My safety net (Love Obviously 1) 61
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Iba caminando por Gordon Square con el pase de visitante colgado del cuello.

Técnicamente, iba a comer con Mel. Pero mi cerebro ya estaba maquinando cómo de «indecoroso» sería robarle un beso de esos que empezaban en su boca y acababan con mis manos en su culo, antes de acordarme siquiera de que Breena me esperaba.

La vi primero a ella. Estaba apoyada en una columna, con gafas de sol oscuras y cara de hooligan cabreada. La muy puñetera era guapa hasta cuando intentaba no parecerlo.

—Harris. ¡Has salido al sol! —exclamé—. Estoy orgulloso de ti.

—Bradley.

Me detuve frente a ella.

—¿Te encuentras bien o empiezo a buscar un ataúd con buen soporte lumbar?

—Ja. Qué gracioso. Me irritas con una intensidad que no sé por qué confundes con cariño.

—Qué mentira más grande.

Le revolví el pelo. Ella se apartó como si acabara de intentar bautizarla.

—No me domestiques.

—Imposible. Eres indomable.

Se recolocó el pelo, indignada, y me miró por encima de las gafas.

—Te veo insoportablemente feliz y a punto de usar la palabra «novia» en una frase que nadie ha pedido.

—Mi novia.

—Ahí está —suspiró ella, pero una sonrisa la traicionó—. Qué capacidad tan limitada para decepcionarme.

—Me has echado de menos.

—He sobrevivido heroicamente a tu ausencia gracias a los memes que me envías.

—Sabía que eras fuerte.

Volví a despeinarla. Esta vez, me dio un manotazo.

—Tócame el pelo otra vez y te arranco los dedos.

Me carcajeé.

—Yo también te quiero, Harris.

—Has llegado tarde, por cierto —protestó.

—Dos minutos.

—Para los estándares británicos, eso es prácticamente delincuencia organizada.

Justo entonces se nos acercó una chica. Alta, guapa, vestida como si la UCL le debiera una pasarela y con esa seguridad de quien nunca ha tenido que repetir una frase para que alguien le haga caso.

La registré lo justo. Pelo, boca, sonrisa ensayada. Fin.

Mi atención seguía al final del camino, donde en cualquier momento tenía que aparecer el amor de mi vida.

—Hola —me dijo la chica—. ¿A qué facultad vas?

La miré de reojo, más confundido que interesado. Y un poco molesto con que ignorase a Breena.

—¿Tengo pinta de estudiante?

La chica sonrió y se acercó un poco más.

—Entonces, ¿dónde puedo encontrarte si no es por aquí, cariño?

Ah. Vale.

La miré bien. Lo justo para que entendiera que se había equivocado de día, de hombre y de mujer contra la que competir.

—Entre las piernas de mi novia, que es donde suelo estar cuando no estoy trabajando. ¿Te sirve?

Fue precioso ver cómo parpadeaba aturdida. Finalmente, decidió que no había forma digna de recuperar aquello y se marchó con toda la elegancia que pudo reunir después de estrellarse contra mi falta absoluta de interés.

Breena se quitó las gafas de sol.

—Era Nancy Green.

No sabía quién coño era Nancy Green. Y, con toda honestidad, tampoco sentí ninguna urgencia por saberlo.

—¿Y qué?

—Pues que acabas de despachar a una de las tías más populares del campus.

Me encogí de hombros. La tía más popular del campus podía fundar una religión, coronarse reina de Inglaterra y repartir pagas vitalicias. A mí me importaba una mierda.

—Pues muy bien. ¿Y dónde está mi dama?

Breena miró hacia el camino. Y ahí algo cambió. No fue nada evidente. Solo Harris tardando medio segundo más de la cuenta en contestar.

—Venía de clase. Ya debería haber llegado.

Fruncí el ceño.

—¿Debería?

—A lo mejor se ha entretenido con su tutor. Espera, que la llamo.

Breena sacó el móvil y se lo llevó a la oreja. No pensé en nada concreto. Solo miré su cara mientras llamaba. Harris era muy buena fingiendo que el mundo no la afectaba. Por eso, cuando algo le alteraba el pulso de verdad, se le notaba en detalles pequeños.

La llamada duró muy poco.

—¿Qué?

—El móvil está apagado.

El ruido de la plaza se pausó de golpe.

—Mel no apaga el móvil.

—No. Y tampoco se retrasa sin avisar.

Miré hacia los edificios. Gente entrando y saliendo. Caminos, puertas, pasillos, escaleras. Demasiadas posibilidades y una sola cara llenando mi cabeza.

Peter Olsen.

—¿Cuánto hace que debería haber llegado? —indagué.

Breena miró la hora.

—Diez minutos. Puede que… quince…

La vi tragarse su inquietud antes de intentar ofrecer una explicación.

—Quizá se haya quedado sin batería.

La miré.

—Sí, puede ser. Dime algo… ¿Peter estaba allí?

No contestó. Y ese silencio me heló la sangre.

—Connor…

Di un paso hacia ella.

—No me mientas, Breena.

Su máscara de seguridad se agrietó.

—Estoy intentando no entrar en pánico en público.

Le di un apretón en el brazo. No sabía si aquello la calmaría, pero fue mi forma de decirle que estaría a su lado.

—¿Dónde tenía clase?

—Rubin Building —señaló.

El nombre me llegó como una dirección y una amenaza al mismo tiempo. Levanté la vista, localicé el camino más rápido y empecé a moverme.

—Vamos.

Breena me alcanzó enseguida.

—No sabemos si ha pasado algo.

—En la calle aprendes a moverte antes de tener pruebas.