My5: Parte 1 (Cuentos perfectos 5) 2
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P aso la tarjeta por el lector y la puerta se abre con el click característico.

No frecuento muchos hoteles, no me encantan, pero no voy a renunciar por ello a la comodidad y el espacio a las que estoy acostumbrado.

Y ni siquiera es la suite principal; consiste en un recibidor, una pequeña zona de descanso y la cama de matrimonio.

No soy ningún aficionado a los viajes de negocios existiendo las videoconferencias, pero esta vez no he podido evadir mis deberes como me hubiera gustado.

Sobre todo porque, nuevamente, me veo durmiendo solo.

Y no porque no me haya visto perseguido y acorralado en varias ocasiones en mis muchos intentos de preparar el viaje o simplemente la maleta.

Nikky se ha pasado toda la semana sabiendo que me iba persiguiéndome cual cachorro que sabe que será abandonado.

Ha intentado persuadirme de todas las maneras que conoce para que no me fuera, como si yo mismo las necesitara, pero uno debe verificar ciertos negocios por sí mismo.

Y sí, casi todas las maneras que conoce terminan con ambos desnudos, pero no es eso por lo que voy a extrañarlo esta noche.

Hago memoria buscando cuál fue la última noche que pasamos separados y caigo en que esta puede ser la primera desde que estamos juntos.

Ni siquiera aquel día que pasó con su familia se privó de volver a dormir a casa.

Hay quien diría que tenemos un serio problema de apego, y puede estar en lo cierto.

Un tema muy diferente es que a ninguno de los dos nos importe lo más mínimo.

Dejo la maleta rezagada en un rincón y comienzo con mi ritual de desprenderme de mis pertenencias, en especial de la chaqueta del traje. Pero nunca del teléfono, es más, no lo suelto en ningún momento dispuesto a marcar un número en concreto. Consigo respuesta antes del primer tono.

—¿El viaje ha ido bien? ¿U os habéis estrellado con el avión y estas son tus últimas palabras? ¡Dime algo!

—Hola, Nikky —saludo, contrarrestando su inminente ataque de pánico con mi tranquilidad—.

Acabo de entrar en la habitación del hotel sano y salvo.

—Sonrío mientras me deshago de la ropa y abro la maleta, buscando mi atuendo para las próximas reuniones del día.

El bufido del otro lado casi me hace soltar una carcajada.

—Me tendrías que haber llamado tal cual aterrizabas —se queja. Pongo los ojos en blanco, como siempre.

—El hotel está literalmente a dos minutos de coche, Nikolai.

—Dos minutos en los que podría haberme dado un infarto, gracias por preocuparte. —No pierdo la sonrisa ni oyéndolo chistar del otro lado de la línea.

Si Nikky odia conducir, mejor no hablamos de lo que supone para él subir a un avión.

La distancia a Zatoza solo es de tres horas y media conduciendo y de menos de una en avión, por eso elegí el Jet; volando a primera hora optimizaría el tiempo y pasaría los menos días posibles fuera de casa.

Aun así, era una opción inviable para mi novio, razón principal por la que no me ha acompañado.

Eso y las reuniones a las que no puede acudir y que lo obligarían a no solo pasar horas solo en esta habitación, sino, pero aún, a «salir y socializar».

Palabras suyas. No pude discutir ninguno de esos argumentos.

Me siento en la cama, desenfundándome los zapatos y pantalones.

—Perdóname —finjo suplicar.

—No sé si podré —me contesta ofendido, y ya no sabría decir si lo suyo es fingido. Por despreocupado que pueda parecer, Nikolai ha demostrado ser una pareja del todo sobreprotectora. No es que me queje, pero sí un hecho—. ¿Cuándo tienes la primera reunión? —cambia de tema más relajado.

—En una hora —contesto comenzando a vestirme con el nuevo atuendo.

—Y deduzco que no pararás hasta la hora de cenar —sentencia a disgusto, uno que comparto.

—Te escribiré en cuanto pueda.

—No. —Suspira y lo oigo acomodarse en su cama—. Trabaja tranquilo, yo me sé gestionar la ansiedad solito. —No consigo retener la risa sorda—. Te he oído —se queja—, pero vale, sí, quizá necesite que mis hermanos me ayuden un pelín .

Activo el altavoz mientras me pongo y abrocho la camisa, sin borrar la sonrisa.

—¿Todo bien en tu casa?

—Todo lo bien que se puede —contesta con un bostezo. Se empeñó en madrugar conmigo antes de que su hermano fuera a buscarlo para llevarlo a la Cabaña en los Exteriores donde vive la mayoría de su familia—. Galleta indignado porque lo han relegado al jardín mientras Munik ande por aquí.

—Dudo que fuera a hacerle nada. —El enorme perro de su familia nunca ha hecho por hacerle daño, pero Nikky, en contra de todo pronóstico cuando se conocieron, no dejará que nada dañe a nuestro gato.

Mucho menos si se lo ha llevado para no dejarlo solo en el ático, cosa que podría haber soportado perfectamente el animal mejor que su dueño, al parecer.

—No voy a arriesgarme a comprobarlo —sentencia—. Bueno, te dejo que te arregles. No te pongas demasiado guapo para esos estirados, por Dios te lo pido.

—Es un método de distracción infalible —bromeo usando palabras con las que él mismo me ha acusado en el pasado.

—Amor mío, ni puta gracia. —Esta vez no escondo la risa—. Te quiero, hablamos luego.

—Te quiero.

La llamada se corta y el silencio de la habitación me arrolla de lleno.

Es increíble la facilidad con la que me he acostumbrado al ambiente risueño y cargado de alegría que me envuelve siempre que hablo con este hombre.

Toda una contraposición al vacío que deja su ausencia sin excepción.

Me parece que soy el que peor gestiona la ansiedad de separarnos, por mucho que Nikky sea quien bromee al respecto.

Termino de arreglarme el cuello y mangas del traje y la camisa.

No busco lucir atractivo sino profesional, y pocas cosas como un buen traje de dos piezas y tres botones para un cometido como tal.

Tampoco diré que me disgusten los atuendos, y ya que me veo obligado a usarlos en la inmensa mayoría de ocasiones, no me privaré del capricho de llevar las mejores piezas.

Si ello provoca en mi novio la urgencia de arrancármelos de una, solo constituyen una excusa más para usarlos.

***

Casi arrastro los pies cuando vuelvo a la suite del hotel.

La enorme estancia es un espacio que no pretendo aprovechar, pues la cama es mi único objetivo a la vista.

Incluso pienso pedir el servicio de habitaciones y comerlo allí.

El ajetreo y moverme un sitio al otro sin parar no me agotan tanto como las infinitas interacciones sociales y aguantar la hipocresía que supura cierta parte del circulo que rodea el sector de la tecnología.

Ni siquiera voy a recordar los días que todavía me quedan por aguantar tal tortura.

Se me hace muy raro repetir mi ritual al acabar las jornadas sin Munik recibiéndome con sus relajantes ronroneos y los brazos de cierto hombre rodeándome por detrás y plantando besos en mi espalda.

De hecho, esta es una soledad a la que no quiero volver a acostumbrarme.

Aunque sigo esperando la respuesta que confirme que puedo relajarme en ese aspecto.

Como siempre, mis pensamiento solo giran en torno a una persona, y saco el teléfono de la chaqueta antes de abandonarla en la silla del escritorio que posee la habitación para comprobar la hora.

Deben estar cenando. No quiero interrumpir la santidad de sus reuniones familiares con una llamada, pero un mensaje avisando de que he llegado sano y salvo me ahorrará replicas más tarde.

Apenas aparece la confirmación de que el mensaje ha sido entregado y leído que mi móvil vibra con una videollamada entrante.

No lo hago esperar antes de contestar con una sonrisa.

—Hola, precioso —saluda primero. Creía que me recibiría el bullicio que caracteriza sus comidas, las charlas a un volumen demasiado elevado, los chistes sin gracia y los insultos entre unos y otros.

Pero solo lo veo a él tendido sobre su cama y el móvil apuntando a esa maravillosa cara, la cual no parece tan cansada como la mía.

—Creía que estarías cenando —comento mientras aprovecho y me desabrocho la camisa ahora que sé que en la llamada solo estamos nosotros y no debo guardar la compostura frente a sus hermanos.

—Y lo estaba —confirma acomodándose un brazo para descansar en él la cabeza—. Pero a ti hace más tiempo que no te veo. Adoro a mis hermanos, lo juro, pero un día entero aquí me ha confirmado que no los echo de menos tanto como creía.

Por mucho que el cansancio comience a pesar de forma diferente, no consigo borrar la sonrisa que jamás me abandona cuando hablo con Nikky, pero sí que coloque el móvil en el cabecero de la cama y me siente al fin para terminar de desvestirme.

—No hace tanto que no me ves —le discuto.

—El peor día de mi vida, señor Grave.

Reniego de mi apellido y de todo lo que ello implica, pero oírlo de sus labios cobra un nuevo sentido.

—¿Cómo ha ido?

—Seguro que ni la mitad de intenso que el tuyo.

No se lo discuto. Con gusto le hubiera cambiado el lugar. O, mejor dicho, me hubiera unido a él y dado de lado todas estas tediosas reuniones.

—Sobreviviremos —aseguro. Ya solo me queda desprenderme de los pantalones, por lo que me levanto en contra de las quejas de mis músculos para tal tarea.

—Separados, lo dudo.

Miro la pantalla para verlo dedicarme esa mirada a la que me tiene tan mal acostumbrado. Daría lo que fuera con tal de que no deje de mirarme así, como si lo mereciera.

Ya en ropa interior, me arrodillo en la cama para atrapar el teléfono y dejarme caer de espaldas en el colchón. No me había dado cuenta de lo suave que era. Eso o estoy más cansado de lo que creía y siento el peso de mi cuerpo multiplicado varias veces.

—Te he echado en falta —confieso sin vergüenza. Nikky se acomoda de lado, dejando el móvil en algún sitio que le libera ambas manos

—Y yo a ti. Me encantaría estar ahí contigo.

La risa que suelto es genuina, tanto como no lo es su cara de ofendido.