NA MÁS TÉ 2
6%

2

Aquella tarde llegué a casa y me senté a los pies de la cama.

Era uno de esos días en los que no pasa nada importante.

O eso parece, hasta que empiezas a mirar demasiado tiempo.

Me quité los zapatos sin prisa, como si el mundo fuera a esperarme igual que siempre.

La ducha, la cama, la serie de siempre en el televisor pequeño de mi cuarto…

Rutina segura y predecible.

O al menos eso me gustaba creer.

Porque mi vida, en teoría, era bastante normal.

En teoría.

Pero a veces esa normalidad se iba a tomar por culo.

Como aquella vez en la farmacia.

La puerta automática decidió que yo no existía.

Yo, por algún motivo, decidí confiar en ella.

Fue un error.

El golpe fue seco, directo y sin negociación.

Las gafas salieron disparadas al suelo como si también ellas quisieran abandonar la escena y, durante un segundo, pensé que mi dignidad se había quedado dentro del local.

Al salir, algo no encajaba.

Las patillas ya no sostenían nada y el dolor en el lado derecho de la cara empezó a explicarme, sin palabras, que aquello no había sido una experiencia espiritual precisamente.

O como el día del felpudo.

Solo iba a colocar la alfombra en su sitio.

Nada más.

Un gesto cotidiano.

Inofensivo.

El suelo, sin embargo, tenía otros planes.

Una mezcla traicionera de lejía mal repartida y mala suerte había convertido el pasillo en una pista de hielo doméstico.

Resbalé y caí.

Y por un instante muy breve pensé que me había fracturado el concepto de «culo».

No pasó nada grave, gracias a Dios… pero tardé varios días en caminar como si la vida no me hubiera ganado una batalla más.

Aquel día, al menos, parecía tranquilo.

Uno de esos días neutros.

Sin pena ni gloria.

Sin accidentes nuevos.

O eso creí.

Hasta que la puerta de mi habitación se abrió.

Sara entró en mi habitación sin llamar.

Aunque, pensándolo bien, nunca me pedía permiso para nada.

Sus ojos me localizaron al instante y su expresión lo dijo todo antes de que hablara.

—Oye… —dijo, cruzándose de brazos—. Creo que ya va siendo hora de que vuelvas a limpiar un poco.

La miré sin moverme.

—Y de que empieces a recoger la casa de vez en cuando. No puedo hacerlo todo yo.

Pausa.

Mirada alrededor.

Silencio incómodo.

—Esto empieza a parecer una batalla campal.

Otra pausa.

Y entonces, bajó un poco la voz.

—Y… no quiero ser borde, pero… esto me recuerda demasiado a cuando Edu vivía aquí.

El nombre apareció en la conversación y noté cómo algo se me encogía por dentro.

Hacía meses que nadie lo pronunciaba.

Yo no respondí.

Bajé la vista.

No me esperaba que me afectara tanto escucharlo.

Y, sin embargo, ahí estaba otra vez aquel pellizco en el pecho.

Sara suspiró.

—Me estaba acostumbrando a tener un poco de orden desde que él se fue.

Miré alrededor.

La ropa en la silla, los cajones abiertos, cosas fuera de su sitio.

Y tuve una sensación extraña.

Aquella habitación seguía pareciéndose demasiado a la que había compartido con Edu.

Hasta ese momento no me había dado cuenta de que el desorden ya no era de él.

Ahora era mío.

Y entonces entendí otra cosa.

No era solo la habitación la que llevaba demasiado tiempo patas arriba.

Mi cabeza, como siempre, hizo lo único que sabe hacer cuando no quiere enfrentar la realidad.

Se fue a otro sitio.

A las mañanas en las que Edu todavía vivía en casa.

El desayuno lo preparaba yo.

Sara y Edu se arreglaban con la calma de quien cree que el tiempo es infinito.

Nos sentábamos juntos unos minutos.

Sara y yo salíamos siempre con prisas.

Edu no sabía lo que era una prisa.

Creo que, si un día hubiera un incendio, primero se terminaría el café.

Cuando volvía del trabajo, los restos del desayuno seguían allí.

No solo en la cocina.

También en el salón y, a veces, como si hubiera tenido vida propia, llegaban hasta la terraza.

Mi pequeño refugio.

El único sitio de la casa que aún sentía mío.

La cama casi nunca estaba hecha.

«No me da tiempo», decía.

Como si hacer la cama no entrara dentro de las cosas importantes de la vida.

Y entonces llegaba yo del trabajo, completamente cansada, y empezaba el recorrido automático.

Ropa en la silla.

Ropa en el suelo.

Ropa que no sabía si estaba limpia o sucia.

Y la cama…

Siempre la cama.

La hacía sin pensarlo demasiado.

Era automático.

Como si poner orden fuera la única forma de no pensar en otras cosas.

Y, aun así, en su momento, a todo aquello lo llamé vida en común.

Entonces no me parecía un problema.

Solo era lo que había.

O al menos eso me decía a mí misma.

Volví.

Sara seguía allí, esperando, como si yo tuviera una respuesta clara guardada en algún cajón.

Pero no la tenía.

Solo tenía una sensación rara en el pecho.

Algo parecido al alivio.

Y me inquietaba.

Yo estaba acostumbrada a entender el dolor.

No sabía muy bien qué hacer con el alivio.

El recuerdo vino solo.

Yo nunca había sido celosa.

O eso decía yo.

Hasta que me tocó comprobarlo en directo.

A Edu le gustaba ser simpático.

Demasiado simpático.

De ese tipo de personas que creen que «caer bien» es un deporte olímpico.

—Es mi trabajo —decía.

Relaciones públicas en una sala de fiestas.

Yo lo entendía.

Hasta que dejé de entender dónde terminaba el trabajo y empezaba él.

Callarme, sonreír y vigilarme por dentro para no explotar por fuera se había convertido en mi costumbre.

Hasta que un día exploté.

No fue un drama.

Fue peor.

—Igual yo no quiero una relación —me había dicho en una ocasión.

Y ahí se me apagó algo.

Como cuando el Wifi funciona perfectamente y de repente deja de funcionar.

Todo pasó un día cualquiera.

Él había quedado con unas amigas para cenar.

Hasta aquí, todo normal.

O eso me repetí.

No dormí.

No porque hubiera pasado algo.

Sino porque mi cabeza no sabía descansar cuando no tenía el control.

Aquella noche no vino.

Llegó por la mañana.

Y me enteré de que había dormido en casa de una de ellas.

Porque estaba borracho.

Porque era más cómodo así.

Y lo peor no fue eso.

Lo peor fue lo fácil que parecía todo para él.

Yo no dije nada.

Callé, como muchas otras veces.

Porque decir algo siempre acababa en lo mismo.

«Eres muy celosa».

«Tienes que confiar más».

Y poco a poco dejé de hablar.

Empecé a acumular cosas dentro.

Hasta que un día dejaron de caber.

—No me parece normal —dije al día siguiente.

Silencio.

—Estás exagerando —me respondió él.

—No veo bien que a cada dos por tres te quedes a dormir en casa de una amiga.

—Estaba borracho, Malu. No le des más vueltas. Además, no tengo por qué estar rindiendo cuentas de todo lo que hago.

Me quedé perpleja.

—No sé qué entiendes tú por relación.

Me miró fijamente.

—¿Y si no quiero una relación? —dijo él.

Silencio.

Y en ese silencio se rompió algo.

Un día llegué a casa y todo era un completo caos.

Como siempre.

Pero no un caos romántico.

Un caos con intención.

Desayuno por todas partes.

Como si alguien hubiera desayunado… y después hubiera celebrado su libertad.

La cama no estaba hecha.

Era otra cosa.

Una declaración de independencia textil.

Y el baño…

El baño fue el momento en el que mi cerebro dijo:

«Hasta aquí».

Pelos en la pila.

La escobilla ignorada como si fuera decoración.

Y el váter…

Bueno.

Digamos que había perdido toda dignidad posible.

Ahí no pensé.

Ahí ejecuté.

No sé qué me llevó a hacer lo que hice, pero hice una pila con sus cosas.

Una pila muy honesta.

Muy definitiva.

Y la dejé en la puerta.

Cuando volvió no discutimos.

Lo cual, curiosamente, fue lo más revelador de todo.

Sentí tristeza.

Pero también una especie de silencio interno.

Como si alguien hubiera bajado el volumen de una vida que llevaba demasiado tiempo demasiado alta.

Y eso me dio miedo.

Y alivio.

Al mismo tiempo.

Sara seguía con su retahíla.

«Deberías espabilar».

«Deberías hacer algo».

«Deberías buscar ayuda».

Yo la escuchaba a medias.

En realidad, llevaba un rato sin estar del todo allí.

Mi atención se había ido a otra parte.

Al espejo.

Y entonces lo vi.

Una cana.

Pequeña.

Pero perfectamente decidida a existir.

Me pasé la mano por el pelo sin pensar demasiado. Como si al tocarlo pudiera deshacer la prueba.

—Tía… ¿me estás escuchando?

Asentí.

Sin tener ni idea de qué había dicho.

Sara suspiró.

Yo seguía mirando el espejo.

No a Sara.

A mí.

Tenía que teñirme.

Eso fue lo único claro durante unos segundos.

Y entonces empezó el desastre mental.

No el de fuera.

El de dentro.

¿Marrón chocolate?

Demasiado serio.

¿Rubio?

Demasiado optimista para mi momento vital.

¿Cobrizo?

No.

Definitivamente no.

Mi vida no estaba en fase cobrizo.

Sara seguía hablando.

Algo de ayuda.

Algo de espabilar.

Algo de «no puedes seguir así».

Y yo, en algún momento de sus frases, pensé:

«Mañana pido cita en la peluquería».

Como si eso arreglara cualquier cosa.

—Esto no es normal, Malu —dijo Sara—. Desde que él se fue estás apagada.

La palabra «apagada» se me quedó dando vueltas.

Como si alguien hubiera bajado un interruptor dentro de mí.

Y, sin querer, me vi otra vez allí.

El desayuno en la mesa.

La casa llena de ruido.

Y yo recogiendo cosas sin pensar demasiado en lo que eso significaba.

«Ya sabes que soy un desastre», decía él.

Y yo asentía y sonreía.

Siempre asentía y sonreía.

Volví al espejo.

La cana seguía ahí.

Como si no tuviera intención de desaparecer por mucho que la ignorara.

—¿Tú me estás escuchando? —insistió Sara.

De repente la miré.

—¿Qué color de pelo crees que me quedará mejor?

Sara me miró como si me viera por primera vez.

En aquel momento, su opinión me parecía de vital importancia.

Necesitaba saber qué color creía que me quedaría mejor.

Sara salió sin decir nada.

Yo interpreté aquel silencio como un «marrón chocolate».