56 #2
Entramos en la secretaría y me desplomé en mi butaca. Tenía los labios sensibles, el corazón en la garganta y la sensación absurda de que cualquiera que me mirase podría leerme en la frente: Connor Bradley me quiere.
Eddie se acomodó en su sillón de siempre y se cruzó de piernas. Me miró como si llevara meses esperando aquel momento.
—Necesito saberlo todo para confirmar que mi fe en el amor romántico no ha sido una pérdida de tiempo.
Me tapé la cara con ambas manos.
—Se me ha declarado en la Main Library. Citando al señor Darcy.
Eddie se incorporó de golpe.
—¿Connor? ¿Nuestro Connor?
—Con sus pausas y todo. Le ha quedado tan natural que casi me desmayo a lo dama victoriana en pleno colapso nervioso.
—¿La escena de la película?
—Sí.
—¿Con el «la amo» tres veces?
Asentí despacio, incapaz todavía de repetirlo sin que algo dentro de mí se pusiera a temblar como una lámpara vieja en una casa encantada.
—Casi podía escuchar hasta la maldita canción.
Eddie guardó silencio. El tipo de silencio que una declaración de amor en una biblioteca de la UCL merecía por derecho propio.
—Vale, acaba de destruir el baremo romántico de todos los hombres de esta residencia.
Solté una risa nerviosa, porque una parte de mí seguía sin creérselo. Todo era demasiado perfecto y específico y diseñado para entrar por todas mis grietas y quedarse allí.
—En realidad, no me sorprende —dijo Eddie.
—¿Cómo?
—Ese hombre lleva meses queriéndote, Mel. Solo que tú estabas demasiado ocupada pensando que era imposible.
Octubre regresó con una claridad dolorosa. Y después, todos esos meses en los que yo había traducido su torpeza como distancia. Su silencio como rechazo. Su incomodidad como antipatía.
—Eso ha dicho… Desde octubre… Y yo sin darme cuenta…
—Desde luego muy perceptiva no has sido.
Fruncí el ceño.
—¿Me estás diciendo que todos lo sabíais menos yo?
Eddie torció el gesto con una compasión moderada. Muy moderada. Lo excesivo no era su estilo cuando podía combinar ternura con humillación pedagógica.
—Tú lo mirabas a escondidas como si te diera vergüenza querer algo tan bonito. Y él te miraba como si no supiera cómo sobrevivir a quererte. Ciertamente, tú has sido más elegante. Pero Connor no sabe tener secretos. Mucho menos con nosotros.
Me hundí un poco en la butaca.
La vergüenza fue tan dulce como ridícula. Acababa de descubrir que mi amor imposible había ido dejando migas de pan del tamaño de monumentos nacionales y que todo el mundo, menos yo, había aprendido a leer el mapa.
«Genial, Melani, eres idiota».
—Creía que me odiaba. Hasta hace unas semanas apenas lograba tener una conversación de más de diez frases con él. A duras penas era cordial conmigo.
—Créeme, Connor odia de frente y sin sutilezas.
Si lo hubiera hecho, te habrías dado cuenta de verdad.
Lo que estabas viendo era a Connor queriéndote en secreto.
Y cómo no sabía qué hacer con ello, se volvía insoportablemente torpe, miraba al suelo, se ponía borde y luego preguntaba a Bishop si habías comido como si eso no fuera una declaración de amor en otro idioma.
Cerré los ojos con fuerza.
Las piezas empezaron a encajar. La carrera de Pascua. Las galletas. La tensión eléctrica de aquella noche en mi apartamento. La forma en que me miraba cuando yo fingía que no estaba a punto de deshacerme. Todo se ajustaba con una precisión preciosa.
—Dios.
—Sí. Ha sido desesperante para todos. Pero también tierno. Y divertido.
Me reí para intentar ocultar lo aturdida que me sentía.
—Entonces cuando me decías que Connor era bueno…
—Lo decía porque lo es. Es uno de los mejores hombres que conozco. Y tú eres una de las mujeres más increíbles que he conocido. Por eso me desesperó ver cómo te convencías de que necesitabas Tinder para demostrar algo que Connor veía cada vez que entrabas en una habitación.
El comentario llegó hasta lo más hondo de mí. Esa que todavía llevaba el inventario de todos los motivos por los que una no debía aspirar a ciertas cosas.
—Eddie…
—No voy a disculparme. Porque te vi mirarlo en octubre, Mel.
Y te he visto mirarlo todos estos meses.
Y él no se daba cuenta. Nadie lo veía. Pero yo sí.
Y sé que lo descartaste porque nunca te crees suficiente, aunque una parte de ti todavía soñara con una remota posibilidad.
Pero te equivocaste. Rotundamente. Y ahora es tu novio y, para colmo, se te ha declarado citando a Darcy en una biblioteca de la UCL.
Me quedé sin respuesta.
Eddie acababa de decir en voz alta algo que yo había enterrado con muchísimo cuidado: una parte de mí había querido a Connor desde el principio.
Una parte mínima, secreta y avergonzada de su propia esperanza.
Una parte que yo había sepultado bajo esa horrible convicción de que algunas felicidades estaban diseñadas para otras mujeres. No para mí.
Y, sin embargo, Connor me había dicho «mi amor» y me había besado como si no existiera ningún error en quererme.
—No sé qué decir.
—Puedes empezar por «gracias, Eddie, eres muy sabio y deberíamos escucharte con más frecuencia».
Pestañeé varias veces.
El puchero llegó antes de que mi dignidad pudiera presentar una queja formal. Eddie lo vio. Eddie siempre lo veía todo. Se acercó, se arrodilló frente a mi silla y me cogió las manos.
—No llores.
—No voy a llorar, de verdad.
—Estás haciendo pucheritos.
Solté una carcajada húmeda. Y entonces nos abrazamos. Fue un contacto pequeño y enorme a la vez.
Cuando nos separamos, me miró con una seriedad que duró exactamente medio
segundo.
—Tienes uno de los novios más guapos de Inglaterra.
Me limpié una lágrima traicionera y me recompuse lo justo para responder con el rigor académico que exigía la situación.
—Es el más guapo de Inglaterra. Seamos precisos.
Nos echamos a reír.
—Y ahora necesito que me cuentes la declaración entera con un nivel de detalle obscenamente alto.
—No pienso contarte los besos o cualquier movimiento indecente bajo mi falda.
—Qué falta de compromiso con la documentación histórica.