My5: Parte 1 (Cuentos perfectos 5) 4
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A lcanzamos el restaurante, situado en el último piso de uno de los edificios más altos y emblemáticos de Zatoza.

Nos reciben las vistas panorámicas y nocturnas de una ciudad a nuestros pies que, como Dovah, nunca duerme.

Si Nikky no iba a estar contento con esta cena, esto era lo último que necesitaba: las alturas nunca le han entusiasmado.

No suelto su mano para adentrarnos en el lugar, notando cómo aprieta la mía sin disimular la incomodidad que le supone rodearse de cierta gente. No le culpo.

Los demás invitados se reúnen por la espaciosa sala, cerrada al público esta noche, por las diferentes mesas que exponen los entrantes y las bebidas.

Al contrario de lo que piense Nikolai, no siento demasiada simpatía por las personas con las que vamos a compartir cena y charla.

Prueba de ello es la manera en la que no disimulo el evitar al grupo del fondo, donde el tipo de media melena y ojos claros, ataviado con un conjunto cuyo diseñador conozco bien y decorándolo con un reloj de titanio en la muñeca, que saca al resto muchos centímetros de altura y otros tanto de anchura ríe y se deja agasajar por las atenciones que se le proporcionan.

Nunca me ha caído bien Máximo Magnum, y sé muy bien que el sentimiento es mutuo.

Y poco tiene que ver que nuestras respectivas empresas compitan en el mismo campo.

Por ello mi rumbo cobra sentido directo a un par de personas que charlan de manera contenida pero alegre. Bueno, a una de ellas en concreto. Michel no tarda en captar mi presencia.

—Florian Grave —saluda abriendo los brazos de par en par.

Me dirijo a él con una sonrisa muy diferente a la que me provoca otra persona, pero con ánimo de reunirme con mi viejo amigo. Solo suelto la mano de Nikky el segundo que necesito para corresponder su saludo.

—Michel Comma. Ha pasado mucho tiempo. —Dedico a mi amigo un ligero apretón de hombro antes de recuperar el contacto con mi novio, relegado unos pasos a mi espalda.

—Demasiado —concuerda—. ¿No vas a presentarnos?

Disimulo cómo se me hincha el pecho de orgullo de acercar a Nikky a una de las pocas personas cuya opinión me importa algo.

—Nikolai Bobba. Mi pareja.

—Nikky, por favor —me corrige aceptando la mano que Michel ofrece para estrecharle. Casi tengo que contenerme de poner los ojos en blanco. No es la primera vez que lo presento como tal pero al parecer soy al único al que sigue afectándole el título. Aunque es otro al que yo aspiro.

—Nikky —repite mi amigo con una sonrisa y un saludo efusivo—. He oído hablar mucho de ti.

Nikky corresponde comuna sonrisa contenida.

—Ojalá pudiera decir lo mismo.

Contengo mi propia diversión; esta noche no me dejarán olvidarla con facilidad. Por lo menos mi amigo no parece ofendido por las palabras, sino que me dedica una de esas miradas cómplices que tanto usáramos antaño.

—Bueno, en su defensa diré que hace falta ser de una relevancia especial para que tu nombre salga de boca de Florian Grave. Un hombre con suerte.

—Sin duda alguna —afirma mi novio, y no es tan discreto como cree con el deje de soberbia que asoma en sus palabras.

Por cómo lo conozco, presumiendo de mi persona y no por quedar por encima de nadie, aunque las palabras de mi amigo hayan conseguido su propósito de apaciguarlo.

Michel no dice nada, solo sigue sonriendo con esos dientes muy blancos al aire, a juego con sus cristalinos ojos claros y en perfecto contraste con su pelo oscuro.

Rasgos que sé muy bien que Nikky detecta, pero que obvia en su intento por ser cortés.

El vaivén de camareros nos interrumpe y anuncia que es hora de tomar asiento en la gran mesa dispuesta en medio de la sala y que espera por sus huéspedes.

—¿Nos acompañáis? —pregunta Michel sin borrar la sonrisa. Me da paso con un movimiento de la mano y casi tengo que arrastrar a Nikky para que me siga.

—Dijiste que era viejo y feo —susurra a mi lado para que solo yo pueda oírlo. Y yo sigo sonriendo triunfal, como cada vez que consigo irritarlo.

—Jamás confirmé tal hipótesis.

No me giro para recibir la mirada de odio que debe estar dirigiéndome —merecida, sin duda— y tomo el lugar que se me ofrece.

Nikky siempre a mi lado. Y gracias a Dios Máximo en el otro extremo de la mesa sin hacer nada por detectar mi presencia.

Esta es una de las pocas cosas que me gustan de salir de Dovah, que haya otros locales en los que recaiga la atención que en los extranjeros o visitantes.

En este caso nada mejor que en el desmedido ego de un ególatra sin clase.

***

—Tienes que estar de broma. —Michel necesita secarse las lágrimas de los ojos entre tanta risa—. Hubiera pagado mucho por verlo —dice, recuperándose—. Lo siento, amigo, pero nunca me cayó bien tu padre.

—No tienes nada que sentir —corroboro.

—El caso es —continúa Nikky con su anécdota— que te hubiera encantado la cara del señor Grave el día que se enteró de su “despido”.

Michel y Nikky llevan toda la cena hablando e intercambiando anécdotas, algunas no tan graciosas como ellos creen, pero que al parecer tienen cierta gracia irónica. Me encanta ver que se lleva bien con la única persona a la que le concedo el título de “amigo” con total confianza.

La risa de Michel casi se oye por encima de las conversaciones ajenas, todas centradas en temas más tediosos como pueden ser los muchos negocios que nos atañen.

De hecho, lleva sin poder relajar la mandíbula la última hora, y no porque haya probado demasiado de la comida servida.

Siempre tiene un tema nuevo que sacar, siempre encuentra un detalle que le resulte curioso o merecedor de ser profundizado.

Y si resulta en un comentario ingenioso por parte de mi novio, casi parece no esquivarlo a propósito.

No niego que esa es una de las muchas facetas que me gustan de él; es natural como poca de esta gente puede presumir ser.

—Sabía que tenías buen gusto, Florian —comenta Michel llevándose la copa de vino a los labios. Puede que el líquido espiritual también tenga mucha culpa de la diversión que ha bañado a velada—. Espero que también hagas uso de tu famosa inteligencia y lo “retengas” pronto.

Michel guiña un ojo en dirección a Nikky, quien finge seguir comiendo y no verlo. Pero poco me conoce si cree que lo dejaré en paz tan pronto.

—Esa decisión ya no depende de mí, amigo —reconozco, ganándome una mirada de soslayo de mi novio que nunca evito sino que correspondo.

—No va a dejarme en paz al respecto —le comenta Nikky a Michel acercándose a él como si aquello evitara que lo escuchara. Disimulo mi propia sonrisa en otro sorbo a mi copa, deleitándome con la risa que el comentario provoca en mi amigo.

Por desgracia, aunque no tengo mayor protagonismo en la cena, me veo obligado a cambiar mi foco de atención de ellos dos a uno que me interesa mucho menos atendiendo a viejos conocidos, míos o de mi padre, o contactos de clientes potenciales o futuros socios.

Pero si de algo puedo presumir es de una educación intachable, y no porque me la haya promocionado mi padre, precisamente.

Uno aprende mucho más observando y analizando el comportamiento de quienes le rodean y copiando las actitudes que desembocan en el resultado deseado.

En mi caso, siempre una sonrisa y una fingida atención son de efecto contrastado.

—Voy al baño —me susurra Nikky para después excusarse y levantarse.

Lo observo marchar, como si su ausencia me engullera.

Lo sé, es ridículo, pero es una sensación a la que he ido acostumbrándome debido a las pocas ocasiones en las que realmente me deja solo.

Este viaje es una prueba palpable de ello.

Me obligo a seguir con la conversación que me otorga el hombre que ocupa varios sitios a mi izquierda.

Por mucho que no me interese mucho lo que me cuente, le presto toda mi atención.

Tanto es así que no me doy cuenta de que Michel ha desaparecido de su sitio también.

No sé cuántos minutos pasan hasta que aparece junto a mi novio de vuelta en la mesa.

Nikky me encuentra riendo una gracia que no me la causa y generando en mis oyentes más de la misma reacción.

Al fin y al cabo sé muy bien cómo tener a esta gente y sus egos contentos.

Pero distingo perfectamente como Michel me socorre en no dejar a Nikky desatendido con unas cuantas anécdotas más, algunas que incluso yo había olvidado.

La cena fluye y acaba en un postre bastante escueto. Los comensales comienzan a excusarse, quedando solo los pocos que terminamos con la sobremesa engatusados por una charla amena. Y debo reconocer que este es uno de mis momentos favoritos, aunque mi paz, como siempre, dura poco.

Veo la enorme silueta acercarse de reojo. Ya creía que me había librado por hoy.

—Señor Grave —musita Máximo caminando en mi dirección con esa galantería que no engaña a nadie—. No hemos tenido ocasión de conversar en toda la noche.

Su llegada llama la atención de mi novio y de mi amigo, quienes cesan en su charla para observar el encuentro.

Yo, en cambio, mantengo mi postura sentado con las piernas cruzadas y la última copa en la mano.

Miro a Máximo de arriba abajo, con el descaro que me proporciona años de confianza, mi estatus, y quizás demasiado vino.

—Toda una pena, ¿cierto, Magnus? —contesto ignorando la mano que pretende que estreche. A mi lado, Nikky guarda silencio, su mano en el respaldo de mi silla, su presencia siempre bien marcada. Puede que eso sea la último que necesite mi innecesaria valentía.

Máximo retira el saludo sin borrar la sonrisa, acostumbrado como debe estar a mi comportamiento. Tanto como estoy yo al suyo queriendo quedar siempre por encima. Pero en esta ocasión voy a permitirle ser el educado de los dos; no tengo ganas de acabar la noche en una batalla de tan fácil victoria.

—Bueno, tendremos oportunidad de hacerlo mucho en los próximos meses.

—Dibuja esa expresión altanera recordando el motivo de mi viaje.

Entonces, se vuelve a Nikky y avanza por detrás de mi silla para saludarlo, cosa que me irrita más que su sola presencia—.

No nos han presentado —comienza, buscando atención para esa pobre mano que nadie quiere estrechar.

Ni siquiera Nikky, para mi total orgullo—.

Máximo Magnus, dueño y director de Magnus Company.

— Wow —exclama Nikky—, veo que todos os ricachones sois igual de originales.

Veo a Michel reprimiendo la risa del mismo modo que lo hago yo.

—Deberás culpar a nuestros abuelos de ello —dice Máximo, retirando con elegancia la mano pero nunca apartando ese fingido buen humor—. En mi caso, a mi bisabuelo —apunta con intención de dejar claro ese dato.

Me abstengo de poner los ojos en blanco y de proporcionarle la contestación que se me ocurre sobre cómo su empresa será más antigua pero menos relevante que la mía. Estoy seguro que ya es algo que no le deja dormir por las noches.

—Soy Nikolai, por cierto —termina por presentarse este, y al usar su nombre completo ya me deja ver que le gusta Magnus tanto como a mí. Copiando mi actitud o no, solo él sabe, pero me encanta que sepa leer tan bien mis emociones.

—Siempre es un placer conocer a los amigos de Florian —contesta Máximo con suficiencia.

— Prometido de Florian —corrige Nikky.

Mi cabeza salta como un resorte en su dirección. Fijo los ojos a los suyos. Sabe perfectamente lo que ha dicho. Incluso estoy seguro de que sabe que me arden las entrañas de oírlo denominarse como tal.

—Enhorabuena, entonces —felicita Máximo con fingida alegría—. Estaré esperando con ansias la invitación a tan esperado evento.

—Sí, tú espérala —contesta Nikky por mí. Casi tengo que contenerme por no abrazarle y besarle aquí mismo, pues sería menos discreto de lo que pretendo.

Máximo hace uso de su no tan discreta arrogancia y nos dedica a todos una reverencia de despedida. No se me pasa cómo escanea a Nikky con esos intensos ojos azules. Ojos que quiero sacar de sus cuentas si vuelve a mirarlo así.

—Nos veremos pronto, Florian —se despide. Solo consigue de mí un ademan con la cabeza que pretendo que sea una invitación a alejarse y no el saludo cordial que él debe interpretar—. A ti, Michel, te veré antes en la empresa.

Mi amigo dedica a su superior un saludo cortés. No le envidio, no solo por trabajar con Magnus sino por tener que soportar su liderazgo.

—Es tan grande como capullo —comenta Nikky viéndolo marchar. Esta vez no retengo la risa—. Menos mal que estoy acostumbrado a tratar con pretensiosos estirados —sentencia mirándome con una ceja en alto.

Lo miro embelesado, orgulloso, y no reprimo el impulso de besar sus labios en un beso rápido y casto, pero terriblemente necesario. La mirada que me dedica mi novio se carga de la misma cantidad de promesas que de malas intenciones.