My5: Parte 1 (Cuentos perfectos 5) 1
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My5: Parte 1 (Cuentos perfectos 5)

My5: Parte 1 (Cuentos perfectos 5)

Por Giuliana M. Baselice

© inepub.com

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E ntro de forma automática tal cual las puertas del ascensor se abren en el ático. Dejo las pocas pertenencias que siempre llevo encima —móvil, llaves y gafas— en el movimiento mecánico que se ha convertido el soltarlas sobre la isla de la cocina.

No miro alrededor. Atrás quedó la costumbre de encontrar el silencio que me recibía como un viejo amigo.

Las luces sombrías que llegan desde la Ciudad por el cristal que rodea el piso dibujan sombras que antaño no se me antojaban tan terribles.

Los muebles que ocupan el enorme espacio diáfano desprenden una frialdad que nunca les habría atribuido en el pasado.

Pero el escenario no es el culpable, sino la persona que falta para darle vida.

Por lo menos siempre puedo encontrar la misma variable que me ancle a una realidad más subjetiva.

Un maullido desde el otro extremo de la encimera me saluda sin excepción. Me acerco a él con la sonrisa que siempre le dedico.

—Hola, Munik.

No he terminado de acercar la mano a su cabeza que ya la ha lanzado para frotarse con ella.

Apenas consigo abarcarla de una caricia entre su enorme tamaño y la cantidad ingente de pelaje.

Por supuesto que soy el primer sorprendido del animal tan majestuoso en el que se ha convertido aquella bolita naranja, empapada y enferma que rescaté un día de tormenta.

Llevo desde que llegó a su edad adulta teniendo problemas para cargarlo en brazos, pero es un esfuerzo que jamás le negaré.

La suavidad de su largo pelo naranja y el vibrar de sus ronroneos consiguen ahuyentar las nubes que han nublado hoy mi día. Y estoy seguro de que, por mucho que ninguna de las partes vaya a reconocerlo en un futuro próximo, a él también le ha descolocado lo inusual de la jornada.

—¿Has pasado bien el día solo? —pregunto sin esperar respuesta mientras le acaricio esa zona que tanto le gusta debajo de la mandíbula. Munik maúlla con suavidad, disfrutando con los ojos cerrados—. Sí, lo sé. Volverá pronto, ¿vale?

Tantos años viviendo juntos han hecho que Munik y yo compartamos una conexión especial. Y sí, que lo entienda perfectamente. No reprimo la sonrisa al imaginarme unas burlas que he oído mil veces al respecto.

El teléfono, olvidado en la otra punta de la isla de la cocina, comienza a vibrar con una llamada entrante.

Me alejo de mi gato lo justo para comprobar quién me llama, y mi sonrisa se amplía en contra de mi voluntad.

Como si lo hubiera invocado con mis pensamientos, dedicados a él desde que nos despidiéramos esta mañana.

—Gracias por avisar que has llegado bien a casa —me reprimen desde el otro lado de la línea tal cual contesto, ni tiempo a soltar el aire he tenido.

—He llegado a casa perfectamente —confirmo sin borrar la sonrisa y alejándome de la cocina para deshacerme de la chaqueta del traje.

—Sí, puedo verlo. Literalmente .

Río para mis adentros.

—Nikky, dile a tu hermano pequeño que salga de mi sistema de vigilancia o le restringiré el acceso yo mismo.

—Pobre Stevie —lloriquea mi novio al otro lado—, con lo que le preocupa tu seguridad…

Miro a la cámara por la que sé que me observa.

—Nikolai.

—Que sí, que sí —se mofa—. Pero eso no te abstiene de culpa, amor mío. Una llamadita no hubiera estado de más.

Sigo sonriendo, un efecto que ya he aprendido que solo consigue su voz por mucho que las palabras que suelte me saquen de quicio.

—¿Alguna llamadita además de la veintena que hemos mantenido durante el día te refieres? —pregunto son sorna.

— Sep —confirma con gracia. No le discuto porque yo tampoco hubiera puesto objeción alguna a otras tantas—. Merezco una disculpa.

Se me escapa la risa sorda pero no me privo de poner los ojos en blanco.

—¿Cómo ha ido el día? —cambio de tema como si no supiera la respuesta gracias a todas esas conversaciones mantenidas desde que se fuera a casa de su familia en los Exteriores esta mañana.

Pero nunca me cansaré de oír cada anécdota que tenga que contarme, aunque conozca el final.

Muchos menos si soy capaz de escuchar el ajetreo que provoca su cada vez más numerosa familia de fondo.

—No ha estado mal. —Oigo el sonido de una puerta al cerrarse, imagino que producto de que Nikky se esconda en su habitación como siempre buscando privacidad—.

Doc y Dexter se han peleado antes de la cena.

No me preguntes por qué, imagino que de cosas de hermanos mayores.

Estaba ocupado en una partida con Willy y Jason, que por cierto he ganado.

—Pongo los ojos en blanco al escuchar nombrar las cartas.

Hay cosas que no cambian por mucho que bajen de intensidad—.

Mi madre ha preguntado por ti —continúa— y yo no veo la hora de volver a casa.

Llevo desabrochados todos los botones de la camisa y el cinturón mientras disfrutaba con su palabrería.

—¿Y eso cuándo será? —pregunto sentándome en la cama de nuestra habitación para terminar de deshacerme de la ropa.

—Cuando a mi adorado hermano mayor le apetezca emprender la marcha —se queja.

—También puedes conducir de vuelta.

Esta vez sí retengo la risa para no interrumpir el silencio que se forma.

—Eres tan gracioso como guapo, Florian —reniega.

Dejo el móvil en altavoz mientras me desprendo de lo poco que me queda de ropa. Estoy deseando meterme bajo el chorro de agua caliente.

—Puedo ir a buscarte si quieres —me ofrezco, sabiendo la respuesta a una propuesta que he hecho mil veces. No quiero robarle minutos con su familia, pero jamás dejaré de ofrecerle una solución que no me ha pedido.

—Me parece que tú has tenido un día mucho más duro que el mío —asegura con voz seria—. Descansa, lo necesitas. Yo meteré presión para volver cuanto antes.

Me es físicamente imposible borrar la sonrisa, como ya he dicho.

Cierto, mi día no ha sido lo que definiríamos como sencillo, pero nada que no pueda gestionar.

Llevo encargándome de Industrias Grave incluso desde antes de que el desgraciado de mi padre entrara en prisión y terminara heredando todos los derechos sobre ella.

Las reuniones interminables con ejecutivos, acreedores y abogados no me son desconocidas.

Aun así, ni toda la práctica que te dan los años consigue disminuir el agotamiento de tanta interacción social.

Pero se trataba de asuntos que no podía delegar, de lo contrario nada me hubiera impedido acudir a un día en casa de los Bobba.

Cierto, son una familia del todo peculiar, pero yo no me hallo en posición de opinar al respecto.

Es más, solo puedo hacer que envidiar a cada uno de sus integrantes.

Y sigo sin creerme en el derecho de llamarme a mí mismo como tal ni aunque forme parte del trío de afortunados que hemos conseguido adueñarnos de uno de ellos.

Aunque no envidio a Bianca o Aura por la parte que les toca.

Mi relación con los hermanos mayores es mucho más amena que al principio, pero no por eso dejan de ser personas con las que hay que saber tratar.

Sin duda esas dos mujeres tienen el carácter necesario para mantenerlos a ambos a raya.

—¿Ya te has dormido? —La voz al otro lado de la línea me devuelve de mis divagaciones. A estas alturas del día mi cerebro procesa tanta información que no sé ni en cuál centrarme. En la errónea si estoy ignorando al amor de mi vida al teléfono.

—Ni aunque quisiera —respondo con una sonrisa. Un sonoro bostezo al otro lado me devuelve a la realidad.

—Pues deberías —me riñe entre quejidos—. No tardaré en llegar, ¿vale?

Esta vez la sonrisa es fruto de ansiar que llegue ese momento.

—Diviértete —le insto—. Estaremos esperándote.

Otro bostezo más sutil acompañado de un “ aham ”.

—Te quiero —dice con esa voz adormilada. Debe estar agotado después de todo un día de disfrute con sus hermanos. Es más, debería dormir en casa de su madre y ahorrarse el viaje, pero no lo voy ni a sugerir; es una batalla que ya he perdido otras veces.

—Y yo a ti —correspondo, como no dejaré de hacer.

Cuando la llamada se acaba, entro al baño buscando esa tan ansiada ducha.

El agua caliente consigue que los músculos mengüen sus quejas después de todo un día de ajetreo y sustento energético insuficiente.

Es cierto, necesito dormir, pero no es eso lo que quiero.

Me paso las manos por la cara para apartar el agua que cae sobre ella, dejando que las ideas se instalen en mi cabeza.

***

El sonido del ascensor me despierta desde mi dormitorio; dejé la puerta abierta con ese propósito.

Munik abandona los pies de la cama de un elegante salto para acudir en recibimiento del recién llegado.

Yo, en cambio, mantengo la postura, boca abajo y los brazos bajo la almohada, y los ojos cerrados.

Lástima que esa sonrisa del demonio no quiera abandonar mi expresión.

—Sí, sí, yo también te he echado de menos pero déjame caminar —escucho fuera. Conociéndolo, Munik debe estar restringiendo sus pasos con esa danza histérica suya enredándose en sus piernas. Tiene obsesión con hacer eso, pero no le culpo.

Oigo los pasos sobre el parquet hasta la habitación, que se detienen en la puerta.

Unos segundos de quietud que utilizo para controlar la respiración y que no me delate.

Otra vez, más despacio, camina hacia la cama.

Noto el peso al otro lado del colchón que se acerca con cautela hasta pegar su cuerpo al mío.

—Esto es trampa —susurra posando un beso en mi hombro mientras pasea unas delicadas caricias por mi cadera y baja por mi glúteo. Sabía que ningún cansancio me lo robaría si decidía esperarlo desnudo sobre las sábanas.

Separo los párpados y me doy la vuelta despacio, lo justo para mirarlo a los ojos. Esos preciosos ojos marrones escondidos bajo esos rebeldes mechones negros que tanto le cuesta domar.

—¿Cómo ha ido el viaje? —pregunto mientras Nikky sigue con su viaje de besos desde el hombro, pasando por mi cuello hasta la comisura de mis labios.