57
—Señor Bradley, llega usted tarde —se quejó el profesor Ashcroft—. Once minutos, para ser precisos.
Me quedé parado en el umbral del aula, con la mochila colgando de un hombro y el pelo todavía revuelto por el viaje en moto y por las manos de Melani.
Sabía que debía disculparme con seriedad, caminar hasta mi sitio, sacar los apuntes y fingir que seguía siendo un ciudadano funcional con respeto por la educación reglada.
No pude.
La sonrisa me partía la cara de tal manera que me dolían las mejillas.
—Disculpe, profe. Estaba besando a mi novia.
El aula se congeló.
Así, sin más.
Noah soltó el bolígrafo. Liam se incorporó despacio. Nate abrió la boca. Anthony me señaló con el lápiz, petrificado. John y Matthew se miraron como si acabara de entrar por la puerta montado en un unicornio con la camiseta del Arsenal. Incluso Ashcroft pestañeó detrás de sus gafas.
Durante un instante, mis hermanos hicieron un esfuerzo heroico por no transformarse en una jauría de hooligans emocionales.
—Repite eso. Pero como si fuéramos gilipollas —dijo Noah, rompiendo el hielo.
—Que no es que lo seamos. Pero es mejor confirmar antes de que reaccionemos como si fuéramos idiotas —añadió Liam, completamente serio.
—Que no es que seamos idiotas tampoco —puntualizó Nate.
Terminé de entrar en el aula. Mi sonrisa no varió ni un milímetro.
—Melani West es mi novia.
La clase estalló. Fue como una detonación.
Mis hermanos reaccionaron igual que si Kenny hubiera marcado en el último segundo de una final del puto Mundial.
Gritos, golpes en la mesa, sillas arrastrándose, estuches saltando, brazos al aire y esa clase de felicidad brutal que no pide permiso para ocuparlo todo.
—¡Hostia puta! —gritó Nate.
—¡Lo sabía, lo sabía! —bramó Noah.
—¡Por fin! —exclamó Liam.
—¡Tenemos cuñada! —celebró Anthony, golpeando la mesa.
—¡No me puedo creer que haya caído ante el encanto de Bradley! —soltó Matthew.
Lo señalé con el dedo, ultrajado, orgulloso y ridículamente feliz.
—No ha caído.
—Ha elegido caer, que es mucho más elegante —corrigió Noah.
—Exacto. Gracias.
—Dios, estás orgulloso de verdad —murmuró Liam, observándome con fascinación.
—Muchísimo.
Me ardía el pecho. No sabía cómo coño gestionar tanta felicidad. La tenía metida bajo la piel, en la boca, en las manos. Me faltaba cuerpo para contenerla y aire para respirarla. Así que hice lo único que sabía hacer cuando algo me desbordaba: repartirlo a golpes.
Abracé al primero que tuve cerca. Luego a otro. Repartí manotazos, empujones y carcajadas. Mis hermanos me zarandearon como si fuera un muñeco de trapo y yo me dejé, riéndome como un imbécil.
—Con razón traes esa cara de haber follado —apuntó Anthony.
—Señor Kipp, por Dios —lo cortó Julian, escandalizado, frotándose el puente de la nariz.
—Estoy aportando análisis contextual.
—Está usted dándome una razón más para que me jubile antes de los cuarenta.
—¡La dama es novia oficial! —festejó John.
—¡Sí! —Se me escapó otra carcajada.
Joder, era lo más increíble que me había pasado nunca. Y en pleno ataque de euforia, acabé frente al escritorio de Julian Ashcroft. Me incliné sobre la mesa y le planté un sonoro beso en la mejilla.
El pobre se quedó tieso.
—Bien, caballeros, después de esta explosión de júbilo y exuberantes muestras de orgullo y afecto, permítanme recordarles que seguimos en una clase de Historia Contemporánea, no en el banquete posterior a una boda rural.
El aula empezó a recomponerse con un caos precioso. Y Ashcroft me observó por encima de las gafas. Parecía el profesor estirado de siempre. Impecable, severo, británico hasta la médula. Pero su expresión cedió un poquito.
—Felicidades, señor Bradley.
Parpadeé. Aquello me pilló sin defensa.
Ese hombre me había visto fracasar, bloquearme ante un examen, repetir pruebas, pelearme con la sintaxis y escribir sobre mi refugio seguro como si cada palabra me arrancara la piel. Me había visto intentar dejar de sentirme un don nadie.
Y ahora me veía llegar tarde porque estaba besando a la mujer que amaba y me felicitaba por ello.
Tragué saliva.
—Gracias, profe.
Recuperó la autoridad con una rapidez casi ofensiva.
—No lo estropee llorando. Abra el libro por el capítulo catorce: la consolidación del Estado liberal británico, y lea el primer párrafo.
Miré el libro sobre mi mesa con auténtico estupor.
—¿Ahora?
—Sí. Su novia no va a aprobar Historia por usted. Lord Palmerston, en cambio, lleva muerto bastante tiempo y, aun así, exige atención.
—Hasta muerto tiene más prioridad que Connor —soltó Anthony desde su sitio.
—Señor Kipp, una palabra más y leerá usted el segundo párrafo.