63
Desperté en medio de una espesa neblina.
Lo primero que registré fue una claridad dorada filtrándose por unas cortinas medio echadas. Una lámpara de luz tenue junto a la pared. La silueta borrosa de una puerta entornada. Todo demasiado limpio y quieto, demasiado lejos del suelo lleno de cristales donde recordaba haber estado.
Tardé unos segundos en entender que estaba en un hospital. Y unos segundos más en recordar por qué.
Connor en una camilla. Los paramédicos sacándolo de la universidad.
Yo gritando su nombre, intentando aferrarme a él con las manos ensangrentadas.
Una voz pidiéndome que respirara. Otra diciendo que necesitaban atenderme.
Un sanitario sujetándome el brazo. El pinchazo.
La sensación de estar cayendo por un precipicio oscuro. Después, nada.
Giré la cabeza con pesadez.
—Ey, cariño.
Reconocí a Kenny antes de poder enfocar bien su cara.
—Connor.
Intenté incorporarme de golpe, pero el mundo se inclinó conmigo. Kenny me sujetó por los hombros con muchísimo cuidado y me devolvió al colchón antes de que yo pudiera hacerme daño.
—¿Dónde está Connor?
—Está bien.
No le creí. O quizá mi cuerpo no supo creerlo. Miré a mi alrededor, buscando una pista, cualquier cosa que no fuera aquella habitación demasiado silenciosa.
—No. No, no…
Kenny atrapó mi cara entre sus manos. Lo hizo con tanta delicadeza que me partió el corazón.
—Escúchame, escúchame. Está vivo. La operación ha salido bien.
Me quedé muy quieta.
—¿Operación?
—Sí. Pero ha ido genial. Tenía dos heridas feas en la espalda. Muy aparatosas, pero el cristal entró de lado. No le tocó el pulmón, ni la columna, ni ningún órgano. En unas semanas estará como nuevo.
Kenny hablaba despacio, midiendo cada palabra, como si supiera que mi cabeza no podía sostener frases grandes, solo datos concretos.
Intenté respirar, pero el aire no entró bien en mis pulmones. Me dolía la boca. Sentía el labio inferior hinchado y extraño contra los dientes. Notaba el cuerpo acorchado y lento, como si los moratones estuvieran despertando antes que yo. Y aun así solo podía pensar en ir hasta Connor.
Volví a moverme.
—Quiero verlo. Necesito abrazarlo.
Kenny me detuvo una vez más.
—Lo sé, cariño. Pero ahora está en vigilancia postoperatoria.
—¿En la UCI?
—Una unidad de alta dependencia. Como cuidados intensivos, pero por precaución. Lo estarán vigilando de cerca esta noche.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Dios, el miedo que me invadió fue tan primitivo que me cerró hasta la garganta.
Acabábamos de empezar. Apenas habíamos tenido tiempo de ser felices. No podía perderlo ahora que lo había tenido entre mis brazos.
—¿Se va a morir?
Mi primo negó de inmediato.
—Claro que no.
Ni siquiera dudó. Y yo me aferré a su voz, a la seguridad con la que lo había dicho, a la cuidadosa presión de sus pulgares sobre mis mejillas. Pero cometí el error de cerrar los ojos.
Vi la sangre. A Connor perdiendo fuerza contra mí. Su cuerpo cayendo.
Las lágrimas resbalaron hacia las sienes, imposibles de contener.
—Había tanta sangre —sollocé—. Y se cayó. Yo lo vi caer.
—Lo sé, cariño.
—Pensé que se moría…
Kenny se acercó un poco más. Una sombra de puro miedo y rabia cruzó sus ojos. Pero cuando volvió a mirarme, ya solo quedaba mi primo intentando mantenerme a salvo.
—Pero no ha muerto, Mel. Llegó al hospital. Entró y salió de quirófano. Y ahora hay médicos vigilándolo. Esa es la única verdad que importa, ¿me oyes?
Asentí, aunque no sabía si lo estaba haciendo de verdad o solo intentaba obedecerlo para no derrumbarme del todo.
Bajé la mirada hacia mis manos. Parecían ajenas sobre mi regazo. Los vendajes me cubrían las palmas y parte de los dedos. Intenté moverlos y un latido punzante me subió por los brazos.
—¿Y esto?
—Te cortaste con el cristal intentando detener a ese... —Kenny apretó los dientes y se detuvo a coger aire—. A Olsen.
Sí, me acordaba de eso. Pero nunca imaginé que sería tan aparatoso.
—No pude pararlo.
—Sí que pudiste —me corrigió—. Evitaste que volviera a clavárselo.
Cerré los ojos, pero Peter seguía ahí. Huyendo entre estudiantes. La cara llena de sangre. El cristal cayendo al suelo.
—¿Dónde está ahora? Huyó…
—No llegó ni al vestíbulo del Rubin Building. Los guardias del campus lo interceptaron enseguida. Lo han detenido. No volverá a hacerte daño. Y a Connor tampoco.
El alivio llegó, pero no me calmó. Solo dejó espacio para la siguiente preocupación.
—¿Y Breena, está bien?
Kenny miró hacia la puerta cerrada.
—Está ahí fuera. Con Susan. Y se mueren por verte. ¿Quieres que vaya a buscarlas?
Asentí despacio.
—Sí.
Se levantó y abrió la puerta muy despacio.
Susan entró primero, casi sin hacer ruido. Breena apareció detrás, pero se quedó rezagada. Durante un segundo, solo fui capaz de ver los ojos de mi amiga. Estaban tan enrojecidos e hinchados. Jamás los había visto así.
—Hola, mi niña —dijo su madre.
—Susan…
Se acercó a la cama y acarició mi mejilla con el reverso de su mano mientras me miraba con esa calma tan maternal.
—Hasta sedada eres una monada.
Intenté llevarme una mano a la cara para tocarme el labio, pero las vendas me frenaron a medio camino.
—Me duele la boca.
Recogió un mechón de mi pelo y me acomodó la sábana.
—Eso lo arreglo yo con una crema suave de calabaza.
La cocina no era el fuerte de Susan, para qué mentir, pero en ese momento me valía cualquier cosa con tal de olvidar aquella pesadilla.
—No le eches apio, por favor.
—Oye, ¿sabes la cantidad de nutrientes que te estás perdiendo?
Intenté sonreír.
—Ahora mismo solo pienso en cantidades indecentes de helado y lasaña.
—Bueno, puedo pasarla por batidora para hacerte un batido.
—Vale.
Y no sé por qué mi mente saltó a esa misma mañana, cuando la alarma sonó y Connor me hizo el amor. Y más tarde mis manos intentaron presionar su herida.
Los ojos se me llenaron de lágrimas otra vez.
—No llores, cariño —dijo Susan.
—No puedo dejar de ver el cristal.
—Ahora estás aquí. Tienes a tu familia aquí.
Miré a Breena. Seguía en la puerta, como si acercarse demasiado fuera a romper algo. Tardó un poco en llegar a la cama. Entonces, se inclinó y me abrazó con tanto cuidado que casi dolió más que si me hubiera estrujado.
—Creí que no llegábamos —gimió.
Apoyé la mejilla sana contra su hombro.
—Llegasteis.
Me apretó un poco más. Estaba temblando.
—Creí que no llegábamos.
Y entonces Breena, mi Breena, la que siempre encontraba una broma antes que una grieta, rompió a llorar. No pude abrazarla bien. Eso fue lo peor. Que ella se estaba rompiendo y mis manos no servían ni para sujetarla.
—No llores —sollocé—, tú nunca lloras.
—Pues ahora somos dos idiotas llorando.
—Seis —intervino Kenny.
Parpadeé, confundida.
—¿Qué?
—Liam, Noah, Nate y Matthew están ahí fuera. Pero Nate ha decidido que si abría la puerta antes de tiempo Susan lo mataba.
—Y lo habría hecho. —Susan ni siquiera lo negó.
—Estoy perfectamente dispuesto a ser asesinado si eso acelera el proceso. —La voz de Nate llegó desde el pasillo.
Se me escapó un ruidito muy parecido a una sonrisa.
—Que conste que cuando llora se pone muy intenso —dijo Kenny.
—Te he oído —respondió Nate, asomando la cabeza.
Fue el primero en entrar. Pero no avanzó mucho. Se detuvo nada más verme. Toda la prisa y la broma se le congelaron de golpe. Di por hecho que yo tenía que ser un cuadro.
Liam apareció detrás junto a Matthew.
—Hola —les dije.
Nate se acercó a la cama como si no supiera qué hacer con todo lo grande que era en una habitación donde yo parecía tan fácil de romper.
—Hola, rubia.
Tenía los ojos brillantes.
—No llores tú también.
Se pasó una mano por la cara con nulo disimulo.
—No estoy llorando. Solo se me ha metido algo en el ojo.
—Eso es que está llorando —dijo Liam.
—Otra vez —añadió Matthew.
—Os odio —protestó Nate.
Liam se acercó y me besó en la frente con muchísimo cuidado.
—Nos has dado un susto de muerte, Mel.
—No era mi intención.
Nate carraspeó, intentando recuperar su tono de siempre, aunque todavía le temblaba un poco la voz.
—Ya eres toda una Furin. Mírate. Se te va a quedar una marquita de lo más mona en el labio.
Hizo un gesto mínimo hacia la tirita, sin tocarme.
—Imagina cómo ha quedado el otro —bromeé.
Las risas fueron pequeñas, casi tímidas. Pero sirvieron. Durante un segundo, lo fueron todo.
Entonces, entró Noah con el móvil en la mano.
—¿Era Maggie? —le preguntó Kenny.
—Sí. Le he dicho que está despierta. Me ha llamado inútil por no avisarla tres segundos antes.
Intenté sonreír cuando Noah se acercó y me besó.
Cerré los ojos un instante. Aquellos chicos siempre habían sido ruido, debates absurdos y cariño sin pedir permiso.
Pero allí, en aquella habitación de hospital, se movían con un cuidado casi torpe, como si quisieran entregarme todo su amor poco a poco.
Dios, cuánto los quería.
—Eso significa que está preocupada —suspiré.
—Ha intentado venir tres veces —comentó Liam.
—Cuatro —corrigió Matthew, levantando el dedo índice—. La cuarta llevaba bolso, abrigo y cara de homicidio. El profesor Ashcroft ha tenido que contenerla.
—Me ha pedido que te diga que, si preguntas por ella, dejes de preocuparte por todo el mundo —me dijo Noah—. Y que, como intentes pedir perdón, vendrá al hospital solo para reñirte. Aunque esta noche hará el relevo con Kenny, quiera él o no.
—Eso suena a Maggie —sonreí.
—Y por eso nunca se me ocurre llevarle la contraria —bromeó Kenny.
Miré sus caras. Nate con los ojos todavía demasiado brillantes. Liam muy quieto a los pies de mi cama. Matthew intentando fingir estoicismo. Noah tratando de contener el caos que seguramente era su mente.
Y entonces pensé en los demás Furin.
—Los pequeños… ¿saben qué ha pasado?
—No todo —dijo Liam—. Solo que ha habido un accidente y que Connor y tú estáis en el hospital.
Se me encogió el estómago.
—Tranquila, Maggie les ha dicho que estabas descansando —añadió, rápidamente.
—¿Y la creyeron?
—No —intervino Nate—. Pero Bishop hizo tortitas y eso desvió el comité de investigación.
—Sabe cómo manipular a las masas con mantequilla —apostilló Matthew.
—Excepto a Eddie —sentenció Noah.
Y todos miramos a Nate.
—Vale, lo admito —dijo, levantando las manos—. Pero no fue culpa mía.
—Fue completamente culpa tuya —lo acusó Matthew.
—¿Qué querías que hiciera, mentirle? No sé hacer eso con mi hermano.
—No sabes hacer eso con nadie, pero con Eddie menos —sentenció Liam.
Nate pareció genuinamente ofendido por aquella falta de comprensión hacia sus responsabilidades fraternales.
—Tiene ojos de cervatillo culto. Me desarma —dijo—. Pero podrías agradecerme que haya impedido que viniera.
—Porque alguien tenía que quedarse con Jeremy. Es el único ser humano capaz de impedir que cometa un delito menor —le recordó Noah, que miró hacia la puerta y frunció el ceño.
Pero yo me concentré en mi demonio austeniano.
—Dime al menos que no ha llorado.
—No ha llorado —aseguró Nate.
Matthew lo señaló de inmediato.
—¿Ves cómo no sabe mentir?
—¡Pero si he mentido! Y me ha salido de puta madre.
—Ha sido una actuación lamentable.
Intenté reírme. De verdad que lo intenté. Pero la risa se me rompió. Y volví a mirar mis manos vendadas. Pensé en Connor. Me pareció tan injusto estar ahí con sus hermanos mientras él dormía en una habitación vigilada.
—Connor no sabe que estoy aquí —jadeé.
La habitación se quedó en silencio. Esta vez nadie intentó salvarme con una broma.
Kenny se acercó.
—Todavía no.
—¿Habrá despertado ya?
—Nos habrían avisado.
La angustia me arañó el pecho. Me incorporé un poco, aunque el cuerpo me pesaba y el mareo me subió despacio por la nuca.
—Cuando lo haga, va a pensar que no he estado a su lado. Que me ha dejado allí. Que no me salvó… —La voz se me quebró por completo—. Necesito verlo.
—Cariño… —suspiró Kenny.
Negué con la cabeza.
—No necesito tocarlo. Bueno, sí. Pero puedo quedarme en una silla. O en el suelo. Me da igual. Solo necesito verlo respirar.
Nadie dijo nada. Y eso fue peor, porque significaba que todos lo entendían.
Kenny asintió despacio.
—Voy a preguntar. Prometo que haré todo lo moderadamente legal que los médicos me permitan.
Respiré hondo para calmarme.
—¿Quieres que vaya llamando a los abogados? —bromeó Noah, intentando aligerar el momento.
Kenny le siguió el juego con una sonrisa cansada.
—No, ahora mismo están muy ocupados.
En ese preciso instante, se oyó un revuelo de voces en el pasillo. Una voz masculina, autoritaria y gélida, silenció el murmullo de las enfermeras.
—Soy Lord Richard West. Apártese.
Se me cortó el aliento.
Kenny cerró los ojos con fuerza y apretó los puños.
—Mierda —gruñó.