64
Kenny se acercó a mi cama antes de que yo pudiera volver a respirar. Los chicos se enderezaron al mismo tiempo. Susan no se movió de mi lado, pero noté cómo su atención se concentraba en mi pulso y en la forma en que mis dedos vendados estrujaban la sábana. Y Breena permaneció firme junto a mí.
Nadie dijo nada. Yo tampoco me atreví.
Porque Lord Richard West entró con su abrigo de paño impecable y una mueca de rabia contenida. Lady Margaret Russell apareció detrás, con el móvil en una mano y el bolso en la otra.
Ninguno de los dos me miró. Ni siquiera parecían necesitar asegurarse de que seguía entera.
A quien sí miró papá fue a los chicos. Y después a su sobrino.
—Kenneth.
—Tío Richard.
—No estoy de humor para tus numeritos de héroe local.
Vi cómo la mandíbula de Kenny se endurecía.
—Ni yo para que entres en la habitación de mi prima como si vinieras a reclamar una maleta extraviada.
Mi padre lo miró con esa frialdad educada que en mi casa siempre había hecho más daño que un grito.
—Resulta que mi hija está en todos los teléfonos del país. Tal vez deberías haber pensado en ello antes de convertir tu fundación en un circo.
Noah dio un paso al frente. Solo uno. Pero bastó para que el aire se volviera más denso.
—Cuidado —gruñó.
Kenny levantó una mano para frenarlo, sin apartar la vista de su tío.
Ese fue el momento exacto que mi madre usó para mirarme por primera vez. Sus ojos navegaron por mi cara y bajaron a mis manos. Lo vio todo y, aun así, no cambió nada en su cara.
Luego volvió a mirar a Kenny.
—Espero que tengas una explicación para esta absoluta falta de control. Y agradecería que no dramatices.
Kenny alzó las cejas.
—¿Que no dramatice?
—No tenemos tiempo para tus susceptibilidades —interrumpió mi padre—. Esto ha salido en todas partes.
Parpadeé. Durante un instante no entendí qué significaba aquello. Mi cabeza seguía demasiado lenta, demasiado llena de sangre, cristales y Connor cayendo. Intenté incorporarme un poco sobre los codos, pero me sobrevino un mareo oscuro.
—¿Qué?
Mamá levantó el móvil unos centímetros. No me enseñó la pantalla. Solo lo alzó, como si fuera una prueba contra mí.
—Un vídeo. Varios, en realidad. Alumnos grabando, gritos, sangre, tu nombre, el de Kenny… y ese chico.
Ese.
Me perdí en esa palabra tan pequeña e insoportable.
—Se llama Connor —me quejé.
Mi padre ni siquiera pestañeó.
—Ahora mismo su nombre es irrelevante. Más bien, supone un problema.
Nate se movió por puro instinto, pero Liam lo sujetó del brazo para evitar que avanzara.
—Mida sus palabras, señor West —dijo Liam.
Mi padre lo miró como si acabara de descubrir que una silla había decidido participar en la conversación.
—¿Y usted es?
—Alguien que estaba aquí antes que usted —sentenció Nate.
Algo cálido y feroz vibró bajo mis costillas. Orgullo. Gratitud. Dolor. Un afecto desmedido.
—No estoy aquí para discutir con empleados de la fundación. —La frase impuso un silencio de lo más asfixiante.
Me fijé en los chicos. Matthew ni se movía, pero su expresión ahora era más tensa.
Noah no apartó los ojos de mi padre. Respiraba hondo, con una contención tan fina que casi dolía mirarlo.
Liam seguía sujetando a Nate. Kenny no se giró, pero su mano continuaba levantada.
Creo que, en el fondo, sabía que nuestros Furin no estaban hechos para soportar ese tipo de situaciones. Pocos lo estaban en realidad.
Debía contener aquello antes de que ardiera de verdad.
—Papá. —Mi voz apenas sonó.
Pero atraje la atención equivocada. Mi madre enseguida se acercó a mí. Creí que quizá me daría un abrazo. No, eso sería demasiado para ella. Tal vez el ademán de una corta caricia. En cambio, prefirió centrarse en algo que nada tuvo que ver con mis heridas.
—Los vídeos ya circulan, querida. Tu nombre está vinculado al escándalo. Por el amor de Dios, ¿en qué estabas pensando?
La miré sin entenderla. De verdad. Por un absurdo instante, esperé que rectificara. Que mirara mis manos. Que preguntara si me dolía. Que dijera mi nombre como Susan lo había dicho unos minutos antes. Pero no.
—En proteger a mi novio de ser apuñalado por el hombre que intentó violarme, mamá.
Frunció el ceño. Nadie más lo vio. Solo yo. Lo frunció con tanto disimulo que creí haberlo imaginado.
—¿Novio?
Aquello fue tan horrible que ni siquiera pareció real.
Breena levantó la cabeza de golpe. Susan cerró los ojos un instante. Kenny se mordió el labio casi con rabia.
Mi padre tomó el relevo sin cambiar de prioridad.
—Tenemos a la prensa difundiendo vídeos donde apareces fuera de control por un hombre que no pertenece a tu mundo y lo llamas «novio».
—¿Fuera de control? —se quejó mi amiga.
Susan le puso una mano en el brazo.
—Breena.
Pero ella no retrocedió.
—No, me interesa. Porque yo también estaba allí.
Y de no haber sido por ella seguramente Connor se me habría desangrado en las manos antes de que llegaran los sanitarios.
Mi madre la miró con una cortesía helada.
—Señorita Harris, agradezco su interés, pero esto es un asunto familiar.
—Entonces han llegado tarde —espetó Susan.
Me forcé a coger aire. La meta era reconducir aquello. Hacerles entender cómo me sentía.
—Connor está en la UCI —murmuré al borde de las lágrimas.
Mi madre me miró como si aquello fuera un dato secundario.
—Y tú estás en los titulares.
—No puedo creer que hayas dicho eso —protestó Kenny, pasándose una mano por el pelo.
Mi padre volvió a él.
—Tú has contribuido bastante a que esto ocurra, Kenneth.
—No. No vayas por ahí, tío Richard.
Y el Barón de Ashbury avanzó un paso. Uno de esos tan medidos y tranquilos, de hombre que nunca había necesitado levantar la voz para que el mundo se apartara.
—¿Quién la introdujo en esa residencia? ¿Quién permitió que confundiera caridad con intimidad?
Se ha encaprichado de un muchacho que has recogido de la calle, con un pasado violento, sin educación formal y vinculado a una organización que ya resulta suficientemente difícil de explicar sin que mi hija aparezca en un vídeo llamándolo «mi amor».
Kenny se adelantó. Ya no parecía mi primo intentando contener una situación, sino algo mucho más peligroso.
—Lo recogí de la calle, sí. Y menos mal que lo hice. Porque ese «muchacho» que tanto te molesta ha protegido a Mel más en un solo instante que vosotros en toda una puta vida.
Mi madre se indignó por el tono.
—No te atrevas.
—Me atrevo muchísimo. No volváis a llamar caridad a mi familia.
Mi padre se quedó inmóvil.
Entre ellos cruzó algo viejo, sucio y familiar. Una de esas verdades que mi familia prefería guardar bajo llave y llamar discreción. Papá no sabía lo que tenía delante. No sabía a quién estaba despreciando. Y quizá por eso siguió hablando con tanta tranquilidad.
—No confundas lealtad con gratitud, Kenneth. La gente hambrienta suele encariñarse con quien paga la mesa.
Noah dejó de respirar. Lo vi. Y antes de que todo se rompiera, Liam se colocó un poco más cerca de él.
—Señor West, voy a ser muy educado porque estamos en un hospital y porque Melani está en esa cama. Pero, si sigue hablando, va a tener un problema con todos los hombres de esta habitación.
—Sobre todo porque muchos preferimos ser hombres decentes que tener un apellido limpio —apostilló Matthew con una calma seca.
Mi padre los miró. Pero yo sabía que no los veía de verdad.
—No aceptaré lecciones morales de quienes han sido invitados a una vida que no les corresponde.
Algo dentro de mí cedió por fin.
—Basta —espeté.
Mi madre se giró para mirarme.
—Melani, tenemos que organizarnos. La prensa no va a distinguir matices.
Utilizó ese tono tan suave y perfecto que solía usar cuando quería fingir que todo estaba bajo control. La miré desde un cansancio tan profundo que casi no parecía mío.
—¿Y qué quieres que haga?
—Lo mejor para todos sería que guardaras silencio. Nuestros abogados ya están redactando un acuerdo…
—¿Quieres que olvide que ese canalla intentó violarme? —la interrumpí sin apenas aire.
—Esto no puede trascender. Podemos hacerlo pasar por un simple encontronazo que se descontroló por culpa del pánico, la confusión y la lamentable intervención de terceros.
Durante un instante, reinó el silencio. Solo podía mirarla con la mente en blanco. Mi pulso quieto. El temblor, que me había acompañado desde que desperté, desapareció de golpe.
—Lárgate —escupí.
Mi madre parpadeó, aturdida.
—Qué.
—¡Que os larguéis! —bramé.
Dio un paso atrás, ofendida antes que herida. Eso también lo vi. Lo vi con una claridad espantosa.
—No sabes lo que estás diciendo.
Y entonces estallé. Aparté la sábana de un tirón y salí de la cama con torpeza. Me importó una mierda el mareo o el tirón de dolor en las manos y en la boca. La rabia me sostuvo.
—¡Claro que lo sé! ¡Lo sé desde hace años! —gruñí, descontrolada—. ¿Cómo se te ocurre pedirme que me calle y olvide lo que me han hecho? ¡¿Cómo?! ¡Siempre hacéis lo mismo! ¡Una y otra y otra y otra vez! ¡¡¡Y aun así os importa una mierda!!! ¡Miserables!
—Melani…
Los señalé con las manos vendadas. Dos malditos bultos blancos y torpes y dolorosos que no podía cerrar del todo ni tampoco usar para arrastrarlos yo misma hacia el pasillo.
—¡Soy vuestra hija! —me desgañité—. Y ni siquiera ahora os sale quererme.
Mi padre reaccionó al fin.
—No voy a consentirte que nos hables de ese modo.
Me abalancé hacia él. No sé si quería empujarlo u obligarlo a mirarme de verdad por una vez. A entender qué habían hecho conmigo.
—¡No tienes que consentirme nada! —chillé a un solo palmo de su cara—. ¡Nada! ¡Nada! ¡Nada!
Kenny me agarró antes de que perdiera el equilibrio.
—Cariño.
Pero yo ya no podía parar. Había algo muy feo saliendo de mí. Se derramaba sin control y me quemaba por dentro. No podía contenerlo. Era como si una presa se hubiera roto en mil pedazos. Ni siquiera me reconocía. Melani West nunca había reaccionado así. Siempre fue la niña que callaba y obedecía.
—¡Lárgate! ¡Bórrame de tu testamento, de tus cenas, de tus insoportables cenas de Navidad y de esa familia enferma que solo sabe querer a la gente cuando no da problemas!
Mi madre se llevó una mano al pecho.
—Dios santo…
—¡Os odio! ¡Os detesto con todas mis fuerzas! —grité hasta desgarrarme la garganta—. ¡Y odio haber tardado tanto en decirlo! ¡Odio que me hayáis enseñado a tragarme esto durante años!
Mi padre miró a Kenny como si yo fuera algo que se hubiera roto y él tuviera la obligación de arreglar.
—Esto es una barbaridad.
Busqué a mi primo con desesperación.
—Kenny…
—Ya está. Te tengo.
Enterré la cara en su pecho y rompí a llorar de una forma horrible.
—Lo han insultado…
Connor.
Mi Connor.
En una cama de hospital, sin saber que yo estaba allí, sin saber que me moría porque me abrazara.
Kenny me sostuvo con cuidado. Su mano me acarició el pelo una vez. Después otra. Sus brazos me apretaban con la fuerza justa para sentirme segura.
—No pasa nada, cariño.
—Que se vayan. Diles que se vayan.
—Fuera —les dijo a sus tíos con una voz escalofriante.
Mi padre se irguió.
—No tienes autoridad para echarnos.
Giré apenas la cara. Me dolía la garganta. Me dolía todo. Pero ellos seguían allí. Y yo ya no podía soportarlo.
—¡¡¡Fuera!!! —rugí—. Por favor, chicos… Quiero que se vayan… No quiero volver a verlos nunca más… Los odio, los odio…
Kenny no apartó los ojos de ellos, pero me apretó un poco más contra él.
—Ya la habéis oído. Quiere que os larguéis de aquí.
—Kenneth… —murmuró mi madre.
—Está herida, agotada y os acaba de pedir que os vayáis —gruñó.
—Somos sus padres.
—Y aun así ha llamado a otros para que la protejan de vosotros.
—Está teniendo una crisis.
Susan se interpuso con una calma absoluta.
—Exacto. Y en mi caso sí tengo autoridad para pedirles que salgan si están comprometiendo la estabilidad emocional de una paciente agredida.
Mi padre la miró con desprecio.
—Esto es ridículo.
—Melani, mírame —dijo mi madre.
Entonces, Noah se colocó delante antes de que ella pudiera avanzar.
—No dé un paso más.
—No se atreva a dirigirse así a mi esposa —rezongó mi padre—. Es Lady Margaret Russell, baronesa de Ashbury.
Nate se puso al lado de Noah. Esta vez Liam no lo frenó.
—Pues guíe a la baronesa hacia la salida si no quiere que se la mostremos nosotros. La verdad es que no me apetece ser amable.
Matthew se colocó también, cerrando el frente.
Liam permaneció cerca de Kenny y de mí. No hizo falta que dijera nada. Estaba allí por si yo me caía. Por si Kenny necesitaba soltarme. Por si el mundo volvía a intentar atacar.
Mi padre echó un vistazo a todos ellos. Por primera vez, desde que había cruzado la puerta, pareció medir algo que no podía controlar.
—Esto no quedará así.
—Por una vez, estoy de acuerdo, tío Richard.
Y no hubo más. Ni silencio. Ni compostura. Ni perdón.
La familia no era el apellido.
Era la gente que se quedaba de verdad.