55 #2
Se acercó un poco más. Lo suficiente para que el calor de su cuerpo me alcanzara. Noté que su corazón estaba tan desbocado como el mío cuando apoyó las manos en las baldas, a ambos lados de mi cabeza.
Tragué saliva. Solo podía pensar en su pecho, en su respiración, en su olor a cedro y lluvia, en sus ojos verdes clavados en los míos.
—Te amo con todo lo que soy. Con lo poco elegante que me sale.
Con lo bruto, con lo torpe, con lo que todavía no sé decir bien.
Te quiero desde antes de entender qué demonios me estaba pasando.
Eso no es confusión, Melani. Es mi realidad desde hace meses.
Y si tú no la quieres, está bien, lo aceptaré.
Seré tu amigo. Pero no voy a permitir que la conviertas en pena solo porque no te creas suficiente.
Me quedé sin aire.
Aquella era una verdad que destruía todos los muros que yo había levantado durante años. Connor no me estaba exigiendo que lo correspondiera. Solo se negaba a dejar que yo degradara su amor y eso lo hizo todo un poco más real y devastador.
—Se suponía que esto que siento iba a ser unilateral —jadeé.
Connor frunció el ceño.
—¿Qué?
No pude contenerlo. La verdad, esa traidora, me salió sola. Y yo estaba demasiado asfixiada, agotada y enamorada para volver a meterla dentro.
—Que tendría que aprender a amarte en silencio. A resistir al caballero insoportablemente noble que eres mientras finjo que mi corazón no está organizando su propia ruina. Y todo para no destrozar nuestra amistad.
Pestañeó, aturdido. Sus pupilas se dilataron hasta casi comerse el verde.
—Melani… —resolló, y yo le di un pequeño manotazo en el pecho.
—No puedes plantarte delante de mí, citar a Darcy con esa voz y esos ojos, y convertir mi crisis sentimental en una correspondencia, maldito arrogante.
Connor se quedó inmóvil.
Durante un instante pensé que había dicho algo terrible, que acababa de romper el delicadísimo precipicio sobre el que estábamos suspendidos.
Vi cómo el impacto lo atravesaba, cómo la respiración se le rompía, cómo todo su cuerpo tardaba un segundo en entender lo que yo acababa de entregarle sin querer.
Se le escapó un sonido bajo, casi incrédulo.
Y entonces me cogió por la cintura y estampó su boca contra la mía.
El beso no pidió permiso a la lógica ni a la prudencia. Fue feroz y hambriento y un poco desesperado. Connor me apretó contra él y yo me agarré a su polo, a sus hombros, a todo lo que pude tocar, porque mi cuerpo acababa de comprender algo que mi cabeza aún intentaba discutir.
Él me quería. Yo lo quería. Y por primera vez desde que empezó aquel desastre, las dos verdades estaban en la misma habitación.
—Eso ha sido muy poco caballeroso —murmuré, pegada a su boca.
—Me has llamado arrogante.
—Con fundamento.
—Y has dicho que me amas.
El pánico fue sustituido por algo todavía más aterrador.
La timidez. Una timidez absurda teniendo en cuenta todo lo que habíamos compartido las últimas semanas.
Pero es que yo ya no estaba defendiendo mi corazón de una catástrofe imaginaria.
Estaba delante del hombre que amaba, sabiendo que él me correspondía.
Y aquella verdad era tan radiante que no me dejaba ni una sombra decente donde esconderme.
—Eso último está sujeto a interpretación.
—Discrepo profundamente.
Connor bajó la cabeza y rozó mis labios con los suyos.
Esta vez no se lanzó. El gesto fue lento, mucho más íntimo.
Sentí su respiración mezclándose con la mía, sus manos apretándome la cintura, su pecho contra el mío y esa pausa insoportable de quien no quería robarme nada que yo no estuviera dispuesta a darle.
—Connor… —jadeé.
—Dímelo, cereza.
Clavé mis ojos en los suyos.
—Te quiero.
Él los cerró con fuerza y se le escapó un gemido tembloroso.
—Dios, nunca creí que te escucharía decir eso, mi amor.
Me besó de nuevo. Y esta vez se nos fue de las manos.
Muy deprisa. Connor me pegó con cuidado contra la madera de la estantería, aunque lo de «cuidado» empezó a perder credibilidad en cuanto me apretó el culo y yo hundí los dedos en su pelo.
Le rodeé el cuello con los brazos, le mordí el labio, respondí con todo lo que ese hombre me despertaba.
Deseo, ternura, hambre, alivio, confianza.
No fue un beso casto ni remotamente compatible con el reglamento interno de una biblioteca respetable.
Connor me apretó un poco más, yo le arañé la nuca y nuestras lenguas se encontraron con una falta de prudencia que habría avergonzado a cualquiera. Empezamos a frotarnos el uno contra el otro, compartiendo jadeos, completamente dispuestos a arruinar la reputación moral del Wilkins Building.
Entonces alguien carraspeó.
Fue un ruidito seco y reprobatorio que me devolvió de golpe al mundo real.
Le tapé la boca a Connor con una mano y lo aparté con la otra, probablemente con más violencia de la necesaria.
Al fondo del pasillo, una mujer con moño impecable, gafas de montura fina y una chaqueta de punto nos observaba en silencio.
Tenía una expresión capaz de hacer dimitir a varios ministros del gobierno británico.
—¡Lo siento muchísimo! —exclamé bajito, roja hasta el alma y jadeando como una delincuente sexual en prácticas.
La bibliotecaria no dijo nada. Solo levantó una ceja perfecta.
—Muchísimo —repetí, porque al parecer había decidido empeorar mi defensa.
Connor, en cambio, seguía flotando.
Tenía esa sonrisa ridícula y peligrosamente feliz de un hombre que acababa de oír un «te quiero» y había llegado a la conclusión de que aquello le otorgaba derecho constitucional a besarme contra cualquier superficie vertical del planeta.
Se dejó arrastrar por mí con una docilidad ofensiva.
—Me quiere —le informó a la bibliotecaria, rebosante de orgullo.
—¡Muévete! —le siseé entre dientes.
Lo saqué de allí prácticamente a empujones.
No recuperé el aliento hasta que abandoné el edificio. Bueno, no del todo, pero era algo.
—Creo que le he caído bien —dijo Connor, orgulloso.
—Te ha mirado como si fueras el colapso moral de la civilización occidental.
—Me han juzgado peores mujeres. Ninguna justo después de que me dijeras que me quieres.
—No uses eso como comodín —protesté, dándole un codazo.
—Lo voy a usar durante años.
—Dios mío —gimoteé, tapándome la cara con las manos para ocultar mi propia sonrisa idiota.
Connor se rio, me pasó un brazo por encima de los hombros y me atrajo hacia él. Luego me besó la sien con una ternura tan sencilla que casi me hace escupir el corazón.
—Te lo advertí, cereza. Soy un hombre sencillo. Dame una declaración en una biblioteca y me vuelvo insoportable.
—No hace falta que lo jures.
—Pero correspondido.