarte cinco minutos?

Y Julio:

—Puedo… pero no quiero.

Nos miró muy serio desde el otro lado.

Marcelo y yo nos pusimos en alerta.

Conocíamos esa cara.

Era la cara de «voy a contar un chiste malo».

—A ver… —dijo carraspeando—. ¿Sabéis qué le dice una silla rica a una silla pobre?

Marcelo cerró los ojos aguantando la risa.

—No.

—¡Pobresilla!

Silencio.

Miré a Marcelo.

Marcelo me miró a mí.

Volvimos a mirar a Julio.

Él seguía sonriendo orgullosísimo de sí mismo.

Pensé que, si algún día alguien hacía un documental sobre amistades imposibles, probablemente empezaría por nosotros tres.

—¿No lo pilláis? ¡Pobre-silla!

Marcelo negó con la cabeza.

—Julio…

—¿Qué?

—No tienes remedio.

Julio levantó las manos completamente satisfecho con su obra.

—¡Qué lucha!

Marcelo y yo nos mirábamos muertos de la risa. Y entonces, de repente, Julio se quedó callado y se puso serio otra vez.

Entrecerró los ojos.

—Ostras… espera.

Se inclinó un poco hacia adelante, como intentando enfocar.

—Pero si es Malu.

Parpadeé.

—Sí… soy yo.

Julio ladeó la cabeza.

—¿Quién te ha hecho eso en el pelo?

Marcelo soltó una carcajada.

—La peluquera.

Julio abrió mucho los ojos.

—Vale, pero… ¿qué le has hecho tú a la peluquera para que te deje así?

—¡Oye! —protesté riéndome—. ¡Yo solo fui a la peluquería! La que hizo el destrozo fue ella.

—Ya… eso dicen todos —remató él.

Y volvió a lo suyo como si nada.

—En fin… ¡Qué lucha!… Bueno chavales… os dejo que tengo que tocar en breve.

—Cuídate.

—Vosotros también.

Silencio.

—Y nos vemos…

Marcelo y yo respondimos al mismo tiempo.

—… con los ojos.

—¡Eso!

Y desapareció de la pantalla tan feliz.

Marcelo negó con la cabeza sin poder parar de reír.

—Imagínate el mundo sin Julio.

Los dos nos quedamos pensando un segundo.

—Qué aburrimiento.