My safety net (Love Obviously 1) 67
100%

67

La puerta se abrió de golpe.

—¡Traemos pizza y ninguna clase de respeto por vuestra intimidad! —exclamó Nate desde el recibidor como si acabara de anunciar una incursión vikinga con extra de mozzarella.

Kenny entró el primero, claro. Porque ese cabronazo no sabía cruzar una puerta sin parecer dueño del lugar. Venía cargado con bolsas y derrochando esa energía absurda de hombre que había decidido organizarte la vida por pura superioridad afectiva.

—Antes de que nadie diga nada, esto no es una invasión.

Giré la cabeza despacio. Error. La espalda me pegó un tirón y tuve que apretar los dientes para no soltar un gruñido demasiado lastimero delante de todos. Me habría costado humillaciones durante tres días. Aun así, me eché a reír al verlos entrar como una puta estampida doméstica.

Mel se llevó las manos a la cara. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes por la risa y, joder, verla así me hizo sentir un calor inmenso en el pecho. Como unos golpecitos contra las costillas que no supe si eran por ternura o porque me estaba dando un infarto.

—Has usado una llave —medio gruñí.

Kenny movió el llavero con un descaro insoportable.

—Una llave familiar.

—Eso sigue siendo invasión, pero con logística.

—Estás convaleciente. Tu opinión no importa.

Dejó las bolsas sobre la mesa baja sin la menor vergüenza.

—Estoy bien, por cierto.

Noah empezó a repartir bebidas como si llevara toda la vida haciendo de camarero en aquel salón. Me lanzó un refresco con una sonrisa de lo más canalla.

—Nadie ha preguntado.

Lo señalé con el dedo, muy ofendido para ser un hombre que no podía incorporarse sin negociar con un traumatólogo.

—Qué insoportable estás desde que te follas a un Balón de Oro —protesté.

Kenny se giró de golpe.

—¿Perdona?

Noah ni pestañeó.

—No te distraigas, Langford. Has venido a invadir.

Liam apareció entonces con una torre de cajas tan alta que apenas se le veía la cara.

Entró sin ruido, claro. Ese tío podía introducir catorce pizzas en un salón sin alterar la presión atmosférica.

Era una de sus habilidades más inquietantes.

Reconocí el logo rojo de Luna Rossa en cuanto las dejó sobre la mesa.

—Hemos traído cena —dijo.

—Y compañía no solicitada —añadió Matthew.

Ya estaba en la alfombra, quitándose las botas como si estuviera en su casa. Ni siquiera preguntó. Simplemente se instaló. Fin. Anthony se sentó a su lado con la misma naturalidad.

—Y opinión futbolística —sonrió.

Kenny se dejó caer en el sofá de enfrente, miró la pantalla y entornó los ojos.

—Oh, vaya, Arsenal contra Liverpool.

Mel, que seguía acariciándome el pelo y, por tanto, contribuía activamente a que yo ignorara el ochenta por ciento de mis dolores postoperatorios, lo señaló con una sonrisa.

—No empieces.

Kenny se llevó una mano al pecho y me miró a mí.

—Así que ¿no te basta con robarme a mi prima, sino que también tienes la indecencia de seguir apoyando a mi enemigo?

Intenté ponerme solemne. Quedó bastante limitado por el hecho de estar tumbado entre cojines, con cara de mártir y una lata fría apoyada en el abdomen.

—Yo siempre te apoyaré. Desde el silencio.

—Qué generoso.

—Soy un hombre lleno de virtudes.

—Ninguna es discreta —dijo Mel en voz baja.

La miré.

—Qué traición más grande, cereza.

Ella sonrió. Y a mí se me olvidó el chiste.

Breena había pasado a la cocina con Nate para meter cosas en la nevera y coger platos porque, al parecer, el apartamento de mi novia acababa de convertirse en territorio comunal.

Volvió con una pila de servilletas y esa sonrisa suya de mujer que podía detectar una catástrofe sexual a tres barrios de distancia.

—¡Qué ven mis ojos! Un nido de amor convaleciente.

Mel se puso roja al instante.

—No sigas por ahí, Breena —protestó.

—¿Prefieres «zona de abstinencia desesperada»?

—Sí.

—No.

Mel y yo hablamos al mismo tiempo. Y la sala se quedó en silencio medio segundo. Hasta que Kenny, que estaba abriendo una lata, giró lentamente —muy lentamente— la cabeza hacia nosotros.

—Abstinencia desesperada, ¿eh?

Noah habló sin mirarlo.

—No abras esa puerta.

—Es mi prima.

—Precisamente.

—Le regalé ese sofá.

Mel levantó una mano.

—En mi defensa diré que lo elegí yo.

—Eso no mejora nada —se quejó Kenny.

—Estamos hablando de mi sufrimiento —les recordé.

—Importan más catorce pizzas enfriándose y el hecho de que el puto Anthony ya ha empezado a comer —intervino Liam, abriendo una caja de pizza.

El olor llenó el salón, y mi estómago decidió que era un buen momento para aparcar las ganas que tenía de follar con mi novia.

Pero todos miramos a Anthony. El cabrón estaba masticando una porción con una falta de culpa casi religiosa.

—Estoy catando el producto —se defendió—. Por cierto, Vittoria os manda saludos.

Mi «madre adoptiva italiana» nunca fallaba. Lo malo era que se había hecho demasiado amiga de Maggie Davies. Y ahora me criticaban dos mujeres con mucho carácter en vez de una.

—Has mordido tres porciones distintas —se quejó Matthew.

Anthony señaló las cajas, muy serio.

—Soy exhaustivo.

—Eres una plaga con metabolismo —dijo Breena al sentarse en la alfombra.

—Gracias.

Y ya está. Cinco minutos. Eso fue todo lo que tardaron en conquistar mi puto paraíso.

El salón de Mel dejó de parecer el salón de Mel. Había cajas sobre la mesa, latas por todas partes, botas en la alfombra, Nate repartiendo servilletas, Anthony mordiendo pizzas, Noah demasiado cerca de Kenny para que nadie fingiera que esos dos no estaban aprovechando cualquier excusa para tocarse.

Hacía unos meses, una puerta abriéndose sin avisar me habría puesto de pie con los puños listos. Aquella noche solo pensé que alguien debía acercarme una porción de pizza antes de que Anthony lamiera el cartón.

Mel se incorporó un poco para coger un trozo, y yo aproveché el ruido para inclinar la cabeza hacia ella. Rocé el lóbulo de su oreja con los labios.

—Dime, amor mío, ¿cuántos de los polvos que te he echado en esta alfombra estuvieron a una llave de distancia de convertirse en trauma familiar?

Mel soltó una carcajada tan fuerte que hasta se dobló, y todos se giraron a mirarla.

—No sé qué ha dicho, pero ha sido obsceno —advirtió Nate, señalándome con el borde mordisqueado de un trozo de pizza.

—Por supuesto que ha sido obsceno. —Breena no necesitó pruebas.

Kenny entrecerró los ojos y me apuntó con el dedo.

—Bradley.

Levanté una mano con una inocencia impecable.

—Estoy herido.

—Temporalmente.

—Muy deportivo por tu parte esperar a que pueda correr.

Noah le dio un trago a su lata.

—Para ser justos, la llave cambia bastante el nivel de riesgo.

Kenny lo miró, indignado.

—No ayudes, cariño.

—Solo estoy precisando el delito.

—¡No hay delito! —exclamó Mel.

—Hay trauma potencial de primo —sentenció Matthew.

Kenny asintió, muy satisfecho.

—Exacto. Ese es precisamente el problema.

Lo miré, disfrutando demasiado. Ese hombre nos había regalado a mí y a mis hermanos la oportunidad de vivir, y ahora también la oportunidad de chincharlo. La vida tenía un sentido del humor maravilloso.

—Tu llave ha cambiado el significado de muchos recuerdos —bromeé.

—No quiero saberlo —dijo Liam con la boca llena.

Nate masticó despacio. Se lo estaba pensando de verdad.

—Yo estoy en duda.

Breena levantó una mano.

—Yo sí.

Noah la miró.

—Tú quieres saberlo todo por motivos preocupantes.

—Pura investigación —resolvió ella.

—Cotilleo. —Mel la acusó con cariño.

—Investigación con beneficios recreativos.

—Volvamos a la pizza y dejemos a la alfombra en paz —dijo Liam, abriendo otra caja.

—Por fin una postura moral sensata —lo felicitó Mel.

—Cobardes —resopló Anthony.

La conversación derivó en otra cosa, como pasaba siempre entre nosotros.

Nunca terminábamos un tema: lo atropellábamos con otro.

El partido siguió de fondo. Alguien gritó por una falta.

Langford se cabreó con una jugada del Arsenal.

Noah le tocó el muslo, le dijo algo al oído y Kenny perdió el hilo de su indignación con una facilidad vergonzosa.

Más pizza, más bromas, más Liam organizando el caos.

Comí medio recostado, con Mel pegada a mí. La espalda me tiraba cada vez que me reía, y me reí demasiado. El cuerpo me dejó claro que todavía no estaba para grandes exhibiciones de hombría. Pero mi dama me acariciaba la nuca de vez en cuando y yo seguía sin saber cómo asimilar eso.

—Está usted muy apuesto siendo invadido por su familia, señor Bradley —me dijo bajito.

Cuando usaba ese tono, el mundo entero quedaba en segundo plano.

—No me adule delante de testigos, señorita West. Aunque confieso que la invasión mejora considerablemente cuando usted me mira así.

Sus ojos bajaron un instante a mi boca. Mala idea. Muy mala. Joder, habría dado un riñón por estar sano y a solas con ella en ese momento.

—Mañana hará un mes —murmuró. Sus dedos todavía en mi nuca. Los míos trazando círculos lentos en su muslo.

Un mes desde que habíamos dejado de fingir que aquello no era enorme.

Un mes desde que había usado a Darcy para declararle mi amor en una biblioteca y podía decir que era mi novia sin que nadie me despertara a patadas en un taller abandonado para recordarme que la felicidad no era para tíos como yo.

Apoyé la frente en la suya.

—Un mes de conducta sentimental impropia.

Mel sonrió contra mis labios.

—Y muy satisfactoria.

Me habría gustado besarla como solo ella se merecía. Con hambre. Con todo el cuerpo. Pero tenía a media familia comiendo pizza a dos metros. Así que hice lo que pude. Y la miré. A veces eso era peor.

—¿Me concede usted el siguiente? —pregunté.

—Le concedo todos los que quiera.

No pude responder enseguida. Porque había palabras que no entraban bien en un cuerpo acostumbrado a sobrevivir con poco.

«Todos los que quiera».

—Si sigue hablando así, voy a enamorarme todavía más.

—Esa era mi intención.

Durante toda mi vida había pensado que un lugar seguro tenía que ser silencioso, cerrado y fácil de defender. Pero entonces Melani me sonrió, y todo lo que yo había aprendido sobre sobrevivir, se quedó pequeño.

Porque no había que defender aquello.

Había que vivirlo.

Con ella.