My5: Parte 1 (Cuentos perfectos 5) 1 #2
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Sin contestarme, me tumba boca arriba y entierra sus brazos bajo mi cuerpo, fundiéndonos en un abrazo que necesitábamos con ansias. No han sido ni veinticuatro horas, pero ya es más que lo que acostumbramos a separarnos en este último año que llevamos juntos.

—Horrible —contesta hundiendo la cara en mi cuello—. Doc no conduce tan bien como cree.

Río con sutileza.

—No se lo digas a él directamente —sugiero.

—No soy ningún suicida. —Se levanta y pega su nariz a la mía—. Y de serlo le diría que tú conduces mucho mejor.

Pongo los ojos en blanco y niego con la cabeza.

Esa sería con mucha facilidad la frase causante de su muerte a manos de su hermano mayor.

Es cierto que compartimos los gustos por la velocidad y el motor, pero yo no me consideraría mejor conductor, no cuando sus habilidades no han ayudado tantas veces en el pasado.

—Te he echado de menos —retoma el tema, y posa sus labios sobre los míos con suavidad.

Correspondo con una sonrisa mientras profundizo el beso. Nikky responde entrelazando su lengua con la mía en un baile que ambas conocen muy bien.

Mis manos abandonan el pelo de su nuca para bajar por su camiseta —esa rosa que tanto le gusta y que yo odio— para coger el dobladillo e instarlo a que se la quite.

Mis piernas le hacen hueco en el lugar que le pertenece entre ellas, acariciando sus pantorrillas con mis pies.

Pero mis avances no tienen el resultado esperado, pues Nikky ríe y deja mi boca para posar besos en mi mandíbula y el resto de mi cara.

—Has tenido un día duro, querrás descansar —comenta con suavidad.

—¿Te habría esperado desnudo de querer descansar?

—respondo frustrado. No suelo necesitar mucho de mi parte para que Nikky se rinda a mis encantos.

Pero la culpa no tarda en hacer acto de presencia; él mismo debe estar agotado y queriendo dormir lo que quede de noche.

Su risa me devuelve de la espiral de arrepentimiento.

—Me encanta cuando te pones exigente.

Lo siguiente es un mordisco de tal intensidad que me obliga a despegar la espalda de las sábanas.

Es cierto, me ha costado ser claro en lo que quiero en cuanto a temas de cama, pero he hecho grandes progresos.

La confianza y libertad que te da el poder hablar de esos temas con la persona que amas, con quien quieres experimentar en ese y todos los ámbitos, son un gran peso en la balanza.

Sobre todo si, como en mi caso, no son atributos que hayan otorgado relaciones pasadas.

Por lo que sigo buscando lo que quiero: a él.

Insisto y consigo pasarle la camiseta por encima de la cabeza. Una vez fuera, se apoya en los brazos para mirarme desde arriba, pero en realidad soy yo el que disfruta de la vista de su fibroso torso al desnudo. Aunque todavía hay un factor que me molesta en la ecuación.

Atrapo de nuevo su boca mientras mis manos luchan con el cinturón y los vaqueros.

Distingo su risa incluso con nuestras bocas unidas, pero acude a mi rescate para deshacernos de la ropa que nos separa.

Tal cual caen al suelo, me regalo la vista mirando entre nosotros.

Ya no controlo la respiración ni ninguna otra reacción de mi cuerpo, como siempre ocurre cuando estoy con él.

Se me hace la boca agua viendo su erección chocar con la mía entre nuestros cuerpos.

Hay demasiadas cosas que querría hacerle y que me haga pero muy poco tiempo.

Cuando vuelvo mis ojos a los suyos, me mira con un deseo al que me ha costado acostumbrarme.

Vuelve a besarme, obligándome a que apoye la cabeza en la almohada.

Con su lengua explorando mi boca, su mano se aventura en otra tarea más cruel.

Rodea nuestros miembros en un masaje que me tiene buscando aire. Nikky aprovecha para morder ese punto exacto bajo mi oreja que el muy desgraciado ha memorizado con el único fin de torturarme.

No reprimo los gemidos. Flexiono las rodillas buscando esa fricción que tanto necesito. Clavo las uñas en su espalda cuando aumenta el ritmo y se le ocurre jadear en mi oído. O para o esto va a durar muy poco.

De un movimiento más brusco de lo que pretendía, lo aparto y me doy la vuelta para buscar lo que necesitamos en la mesilla de noche. Pero enseguida me doy cuenta de mi error; sentir su dureza en esta postura no me relaja en absoluto.

No reconozco la torpeza que me invade para no alcanzar ni un solo preservativo, pero una vez más mi novio sale en mi rescate.

Encuentra un envoltorio con facilidad y no veo cómo se lo lleva a la boca, pero sí el sonido al abrirlo.

Decido que ya he esperado suficiente, por lo que pego el pecho al colchón y paso las manos por debajo de la almohada donde descanso la cabeza.

Con un movimiento poco sutil dejo en claro mi urgencia.

—Me encantas —dice Nikky besando la línea de mi espalda. Sentir su aliento sobre mi piel no alivia, en absoluto, no como solo una cosa hará.

—Nikky, por favor…

No he terminado de suplicar —como no me cansaré de hacer cada uno de mis días— cuando noto la presión.

Enredo mi puño en la sábana y dejo escapar el primero de muchos gemidos.

Mi cuerpo está hecho para encajar con este hombre del mismo modo que el suyo con el mío.

Necesita muy pocos contoneos para que alcancemos un ritmo que nos pierde a los dos.

Nikky apoya su cabeza en mi espalda y, por si su calor sobre mí no fuera suficiente, usa una mano para apoyarse y la otra para acariciarme.

Empieza por el pecho, pellizcando el pezón, y baja por mis abdominales.

Lento, a una velocidad que me saca de quicio pues no es en mi vientre donde necesito su mano.

Pero conozco esa lentitud deliberada. Como ya he dicho, la confianza con la persona con la que estás permite que conozcas su lenguaje corporal casi mejor que el otro, y viceversa.

Entre embestidas cada vez más desesperadas, tomo su muñeca y la dirijo al punto exacto donde la quiero. Nota la sonrisa en los labios sobre mi piel cuando Nikky me besa y comienza con sus masajes envolventes.

Acompasa el ritmo de sus embestidas al de su tortura en mi erección.

Sé que debería concentrarme, que debería alargar este placer tanto como pudiera, pero no me veo capaz.

No suavizo los gemidos, no dejo de poner los ojos en blanco y dejarme llevar por la ola del orgasmo.

Nikky, conociendo mi cuerpo como lo conoce, consigue alargar una sensación de la que no voy a cansarme nunca.

Solo cuando mi cuerpo ha liberado toda la tensión es cuando noto su propia liberación.

Con la respiración todavía acelerada y el cuerpo incapaz de seguir ni una sola de mis órdenes, me da la vuelta y se posiciona entre mis piernas, tumbándose sobre mí.

Acaricio su espalda, brillante por los resquicios de sudor por el esfuerzo.

Paseo la otra mano por esa cabellera negra que me encanta.

Entre los dos conseguimos relajar nuestros cuerpos de un modo mucho más allá del físico.

Cierro los ojos, dejándome llevar por la sensación que ha marcado el nuevo comienzo de mi vida tantos meses atrás. Tenerlo en mis brazos es un premio que no merezco, pero al que pienso aferrarme con fuerza.

El sonido de su respiración volviéndose más estadía consigue que dibuje otra de tantas sonrisas.

Su peso dejado caer sobre el mío me proporcionan todo el calor que necesito para dejarme llevar con él, esta vez en un sueño que ambos necesitamos.

Solo espero que su cansancio sea producto de risas sin contener, de esas que hacen que te duelan los abdominales de tanto sostenerlas, y de un sinfín de idas y venidas entrando a su casa desde la hoguera para proporcionar el refrigerio que tan bien la acompaña.

Solo deseo que haya vuelto a casa porque quiere, ya con el corazón lleno como debe llevarlo de quienes lo cuidan y miman tanto como merece.

Porque el amor que le espera en nuestra casa no sustituye a ese, sino que me esforzaré en que lo complemente a la perfección.

***

No he programado la alarma ni la abertura automática de las cortinas a ninguna hora en concreto.

Después de la jornada de ayer, sabía que necesitaría este día de relax.

Y al parecer el destino también, pues oigo la lluvia chocar contra la cristalera.

Nunca salgo los días de lluvia por pura manía propia, pero esta vez me parece una señal divina de lo merecido que tengo el descanso.

Sigo boca arriba en la cama, pero no siento sobre mí el calor de un cuerpo que he memorizado tan bien.

Abro los ojos sin prisa, encontrando a Nikky a mi lado, boca abajo, desnudo completamente y con la boca abierta, todavía sumergido en un sueño que me parece muy profundo, y no porque no se haya despertado aun con el sol asomando —sé por experiencia que podría dormir varios días seguidos—.

Me tomo el tiempo que necesito y del que no dispongo otras mañanas para admirarlo.

Esa piel suave, su expresión de calma absoluta y los rizos negros.

Amo su pelo, no entenderé jamás que él mismo no lo haga.

Tengo que dar gracias por que me haya consentido en dejárselo largo y no rapárselo como solía hacer en cuanto los mechones le tapan la vista.

Aunque me parece que va siendo hora de que le agende cita con el peluquero si no quiero que se lo vuelva a plantear.

Las quejas de mi estómago me devuelven de mis ensoñaciones. Cierto, puede que lleve casi un día entero sin comer. A decir verdad, no es una actividad a la que le dé prioridad, sobre todo si no tengo con quién compartirla. En otras palabras, sería fácil que muriera de inanición sin Nikky cerca.