My safety net (Love Obviously 1) 65
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La anestesia me tenía atrapado. Me hundía y emergía a medias, sin fuerza para quedarme despierto ni la suerte suficiente para desaparecer del todo. Cada vez que intentaba salir, algo me arrastraba otra vez al Rubin Building.

La puerta cediendo bajo mi bota. Peter encima de Melani. Su boca llena de sangre. El cristal. Su grito. Mi cuerpo fallando. Y una pregunta clavada en mi mente, dando vueltas como un animal encerrado: ¿qué habría pasado si hubiera llegado un minuto más tarde?

Desperté despacio.

Lo primero que sentí fue un dolor sordo y profundo en la parte alta de la espalda, como si alguien hubiera metido fuego debajo de la piel y luego lo hubiera cosido allí dentro.

Después la boca seca. El escozor en la garganta. La luz baja de una habitación que no reconocí. El pitido regular de un monitor. El peso de mi cuerpo, torpe e inútil, pegado al colchón, con una vía en el brazo y unos cables pegados al pecho.

Intenté moverme.

Mala idea.

El dolor me mordió tan fuerte que se me cortó la respiración.

Pero entonces giré la cabeza, muy despacio, y allí estaba ella.

Melani se había sentado junto a mi cama, en una silla demasiado incómoda. Parecía haber llorado y, aun así, seguía a mi lado, con el labio partido, un moratón que empezaba a oscurecerle la mejilla y las manos vendadas.

Sus manos.

Dios. Y las mías no habían llegado a tiempo para impedir aquello.

—Mel…

La voz me salió rota. Casi sin forma.

Ella se inclinó hacia mí al instante.

—Hola, señor Bradley.

Intentó sonreír pese a que se le habían empañado los ojos de golpe. Parpadeé, peleándome con los calmantes, con la luz y con esa versión herida de mi dama que me miraba como si yo fuera lo más importante.

—¿Estoy muerto?

Ella levantó una mano vendada y me acarició la frente con el dorso de los dedos.

—No. Pero si intentas incorporarte, te mato yo.

Me habría reído si mi cuerpo no hubiera estado ocupado intentando recordar cómo se hacía todo lo demás.

—He creído que sí. Porque eres demasiado guapa para ser real.

Se le escapó una sonrisa triste.

—La anestesia te hace exagerar.

Bajé la mirada otra vez. Las vendas. Los dedos medio cubiertos. La piel que no podía ver. El puto monitor me delató antes de que yo pudiera fingir que no me estaba muriendo por dentro.

—Tus manos.

Quise levantarme, pero apenas conseguí tensar el cuerpo antes de que la espalda me estallara.

—Connor.

Mel apoyó una mano sobre mi pecho. No hizo falta que hiciera fuerza. No podía moverme una mierda.

—No es grave, cariño —le dije. Pero entonces miré su boca—. Tienes el labio roto.

—Apenas me duele.

—Mentirosa. Quiero besarte.

Dudó. Vi el miedo en sus ojos. Temía hacerme daño. Así que se inclinó con cuidado y me besó. Bueno, más que un beso, fue rocecito mínimo. Tembloroso. Casi nada. Ni lo noté.

Cerré los ojos.

—Ha sido ridículamente casto.

Mel se quedó cerca de mi boca.

—Estoy cuidando de mi novio.

Mi novio. Joder, si no me hubieran cosido la espalda, esa palabra me habría levantado del colchón. Pero entonces el recuerdo volvió. Peter encima de ella. Los ojos de mi dama cuando me vio entrar.

Apreté la mandíbula.

—Te hizo… daño…

—No llegó a hacerlo porque tú lo impediste.

No. No era suficiente. En mi cabeza seguía viéndola en el suelo con esa mueca de puro terror.

—Pero llegué tarde.

—No es verdad.

Me costó respirar hondo. Dolía. Mierda, me dolía todo. Incluso lo que no era el cuerpo.

—Y tenías sangre en las manos… No pude salvarte entera.

Mel se acercó un poco más. Noté cómo temblaba.

—No seas cruel con el hombre al que quiero cuando acaba de despertarse.

Abrí los ojos. Mi cerebro tardó un segundo en seguirla, pero mi corazón no. Mi corazón, el muy cabrón, se agarró a esa frase como si fuera una cuerda.

—¿Tengo que batirme en duelo con ese tío por tu amor?

Una pequeña sonrisa tiró de sus labios.

—No. Pero podrías ser amable con él.

Bendita fuera. Me estaba sacando de ese pozo oscuro. ¿Cómo no iba a amarla?

—¿Es guapo? —indagué, pensando que yo también podía sacarla a ella.

—Ridículamente.

—¿Incluso recién operado?

—Incluso así. Nadie puede competir con esos ojos que tiene.

Hice una mueca.

—Maldito sea.

Mel sonrió un poco más. Esta vez de verdad. Y volvió a besarme. Siguió siendo cuidadosa, porque mi dama podía estar rota y, aun así, preocuparse por no romperme a mí. Pero duró más. Lo suficiente para que el aire dejara de saber a quirófano y mi cuerpo entendiera que seguíamos siendo ella y yo.

Cuando se apartó apenas un centímetro, no abrí los ojos. No quería perder su calor todavía.

—Te quiero —murmuré.

Sentí su frente contra la mía. Luego sus lágrimas mojándome la piel.

—Y yo a ti, mi amor. Muchísimo.