5
E l mismo ritual de siempre me acompaña tal cual atravesamos la puerta de la suite y me desprendo de mis pertenencias.
No creo que tenga demasiadas costumbres o “manías”, pero con esta no puedo evitarlo.
Quizá sea la sensación de liberación, un cambio en la dinámica del día que anuncia su final y la posibilidad de relajar cuerpo y mente.
Nikky pasa tras de mí en el mismo silencio que nos ha acompañado todo el viaje, incluso tras despedirnos de Michel y que ambos se prometieran seguir en contacto.
Por supuesto que la ausencia de palabras entre nosotros no me preocupa, pues el silencio siempre ha sido buen amigo de nuestro, pero sé reconocer cuándo está incómodo o preocupado.
Por mucho que la velada podría hacer pensar lo contrario, esa es la sensación que me proporciona su escasez de interacción.
—No ha sido tan horrible —rompo el hielo mientras me deshago de la chaqueta.
Nikky solo me contesta con un “hmm” ensimismado en la misma tarea.
Lo observo en su ritual de deshacerse de la ropa formal que tanto aborrece, abstraído.
No le doy mucho margen para perderse en sus pensamientos, me acerco despacio y comienzo a desabrochar los botones de su camisa sin prisa bajo su mirada.
No le sorprende el contacto, solo se queda observando mis dedos hacer su trabajo.
—¿Vas a contarme qué te preocupa? —insisto fijo en la tarea que nos proporciona a ambos distracción suficiente. Nikky suspira con menos delicadeza de la que cree.
—Tienes razón, no ha sido tan horrible —contesta sin mucho ánimo.
—¿Y eso te molesta? ¿El haber disfrutado de la compañía de unos pretenciosos estirados? —le provoco. Me mira ahora a los ojos entrecerrando los suyos.
— Disfrutar es una palabra muy fuerte —contrarresta, consiguiendo que no reprima la risa sorda—. Pero ha sido más tolerable de lo que imaginaba.
Cuando no queda ningún botón por liberar, se desprende de la camisa y se aleja un poco de mi persona dándome la espalda. Ese gesto sí que me llama la atención; no es propio de él mantener las distancias, por lo que le doy el tiempo que necesita para decir lo que debe rondarle la cabeza.
—A ti sí que te he visto disfrutar —musita como si pretendiera que no lo escuchara. Su tono me insta a estudiar cada uno de sus desganados movimientos, caminando sin rumbo y buscando cualquier cosa con la que distraerse de la conversación.
Me acerco a él despacio respetando un tiempo y espacio que él siempre me ha regalado. Poso mis manos con cuidado en sus caderas y me doy el lujo de aspirar el aroma de su nuca.
—Que estuvieras allí lo ha mejorado mucho —explico, pero no consigo que la tensión desaparezca.
—No me refiero a eso. —Expira con fuerza y se da la vuelta, pero no fuerza ninguna separación entre nosotros, al contrario, posa sus manos sobre mis bíceps—.
No te tomes a mal lo que voy a decir, por favor —nunca despego los ojos de los suyos, candente en incertidumbre—, pero a veces me gustaría que disfrutaras igual en casa con mi familia —confiesa perdiendo la voz a medida que termina la frase y esquivando mi mirada.
Es la primera vez que me hace un comentario parecido, uno que, por su reacción, parece que ha retenido durante bastante tiempo. Y odio pensar que no haya podido decírmelo antes; podemos hablar de cualquier cosa, más de algo tan importante para él como su casa.
—¿Qué te hace pensar que no lo disfruto?
Esta vez sí me mira con una ceja en lo alto.
—No lo sé —comienza—, quizá los silencios, las discusiones con mis hermanos…
—Creo que me llevo muy bien con tus hermanos —le interrumpo un poco ofendido.
—Oh, Florian, querido. —Su sarcasmo no es tan bienvenido como él cree, pero se lo voy a permitir.
—Vale, tienes razón —comienzo, acercándolo más a mí, pues necesito borrar esa sensación de su cuerpo con las palabras mas honestas que he verbalizado nunca—, puede que esté más tenso en las reuniones con tu familia que con esta gente.
—Gracias por reconocerlo —dice en voz baja soltando un suspiro, como derrotado por mi sinceridad.
—Pero —continúo, no dejando que se pierda de nuevo— esa gente me lo pone mucho más fácil.
—Nikky vuelve a levantar esa ceja y hace amago de alejarse un poco, cosa que no voy a permitir amarrando bien sus brazos—.
En esas reuniones de trabajo o sociales puedo ser quien yo quiera, les da igual.
Puedo ser un ser encantador que un cretino y su opinión sobre mí (muchas veces menos discreta de lo que ellos creen) no va a variar, y sí, es algo de lo que me aprovecho, total, no me resulta relevante.
—No pierde detalle de lo que le digo—. En cambio en tu casa…
—Esta vez soy yo quien suspira con fuerza, cayendo en una certeza que no había analizado antes—.
Tengo que ser y gustarles a todos por mí mismo.
Esa es una tarea mucho más complicada. En gran parte porque… su opinión sí me importa.
Esa sonrisa ladina comienza a dibujarse en su cara. Su expresión se suaviza a la vez que examina mis rasgos como si no los hubiera visto antes. Sus manos responden a mis caricias y me abraza posándolas en mis lumbares.
—Bueno —comienza—, sé de buena tinta que es muy fácil que guste tu verdadero yo.
Pongo los ojos en blanco a la vez que él amplía la sonrisa.
—No busco gustarles tanto —me defiendo.
—Eso espero. —Refuerza su abrazo y pega más nuestros cuerpos—. Y gracias por explicármelo. Lo tendré en cuanta la próxima vez que mis hermanos se comporten como los capullos que son.
—No lo son —matizo, aunque podría enumerar situaciones en las que tiene razón—, pero puedo defenderme solo, como ya sabes.
Nikky nunca borra esa sonrisa que me vuelve loco y pega su frente a la mía. Noto sus dedos pasear por mi nuca y no me resisto en el impulso de buscar sus labios.
—Además —comienzo, utilizando la distancia justa y necesaria para hablar, nunca muy lejos de su respiración—, solo me ha interesado gustarle a una persona en mi vida.
No es ninguna mentira. Nikky me dedica esa mirada cómplice con la ceja en alto.
—Si esa persona es Michel, te juro que…
Con un manotazo en su pecho me aparto, pero no consigo ir muy lejos. Su risa y sus brazos me atraen de vuelta a donde pertenezco.
—Eres idiota —sentencio.
—Tu idiota —corrige, y qué razón tiene.
No podría aflorar ningún enfado ni aunque quisiera, y mucho menos con sus labios pegados a los míos.
Nunca dejará de fascinarme lo sencillo que le resulta manejar mis emociones, y nunca en su propio beneficio o con intención de manipularme, como ya estuviera tan acostumbrado a que ocurriera en el pasado con otras personas.
Con él puedo dejarme guiar que jamás aparecerá la duda o el desconcierto; seguridad es todo lo que siempre me proporcionan su risa, sus brazos, cada palabra que me dedica.
Correspondo sus besos, cada vez más demandantes.
No privo a mis manos del tacto divino de su piel, de marcar su espalda con mis uñas como tantas otras veces.
Esta vez es él quien se dedica a desabrochar mi camisa, aunque me parece que lo hace con una calma tediosa, por lo menos en comparación con la urgencia con la que busco deshacerme de su cinturón.
Notar su sonrisa entre besos no me calma, en absoluto. Nikky me guía caminando de espaldas por la suite hasta la enorme cama de la habitación. Tal cual mis muslos chocan con el colchón, dejo caer mi cuerpo sobre él, no sin llevarme a Nikky conmigo.
Besos que comienzan suaves, que viajan desde los labios pasando por el cuello y ese punto que no tardó en descubrir en mi lóbulo izquierdo.
La piel que busca cada punto de contacto mientras la ropa desaparece.
Nikky toma mis manos con las suyas y las coloca sobre mi cabeza, los labios hinchados de nunca perderse los unos a los otros.
—Te quiero… —Baja los besos por mi cuello, consiguiendo que mi espalda se separe de la cama en un movimiento involuntario—. Te adoro…
Siempre habla de cómo todo lo que hago le sorprende, pero poco cuento yo lo mucho que me maravilla la forma que tiene mi cuerpo de reaccionar solo con sus palabras.
Jamás me cansaré de escucharlas. Es más, no creo que haya nada que no estuviera dispuesto a hacer con tal de aspirar a merecerlas el resto de mi vida.
Mi cuerpo ya no pide momentos tiernos, sino algo completamente diferente.
Tenerlo entre mis piernas, su dureza frotando la mía, no hace nada por relajar mi sobreexcitación.
Comienzo con movimientos que buscan aumentar cada punto de fricción entre nosotros, y sé que consigo mi objetivo cuando los besos que viajaban por mi piel se convierten en mordiscos que me marcan como lo que soy, suyo.
Mientras mis uñas hacen lo propio con su espalda, su mano se cuela entre nosotros con un único y macabro objetivo: que pierda el sentido.
El masaje que nos rodea a ambos no me sacia en absoluto, sino me tiene necesitando más.
Busco alargar la mano en busca de los preservativos que mi novio tan convenientemente ha traído en su viaje sorpresa.
Lo único que ha traído, de hecho. Pero no se me permite.
Antes de alcanzarlos, Nikky se levanta y se separa lo justo para ir bajando los besos por mi pecho y mi abdomen, dejando tras de sí un reguero ardiente por donde se posan sus labios. Lo que me faltaba.
Siento el calor de su boca envolverme antes de estar listo siquiera para ello. La mezcla de quejidos y gemidos delatan mi verdadera voluntad. Agarro con fuerza su pelo, pero no necesito guiarlo para que conozca el ritmo que necesito, que anhelo.
Una mano me sujeta con fuerza mientras su boca me maltrata, como si temiera que huyera en cualquier momento.
De más está decir que preferiría morir de esta forma que huir de ninguna otra.
Mientras, la otra dibuja unas caricias peligrosas que empiezan en la cara interna de mi muslo y buscan un solo final.
Ya no consigo controlar la respiración. Ni toda la concentración del mundo me permite relajarme y disfrutar de esa lengua del demonio. No quiero dejarme llevar, todavía no, pero si sigue con este nivel, no voy a poder hacer nada por evitarlo.
Como si leyera mis pensamientos, el frío del aire sustituye el calor de su boca cuando se levanta y busca mis labios. Sigo el beso con las extremidades casi lánguidas del esfuerzo, esperando un momento de respiro, pero mi novio nunca ha sido piadoso conmigo.
De un movimiento que le cuesta menos de lo que reconoceré, ya estoy tendido boca abajo en las sábanas, mis caderas levantándose en un ángulo que tienen más que estudiado y que ya dibujan de manera inconsciente.
Cuando noto el calor de sus besos en mis omoplatos y su vientre sobre mi espalda, me doy cuenta de que la posibilidad de aguantar no es más que una mera ilusión.
—Nikky —casi gimoteo, consiguiendo un mordisco en respuesta—, no puedo más…
—Oh, sí puedes —me contradice.
Adoro que haga conmigo lo que quiera, incluso cuando se trata de torturarme.
O eso creo hasta que usa el maldito truco del cojín, colocándolo bajo mi vientre en su descarada intención.
Desearía poder decir que lo odio, que no me gusta nada la combinación de la fricción que me ofrece con sentir la inminente intrusión de mi novio.
Intento respirar, prepararme para lo que sé que será mi perdición.
Aprieto las sábanas con fuerza en cuanto noto a Nikky listo, su respiración en mi nuca esperando una reacción que tan bien conoce.
Y no se hace esperar. Suelto el aire en cuanto la presión aparece.
Necesita pocos movimientos para que mi cuerpo se amolde a él a la perfección, como en cada uno de nuestros encuentros, como en cada aspecto de nuestra vida.
No reprimo ni un solo sonido, deleitándolo como se merece. No me creo que ni yo conociera mi cuerpo de tal manera antes de que él apareciera en mi vida, pero sería un hipócrita de decir que esta es la única forma en la que me hace disfrutar. De las más divertidas, cierto, pero hay muchas más.
El choque de sus caderas con las mías alcanza un ritmo que mi desdichado cuerpo ya no tolera.
Ni siquiera puedo aliviarme por culpa del maldito cojín, el cual ya hace ese trabajo con calculada precisión.
El calor de su aliento en la espalda, cada roce de su piel, me quema en la mía.
Cierro los puños con más fuerza cuando noto que comienza la ola.
Y sé que Nikky también lo sabe en cuanto cambia el ritmo, copia mis gemidos y deja que me ciegue el placer.
No voy a decir que este sea el orgasmo de mi vida, pero tiene un buen puesto merecido.
No sé cuánto tiempo me cuesta calmarme, pero puedo volver a respirar con normalidad cuando Nikky también cesa sus movimientos y deja caer su peso sobre mi cuerpo.
Nos recomponemos como podemos. Siento el calor de sus caricias en mis brazos mientras mi inerte cuerpo nada hace por desprenderse de su contacto.
Tras los minutos que necesitamos para recuperarnos, Nikky me da la vuelta con esa facilidad asombrosa y amolda nuestros cuerpos, abrazándome pasando sus brazos por debajo de los míos y colmándome de esos besos tiernos de los que no tengo intención de cansarme nunca.
—Eres lo mejor que me ha pasado nunca —susurra a un centímetro de mi boca con sus dedos peinando los mechones que escapan por mi frente.
Es increíble lo fácil que uno se acostumbra a escuchar unas declaraciones similares y lo rápido que se vuelven esenciales para que tu vida siga girando.
Quiero corresponderle, como bien sabe que haré siempre, pero el mar de endorfinas que todavía me recorre también me insta a aplicar un poco de nuestra dinámica a un momento tan suave.
—Y tú a mí, prometido —le provoco usando una palabra que todavía no se me permite pero que no pienso olvidar nunca que él mismo ha usado primero. Nikky entrecierra los ojos y yo no puedo ocultar a risa.
—Sabía que no lo dejarías pasar —me acusa, para acto seguido atacarme sin piedad hundiendo sus dedos en mis costillas.
Odio las cosquillas con todas mis fuerzas por mucho que la risa incontrolable no deje constancia de ello, y mi novio lo sabe, pero ya hemos dejado en claro que disfruta torturándome.
Aunque si esta es la tortura que me espera el resto de mi vida, no creo que viva los días suficientes para disfrutarla.