NA MÁS TÉ 4
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Aún no había terminado de entrar en mi dormitorio cuando oí abrirse la puerta de la calle.

—¡Lo he encontrado!

La voz de Sara atravesó el pasillo como un vendaval.

Apareció en la puerta de mi habitación con cara de triunfo absoluto, agitando algo rojo en el aire como si fuera un trofeo olímpico.

—¡El vestido rojo! Ya sabía yo que habían sido las del segundo. ¡Te lo dije! Nunca fallo.

Levanté la vista.

Me había sentado a los pies de la cama.

Seguía funcionando en modo automático.

—Vaya, me alegro. ¿Has hecho una investigación policial… o simplemente les has gritado mucho?

—Bueno… solo un poquito. En cuanto me dijeron que lo habían encontrado en su patio y me lo sacaron, me callé.

Hizo una pausa.

—Aún no sé si creerlas… eso de que apareció en su patio… así, sin más.

Me acordé de la racha de viento de aquellos días.

Sesenta kilómetros por hora daban para mucho.

Pero preferí no decir nada.

—No creo que ese vestido sea del gusto de ninguna de esas chicas.

Sara levantó una ceja.

—¡Eh! ¿Estás menospreciando mi gusto?

—No es eso… es que me da a mí que ellas tienen otro estilo. No las veo precisamente con vestidos ajustados y minifaldas.

—Esas dos querían mi vestido para ligar con un buen maromo. Ya te lo digo yo.

La miré intentando no sonreír.

—No creo yo que quieran ligar con un maromo precisamente.

—¡Anda que no! Conoceré yo a las de su clase…

Entonces se me escapó una risa.

—Sara… ¿de verdad aún no te has dado cuenta?

—¿De qué?

—¿Has visto alguna vez que traigan chicos a casa?

Se quedó pensando unos segundos.

—Pues… ahora que lo dices… no.

Frunció el ceño.

—Aunque… ¿quién iba a querer salir con esas dos urracas parlanchinas?

La miré divertida.

—Sara… esas chicas son pareja.

Me miró completamente desconcertada.

Parpadeó.

Una vez.

Dos.

Tres.

Y entonces su expresión cambió de golpe.

Ya no me estaba mirando a mí.

Estaba mirando mi pelo.

—¿Qué coño te has hecho?

Parpadeé.

—¿Qué?

Se acercó dos pasos.

Entrecerró los ojos.

—Dios mío…

Silencio.

—¡Pareces Liza Minnelli en plena crisis existencial!

Intenté enfadarme.

No pude.

Sara ya estaba tronchada de la risa.

Yo también.

Cuando consiguió recuperar un poco el aire volvió a mirarme… y empezó otra vez.

—Es que cada vez que te miro me entra el miedo de que empieces a cantarme Cabaret.

Y sin saber cómo, las dos acabamos tiradas en la cama.

Riéndonos como si en los últimos meses no hubiera pasado absolutamente nada.

Sara me miró.

Y volvió a explotar.

—Es que no puedo… tía… de verdad… estás horrorosa.

Las dos estallamos otra vez.

Por fin conseguimos respirar.

Sara se incorporó un poco y me miró muy seria.

Demasiado seria.

—¿Sabes cuánto tarda en crecer el pelo?

Su pregunta me dejó perpleja.

—No quiero saberlo —respondí.

—Mucho.

Otra carcajada.

Sonrió con esa expresión malvada que solo ponía cuando sabía que iba a rematar la frase.

—Exactamente el mismo tiempo que vas a estar sin ligar.

Me llevé una mano a la barriga.

Ya comenzaba a dolerme de tanto reír.

Cada comentario suyo era más disparatado que el anterior.

Sin embargo, cada ocurrencia que tenía me hacía todavía más gracia.

—Es lo último que me apetece ahora mismo.

Apenas podía hablar.

No sé si llegó a entenderme.

Hundí la cara en la almohada porque empezaba a faltarme el aire.

—Pero… ¿cómo se te ocurrió cortarte así? —preguntó cuando consiguió dejar de reír.

—No lo sé. Estaba recordando historias surrealistas de Edu y me dio un ataque de risa.

Sara me hizo un gesto para que siguiera.

—La peluquera me preguntó «¿Corto?». Yo dije «corta». Me daba exactamente igual.

No podía parar de reír.

—Luego volvió a preguntar otra cosa. Ni la escuché. Solo asentí. Después insistió: «¿Estás segura?». Y yo… «Sí, sí».

Sara tardó exactamente dos segundos en volver a doblarse de la risa.

—¡O sea, que has salido con un corte de pelo radical por no escuchar a la peluquera!

Asentí.

—Básicamente.

Aquello fue suficiente para que las dos empezáramos otra vez desde el principio.

—Tía… ¿qué fue lo que recordaste?

Le conté a Sara lo de la chica del champú equivocado y cómo, sin darme cuenta, aquello me había llevado a recordar los despistes de Edu.

Sara soltó otra carcajada.

—¡Hostias! ¿Te acuerdas de aquella tarde que lo esperábamos en el paseo marítimo?

Y, otra vez, mi cabeza abrió una de esas puertas que parecían no querer cerrarse nunca.

Volví a verme sentada con Sara en la terraza de un chiringuito, frente al mar.

Hablábamos de nuestras cosas mientras esperábamos a Edu.

Entonces apareció al fondo del paseo.

Venía guapísimo.

Pantalón chino color caqui.

Camisa blanca.

Moreno del sol.

El pelo moviéndose con el viento.

Las gafas de sol.

Durante unos segundos parecía el protagonista de un anuncio de colonia.

Hasta que…

PUM.

No vio el enorme panel con la carta del restaurante que había justo en la esquina.

Se estampó de lleno.

Por puro instinto consiguió agarrarlo antes de acabar besando el suelo.

Durante unos segundos hizo unos malabarismos dignos de un artista de circo para recuperar el equilibrio.

Las personas de la mesa de al lado se levantaron convencidas de que iban a tener que recogerlo del suelo.

Pero, milagrosamente, consiguió mantenerse en pie.

Como si aquello hubiera formado parte del plan desde el principio.

Sara se giró hacia mí tapándose la boca para contener la risa.

—Ahí viene Mister Magoo…

Aquella frase fue suficiente.

Para ser sincera.

Nunca volvió a librarse del apodo.

Por lo menos por parte de Sara.

Seguí contándole la historia de la rotonda y Sara volvió a abrir otro cajón de recuerdos.

—¡Tía! ¡Pero no fue la única!

Y mi cabeza volvió a viajar.

Era de noche.

Otra vez.

Y, curiosamente, otra vez sonó el teléfono.

En la pantalla apareció su nombre.

Solo verlo ya empecé a ponerme nerviosa.

Me estaba acostumbrando a que las llamadas de Edu a esas horas nunca trajeran buenas noticias.

Descolgué.

—¿Sí?

—¡Nena! ¡Me he pegado un golpe con un coche que estaba aparcado!

Cerré los ojos.

Mi cabeza viajó automáticamente a la noche de la rotonda.

—Te juro que no he bebido absolutamente nada. Solo he apartado la vista un segundo. Acabo de salir del trabajo. ¡Joder!

La llamada se cortó.

Intenté devolverla.

Una vez.

Dos.

Tres.

Nada.

Empecé a imaginarme lo peor.

Hasta que el móvil volvió a sonar.

—¿Cómo estás? —pregunté antes incluso de saludar.

—Bien… ya he escondido el coche.

Parpadeé.

—¿Cómo que lo has escondido?

—Lo he metido en una explanada cerca de la playa. Está oscuro. Ahí no lo ve nadie.

Me quedé sin palabras.

Se estaba aficionando a esconder coches.

A los pocos minutos volvió a llamarme.

Esta vez sonaba todavía más nervioso.

—¡Nena! ¡Es el coche de Marcelo!

—¿Qué Marcelo?

—¡Marcelo! ¡Nuestro Marcelo!

Ahí sí que me llevé la mano a la frente.

—¿Le has hecho mucho?

—Pues… bastante.

Silencio.

—La rueda ha salido disparada.

Cerré los ojos.

Respiré.

Volví a respirar.

—Edu… déjale una nota con tu teléfono y arregladlo por el seguro.

—Sí… creo que será lo mejor.

Por primera vez en toda la conversación dijo algo sensato.

—¿Y tu coche?

Silencio.

—No arranca.

Suspiré.

Otra vez lo había escondido a empujones…

Al día siguiente me confirmó que también era siniestro total.

Sara siempre decía que a ese hombre solo le faltaba un cartel luminoso en la frente que dijera «peligro».

Meses después hubo un tercero.

Ese ya no pudo esconderlo.

Era demasiado grande.

Además, fue a plena luz del día.

Terminó comprándose un bonobús.

Durante mucho tiempo pensé que todos aquellos despistes eran simplemente parte de su personalidad.

Y seguramente lo eran.

Lo que tardé mucho más en comprender fue otra cosa.

Que convivir con alguien así significa vivir siempre en alerta.

Pendiente de lo próximo que pueda pasar.

Pendiente de lo próximo que haya que solucionar.

Pendiente de recoger lo que otro deja por el camino.

Y, casi sin darte cuenta… acabas viviendo dos vidas.

La tuya.

Y la suya.

—Oye —dijo Sara, de repente muy callada—. ¿Estás bien?

No me había dado cuenta de que había dejado de reír.

Ni de que se me habían llenado los ojos, aunque no sabía muy bien de qué.

—Sí —dije.

Y creo que hasta yo me lo creí un poco.

Sara no dijo nada más.

Se quedó tumbada a mi lado, mirando el techo igual que yo, hasta que a los pocos minutos la oí respirar distinto.

Se había quedado dormida.

Yo me quedé un rato más así, con el pelo horroroso y la habitación en silencio, pensando que por primera vez en mucho tiempo, no me dolía tanto recordar.