58
Tenía la cara enterrada entre los pechos de Mel, un brazo alrededor de su cintura y una pierna atrapada entre las suyas.
Mi cerebro, que a esas horas no distinguía anatomía, geografía ni responsabilidad laboral, solo registraba tres datos importantes: estaba desnudo, cachondo y mi novia seguía debajo de mí.
Y no pensaba moverme.
Pero la maldita alarma del móvil empezó a chillar desde la mesilla.
—No —gruñí por lo bajo.
—Buenos días a ti también.
No me moví. Al contrario, la apreté contra mí con más fuerza, dispuesto a defender mi posición.
—No son buenos. Son las cinco y media de la mañana y ese aparato satánico acaba de intentar separarme de tus tetas.
Una risilla vibró contra mi cara.
—Qué tragedia tan específica.
—No minimices mi dolor.
—Te recuerdo que tú mismo pusiste la alarma anoche.
Tenía razón. Lo hice. Después de follar en el sofá. Después de pensar, muy convencido, que a la mañana siguiente sería un adulto responsable.
Pobre gilipollas.
—Yo anoche era un hombre diferente. Esta mañana soy un hombre desnudo con mi novia debajo. Las circunstancias han cambiado.
—Tienes que ir a trabajar.
—Mi trabajo no debería competir con tu culo. Sale perdiendo y lo sabe.
—Eres imposible.
Sonreía al decirlo. Lo noté en su voz antes de levantar la cabeza para mirarla. Melani tenía el pelo desordenado sobre la almohada, esa mueca de sueño en la cara y una mano apoyada en mi nuca, perezosa, posesiva, casi sin darse cuenta.
Dos semanas de noviazgo oficial habían bastado para joderme el sistema nervioso.
La residencia seguía allí. Maggie seguía gritando órdenes, Bishop lo mismo desde la cocina.
Mis hermanos seguían siendo una amenaza para cualquier superficie estable.
Ashcroft continuaba exigiendo puntualidad y respeto por señores muertos con nombres ridículos.
Y Kenny me daba las mismas dosis de afecto que de amenazas veladas.
Pero Mel ahora me besaba en los pasillos sin esconderse. Me cogía la mano debajo de las mesas. Se quedaba dormida con una pierna enganchada a la mía. Me miraba cuando creía que yo no la veía y, poco a poco, empezaba a asimilar que me tenía entero y rendido por ella.
Yo, por mi parte, llevaba catorce días viviendo con una sola idea incrustada en el cráneo: mi novia era Melani West. Fin.
Le acaricié el costado, despacio, bajé la mano hasta la curva de su culo y me acomodé mejor contra su cuerpo, buscando su calor.
—Llevo dos semanas siendo tu novio y ya he desarrollado dependencia grave.
—Lo sé —sonrió ella.
—Y a ti también te pasa.
—También lo sé.
—Entonces deberías hacer algo.
—¿Como qué?
—Secuestrarme. Con cariño. Y mucho sexo.
—Eso haría que llegases tarde. Y Bishop te matará.
—Qué va. Él entenderá que estoy fortaleciendo mi relación sentimental.
—Qué hombre tan comprometido.
—Muchísimo. Déjame demostrarlo.
Me incliné sobre ella. La sábana resbaló por mi espalda.
Empecé a besarle el cuello, lento, con esa falta de prisa de quien ya conocía el camino y aun así quería perderse.
Mel soltó un suspiro contra mi pelo. Sus dedos repasaron mis omóplatos.
Estrujé sus tetas y sentí cómo el sueño se le rompía en la respiración.
—¿A las seis de la mañana? —suspiró, excitada.
—Especialmente a las seis de la mañana. Así que deja de hablar de Bishop.
—Y de la alarma.
—La alarma ha muerto para mí.
—Y de trabajar.
—La residencia puede esperar diez minutos.
—¿Diez?
—Quince si te portas bien.
—¿Y si me porto fatal?
Terminé de colocarme sobre ella, hundiéndola en el colchón con mi peso.
La broma se apagó en ese corto espacio que separaba nuestras bocas.
Pero no desapareció, solo cambió de temperatura.
Su risa me rozó los labios. Sus manos subieron por mi espalda.
Mis dedos bajaron por su vientre y encontraron el calor húmedo de su centro.
—Llegaré muy tarde. Abre las piernas, mi amor.
Ella obedeció y yo me acomodé. Estaba duro como una piedra. Mi polla rozó su entrada y me dejó sin aire.
Días atrás, Mel me había dicho, con esa peligrosa naturalidad con la que a veces me dejaba sin defensas, que tomaba la píldora. Estaba tumbada a mi lado en la alfombra, jugando con mis dedos. Fue su forma de decirme que quería sentirme sin nada entre los dos. Y yo la besé como un demente.
Desde entonces, cada vez que me dejaba entrar, algo feroz y delicado me partía por la mitad.
—Entonces será mejor que sea usted muy convincente, señor Bradley. No pienso cargar con el escándalo de su impuntualidad por un esfuerzo mediocre.
Me eché a reír contra su cuello.
—Me pone cachondísimo cuando me dices guarradas.
—Qué vulgar eres.
—Y qué poco te molesta.
—Muy poco. Fóllame de una vez.
La besé y entré en ella. El resto fue calor, sueño y torpeza. La sábana pegada a la piel, la alarma volviendo a sonar, Mel riéndose debajo de mí y yo corriéndome dentro de ella con la certeza brutal de haber encontrado mi hogar.