My safety net (Love Obviously 1) 62
94%

62

No podía respirar.

Todo mi mundo se había reducido al frío bajo mi espalda y al cuerpo de Peter aplastándome entera. Me tenía inmovilizada contra el suelo, y el puñetazo todavía me retumbaba en la cabeza. Era un zumbido sordo que me aturdía justo cuando más necesitaba pelear.

Su palma me cubría la boca y parte de la nariz.

Me apretaba los labios contra los dientes.

Cada vez que intentaba tomar aire, tragaba sangre.

Me retorcí debajo de él, pateando sin encontrar apoyo, arañando sus brazos, pero Peter empujó su pelvis y me atrapó aún más.

El golpe de su peso me arrancó un sollozo histérico.

Noté su excitación pegada a mi entrepierna.

Era imposible aceptar que aquello estuviera pasando y que él lo estuviera disfrutando.

Intenté girar la cara, abrir un hueco mínimo bajo su mano para poder respirar. No me dejó. Apretó con una rabia desesperada. Y tiró de mi camiseta. La subió arrastrando la mano por mis pechos, estrujando mi piel con un brillo animal en los ojos.

Yo seguí moviéndome, peleando, pese a que cada movimiento parecía complicarlo todo un poco más.

Entonces oí su bragueta.

Peter me subió la falda a tirones, con tanta violencia que la tela se enganchó en mi muslo y cedió en alguna parte. Sentí sus dedos buscando el borde de mis bragas, hurgando con una impaciencia brutal, intentando abrirse paso mientras yo me sacudía debajo de él con lo último que me quedaba.

No pensé en palabras limpias. No pensé en denunciar, ni en escapar, ni en nada que cupiera dentro de una frase lógica y ordenada.

Solo sabía que iba a destruirme. Que iba a entrar en mí, aunque yo estuviera llorando, sangrando y ahogándome en su mano.

Que iba a hacerlo allí, sobre el suelo de una sala de trabajo de nuestra universidad y que, por más que había luchado por impedirlo, no podría evitarlo.

Lo único que me quedaba era rogar porque pasara pronto.

«Que sea rápido, que sea rápido, que sea rápido».

De pronto el pomo de la puerta giró. Alguien estaba intentando abrir desde fuera.

Peter se quedó rígido. No se apartó ni retiró la mano de mi boca.

Tan solo giró la cabeza hacia la puerta, espantado.

Aquel mínimo segundo de distracción me dio el aire suficiente para gritar contra su palma.

Me salió un alarido gutural, lleno de sangre y saliva, pero brotó de mí con una histeria inhumana.

La puerta recibió un golpe.

Peter gruñó.

Otro impacto sacudió el marco. Y yo volví a gritar contra su mano, retorciéndome con una desesperación nueva, porque ya no estaba sola. Había alguien al otro lado, quería entrar y no desistiría, aunque para hacerlo tuviera que tirar la puerta abajo.

El tercer golpe reventó la cerradura. La madera crujió, el marco se astilló y la puerta se abrió de golpe y se estrelló contra la pared.

Primero vi a Breena.

Después, Connor.

Nuestros ojos se encontraron, y el alivio me estremeció. Pero durante un segundo imposible lo único que sentí fue vergüenza. Precisamente porque eran sus ojos los que me habían visto así. A Peter encima de mí mientras yo estaba medio desnuda, con la boca sangrando y sometida al terror.

Connor había llegado, sí.

Había llegado.

Pero me vio en el instante en que yo ya no sabía cómo salvarme.

Su rostro se transformó en un segundo. El horror vació su mirada antes de convertirse en algo más frío y absoluto. Algo que me aterrorizó incluso a mí.

—Dios mío… —susurró Breena desde el pasillo, con la voz rota.

Connor cruzó la sala antes de que Peter pudiera reaccionar.

Le hundió una mano en la nuca y clavó la otra en la camiseta, retorciendo la tela hasta hundirle los nudillos en el cuello. Y tiró de él hacia atrás con una violencia tan brusca que Peter salió despedido sin control.

El aire me entró demasiado rápido y me encogí, buscando hacerme muy pequeña mientras intentaba respirar sin asfixiarme.

Bajo mis resuellos, escuché los pies de Peter trastabillando contra el suelo.

Entonces Connor lo estampó contra una de las mesas de trabajo.

El impacto le dobló la espalda e hizo chirriar las patas.

Varias sillas cayeron al suelo. Pero a Connor no le importó.

Ni siquiera dejó que Peter se recuperara.

Lo agarró con más fuerza y se acercó a él con esa clase de brutalidad que solo se aprendía en sitios donde una pelea no se detenía hasta que hubiera sangre.

—¿Qué te dije? ¡¡¡¿Qué te dije, hijo de puta?!!!

El primer puñetazo le cruzó la cara y sonó húmedo y horrible. El segundo le arrancó un crujido que no quise identificar.

Connor no le dio tiempo ni a caer. Lo tenía agarrado por la camisa, golpeándolo desde tan cerca que cada impacto parecía salirle de todo el cuerpo.

Peter levantó los brazos para cubrirse, intentó responder, buscó apartarse arrastrándose por el borde de la mesa, pero Connor le comió el espacio con una precisión salvaje, como si supiera exactamente dónde ponerse para no dejarle ni aire.

Aquello no era una pelea. Peter solo estaba intentando sobrevivir a los golpes.

Connor lo empujó hacia el centro de la sala sin soltarlo.

Peter chocó contra otra mesa, derribó más sillas con la pierna e intentó agarrarse a una para no caer.

Las patas golpearon las baldosas en un estruendo desordenado.

Todo alrededor de ellos empezó a moverse, a romperse, a estorbar, pero Connor atravesaba aquel caos como si la sala no existiera.

Peter consiguió girarse apenas, quizá buscando la puerta o cualquier sitio que no fueran sus puños. Hasta que Connor lo agarró por la nuca y lo lanzó contra la ventana. El cristal estalló contra su espalda. El ruido me atravesó entera.

Entonces sentí unas manos sobre mí.

Breena estaba a mi lado, de rodillas en el suelo. Me bajó la camiseta, rápida y temblorosa, y después me cubrió con la falda, interponiéndose entre la paliza y yo para que no viera del todo lo que estaba sucediendo.

—Tranquila, tranquila.

Intenté incorporarme, pero mis brazos no obedecieron. Las palmas me resbalaron contra el suelo, las piernas me temblaban de una forma violenta y cada bocanada de aire me ardía en los pulmones.

—No puedo respirar… —jadeé.

Breena me sujetó la cara con las dos manos. Tenía los dedos tan fríos y el rostro tan pálido. Me obligó a mirarla, manchándose con mi sangre, con mis lágrimas, con todo lo que yo no podía contener.

—Sí que puedes, cariño. Respira conmigo.

Intenté obedecerla. De verdad que lo intenté. Pero los golpes seguían sonando detrás de ella. Eran pesados, profundos, el ruido de un cuerpo castigando a otro sin dejarle opción para defenderse.

Miré por encima del hombro de Breena.

Connor estaba sobre Peter, rodeado de cristales y muebles volcados. Tenía una rodilla clavada en el suelo y la otra hincada en su pecho, y el puño bajaba una y otra vez con una precisión que ya no parecía rabia, sino algo peor. Algo aprendido. Algo que sabía exactamente cómo hacer daño.

Peter apenas tenía fuerza. Solo levantaba los brazos con torpeza, empapado de sangre, mientras Connor encontraba huecos donde seguir golpeando.

—Connor… —conseguí decir.

Breena intentó volver a girarme la cara.

—No mires.

Pero ya había visto bastante.

—Va a matarlo.

Las voces empezaron a multiplicarse en el pasillo. Alguien gritó. Varias sombras se agolparon en la puerta y retrocedieron casi al mismo tiempo, como si la escena les hubiera espantado.

Connor no levantó la cabeza. No registró nada. Ni siquiera pareció notar el cristal bajo su rodilla o la sangre resbalándole por los nudillos. Estaba allí y no lo estaba. Su cuerpo seguía moviéndose, pero la parte de él que era mía se había ido muy lejos.

—Connor.

Mi voz apenas salió. Él volvió a golpear. El sonido me revolvió el estómago.

—Connor, basta.

Nada. El brazo volvió a subir.

Me separé de Breena antes de pensar en hacerlo.

Ella intentó sujetarme, pero me escurrí de sus manos como pude.

Me dolía todo. Las piernas no me respondían bien, la cabeza me daba vueltas y cada respiración me raspaba la garganta, pero me arrastré hacia él entre sillas, papeles pisoteados y fragmentos de cristal.

No sé cómo llegué. Solo sé que lo conseguí. Y estiré una mano y le toqué el antebrazo. Estaba rígido, tenso hasta el límite. Connor ni siquiera me miró. Pero tuvo una sacudida, como si mi contacto fuera otro obstáculo entre él y Peter.

Volvió a levantar el puño.

Entonces me alcé sobre las rodillas y me metí en su campo de visión, temblando tanto que apenas podía sostenerme. Le agarré la cara con las dos manos y lo obligué a mirarme antes de que volviera a golpear.

—Mi amor.

Se quedó completamente quieto.

Esas dos palabras hicieron lo que mis manos no habían conseguido.

Durante un instante no pareció entender de dónde venía mi voz. Parpadeó despacio, como si le costara reconocerme desde el sitio oscuro en el que estaba atrapado. Después, sus ojos encontraron los míos y algo destelló en ellos, lo suficiente para que su respiración cambiara.

Soltó la camisa destrozada de Peter. Se apartó un poco, todavía de rodillas entre los cristales, con los nudillos abiertos y su pecho subiendo y bajando. Entonces me miró de verdad. Mi boca. La sangre en mi barbilla. La camiseta mal colocada. La falda arrugada. Mis manos temblando contra su cara.

Fue como si el daño terminara de alcanzarlo en ese momento. La violencia se le cayó del cuerpo. Lo dejó desarmado y roto.

Me atrajo hacia él con los brazos todavía tensos, pero el gesto fue desesperadamente cuidadoso, como si tuviera miedo de hacerme más daño.

—Te tengo, cariño —murmuró—. Te tengo.

Me aferré a su cazadora. Hundí la cara en su cuello y rompí a llorar contra él entre espasmos y sin apenas aire.

Durante un instante, solo existió eso. Connor sujetándome. Breena sollozando a mi espalda. Las voces suspendidas en la puerta. Y yo, temblando contra el hombre que amaba, mi lugar seguro.

Pero Peter seguía allí.

Lo vi moverse por el rabillo del ojo. Al principio no entendí qué pretendía. Solo era una sombra levantándose demasiado despacio. Una mano buscando apoyo. Un destello irregular entre los cristales rotos.

Después vi el fragmento. Grande y afilado. Apretado en su puño.

Quise avisar a Connor, pero el grito llegó tarde.

Peter se incorporó lo justo y lanzó el brazo hacia delante.

El cuerpo de Connor se sacudió contra el mío.

Una vez.

Se me cortó la respiración.

Y otra.

Esta vez Connor soltó un sonido ahogado contra mi pelo.

—¡No! —chillé.

—¡Connor! —gritó Breena.

Pero él perdió la fuerza de golpe. Lo noté antes de entenderlo. El peso de su cuerpo cambió contra el mío, dejó de sujetarme y empezó a caer.

—No, no, no…

Miré por encima de su hombro.

Peter seguía de rodillas entre los cristales, con la cara deshecha por los golpes y unos ojos desquiciados. Tenía el fragmento en la mano. Lo levantó otra vez.

Quería ir al cuello.

No pensé.

Me lancé a él y atrapé su muñeca con las manos antes de que el cristal volviera a bajar. El borde me cortó al cerrarlas sobre él. Me abrió la piel de las palmas y los dedos. Pero apreté más, porque la mano de Peter seguía empujando, quería llegar a Connor.

—¡Suéltalo! —le grité en la cara.

Mi sangre empezó a resbalar por el cristal. Mezclada con la de Connor. Peter tiró para liberarse. Yo empujé hacia atrás. No sé de dónde me salió la fuerza. Pero tenía aquel trozo de cristal entre mis manos y lo único que entendía mi cuerpo era que, si lo soltaba, Connor no se levantaría jamás.

—¡Mel!

Breena se abalanzó hacia Connor justo cuando terminó de desplomarse. Lo agarró como pudo, frenando la caída para que no golpeara la cabeza contra las baldosas.

Peter volvió a gruñir. Intentó doblarme la muñeca. El cristal me hizo otro corte. Chillé, pero no cedí. Entonces el pasillo estalló de nuevo. Voces. Pasos. Gente pidiendo seguridad. Móviles en alto. Alguien llorando. Otros gritando que llamaran a una ambulancia.

Peter miró alrededor. Vio las caras. Los teléfonos. La sangre en el suelo. Vio a Connor entre los brazos de Breena y me vio a mí aferrada al cristal.

Por primera vez desde que había cerrado aquella puerta, pareció entender que había cometido el peor error de su vida.

—¡¡¡Basta!!! —bramé, desesperada.

Peter dio un tirón salvaje y me golpeó con el antebrazo para apartarme. Caí hacia atrás, perdiendo el agarre. El cristal se le escapó de la mano y golpeó las baldosas.

Después huyó.

Se abrió paso a empujones entre los estudiantes con el cuerpo doblado como un animal acorralado. Me dio igual. Ni siquiera miré hacia dónde iba. Enseguida me giré sobre las rodillas y me arrastré hacia Connor.

—¡Está grabado! —gritó un chico desde el pasillo.

—¡Llamad a seguridad! —aulló una chica.

—¡Se ha ido por las escaleras!

Fuera de la sala todo era caos. Pero nada de eso me alcanzó del todo.

Connor estaba de lado, demasiado quieto, con los ojos entreabiertos.

Me preocupó que su cara no expresara nada.

Parecía casi como si tuviera un poco de sueño.

Breena se había colocado a su espalda y tiraba de la cazadora de cuero con manos torpes y desesperadas.

Buscaba apartar la tela para encontrar de dónde salía tanta sangre.

—¡Connor! —sollocé.

Breena me agarró las manos. No fue suave. No tenía tiempo de serlo. Me las colocó sobre una de las heridas y apretó.

—Presiona aquí.

Obedecí. Mis palmas estaban llenas de cortes y el dolor me atravesó, pero no las aparté. Hice presión con todo lo que tenía. Con el peso de mi cuerpo. Con el temor a que, si dejaba de hacerlo, Connor se me iba a escapar por debajo de los dedos.

Su sangre estaba demasiado caliente. Se me metió entre los cortes, bajo las uñas, me empapó las muñecas. Se mezcló con la mía hasta que mis manos dejaron de parecer mías.

—Hay mucha sangre —sollocé, y mi voz salió pequeña—. Hay muchísima sangre, Breena.

—Lo sé. Presiona.

Ella no me miró al decirlo. Estaba observando la herida, la ropa, el suelo, cualquier cosa que pudiera servirnos para no perderlo antes de que alguien con conocimientos de verdad llegara hasta nosotros.

Me incliné sobre Connor.

—Mírame, cariño.

Él parpadeó despacio. Sus ojos estaban desenfocados, pero me encontraron. Siempre me encontraban.

Incluso entonces.

Incluso así.

—Estoy… —susurró.

—No hables.

Tragó saliva. Vi el esfuerzo atravesarle la garganta.

—¿Estás… bien? ¿Te… ha… hecho… daño?

Me rompí de una forma nueva. Aun herido, seguía preocupándose por mí antes que por sí mismo.

—Eso no importa ahora.

—Cereza…

Acerqué una mano a su mejilla, sin dejar de presionar con la otra. Le manché la piel con nuestra sangre.

—No —susurré, inclinándome un poco más hacia él—. No, mírame. Quédate conmigo.

Sus párpados bajaron apenas. El pánico me desgarró la garganta.

—No. No cierres los ojos, por favor. Ni se te ocurra cerrar los ojos.