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El martes por fin me dieron cita en la peluquería.

¡Bien!

Salí disparada del trabajo y me paré en una hamburguesería de la esquina.

Una hamburguesa rápida y directa al tinte.

Había prioridad.

A la hora acordada ya estaba sentada en la peluquería.

Había cuatro sillones ocupados por cuatro señoras.

Otras dos esperaban su turno.

Miré alrededor.

¿Dónde están las chicas de mi edad?

Me entró el pánico.

Durante un segundo imaginé que iba a salir de allí con un peinado ahuecado, cardado y lacado hasta sobrevivir a un huracán.

Estuve a punto de salir corriendo.

Pero una de las peluqueras me sonrió.

Mierda… tarde.

Ya me había visto.

Ahora salir huyendo habría sido raro.

Más raro todavía.

Me indicó un asiento junto al lavacabezas y obedecí.

Mientras esperaba, me di cuenta de que mis piernas no paraban de temblar.

Intenté disimular colocando el bolso encima.

Error.

Ahora también temblaba el bolso.

Lo dejé a un lado.

Era menos escandaloso.

Para distraerme empecé a observar a una de las peluqueras.

Cogió un bote, echó una buena cantidad de líquido blanco sobre la cabeza de una señora y empezó a masajear.

Esperé la espuma.

No apareció.

Ella también la esperaba.

Lo supe porque empezó a frotar con más entusiasmo.

La señora abrió un ojo.

La peluquera añadió todavía más producto.

Más masaje.

Más intensidad.

Más nada.

Fue entonces cuando la otra compañera se acercó, cogió el bote y, en voz muy baja —aunque no lo suficiente—, le dijo:

—Estás usando el acondicionador.

La pobre muchacha se puso roja como un tomate.

Enjuagó el pelo a toda velocidad, cogió otro bote y, esta vez, antes de utilizarlo, prácticamente se pegó la etiqueta a la nariz para asegurarse de que era el champú.

Y entonces sí.

Salió espuma.

Mucha.

Demasiada.

La señora parecía llevar una nube de feria sobre la cabeza.

La misma compañera volvió a acercarse.

—Has echado demasiado.

La chica asintió con una mezcla de vergüenza y ganas de desaparecer.

Miré alrededor.

Todas las clientas la observaban. Y yo empecé a mover otra vez las piernas.

No porque estuviera nerviosa por mi pelo. Sino porque acababa de darme cuenta de que estaba sufriendo ansiedad por delegación.

Creo que había empatizado demasiado con la muchacha del champú equivocado.

Durante todo aquel rato había reinado un silencio mudo en toda la peluquería. Ahora, sin embargo, todas parloteaban como gallinas en un gallinero. Aquello, sorprendentemente, me relajó un poco.

Llegó mi turno.

La chica que me había sonreído al entrar me indicó que me sentara en uno de los sillones libres.

Lo hice.

A mi lado también se sentó la señora nube de algodón.

—Me dijiste que era tinte, ¿verdad?

Asentí con una sonrisa tímida.

La chica sonrió, me colocó un babero gigantesco alrededor del cuello y empezó a preparar el tinte.

La observaba a través del espejo.

Cuando terminó, dejó el cuenco sobre el carrito que compartía con su compañera y se alejó un momento para atender a otra clienta que acababa de entrar.

Fue entonces cuando ocurrió.

La chica del champú equivocado cogió el cuenco.

Lo removió tranquilamente con el pincel.

Mi corazón decidió acelerarse otra vez.

«No… por favor… que no sea ella…»

Levanté un poco la barbilla para intentar ver el color del tinte reflejado en el espejo.

Respiré.

El color era el mío.

Vale.

Todo estaba bajo control… o eso pensé.

La chica se acercó con el pincel en la mano.

Pero no vino hacia mí.

Fue directa a la señora nube de algodón.

Levantó el pincel… y le dio el primer brochazo.

—¡Espera!

Toda la peluquería dio un pequeño respingo.

La peluquera que me estaba atendiendo apareció casi corriendo y le arrebató el cuenco de las manos.

—¡Ese es mi tinte!

Demasiado tarde.

El brochazo ya estaba dado.

La pobre señora volvió resignada al lavacabezas mientras intentaban borrar las pruebas del delito antes de que el color decidiera quedarse a vivir allí.

La chica del champú equivocado cerró los ojos un segundo, respiró hondo y volvió a dejar el cuenco en su sitio.

Mi peluquera regresó junto a mí, sonrió como si nada hubiera pasado y cogió el pincel.

—¿Preparada? Vamos allá.

Asentí.

Aunque siendo sincera, llevaba un buen rato preparándome psicológicamente para salir de allí con el pelo verde.

Los dos primeros brochazos… Bien.

Era marrón.

De momento… todo bien.

La señora de mi derecha no paraba de hablar de sus nietos.

En menos de cinco minutos ya conocía a toda la familia.

Martirta, Paquito, Anita, Fernando… Todos eran guapísimos, inteligentísimos y sacaban unas notas extraordinarias.

«¡Qué maravilla!», pensé.

De pronto reparé en el reflejo de la señora nube de algodón en el espejo.

Miraba a la chica del champú equivocado con auténtico pánico.

Detrás de ella, la muchacha sostenía una caja de tinte.

Se lo pegaba a la cara.

La apartaba.

Volvía a acercársela.

Como si estuviera intentando descifrar un jeroglífico egipcio.

La señora nube de algodón alargó el brazo y tiró suavemente del uniforme de mi peluquera llamando su atención.

—Oye… vigila a esa niña. No vaya a coger el color equivocado.

Mi peluquera se volvió. Caminó hacia su compañera con paso firme, le quitó la caja de las manos y negó despacio con la cabeza.

Un minuto después regresó con otra caja, se la entregó con una sonrisa y volvió a su sitio como si aquello ocurriera todos los martes.

Aquel gesto me tranquilizó.

«Esta chica necesita unas gafas con urgencia», pensé.

Y fue curioso.

Porque la palabra «gafas» tuvo el mismo efecto que una llave girando en una cerradura.

De pronto ya no estaba en la peluquería.

Estaba en una óptica.

Edu había entrado nervioso. Muchísimo más nervioso que yo en aquella peluquería.

Yo le había prometido que lo acompañaría.

Le acaricié el brazo para tranquilizarlo.

Una chica muy guapa se acercó a nosotros y, con una sonrisa, hizo pasar a Edu a un pequeño gabinete donde había un sillón enorme y uno de esos aparatos gigantes para revisar la vista.

Yo me senté en una silla apartada y me limité a observar.

La revisión duró un buen rato.

«¿Así mejor?… ¿O así?»

«¿Y ahora?»

«¿Mejor uno… o dos?»

Cuando terminó, la chica le dijo la graduación que necesitaba.

Me sorprendió.

No imaginaba que hubiera estado viendo tan poco durante tanto tiempo.

Y entonces entendí muchas cosas.

Sus despistes.

Había días que, en mitad de la comida, tiraba un vaso y lo regaba todo.

Sara salía disparada a por un trapo mientras soltaba algún resoplido de los suyos.

Una vez derramó una cerveza entera encima de una pizza recién hecha.

Aquello quedó incomible.

Al final cenamos yogur y helado.

Bueno… tampoco estuvo tan mal.

Otro día confundió la espuma de afeitar con la espuma para el pelo.

Cuando se dio cuenta, tuvo que volver a meterse en la ducha.

Como la chica del champú equivocado…

Y luego estaba lo del paseo marítimo.

Aquello fue insuperable.

Íbamos caminando tan tranquilos cuando, de repente, levantó el brazo y saludó con un entusiasmo excesivo.

—¡Hombre, Juanito! ¡Cuánto tiempo!

La persona se giró.

Era una chica.

Lo miró con una cara que podía haber congelado el Mediterráneo.

Yo deseé convertirme en una gaviota y salir volando de allí.

La verdad es que tenía el pelo corto y unos rasgos bastante marcados. Pero, definitivamente… no era Juanito.

Volví a la peluquería.

Mi peluquera ya había terminado de aplicarme el tinte.

«¡Qué rapidez!», pensé.

No me había dado cuenta de que mis pensamientos me habían tenido fuera de allí bastante más tiempo del que imaginaba.

La chica del champú equivocado también había terminado con la señora nube de algodón y ahora intentaba acomodar a otra clienta bajo uno de aquellos secadores con forma de casco espacial.

Lo encendió.

Bajó la cúpula.

La señora frunció el ceño.

—Esto está frío… ¿No tendría que salir caliente?

La chica apagó el aparato.

Miró los botones como si esperara que alguno le confesara el secreto.

Volvió a encenderlo.

—Sigue saliendo frío.

Otra vez lo apagó.

Puso la mano delante de la salida de aire.

Seguía frío.

Le dio un par de golpecitos al aparato.

Yo contuve una sonrisa.

Mi peluquera se acercó con una paciencia admirable.

—Mira… este es el botón del aire caliente. Lo estabas girando hacia el lado equivocado.

La chica dejó escapar un suspiro.

Uno de esos suspiros que solo salen cuando llevas demasiado tiempo teniendo un mal día.

Giró el mando hacia el lado correcto.

Esta vez sí.

La señora sonrió satisfecha y se acomodó bajo el secador.

Y entonces pensé…

«Edu también era muy de arreglar las cosas a golpes.»

Y, sin darme cuenta, volví a marcharme de la peluquería.

Estaba en mi cama.

Casi dormida.

El móvil empezó a sonar sobre la mesita de noche.

Giré la cabeza.

Edu.

Me sorprendió.

Hacía una semana que lo habíamos dejado.

Bueno… Aquello tampoco era una novedad. Nuestra relación había sido un continuo ir y venir.

Romper.

Volver.

Era casi una tradición.

Descolgué.

—¿Sí?

—¡Nena! ¡Me acabo de comer una rotonda! ¡He destrozado el coche!

Parpadeé varias veces.

Seguía medio dormida.

Durante unos segundos llegué a pensar que estaba soñando.

Aparté el móvil de la oreja para comprobar que la llamada seguía ahí.

Sí… Seguía gritando.

—¡Me he cargado el coche! ¡Joder!

—¿Dónde estás? —pregunté intentando mantener la calma.

—En Conil.

—¿Qué demonios haces en Conil un jueves por la noche?

—Había quedado con un cliente. Hemos estado hablando de trabajo… ya sabes… y hemos tomado una copa. Pero te juro que no estoy borracho.

—¿Y cómo ha pasado?

Se hizo un silencio.

Después suspiró.

—¿Te acuerdas que tenía cita con el oculista?

Yo ya empecé a temerme lo peor.

—Me hicieron un fondo de ojos. Me echaron unas gotas para dilatar la pupila. Pero eso fue esta mañana. Pensé que ya se habría pasado el efecto.

Cerré los ojos.

Respiré hondo.

—Ha venido un coche de frente con las luces largas y me ha deslumbrado como un conejo.

Abrí los ojos otra vez.

—¿Llevas las gafas?

Silencio.

—No… —respondió casi en un susurro.

Ahí estaba.

El cóctel perfecto.

Sin las gafas. Con las pupilas todavía dilatadas. Y, aunque hubiera bebido poco, o eso decía él, también con alcohol de por medio.

Era como si el universo hubiera organizado una reunión para tomar todas las malas decisiones posibles el mismo día.

—Llama al seguro.

—Ya he llamado… pero dicen que van a tardar.

Su voz sonaba tan desesperada que toda mi indignación se desinfló de golpe.

Suspiré.

—Voy para allá.

Al otro lado solo se oyó un suspiro de alivio.

—Gracias, peque…

Cuando llegué a la ubicación que me había enviado, no vi nada.

Bueno… La rotonda seguía allí. Eso sí…

Pero ni rastro del coche.

Ni de Edu.

Los arañazos en el muro y varios trozos de plásticos desperdigados por el asfalto confirmaban que el accidente había ocurrido justo allí.

Pero…

¿Dónde demonios estaba el coche?

¿Y Edu?

Aparqué en el arcén y bajé.

Entonces lo vi.

Estaba unos metros más allá caminando de un lado para otro con las manos en la cabeza.

No me había visto llegar.

Lógico.

Si no había visto una rotonda enorme… ¿Cómo me iba a ver a mí?

Corrí hasta él.

En cuanto levantó la cabeza y me reconoció, se le iluminó la cara.

No era alegría.

Era alivio.

—¿Dónde está el coche?

Señaló con el dedo hacia un camino lateral completamente oscuro.

—Allí.

Me asomé.

Y allí estaba.

El cuerpo del delito.

Escondido en un carril tan oscuro que parecía haber intentado desaparecer por vergüenza.

Me giré despacio.

—¿Quién ha movido el coche?

—Yo.

Parpadeé.

—O sea que arranca.

Negó con la cabeza.

—A empujones —dijo.

—¿Tú solo?

Asintió.

—No podía dejarlo en mitad de la carretera. A ver si llegaba la Guardia Civil… o alguien llamaba. He bebido muy poco… solo un par de cervezas. Pero… ¿y si doy positivo?

Lo miré unos segundos.

No sabía si abrazarlo… o darle dos collejas.

Al final no hice ninguna de las dos.

Suspiré. Y me quedé con él hasta que llegó la grúa.

El coche fue declarado siniestro total.

Nosotros no.

Aquella noche me quedé con él.

Y ese día… volvimos.

Volví a la peluquería otra vez porque me tocaba lavarme la cabeza.

Ya había pasado el tiempo.

El tinte debía haber hecho su trabajo.

La chica del champú equivocado me acompañó hasta el lavacabezas y, con una sonrisa tímida, me indicó que me sentara.

Me la iba a lavar ella.

La miré un par de veces, dudando. Y antes de que pudiera coger ningún bote, fui yo misma la que le señalé el correcto.

Me había quedado con el bueno.

La chica asintió, avergonzada.

Se giró buscando algo por el carrito.

¿Sus gafas tal vez?

Y no pude evitar una risita.

Cerré los ojos. Y otra vez… el pensamiento me llevó a otro día.

A la óptica.

Edu se negaba a usar las gafas.

Y yo insistía en que las necesitaba.

El accidente de la rotonda había sido la gota que colmaba el vaso.

—¿Y lentillas? —preguntó de repente ilusionado.

Como si hubiera descubierto América.

—¿De verdad quieres ponerte lentillas?

—Sí.

Rotundo.

—No pienso usar gafas.

Edu era muy presumido.

Decía que las gafas le quitaban encanto.

Yo pensaba que ya era suficientemente «encantador» como para sobrevivir a un poco menos de encanto.

La chica de la óptica le dio varias instrucciones y le enseñó a ponérselas.

Se las puso.

Se las quitó.

Se las volvió a poner.

Siete veces.

U ocho.

Perdí la cuenta.

—Es que no las veo bien —decía.

Y yo me debatía entre la compasión y la risa. Porque era imposible no reírse. Pero también daba pena.

Al final lo consiguió.

No sé en qué intento exactamente, pero lo consiguió.

La chica de la óptica le recomendó dar un paseo. Un par de horas serían suficientes para comprobar si se adaptaba.

Edu salió de la óptica como si le hubieran cambiado la vida.

Miraba todo con una intensidad nueva.

—¡Mira! Han restaurado el edificio de la esquina.

Lo miré.

—Ese edificio lleva años restaurado.

—Pues no me había dado cuenta.

Y siguió andando como si nada.

Pasamos por una heladería.

Helado de pasas al ron. Nuestro favorito.

Llevábamos unos treinta minutos en la heladería cuando noté que se ponía raro.

Parpadeaba mucho.

Demasiado.

—¿Te molestan? —pregunté.

—No —dijo rápido.

Demasiado rápido.

Hasta que lo vi.

Ojos rojos.

Muy rojos.

—¡Me quema!

Se levantó de golpe.

El helado salió volando. Y aterrizó directamente en mis pantalones blancos.

—¡Corre, vamos a la óptica! ¡Ya!

Me agarró sin mirar muy bien dónde.

—¡Me voy a quedar ciego!

Y allí iba yo.

De la mano de un hombre semiciego, histérico, y con una mancha de helado de ron en los pantalones.

Pensando que probablemente aquello no era una relación estable.

Pero sí era una relación inolvidable.

La chica terminó de lavarme la cabeza y me colocó la toalla.

—¿Estás bien?

Me preguntó.

Yo intenté contestar.

Pero no pude.

Porque estaba llorando.

De risa.

—¿Te corto? —preguntó.

Luego dijo algo que no escuché.

Yo seguí secándome las lágrimas.

—¿Estás segura?

—Sí, sí.

Pero realmente no la estaba escuchando.

Y así, sin enterarme de nada, firmé mi sentencia capilar.