59
Gordon Square brillaba con esa insolencia rara del sol londinense cuando decide salir. El campus bullía a mi alrededor y habría resultado irritante si yo no hubiera llegado con una felicidad tan visible.
Vi a Breena. Por supuesto, estaba tumbada en el césped con sus gafas de sol, inmóvil y preciosa bajo un rayito dorado. Raro en ella porque la mayoría de las veces huía alegando que prefería conservar su palidez natural.
Me planté delante de ella.
—Si vienes a proyectar sombra, que al menos sea con cotilleo.
—Hola, Breena —sonreí—. Qué alegría verte. Yo también he dormido bien, gracias por preguntar.
Se bajó apenas las gafas por el puente de la nariz y me examinó de arriba abajo.
—Tienes esa cara de mujer que ha follado varias veces antes de desayunar.
Miré alrededor por si algún estudiante inocente acababa de recibir información no solicitada sobre mi vida sexual.
—No pienso responder a eso en un espacio público.
Breena sonrió y volvió a acomodarse sobre el césped.
—Excelente. Entonces es cierto.
Me dejé caer a su lado, roja hasta las orejas, y me alisé la falda con una meticulosidad absurda.
—¿Crees que se me nota mucho? —pregunté, preocupada.
—Muchísimo.
—Qué horror.
Su sarcasmo se suavizó apenas. Un destello mínimo, casi imperdonable.
—Pues yo creo que es precioso.
La miré, sorprendida.
—Eso ha sonado peligrosamente sentimental.
—Cállate.
Me eché a reír.
—Qué gruñona estás. ¿Fitzherbert?
—Estaba pensando, ¿si lo embalsamo después de cometer asesinato, cuenta como atenuante?
Ladeé la cabeza.
—No estoy muy segura.
—Entonces cuéntame algo obscenamente romántico mientras busco una forma un poco más creativa de darle descanso eterno.
La miré con más atención. Breena bromeaba con asesinatos cuando estaba de buen humor.
Pero, si empezaba a planificar la logística, eso quería decir que estaba agotada.
Y yo, por muy idiota enamorada que estuviera últimamente, todavía sabía reconocer cuándo mi mejor amiga necesitaba que alguien la sacara del pozo antes de que empezara a cavar tumbas metafóricas.
—Creo que necesitamos una tarde de chicas para liberar estrés.
—Trae a Connor.
Me giré hacia ella, ofendidísima.
—¡Oye! Se supone que yo soy tu favorita. No puedes relegarme con tanta facilidad.
—Él me da los detalles más escabrosos.
Breena se incorporó un poco sobre los codos.
—Estoy intentando comportarme con normalidad —dije, haciéndome la digna.
—Fracasas estrepitosamente.
Me sentía demasiado feliz para fingir escándalo.
—Es que me despierto y está ahí, medio dormido y guapísimo. Y luego me llama «mi amor» y yo…
—Te conviertes en papilla victoriana.
Asentí, derrotada.
—Exacto. Papilla victoriana con actividad sexual constante y exceso de mimos.
Breena hizo una mueca de aprobación académica.
—Qué imagen tan profundamente educativa.
Solté una carcajada, me aparté un mechón de pelo de la cara y recuperé el hilo antes de que mi concentración abandonara el campus para siempre.
—A todo esto, tu nuevo mejor amigo viene a comer a las doce.
—Lo sé. Me ha informado. Connor Bradley ahora emite comunicados en calidad de «nuevo mejor amigo». Y me parece irritantemente adorable.
—¿Ves? Al final lo quieres tanto como a mí.
Consulté la hora en el móvil y solté un suspiro. Tenía clase. La vida académica, por desgracia, seguía empeñada en existir. Me levanté, me sacudí la falda y me colgué el bolso al hombro.
—Me voy, y no mates a nadie si no estoy delante.
Breena levantó una mano hacia mí.
—¿Vas a ayudarme?
—No. Pero te puedo servir como testigo en el juicio.
—Qué alivio.
—Te quiero. —Le lancé un beso.
—Yo más.
Me alejé por el sendero con una sonrisa en los labios que, sencillamente, me resultaba imposible de borrar.
La cocina iba a pleno rendimiento. Vapor en las ollas, cuchillos contra tablas, bandejas entrando y saliendo, Bishop gruñendo órdenes.
Yo terminé mi parte, dejé los cuencos alineados sobre la encimera y me limpié las manos con el paño.
Todo en orden. Bueno, casi todo.
—Me voy a comer con Mel.
Bishop no levantó la vista. Siguió cortando verduras en juliana con esa precisión suya de carnicero elegante, pero la comisura de su boca lo traicionó antes que la voz.
—¿Con Melani o con «mi novia»? Porque últimamente no sabes decir su nombre sin hincharte como un gallo.
Me apoyé en la encimera y crucé los brazos, descaradamente orgulloso.
—Con mi novia, Melani West.
Bishop resopló, negando con la cabeza.
—Dios me dé paciencia.
—No pidas milagros a estas horas.
Me apuntó con el cuchillo. Cualquier otra persona habría perdido años de vida. Yo, en cambio, sonreí. Ese viejo podía parecer capaz de destriparte junto a las zanahorias, pero llevaba meses alimentándome, enseñándome y aguantándome con una paciencia que jamás admitiría bajo tortura.
—Te descontaré las horas del sueldo.
Abrí los brazos, ofendido de forma teatral.
—No puedes. Soy esencial para la moral de la cocina.
—Eres esencial para levantar cajas y no irte antes del servicio.
Me desaté el mandil, lo dejé sobre la mesa y recogí mi cazadora. No tenía prisa por marcharme. O sí. Mel me esperaba en la UCL y solo pensarlo me provocaba un cosquilleo en el estómago. Pero también me gustaba eso de quedarme allí un minuto más, picando al ogro.
—Y también para tener una historia de amor preciosa que mejora el ambiente laboral.
Bishop dejó el cuchillo sobre la tabla y me miró por fin.
—Lo que mejora el ambiente laboral es que cortes esas cebollas antes de irte.
Señalé los cuencos con la barbilla.
—He dejado la mise en place hecha.
Frunció el ceño al instante.
—No uses francés conmigo para parecer profesional.
—Lo aprendí de Kenny.
—Peor todavía.
Me eché a reír.
—No me he ido y ya me estás echando de menos.
—Me estás provocando.
Sí. Y me encantaba.
Volví sobre mis pasos. Bishop me dio la espalda, fingiendo que yo no existía. Era enorme, sólido. El rey de su cocina. Mi viejo gruñón.
—Te veo luego, viejo. Intenta no hundirte sin mí.
Le planté un sonoro beso en la mejilla. Se quedó tieso.
—Y tú no me beses, condenado crío.
—Te encanta.
Bishop agarró el paño y lo agitó hacia mí.
—Fuera de mi cocina, Bradley. Y cuida de mi pastelillo o te cortaré en pedacitos.
Me detuve en la puerta y miré al hombre que me había enseñado que dar de comer también podía ser una forma decente de proteger a alguien.
—Siempre.