My safety net (Love Obviously 1) 66
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Habían pasado casi dos semanas desde el ataque y la vida, muy considerada ella, había decidido reorganizarse en una mezcla rarísima de trámites legales, titulares tumbados a golpe de abogado y Connor Bradley convertido en el convaleciente más encantadoramente dramático de Londres.

La mejor de las noticias fue que Peter había sido expulsado de la UCL y ahora estaba en prisión provisional, a la espera del juicio.

La investigación había resuelto que yo no había sido la única agredida.

Hubo otras chicas. Otros pasillos, otras fiestas, otras veces en las que alguien no llegó a tiempo o nadie supo mirar lo suficiente.

Aquello me despertó una rabia extraña e imposible de ordenar. Porque era una mezcla de alivio y justicia, pero también la certeza horrible de que el monstruo no había empezado conmigo. Aunque yo había tenido la salvaje suerte de ser su final.

Por otro lado, los abogados de Kenny habían trabajado a destajo para contener a la prensa y tumbar cada artículo que intentaba convertirnos en carnaza.

De pronto, yo, Melani West, veintiún años y nula vocación de escándalo nacional, me había convertido en interés público.

Lo cual sonaba bastante distinguido si ignoraba que dicho interés consistía en que unos desconocidos con demasiado tiempo libre diseccionaran mi agresión, a mi novio y mi apellido como si todo aquello fuera un especial con suplemento dominical.

Pero, en medio de aquella elegante catástrofe moderna, me habían informado de que podría terminar el curso a distancia y que mi proyecto de Justicia Global seguía protegido. Y además mis manos ya solo llevaban pequeños apósitos donde antes había vendajes aparatosos.

Poco a poco, todo volvía a la normalidad. Aunque Connor todavía tenía la espalda cosida, el orgullo temporalmente abollado y una capacidad casi artística para convertir cualquiera de mis gestos en tratamiento médico indispensable.

Hacía unos cuatro días que nos habíamos instalado en mi apartamento, después de una primera semana bajo la vigilancia tiránica de Maggie en la residencia.

Y es que mi querida y gruñona jefa se había negado en rotundo a dejarme sola hasta que mis manos fueran mínimamente funcionales.

Y, por supuesto, nadie en su sano juicio se negaba a una orden de esa mujer.

Connor estaba tumbado de lado en el sofá con la cabeza en mi regazo y una expresión de mártir muy poco compatible con sus noventa kilos de hombre guapísimo.

La televisión emitía un partido de la Premier entre el Arsenal y el Liverpool que, en realidad, ninguno de los dos miraba.

Aunque cumplía una función decorativa admirable: fingir que éramos dos personas normales pasando un viernes tranquilo y no dos supervivientes recientes con una relación sentimental peligrosamente adictiva.

Le acariciaba el pelo con lentitud. Hundía mis dedos entre los mechones oscuros y tiraba con suavidad. Dios, me encantaba tocarlo. Nunca me cansaba.

—Creo que me estoy muriendo.

Contuve una sonrisa.

—Has dicho eso seis veces desde que empezó el partido.

—Entonces llevo diecisiete minutos siendo valiente.

Lo miré. Tenía los ojos medio cerrados y una mueca de pura relajación. Connor Bradley, que había aprendido a dormir con un ojo abierto y a pelear antes que confiar, se dejaba acariciar en mi sofá con la entrega solemne de un gato enorme y malhablado.

—Tú solo quieres que no deje de tocarte.

—Y, sin embargo, no te veo quejarte.

Le acaricié la sien con el pulgar.

—Porque soy débil cuando se trata de ti. No deberías abusar tanto de mi bondad.

—Estoy convaleciente. Abusar de tu bondad es mi único plan viable.

Sonreí, y le pasé los dedos por la nuca. El gesto era tan sencillo que casi dolía. Acariciar a mi novio mientras se recuperaba debería haber resultado doméstico, incluso cursi. En cambio, a mí me parecía una pequeña revolución privada.

—¿Te duele? —pregunté.

—¿La espalda?

—¿Qué otra cosa sino?

Me miró de reojo, terriblemente satisfecho.

—Bueno, mi polla tiene algo que decir al respecto.

—Oh, por Dios.

Sentí cómo el rubor me subía por el cuello. Ese hombre tenía una lesión en la espalda y medicación prescrita, pero conservaba la desvergüenza clínicamente intacta.

—Es lo que tiene no poder tocarte como quiero —se justificó—. Pero sí, me duele un poco. Lo otro, en cambio, es una tragedia nacional.

Le rocé la mejilla con el dorso de la mano, entre burla y ternura.

—Qué lástima.

—No te burles. Estoy sufriendo de una forma muy masculina y silenciosa. Necesito más mimos.

—¿Más? Me paso el día mimándote. —Fingí indignarme.

—Sí, pero algunos han sido medicinales. Yo pido mimos románticos.

—No sabía que hubiera categorías.

—Hay muchas. Medicinales, románticas, preventivas, obscenas…

Empezó a enumerar con ese deje gamberro que, por desgracia para mi dignidad, tenía mucha influencia sobre ciertas zonas muy concretas de mi sistema nervioso.

—Las obscenas las tienes prohibidas. El médico dijo reposo.

—El médico dijo que no hiciera esfuerzos —destacó—. No que tú no pudieras besarme como si me debieras una compensación.

Arqueé una ceja.

—¿Compensación yo, por qué?

—Por mi heroica abstinencia.

—Llevas trece días de abstinencia —me reí—. Tampoco es para tanto.

—Trece días pueden destruir a un hombre. Y ya que no puedo follar contigo, necesito una política seria de cuidados alternativos. Besos. Mimos. Miradas indecentes. Algún comentario sobre lo guapo que estoy sobreviviendo.

Acaricié su mandíbula.

—Estás muy guapo sobreviviendo.

Cerró los ojos.

—Creo que se me ha puesto un poquito más dura.

Se me escapó una carcajada. No podía creer que se excitara con tanta facilidad. Era absurdo. Y precioso.

Era él.

—¡No miento!

—Idiota.

Durante unos segundos, todo quedó en calma. La clase de tranquilidad doméstica que habría parecido ridícula de explicar a cualquier persona que no entendiera cuánto podía significar un sofá después de haber visto demasiada sangre.

Entonces pensé en mi padre. Y mis caricias perdieron un poco el ritmo. Connor levantó una mano y atrapó mis dedos, con muchísimo cuidado de no rozar los apósitos.

—¿Vas a contarme qué te tiene tan mustia? Y no me vengas con rodeos, cereza, que ya nos conocemos.

Miré hacia la televisión. Los jugadores corrían por el césped, absolutamente ajenos a que mi vida seguía intentando recomponerse. Envidié un poco esa claridad de objetivos. Balón. Portería. Silbato. Ojalá mi existencia hubiera aceptado algo tan sencillo.

—Hablé con Kenny al mediodía sobre unas cosas que vi ayer en… internet. —Cosas horribles sobre Connor y las jaulas y Andover—. Dice que los abogados han conseguido tumbar otros tres artículos.

—Vale.

Tragué saliva.

—Uno insinuaba que tú tenías antecedentes penales. Otro decía que yo había abandonado la universidad. El tercero… mencionaba a mi padre como «fuente cercana».

Connor no se movió. Su espalda no le permitía grandes gestos, pero la mandíbula se le tensó bajo mi mano. Había entendido a la perfección a qué me refería.

Kenny me había sugerido demandarlo. Yo le había dicho que hiciera lo que creyera necesario. Richard West no estaba intentando protegerme. Quería darme donde más me dolía. Mis estudios, mi nombre, Connor. Quería asustarme para que volviera a casa con la cabeza baja y una disculpa en la boca.

Qué escena tan pulcra habría sido, pensándolo bien.

La hija descarriada regresando al hogar familiar después de una temporada de confusión, convenientemente vestida de arrepentimiento y silencio.

Margaret habría encargado flores blancas.

Mi padre habría fingido magnanimidad. Y yo habría muerto un poquito más sin molestar a nadie.

Pero aquella hija ya no existía.

—Tu padre es una infección familiar con título nobiliario.

Solté una risita amarga.

—Tampoco mientes en eso.

—¿Ves? Soy honesto hasta al borde de la muerte —bromeó.

Bajé la mirada hacia él.

—No quería contártelo para no amargarte la tarde.

—Mel, estoy tumbado en tu regazo, drogado legalmente y con orden médica de recibir mimos. Mi tarde es excelente.

Siempre hacía eso, le daba tanto valor a cosas tan pequeñas.

—Te apuñalaron hace trece días —dije bajito, todavía consternada por ello.

—Detalle menor.

—No vuelvas a decir eso.

—Vale. Detalle mediano.

Lo miré con una advertencia seria, por supuesto. Rotunda. Muy digna. Ligeramente deslucida por el hecho de que me moría por besarlo.

—Sigues quitándole importancia para no preocuparme.

Y ahí estaba otra vez. El brillo canalla. La curva mínima de su boca. Connor Bradley con la indecencia justa para hacerme reír.

—Enorme. Dramático. Sangriento. Muy inconveniente para mi agenda sexual.

—¿Tu agenda sexual?

Me sostuvo la mirada un segundo.

—Sí. Mañana cumplimos un mes de novios. ¿Sabes lo importante que es eso?

Me quedé tiesa.

—¿Te has acordado?

—Por supuesto que sí —exclamó, profundamente ofendido—. ¿Por quién coño me tomas? Llevo desde octubre babeando por ti. No se me va a olvidar esa fecha en la puta vida.

Sentí que algo se me derretía por dentro con una facilidad vergonzosa. Una cosa era enamorarse de un hombre guapo, protector y tremendamente sexual. Otra muy distinta era descubrir que, además, recordaba fechas.

—No puedes ser tan tierno y bruto al mismo tiempo.

—Pues aquí me tienes —sonrió—. Soy tu hombre perfecto, y con muy buena memoria. En tres días es tu cumpleaños.

Parpadeé.

—Vaya.

—Y yo tenía planes muy indecentes, amorosos y ahora médicamente desaconsejados.

Volví a hundir los dedos en su pelo.

—Pobrecito.

Connor soltó un quejido de puro agravio sentimental.

—No lo dices con suficiente respeto por mi sufrimiento.

Me incliné sobre él y, teatralizando la mayor compasión jamás concedida a un hombre convaleciente, le repartí besos suaves por toda la cara.

—Pobrecito, mi amor, que no puede comportarse como un salvaje durante mi cumpleaños.

Connor se dejó querer con un placer tan evidente que me dieron ganas de besarlo otra vez. Si aquello era cuidar, empezaba a entender por qué algunas heroínas literarias se arruinaban la vida por un hombre bonito con problemas.

—¿Y qué pensaba regalarme mi caballero perfecto? —dejé caer.

—A mí mismo muy desnudo, principalmente.

—Eso ha sido muy suave para ti. —Me carcajeé.

Cogió mi mano y me besó los dedos con un cuidado que me estremeció. Todavía tenía pequeñas marcas. Cortes que ya no parecían gran cosa, salvo cuando él los miraba así, como si cada uno fuera una acusación.

Su expresión se puso seria. Lo noté en la forma en que sus ojos se desviaron un momento hacia la televisión. En el gesto frustrado de su boca. En esa tristeza pequeña y extraña que no encajaba con sus bromas.

—Era la costa amalfitana —suspiró—. Una semana. Y sin tener que colarme en la habitación por las noches.

Contuve el aliento.

Recordé la pizzería, Luna Rossa. Nuestra conversación sobre Italia. La forma en la que a mí se me escapó eso de viajar juntos, como si imaginar un futuro fuera una osadía demasiado grande.

Connor lo había recordado. Lo había planeado. Y había querido dármelo.

—Has dicho «era» —murmuré—. ¿Por qué no «es»?

Me miró, frustrado.

—Hasta dentro de al menos seis semanas no seré un novio funcional, y yo quería hacerte el amor cada noche, despertarme contigo cada mañana y verte fingir que no te morías por subirte a una Vespa conmigo.

No supe qué hacer con tanta ternura. Era un problema recurrente desde que Connor Bradley había decidido quererme en voz alta.

Yo, que siempre había sido bastante competente gestionando las cosas, no tenía ningún protocolo interno para lidiar con él lamentándose por no poder hacerme feliz y comportarse de forma escandalosamente indecente.

—«Vas» a llevarme a Italia por mi cumpleaños… —dije emocionada.

Connor frunció el ceño.

—Ah, cariño, creo que…

Le puse un dedo sobre los labios.

—Shhh. ¿No sabías que ahora mi cumpleaños es en julio?

Parpadeó, confundido.

—¿Desde cuándo?

—Desde hoy mismo. Así que no digas más y sorpréndeme cuando llegue el día. Porque yo también quiero todo eso que has mencionado.

Me miró, fascinado.

—¿Incluida la Vespa?

—Todo lo que te incluya a ti.

Cerró los ojos un segundo y respiró, trémulo.

—No puedes decirme esas cosas cuando no puedo moverme.

Me incliné hacia él, divertida.

—¿Cómo que no?

Froté mis labios con los suyos.

—Cada vez que te miro experimento nuevas formas de sufrir.

—A saber qué estará imaginando esa cabeza tuya.

—Que ahora está más dura que antes.

Me eché a reír. Era imposible ser romántica y dulce con él sin sentir ese fuego entre las piernas.

Lo besé. Connor apenas podía incorporarse, así que fui yo quien se encargó de todo, sujetándole la cara con cuidado entre mis manos, mientras él me acariciaba el brazo.

No hubo urgencia. Solo su boca y esa sensación absoluta de que todo era perfecto a su lado porque era real y auténtico y con eso bastaba.

Y entonces sonó una llave en la cerradura.

Nos quedamos congelados.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Connor.

—Solo existe una persona en el mundo que tenga mi llave, además de ti.

—No —resopló—. Dime que Kenny no busca sabotear mi recuperación emocional.