My5: Parte 1 (Cuentos perfectos 5) 2 #2
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—Lo dudo mucho. Esto está lleno de ¿cómo los llamas? ¿ Estirados pretensiosos ?

Nikky entrecierra los ojos y dibuja esa sonrisa ladina que me encanta.

—Soy un experto en estirados pretensiosos. —Pongo los ojos en blanco con dramatismo—. Pero me refería a ese lugar para dormir junto a ti en la cama, más concretamente.

Imito su postura usando un cojín para sostener el teléfono y poder mirarlo acostado de lado. Decido provocarlo un poco, devolviéndole uno de los muchos juegos que él mismo usa conmigo.

—No hemos usado una cama solo para dormir juntos... nunca.

—¿Y quién tiene la culpa? —me acusa—. No soy yo el que está tumbado ahí medio desnudo.

Fuerzo la risa a no escapar.

—Sí, iba a quejarme de eso ahora mismo.

Con una carcajada a boca abierta, se pasa la camiseta por encima de la cabeza para desprenderse de ella.

No disimulo contemplando un torso que he adorado tantas veces.

Cada uno de sus líneas, la definición de sus abdominales.

Incluso ese tatuaje del cuervo y el cerdo en su cadera que jamás entenderé.

No soy dueño de la mano que comienza a bajar por el mío propio en dirección al bulto que ya asoma en mi ropa interior.

No me reconozco en estos actos tan lascivos, en esta urgencia que me invade con este hombre.

Y soy cazado de lleno en mi fechoría, pues Nikky no desdibuja la sonrisa triunfal cuando se desprende de un tirón de la poca ropa que todavía lo cubría.

No veo su imagen de cintura para abajo, pero no me hace falta para adivinar lo que allí ocurre viendo los movimientos que empieza a dibujar su brazo.

Con mis ojos puestos en ellos, me desprendo de los bóxers y le doy a mi erección la atención que reclama.

Mi cuerpo necesita otra cosa, pero tendrá que conformarse con esto.

—Sí que dormiríamos juntos —comienza, consiguiendo toda mi atención y acomodando la cabeza bajo el brazo—, pero primero cogeríamos el sueño como debe ser.

Sonrío con los ojos entrecerrados, dejando que el placer y el anticipo de lo que vaya a ocurrir me embriaguen.

Sabía que me seguiría el juego; sabía que sería el primero en propiciarlo.

Sé perfectamente que la necesidad carnal que nos une dista mucho de una simple atracción física. Me encanta sentirme deseado por él .

—¿Y cómo debería? —pregunto con la poca voz que consigo.

Nikky se muerde el labio inferior sin despegar su mirada de la mía, sin cesar en el ritmo que sigue fuera de pantalla.

—Entre besos —dice en susurros— que empezarían en esos labios carnosos, bajarían desde el lóbulo de tu oreja hasta el cuello y mordería con la fuerza necesaria para demostrarle a toda esa panda de pretensiosos que eres mío .

Cierro los ojos el segundo que necesito para crear la vívida imagen de sus labios recorriendo mi piel, de su aliento quemándome allá por donde deja la estela de su presencia.

Imagino que es su mano la que cobra la intensidad que busco, que sus gemidos suenan a mi oído y no al otro lado de un teléfono.

—No podría dejar las manos quietas, ya lo sabes —continúa—, y me dedicaría a recorrerte entero con ellas. Te apretaría y apartaría los muslos, buscando mi tesoro entre ellos.

No consigo evitar arquear la espalda. Me fuerzo a mantener la vista puesta en su imagen en la pantalla, ajetreado y excitado, sin contener ni uno de los sonidos que tanto adoro escuchar y en los que no dejo de recrearme.

Me encantaría corresponderle, dejarle oír la inmensidad de cosas que me encantaría hacerle y sobre todo que me hiciera, pero el cerebro nublado no me deja articular palabra alguna, solo gemidos sin cesar.

—Lo que no tengo claro… —Hace una pausa para tragar saliva y conseguir el aliento que le roba el placer—. No sé si usaría las manos, la boca o la polla. —Los ojos se me van a la base del cráneo de solo visualizar cualquiera de esos escenarios—. ¿Tú que prefieres?

Lo miro tanto como la vista borrosa me deja, siempre dibujando esa sonrisa maliciosa o mordiéndose el labio.

Me da a elegir aun a sabiendas de cuál es mi preferida.

Pero sé que le encanta que verbalice mis preferencias tanto como a mí que me hable y me cuente las suyas; nunca me había sentido tan deseado como cuando Nikky me habla mientras me hace el amor.

Contesto sin rastro de la vergüenza que quedara atrás en nuestros primeros encuentros.

—La polla —suplico, tanto como lo haría de tenerlo aquí conmigo.

Sonríe y cierra los ojos, aumentando el ritmo con el brazo, y yo lo imito, imaginando ese mismo ritmo entrando y saliendo de mí.

—Nikky…

Apenas consigo invocar su nombre antes de que el orgasmo me arrolle. No reprimo ni un solo gemido en exclusiva por deleitarlo con ellos, y soy correspondido de la misma forma.

Abro los ojos cuando el éxtasis comienza a dejar paso a la razón, viendo al amor de mi vida al otro lado de la pantalla con un brazo tapándole la cara mientras recobra el aliento.

—Joder, Florian —ríe—, te echo de menos.

Imito su risa nerviosa, sin duda fruto del mar de libres endorfinas.

—Ya tendremos tiempo de cumplir el resto de tus fantasías cuando vuelva —señalo haciendo amago de levantarme para asearme.

—No —me interrumpe—. Decía enserio que lo que quiero es dormir contigo.

Vuelvo a tumbarme de lado, obteniendo esta vez la imagen de su perfecta sonrisa de añoranza, una que le he visto dibujar bastante poco.

—Entonces durmamos juntos. —Levanta una ceja esperando una explicación—. No apagues el teléfono y duerme, lo necesitas.

Otra vez esa sonrisa cansada.

—Tú has tenido un día más duro que el mío —discute, pero ya comienza a cerrar los ojos. Casi pongo en blanco los míos; mi novio solo necesita un polvo para caer desmayado del sueño.

—Buenas noches, Nikky —me despido, sin intención e interrumpir la videollamada y gozar así de contemplarlo descansar, y de paso no sufrir de sus patadas nocturnas, a quién vamos a engañar. Aunque serán unos golpes que añore por primera vez en mucho tiempo.

—Te quiero —balbucea, sucumbiendo al sueño—, eres el amor de mi vida.

Sonrío tanto como el no acostumbrarme a oír esas palabras me permite. Como no me cansaré de su necesidad de repetirlas sin importar la ocasión, nada del miedo que nos provocaban tiempo atrás a ambos.

—Y tú eres lo mejor de la mía —susurro, bien sabedor de que Morfeo ya me lo ha arrebatado. Pero no por ello dejaré de confesarlo.