56
—No pienso subirme ahí —me quejé.
—Por supuesto que sí.
Negra mate. Brutal. Indecentemente bonita.
No iba a admitir en voz alta que la había elegido porque me daba la excusa perfecta para llevar a Mel completamente pegada a mi espalda. Tenía algo de dignidad. Muy poca, pero algo.
—Valoro muchísimo mi esperanza de vida, ¿sabes?
Le tendí uno de los cascos, disfrutando de su pánico con una falta de decencia alarmante.
—Tu novio cocina, te adora, pelea bien, folla mejor y conduce de puta madre. Estás en buenas manos.
Mel se quedó bloqueada.
Novio.
La palabra había salido con toda la naturalidad. La solté y esperé el golpe. Que se asustara. Que me corrigiera. Que retrocediera un paso y me recordara que no llevábamos ni una hora en aquella preciosa locura.
Pero Mel hizo algo mucho peor. Se indignó. Y en ella la indignación era casi siempre una forma elegante de no admitir que algo le había encantado.
—¿Mi novio? Has pasado de citar a Darcy a adjudicar cargos sentimentales en menos de quince minutos.
—Soy muy eficiente.
Sonreí y me acerqué con el casco en la mano.
Mel miró la moto, luego su falda y después a mí, calculando con una expresión cada vez más escandalizada cómo coño había pasado su mañana de «amor unilateral imposible» a «novio con Ducati y demasiada seguridad en sí mismo».
—Nunca he viajado en esa cosa y no sé si puedo subirme con falda.
Bajé la mirada hacia sus piernas con una lentitud nada inocente.
Error.
La imagen de Mel detrás de mí, con los muslos abiertos alrededor de la moto y el cuerpo entero pegado a mi espalda, me arrebató cualquier intención responsable.
—Puedes. Yo te ayudo. Y la falda lo hace todo mucho más interesante. Me facilita meterte mano cuando paremos en los semáforos.
Abrió mucho los ojos.
—Cuatro segundos has tardado en convertir esta conversación en algo indecoroso.
—Soy tu novio. Tengo derechos nuevos y muy poca vergüenza.
Lo dije contra sus labios, rozándolos apenas, y bajé la boca por su mandíbula hasta besar su cuello.
—¿Tu novia ha aprobado esos derechos? —preguntó, coqueta, mientras inclinaba la cabeza con una actitud muy prometedora.
Joder. Melani West era mi novia y se estaba dejando besar delante de una Ducati, en plena calle, después de decirme que me quería en una biblioteca. Había hombres que se conformaban con menos para creer en Dios.
—Mi novia acaba de besarme contra una estantería en la Main Library. Interpreto que existe buena predisposición.
Mel intentó sostenerme la mirada, pero falló. El rubor le encendió las mejillas, y esa pequeña derrota me llenó de una felicidad tan inmensa que no supe dónde ponerla.
—Y además está reconsiderando muchas cosas —protestó.
—Mientras las reconsideras, ponte el casco.
El pasillo que conducía a la secretaría de la residencia nunca me había parecido especialmente interesante. Aquel día, sin embargo, podría haber sido una cueva húmeda iluminada por fluorescentes defectuosos y yo habría pensado que era el puto paraíso.
Caminábamos cogidos de la mano, con una sonrisa imposible de disimular. Todavía llevaba encima la adrenalina del trayecto en moto, el recuerdo de sus brazos apretados alrededor de mi cintura y la peligrosa certeza de que todo había cambiado entre los dos.
Joder, Mel me quería.
Corrección: estaba enamorada de mí.
¿Cómo coño asimilaba eso después de tantos meses creyendo que apenas me veía?
—No pienso disculparme por agarrarte demasiado fuerte mientras conducías —murmuró, mirando al frente con una petulancia muy poco convincente.
—Ni yo voy a pedirte que lo hagas.
—He creído que iba a morir.
—Y decidiste hacerlo pegada a mí. Es muy romántico.
—Era supervivencia.
Me dio un manotazo en el pecho. Aproveché el contacto para pasarle un brazo por los hombros y pegarla más a mí. Enterré la nariz en su pelo. Dios, me encantaba su olor.
—Llámalo como quieras. Yo voy a recordarlo como nuestra primera actividad oficial de pareja.
—En realidad ha sido que una bibliotecaria nos juzgara en silencio.
Mel se apoyó contra mi costado. Como si llevara años haciéndolo.
—No. Eso fue la ceremonia de investidura.
Soltó una carcajada y ese precioso sonido me golpeó con tanta fuerza que casi me dolió. La miré, aún incapaz de creer que pudiera hacerlo así, a plena luz del día, sin tragarme cada palabra ni esconder cada gesto.
Seguía pareciéndome un milagro todo lo que había pasado.
—Tienes clase —dijo con cierta decepción.
O eso creí entender yo, que estaba tan feliz que ya veía señales donde me daba la gana.
—Lo sé.
Apoyé las manos en su cintura y la hice retroceder despacio hasta que su espalda chocó contra la pared.
—Entonces deberías irte.
—También lo sé. Pero llevo menos de una hora siendo tu novio y todavía me estoy haciendo a la idea de tener que separarme de ti para aprender cosas que probablemente no me importan.
—La educación importa.
La miré de arriba abajo sin el menor disimulo.
—Ahora mismo solo quiero tus piernas alrededor de mi cintura y comerte a besos.
—Acabas de volver de una declaración en una biblioteca y ya estás provocando un escándalo —susurró, ruborizada.
—Estoy enamorado, tengo novia y me he pasado todo el trayecto sintiendo tus muslos pegados a mí. Me parece heroico estar hablando siquiera.
Me incliné hacia ella y apoyé la frente contra la suya.
El ritmo cambió. Dejó de ser solo broma y deseo.
Se volvió algo pequeño, íntimo. Rodeé su cintura como si todavía necesitara comprobar que podía hacerlo.
Que no me había inventado la biblioteca.
Que no había citado a Darcy sintiendo que cada palabra era mi puta religión para después despertar solo, igual que siempre.
—Dime que no ha sido un sueño —dijo ella, acariciando mis hombros.
—Dímelo tú. Yo todavía estoy asimilándolo.
—Eres tan… tan…
—Tan tuyo. Completamente tuyo, mi amor —murmuré contra sus labios.
Me besó. Al principio fue un beso pequeño, casi tímido. Parecía que ella también estaba comprobando que por fin tenía derecho a hacerlo sin pedir permiso. Pero la abracé con más fuerza y el contacto se tornó más hambriento.
Mel se enganchó a mi nuca, hundió los dedos en mi pelo y yo la empujé un poco más contra la pared, soltando una risa ronca contra su boca.
Lo que había empezado como un beso de despedida, acabó convirtiéndose en un problema logístico.
Porque las habitaciones se me antojaban muy lejos y follar en la secretaría podía ser arriesgado.
Durante unos segundos, el pasillo dejó de existir. Yo estaba fuera de mí. No por falta de control, sino por exceso de felicidad. La besaba como su novio. Como un hombre correspondido. Y ahora no sabía qué coño hacer con tanta suerte.
—Es verdad que no voy a ir a clase si sigues besándome así.
—Vale... Eso sería un problema —admitió, sin aire.
—Dime que me vaya.
—Vete.
—Fatal. Eres muy poco convincente.
—Porque no quiero que te vayas.
Le mordí el labio.
—Eso ha sido muy cruel, cereza.
Porque lo que quería era hacerle el amor allí mismo y, por desgracia, todavía existían cosas como horarios, pasillos y educación básica.
—A mí me ha parecido precioso.
Mel dio un respingo tan violento que casi nos damos un cabezazo.
—¡Eddie! —gritó.
Mi muchacho estaba a un par de metros, con unos papeles en la mano, una sonrisa inmensa y una expresión fascinada. Y yo me sentí demasiado feliz para avergonzarme. La verdad era que nunca me avergonzaría de querer a Melani delante de uno de mis Furin.
—Solo venía a dejar unos papeles. Pero, al parecer, he entrado en el episodio especial. Y me ha cautivado la trama.
—Es que se nos ha quedado una trama de puta madre —sonreí con suficiencia, y Eddie asintió, encantado.
—¡No lo animes! —Mel me empujó, mortificada.
—¿Esto significa que ahora sois novios?
No dudé ni medio segundo.
—Sí.
—¡Vete ya! —exclamó Mel, roja hasta las orejas.
Pero no me moví. Me permití un último abuso de hombre enamorado y correspondido.
—Dime que me quieres una vez más.
—No pienso hacerlo ante un público tan emocionado —replicó, haciéndose la dama ofendida.
Mi dama.
—Qué decisión tan ofensiva —secundó Eddie, llevándose una mano al pecho.
Solté una carcajada.
—Vale, pues dime al menos que no te irás sin mí.
Sus ojos se suavizaron.
—Te esperaré.
Dios. Me iba a costar muchísimo bajar la jodida erección durante la clase.
—Te veo luego, mi amor.
Me incliné y le robé un beso.
—Por Dios...
—Pienso interrogarla, que lo sepas —nos advirtió Eddie, alegremente.
—Lo daba por hecho.
Empecé a alejarme por el pasillo, caminando hacia atrás solo para no dejar de mirarla. No quería irme. Claro que no. Pero Melani acababa de decir que me esperaría. Y, después de todo lo que habíamos tardado en encontrarnos, eso me pareció casi tan poderoso como un «te quiero».
Vi a Connor alejarse por el pasillo.
Dios mío, Connor Bradley era mi novio.
Ese hombre de espalda ancha, boca peligrosa, chaqueta de cuero y una capacidad indecente para arruinarme el pulso acababa de irse a clase después de besarme contra una pared y llamarme «mi amor» delante de Eddie.
Y yo me rocé los labios con las yemas de los dedos porque necesitaba comprobar físicamente que el beso seguía allí. Que no era una alucinación producida por estrés, exceso de Austen o falta de hidratos.
—Y esa es la cara de una mujer que acaba de descubrir que los finales felices también pueden llevar chaqueta de cuero y llegar tarde a clase.
Parpadeé.
—No sé qué hacer con esto.
—Puedes empezar por creértelo. Sería novedoso.
Giré la cabeza hacia Eddie.
Estaba medio aturdida, medio feliz, medio al borde de una crisis nerviosa. Sí, eran demasiadas mitades para una sola persona, pero la aritmética emocional rara vez había sido mi punto fuerte.
—¿Pero me está pasando a mí?
—Connor se ha ido como un hombre enamorado que acaba de enterarse de que es correspondido. Hasta Anthony lo habría notado.
Me llevé una mano al pecho.
—No estoy preparada para esa clase de análisis sin una silla delante.