My5: Parte 1 (Cuentos perfectos 5) 3
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T ermino de arreglarme los puños de la camisa sobre la chaqueta del traje.

Busco un reloj acorde a la situación y decoro mi muñeca derecha con él.

Me he despertado con el tiempo justo incluso con la alarma para traerme de vuelta, pero el ritmo y el culmen del día anterior me han pasado factura.

Odio llegar tarde por mucho que Nikky me discuta lo contrario; que me haga esperar nada tiene que ver con mi excelente puntualidad.

Los demás simplemente deben llegar antes que el jefe, es de sentido común.

Sonrío pensando en que estaría escuchando sus quejas y acusaciones de estar en casa en la misma situación, incluso si el culpable de mis escasos retrasos resulta ser siempre el mismo: él.

Al despertar, la videollamada ya había acabado, seguramente debido a la poca batería que siempre le queda en el móvil a Nikky, pero tuve el tiempo suficiente de verlo dormir antes de caer rendido yo mismo.

No veo el momento de que pasen los dos días que me quedan en esta ciudad —que no me encanta— para volver a dormir en sus brazos y enrollar los dedos en ese flequillo que tanto odia pero que se sigue dejando largo por mi total deleite.

Tres golpes en la puerta me devuelven de mi imaginación, y me acerco atravesando el recibidor de la suite a desgana.

No recuerdo haber encargado desayuno alguno el día anterior, pero tampoco tengo tiempo para comer nada.

Abro dispuesto a mandar al pobre camarero de piso de turno de vuelta por donde ha venido.

Con lo que no cuento es con encontrar esos ojos marrones.

—Buenos días, señor Grave.

Me cuesta reaccionar, comprender. De todas las cosas que podría hacer para sorprenderme, que nunca deja de hacer, no esperaba esta.

—¿Cómo…? ¿Cuándo…?

Nikky hace lo que debería haber hecho yo en vez de balbucear como un idiota y posa sus labios sobre los míos mientras sujeta mi cara con ambas manos. Agradezco el agarre, porque me temo que de lo contrario mis piernas nos serían suficientes para mantener mi cuerpo recto.

No tardo en corregir mi error y plegar mis brazos alrededor de su cuello. Da unos pasos llevándonos dentro de la habitación mientras cierra la puerta con la pierna.

—Hola a ti también —ríe separando nuestras bocas lo justo.

—Creo que necesito una explicación —respondo sin intención alguna de soltarlo. Nikky me abraza, al parecer con la misma idea.

—No hay mucho que explicar —comienza, pasando un dedo por el mechón que escapa sobre mi oreja. Quizá yo también deba cortarme el pelo pronto—. Me desperté de madrugada y la videollamada seguía activada. No pude verte dormir más de dos minutos sin necesitar tenerte cerca.

Como siempre en su presencia, soy incapaz de borrar la sonrisa. Me gustaría decir que las muestras de cariño y las palabras melosas no son propias de nosotros, pero esa es una afirmación que solo puedo otorgarme a mí mismo, por mucho que esté trabajando en cambiar eso.

—En realidad, eso solo genera más preguntas —respondo correspondiendo sus brazos.

—Bueno, puede que me haya cobrado algún favor de las veces que hemos tenido que acudir en la ayuda de Doc de madrugada.

Le doy una palmada en el hombro, fingiendo querer separarme de él.

—Nikky, no ayudamos a tu hermano para que te deba favor alguno —le acuso.

— Sep . —Reprime la risa—. No le hizo mucha gracia que le pidiera que me llevara de madrugada.

Cierro los ojos y evito sonreír. Pero los abro en cuanto me doy cuenta.

—¿Te ha traído Doc hasta aquí? —No es miedo por mi cuñado lo que me invade, sino desconcierto total de verme responsable de haberlo obligado a semejante trayecto.

— Nope . —Levanto una ceja, esperando más detalles—. Me llevó al ático y allí tome prestado no sé qué Serie 7.

Hasta yo noto cómo pierdo toda expresión de la cara. Dejo caer los brazos a los lados. Lo voy a matar.

—No me mires así —se apresura en excusarse—, no pretendías que  hiciera este viaje en la pobre furgoneta, ¿no?

Es cierto que las escasas tres horas y media que separan ambas ciudades pudieran haberse doblado con facilidad de haber conducido el único vehículo familiar que se digna a pilotar, fruto de su animadversión por la conducción.

Pero eso no es excusa para usurpar uno de mis coches favoritos.

Daría mi vida por Nikky, ya he sacrificado a alguno de mis deportivos por él, pero toda pareja debe tener un límite.

—¿Has conducido mi coche hasta aquí?

—He conducido —matiza—, para venir a verte.

Suavizo el gesto y vuelvo a abrazarlo. Eso sí, nunca bajo la ceja. Decido centrarme solo en ese detalle y no en las muchas posibilidades de haber tenido un accidente con sus nulas habilidades al volante. Le quiero, con toda mi alma, pero conduce fatal.

—La próxima vez podrías venir conmigo en el jet como ya te sugerí —propongo recuperando el buen humor. En realidad el único dato importante es que lo tengo aquí conmigo.

—No tengo tales intenciones de morir, pero gracias por el ofrecimiento.

Pongo los ojos en blanco. Es el rey del dramatismo.

—¿Cuánto tiempo te quedas? —pregunto acariciando su espalda sin desaprovechar el contacto que nos une.

—En realidad no pensaba conducir de vuelta.

Dibuja una sonrisa que cree infalible. Y maldito sea por tener razón.

—¿Y tu maleta?

Mira hacia los lados, imitándome.

—No he traído más que lo puesto.

Respiro hondo. Es curioso cómo los rasgos que lo hacen tan único sean precisamente los que más me exasperan. Su nula capacidad de previsión es una de ellas.

—Por cierto, ¿tienes reuniones ahora?

Abro los ojos de golpe y miro el reloj en mi muñeca. Siempre culpable de mis retrasos. Me separo con prisas pero sin ganas, buscando por la habitación la carpeta que necesito, el portátil y el resto de cosas que ya tenía listas antes de recibir tamaña sorpresa.

—Tengo reuniones toda la mañana —le informo, el disgusto bien patente en mi tono de voz. Este viaje acaba de volverse el doble de tedioso sabiendo que podría pasarlo con Nikky y no con quienes debo.

—E imagino que ya llegas tarde —añade con una sonrisa que me deja saber lo poco que lo siente al respecto.

—Para variar —le acuso, lo que causa una de esas risas suyas espontaneas. Pero no tengo tiempo de perderme en su melodía antes de que me agarre de la cintura y prácticamente me arrastre al dormitorio.

—Entonces diez minutos más no tienen importancia.

***

No fueron diez minutos. Es más, no pude asistir a la primera reunión de la mañana, por lo que tuve que reagendarla entre las muchas otras del día como pude.

Eso sí, la hora de comer esta vez no me la salté ni habiendo aprovechado el retraso mañanero para desayunar algo más que a mi novio.

Comimos juntos en uno de mis restaurantes favoritos de la ciudad.

Nikky me ha acompañado a las reuniones como antaño, aunque no ha entrado a la mayoría, pues ha preferido quedarse conociendo la zona.

Al parecer se encuentra bastante cómodo en este sitio.

Zatoza no es mucho más grande que Dovah, pero las diferencias sociales de sus habitantes son mucho más notorias sin necesidad de diferenciación geográfica como ocurre en nuestro hogar.

No digo que un sistema sea mejor que otro, al revés, solo que no consigo acostumbrarme a caminar entre edificios que rozan el cielo mientras por sus calles la gente subsiste a duras penas.

Pero al parecer ese es un rasgo que a Nikky le ha encantado.

Alega que es mucho más cómodo para los dovhitas no ver el día a día de quien sobrevive en la Sub-Ciudad o los Exteriores —por mucho que esa situación haya mejorado en los últimos años— que convivir con ellos, y no le falta razón.

Otra de las muchas cosas que aprecio de nuestra relación es la manera en la que me ha permitido ampliar mis vistas de una realidad que es muy diferente conocer de primera mano.

Soy muy consciente de la privilegiada posición en la que me he criado y sé que mis problemas son volubles en comparación, por lo que no me atrevo a cuestionar ninguno de sus argumentos.

Ese y otros muchos pensamientos rondan mi mente mientras disfruto de un acto tan usual para nosotros como es el conducir llevando a Nikky de copiloto.

Su mano descansa sobre la mía en la palanca de cambio mientras no despega la vista de la ventana y de la llanura.

Al contrario de Dovah, rodeada de verdor a cada kilometro que te alejas de su centro, Zatoza ofrece un paisaje de lo más árido, pudiendo contar los árboles en el camino o los pocos arbustos que se atrevan a decorar los alrededores.

Pero prefiero centrarme en la tarea de conducir, en el relax que me supone haber acabado con un día que prometía ser de lo más tedioso pero que se ha convertido en una grata velada. Velada que no ha terminado.

Y si hay algo que adoro de Nikky es lo previsible que puede resultar, sobre todo en ciertos temas.

Acerco la tarjeta a la puerta para que nos dé acceso a la suite. Paso primero por pura costumbre, seguido por la ristra de quejidos que va soltando mi novio a mi espalda.

—En una escala del uno al diez, ¿qué tan necesario es que vaya yo también?

No disimulo la sonrisa, en su mayoría porque no puede verla, todavía renegando detrás de mí.

—En realidad —comienzo— no hay ninguna necesidad de que me acompañes. Puedes esperar aquí sin ningún problema.

Me giro para conocer el resultado ya calculado de mis palabras. Nikky entrecierra tanto los ojos que dudo que consiga verme.

—Y dejar a mi despampanante novio cenando solo con esos amigos de los que nunca he oído hablar. Una idea buenísima, señor Grave —expone sin ocultar sus celos ni el sarcasmo. Lo amo por ambas cosas.

—Entonces deja de quejarte y arréglate. Nos vamos en diez minutos.

Nikky suelta su carga —una funda que contiene el traje ya confeccionado que me he visto obligado a comprarle a regañadientes, sobre todo teniendo en cuenta las piezas hechas a medida que podría haber lucido de haberse molestado en preparar su incursión— en el mueble más cercano y acorta los pasos que nos separan.

En el mejor de los casos esperaría un beso o sentir sus brazos rodeándome, pero soy lo suficientemente realista como para prever lo que viene a continuación: más quejas.

Lo que no espero es que sean de ese tipo.

—Va enserio que nunca me has hablado de esos amigos. —Su voz suena apagada, consternada incluso.

—Es solo amigo, en singular —aclaro mientras yo mismo intento aligerar algo de tensión quitándome el reloj en mi comienzo por desprenderme de mi actual atuendo para preparar el último de la noche.

— Amigo —repite con tono condescendiente—. ¿Solo amigo?

Guardo silencio, en gran parte por desquiciarlo.

—Solo amigo —afirmo mirándolo a los ojos. Pero eso solo le hace juntar más las cejas—. Vamos —le tomo de la muñeca y lo insto a seguirme y alejar este tema de nuestras mentes—, todavía tenemos que ducharnos.

—Espero que por lo menos sea viejo y feo —retoma, pero no deja de obedecerme. Bueno, esa respuesta sí que prefiero obviarla.