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El profesor terminó la sesión con una frase que, en circunstancias normales, yo habría considerado digna de bordarse en un cojín: «Cualquier modificación sustancial tendrá que aprobarse por escrito por todos los miembros del grupo».
Traducción: Peter Olsen no podía tocar mi proyecto sin permiso.
Pero la felicidad no duró mucho. Porque Peter me esperaba apoyado en la pared del pasillo.
—Pareces muy satisfecha con lo que ha pasado ahí dentro.
Me ajusté el bolso al hombro y seguí andando.
—Pues sí. Así que no tenemos nada más que decirnos fuera del correo del grupo.
—No me hables como si fuera idiota, Melani.
Se pegó a mi costado. Aunque no llegó a tocarme, me obligó a notar su proximidad y su respiración. Lo miré un tanto aturdida.
—No era mi intención.
—No, claro —ironizó—. Tú nunca haces nada con intención. Solo sonríes, corriges y dejas que los demás parezcan imbéciles por tocar lo que tú pones delante.
Maldita sea, estaba harta de él.
—Llevo semanas poniendo límites y tú los ignoras.
—Qué frase tan bonita —se burló, y torció el gesto—. ¿Te la ha enseñado tu perro guardián?
No dijo su nombre, pero tampoco hizo falta. Lo había metido en la conversación de la peor manera posible. Y precisamente por eso me dolió.
—Cuidado —mascullé.
—Oh, qué rápido saltas cuando se trata de él. Dime, ¿también le pones límites o esa gilipollez solo la reservas para mí?
Apreté la correa del bolso y reanudé la marcha.
—He terminado, Olsen.
Pero Peter me siguió. Durante unos segundos solo oí sus pasos detrás de mí. El pasillo se había vaciado casi por completo después de la clase. Las voces eran un murmullo alejado.
Entonces me cortó el paso.
—Esto termina cuando yo lo diga, West.
Su mano se cerró alrededor de mi brazo con dureza. Intenté tirar hacia atrás, pero sus dedos se me clavaron en el músculo.
—¿Qué haces? Peter, suéltame, me estás haciendo daño.
Pero no me soltó. En cambio, me arrastró hacia una sala que estaba abierta.
Clavé los pies en el suelo, torpe por el desconcierto y por lo rápido que estaba ocurriendo todo.
Alcancé el marco con la mano libre, pero él tiró con más fuerza para empujarme dentro.
La correa del bolso se me resbaló del hombro.
El portátil me golpeó la cadera. Tropecé con una silla y apenas tuve tiempo de girarme antes de que cerrara de un portazo.
El ruido todavía vibraba en la sala cuando Peter echó el pestillo. El clic fue ridículamente pequeño para todo lo que provocó dentro de mí.
—Abre la puerta.
Mi voz salió más firme de lo que me sentía. Retrocedí despacio, sin apartar la vista de él, midiendo la distancia hasta la salida, la mesa o cualquier cosa que pudiera interponerse entre los dos.
Peter se limitó a mirarme con una calma repugnante. La mano todavía en el pestillo, esperando a que yo entendiera que todo aquello ya no era una discusión normal.
—Actúas como si fueras mejor que yo. Como si pudieras corregirme, ridiculizarme y luego largarte con ese don nadie.
—Abre la puerta, Peter. Por favor.
—Qué rápido suplicas cuando no tienes público.
Me obligué a respirar por la nariz. Todavía sentía el resquemor en el brazo.
—Me estás asustando.
Peter avanzó. Yo retrocedí hasta chocar con el borde de la mesa.
—Bien. A lo mejor así dejas de jugar.
—Nunca he jugado contigo.
Intenté rodear la mesa por un lado, pero él se movió conmigo, cerrándome el paso antes de que pudiera ganar un metro.
—Déjame salir —jadeé.
Peter se acercó más. Lo bastante para que su colonia me llenara la garganta y su sombra me obligara a echar la cabeza atrás.
—Te gusta que te deseen, pero quieres elegir cuándo admitirlo.
Sentí náuseas y no fueron únicamente por el miedo.
—Estás enfermo.
Se inclinó hacia mí. Giré la cara antes de que pudiera rozarme. El movimiento fue tan brusco que sentí un tirón en el cuello, pero preferí el dolor a tener su boca tan cerca.
—Y tú llevas meses fingiendo que no quieres esto.
Levanté la rodilla. No lo pensé demasiado, solo necesitaba interponer algo entre su cuerpo y el mío, y las manos no parecían servir.
Peter lo vio venir. Me agarró por la cintura y me estampó contra la pared con una fuerza que me cortó el aliento.
La espalda golpeó primero. Después el hombro.
El bolso se me resbaló del brazo y el portátil cayó al suelo con un ruido seco.
Peter aprovechó ese instante de desconcierto para pegarse más a mí. Su mano me sujetó la mandíbula, obligándome a girar la cara, y su respiración resbaló por mi yugular, húmeda y caliente.
Me encogí entera. El miedo me bloqueó por completo.
—Seguro que con él no tiemblas así.
—No hables… de él.
Se me rompió la voz al pensar en Connor. Pero Peter seguía ahí, con la cara hundida en mi cuello como si mi asco y mi horror no existieran, y se rio, satisfecho.
Le empujé la cara con una mano y el pecho con la otra. Fue torpe y desesperado, pero funcionó. Y durante medio segundo hubo aire entre los dos y creí que podría llegar a la puerta.
Sin embargo, Peter reaccionó rápido. Me cogió de las muñecas y me las bajó de golpe. El dolor me subió hasta los hombros. Antes de que pudiera volver a empujarlo, me aplastó contra la pared con más dureza, y acercó su boca a mi oído.
—No te preocupes. No voy a hablar de él. Voy a darte algo que contarle. Algo que no pueda arreglar con una amenaza.
—Peter, por favor… —sollocé.
Odié rogar de esa manera, pero era lo único que podía hacer.
Y, aun así, no sirvió de nada porque él no se apartó.
Al contrario. Noté su mano bajar hasta mi cintura, demasiado lenta y segura.
Pensé que iba a vomitar. Su cuerpo seguía pegado al mío, aplastándome contra la pared, y cada centímetro de contacto me gritaba que no iba a dejarme salir hasta romperme lo suficiente.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Por miedo. Por la forma en que me sujetaba. Por su boca arrastrándose por mi mandíbula. Por su respiración. Por la presión de su cadera, por la puerta cerrada a unos metros y el pestillo echado como una sentencia pequeña y absurda.
—Quiero que sepa que no llegó a tiempo.
El aire se me quedó atascado en la garganta.
—No hagas esto.
—Que estabas aquí, conmigo, suplicando, mientras él esperaba fuera como un perro bien entrenado. Y que cuando vuelva a mirarte recuerde que no pudo tocarme. —Me lamió la mejilla—. Pero yo a ti sí.
De nada servía razonar. Tenía que actuar. Me retorcí con todo el cuerpo, sin pensar, sin estrategia, empujando contra su pecho, contra sus brazos, contra lo que pudiera mover. La mesa me golpeó el muslo. Una silla chirrió cuando la empujé con la pierna.
Bien. Necesitaba ruido. Necesitaba que alguien oyera algo.
—¡Suéltame! —chillé.
—Quieta.
Entonces, su mano se arrastró por mi costado y se coló bajo mi falda. Cuando sus dedos hurgaron en mis bragas, sentí que el pánico me asfixiaba.
—¡¡¡No!!!
El chillido hizo que Peter aflojara un poco el agarre de mis muñecas. Me bastó para soltarme y clavé las uñas en su mejilla. Arañé con todas mis fuerzas.
Peter soltó un gruñido y retrocedió medio paso.
—Joder.
No esperé a ver la sangre. Me lancé hacia la puerta, tropezando con la silla y mis propios pies. Estiré la mano hacia el pestillo. Llegué a rozarlo con los dedos. Iba a salir de ahí. Iba a conseguirlo.
Entonces Peter me agarró del pelo.
El tirón me arrancó un grito. Sentí el cuero cabelludo arder cuando me arrastró hacia atrás. Intenté agarrarme a cualquier cosa, pero perdí el equilibrio.
De pronto, me giró y, antes de que tuviera tiempo de ver su cara, estrelló su puño contra mi boca.
Caí al suelo.
El golpe me dejó sin aire. Primero fue el impacto contra las baldosas. Después, el zumbido en la cabeza. Enseguida noté el sabor de la sangre. Me llenó la lengua y resbaló por mi labio.
Durante un instante no supe ni dónde me encontraba. Solo vi una bruma espesa. Y los pies de Peter.
—Te he dicho que te quedes quieta, zorra.