NA MÁS TÉ
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1
La taza tenía dos asas.
No una.
Dos… una a cada lado.
Como si fuera una especie de conejo cerámico diseñado por alguien con una sobredosis de té.
La observé durante varios minutos.
Quizás más.
La voz de Sara flotaba en el ambiente, amortiguada, como un hilo musical mientras iba de un lado a otro trajinando por la cocina.
—…miré por todos lados, bla bla bla… rojo… bla bla bla… no lo entiendo… bla bla bla… es mi favorito… bla bla bla.
No la estaba escuchando. Mi cerebro captaba palabras sueltas en un mar de ruido sin sentido.
—Malu… ¿me estás escuchando?
Levanté la vista.
Sara me miraba desde la cocina con una tostada en una mano y una indignación completamente desproporcionada para las ocho de la mañana.
—¿Qué?
Sara puso los ojos en blanco y bufó.
Lo hacía a menudo.
Casi como un reflejo.
—¡Mi vestido! Ha desaparecido de la azotea. Lo tendí el lunes por la mañana y no me acordé de recogerlo. Ayer subí y ya no estaba. ¿Te lo puedes creer?
—¿Qué vestido?
—¡El rojo! ¡Tía, el rojo! ¿Te lo puedes creer?
Sara movía la cabeza con efusividad mientras untaba mermelada en la tostada.
Su cara sí estaba roja en aquel momento, pensé.
—Es mi favorito —continuó—. Pero seguro que alguna de las petardas del segundo lo ha visto y me lo ha robado. Tengo que hablar con el presidente. Esto no se va a quedar así. ¡Ah, no! Como que me llamo Sara que voy a encontrarlo cueste lo que cueste.
Yo llevaba tiempo en mi mundo, pero no se me habían escapado las rachas de casi sesenta kilómetros por hora que habían estado azotando la zona los últimos días.
Aun así, preferí no decir nada.
Porque existía la posibilidad bastante razonable de que el vestido simplemente hubiera decidido independizarse.
Además, era mejor así.
Era su vestido favorito, sí.
Pero no le favorecía lo más mínimo.
Una vez, solo una, le dije que un mono de cuero no le quedaba bien.
Casi me arrepiento de seguir viva después de aquello.
Asentí lentamente cuando terminó su discurso sobre el vestido.
No porque estuviera de acuerdo con ella.
Sino porque acababa de descubrir algo mucho más importante.
Las dos asas no eran asas.
Eran orejas.
No era un conejo.
¡Joder, era un gato!
¿Cómo no me había dado cuenta?
¿Y de dónde había sacado Sara aquella taza?
Ella siguió hablando del vestido como si fuera un caso policial internacional.
—Voy a poner una denuncia. Sí, eso haré —dijo muy decidida—. Esto no es normal. Alguien lo ha visto y ha decidido quedárselo.
Yo asentí fingiendo que le daba la razón.
Aunque, siendo sincera, me costaba imaginar a alguien enamorándose de aquel vestido.
Pero mi cabeza volvió a quedar atrapada en la taza.
Dos asas.
Dos.
¿Quién diseña una taza con dos orejas?
«Quizás era una señal», pensé.
Tal vez el universo estaba intentando decirme que yo también había sido diseñada para sostenerme desde dos lados: uno racional y otro completamente caótico.
—¿Tú qué harías en mi lugar? —insistió Sara.
Parpadeé.
¿En su lugar?
Ni idea de qué lugar era ese.
Seguía intentando averiguar por qué aquella taza podía parecer un animal en plena crisis existencial a las ocho de la mañana.
—Yo… —empecé.
Pero justo entonces, las asas cambiaron de forma otra vez en mi cabeza. Y, ahora, la cara de gato de la taza parecía mirarme.
¿Me estaba juzgando?
Sara volvió a ponerse en modo misión.
—Oye, tu jefa esa… la que adelgaza cada dos por tres. ¿No tendrá ropa que vaya a donar? Seguro que tiene vestidos monísimos. A ver si le sobra alguno. Me vendría genial para el fin de semana. He conseguido una cita y creo que esta vez tengo posibilidades. Necesito algo ¡ya!
La miré durante unos segundos y negué con la cabeza.
No.
Mi jefa no había vuelto a adelgazar.
Y, por tanto, tampoco estaba renovando el armario.
Fue entonces cuando mi cerebro abandonó la taza durante unos segundos para procesar lo que Sara acababa de decir.
¿Otra cita?
¿Es que esta mujer no aprendía?
En apenas un año había tenido tropecientas.
Todas salidas de esas aplicaciones de citas que prometían encontrar al amor de tu vida y que, en el caso de Sara, parecían especializadas en localizar a los hombres más estrambóticos del hemisferio occidental.
Parecía tener un detector de tarados instalado en el móvil.
Aunque, pensándolo bien…
Quizá el problema no era Sara.
Quizá existía un modelo de detector que venía de serie en algunas personas.
Y yo debía de tener exactamente el mismo.
Porque, si repasaba mis relaciones de la última década, la estadística no jugaba precisamente a mi favor.
Y la última...
¡Ay, la última!
Esta merecía un capítulo aparte.
Porque el problema no era que la taza fuera más importante que la conversación con Sara.
Tampoco que, durante los últimos meses, hubiese ido por la vida en piloto automático, encadenando desastres y accidentes estúpidos.
Había algo más. Algo que todavía no sabía nombrar.
Lo que no imaginaba entonces era que aquella historia no terminaría conmigo.
Empezaría conmigo.