My safety net (Love Obviously 1) 55
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Al entrar en la Main Library del Wilkins Building el mundo cambió de ritmo.

Allí dentro todo parecía obedecer una ley distinta. Techos altísimos, pasillos de estanterías interminables, madera oscura, mesas ocupadas por estudiantes y lámparas cálidas derramando pequeños círculos de luz sobre el silencio. El sol se filtraba por los ventanales en haces dorados.

Era absurdo, pero cada vez que entraba en aquella biblioteca sentía que algo dentro de mí se recolocaba.

Connor caminaba a mi lado demasiado callado y no era un silencio aparentemente cómodo. Detecté una tensión contenida en él que no terminaba de encajar con el chico que me había cogido de la mano en pleno campus.

—Si alguna vez desaparezco, búsqueme aquí, señor Bradley, entre Historia Social y Literatura del XIX.

Lo dije en un susurro, intentando devolvernos a nuestro terreno habitual. Formalidad ridícula, broma austeniana y una distancia emocional lo bastante segura como para no morir en el acto.

—Lo tendré en cuenta, señorita West. —Apenas me dedicó una leve sonrisa.

Y seguimos avanzando por un pasillo estrecho, flanqueado por estantes altísimos. La luz nos tocaba a ráfagas mientras yo arrastraba las yemas de los dedos por los lomos, agradecida por tener algo que hacer con las manos.

—Qué callado estás —murmuré.

—Me has dicho que es una biblioteca seria. Intento estar a la altura.

—Hmm, me asusta un poco esa actitud.

—¿Por qué?

—Porque entonces dejas de bromear y yo no sé qué hacer con tanta seriedad.

Connor se detuvo. La corta distancia que nos separaba se llenó de algo que no supe interpretar.

El pasillo estaba vacío. A lo lejos, alguien pasó una página. Más allá, una silla rozó el suelo. La biblioteca entera pareció reducirse a ese instante.

—Bueno, puedo comentar algo si la dama lo requiere.

—Adelante.

Me giré del todo hacia él. Algo había cambiado en su expresión.

La sombra de humor había desaparecido, dejando al descubierto una gravedad tan desnuda que sentí vértigo.

Connor Bradley, que podía ser insolente, obsceno, brutal y ridículamente tierno en la misma conversación, me miraba con una seriedad nueva, casi torpe.

—Estás preciosa en tu templo.

Se me cortó el aliento.

No fue una salida canalla ni una de esas frases suyas que yo podía esquivar con una réplica ingeniosa y luego analizar en secreto con una alarmante falta de decoro.

Dios, lo había dicho con… devoción. Y precisamente por eso me dejó sin defensas.

—¿Te parece un comentario aceptable? —me pinchó.

—Es exactamente lo que una no debería tomarse en serio viniendo de usted.

La voz me salió algo asfixiada.

—¿Tantos defectos tengo?

—Demasiadas virtudes, diría yo.

Me di la vuelta antes de que pudiera responder. Fue cobardía, sí. Pero una cobardía muy digna, ejecutada frente a una estantería histórica y, por tanto, casi respetable.

Una persona sensata jamás habría intentado alcanzar los libros superiores sin una escalera, una póliza de seguro y quizá una breve oración.

Yo, en cambio, me puse de puntillas y estiré el brazo hacia un libro cualquiera.

Ni siquiera leí el título. Solo necesitaba cortar el momento antes de cometer una imprudencia. Besarlo, por ejemplo.

Mis dedos no llegaron a tocar el lomo.

Porque Connor habló a mis espaldas.

—«Tiene que saberlo… Es usted demasiado buena para jugar conmigo».

Me quedé suspendida. Literalmente. Con el brazo en alto, los dedos temblando y el corazón estrellándose contra mis costillas.

Reconocí las palabras de inmediato. Darcy.

La declaración. La escena que había visto tantas veces, que podía recitar con la naturalidad de quien recuerda una oración antigua.

La escena que jamás, bajo ninguna circunstancia, esperaba oír en boca de Connor Bradley.

Mucho menos allí, en aquel pasillo. Detrás de mí, con su preciosa voz grave.

—«Si sus sentimientos siguen siendo los mismos, dígamelo».

Bajé el brazo muy despacio. El mundo se redujo. La madera, los libros, la luz dorada, mi propia respiración. Todo quedó reducido a Connor y a esas palabras imposibles.

Me giré, muy despacio. Él estaba allí, pálido y serio, mirándome con intensidad. No parecía estar jugando. Más bien, parecía un hombre a punto de colocar su corazón encima de una mesa invisible y esperar a recibir el golpe.

—«Mi afecto y mis deseos no han cambiado. Pero una sola palabra suya… me silenciará para siempre».

Lo miré sin pestañear, absolutamente estupefacta.

Connor tragó saliva. Y, aun así, continuó, con la voz un poco más ronca.

—«Sin embargo, si sus sentimientos han cambiado, debo decirle que… ha embrujado usted mi cuerpo y mi alma y que la amo… la amo y… la amo».

Ahogué un gemido.

Durante un instante creí que iba a desmayarme. O a llorar. O a echar a correr por el pasillo, cruzar la biblioteca entera, abandonar la UCL, cambiarme el nombre y abrir una floristería en Edimburgo.

—¿Qué estás haciendo? —jadeé sin apenas aliento.

—Intentar decirlo en un idioma que no te haga salir corriendo.

Tenía que ser una broma. O una confusión.

O una crueldad absurda del destino de esas que una no podía denunciar porque no aparecían tipificadas en ningún código legal.

Era demasiado perfecto. Y las cosas demasiado perfectas no le pasaban a Melani West. Eso estaba reservado para las mujeres que sabían caminar por la vida sin pedir disculpas por existir.

Empecé a negar con la cabeza y retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la estantería.

Connor no apartó los ojos de mí.

—No, no, no. Eso no… no puede ser. No… no puedes decirme eso.

—Acabo de hacerlo —murmuró.

—Pues no tiene gracia.

Lo dije casi con reproche. Como si pudiera regañarlo por haberme puesto el corazón del revés.

Como si todavía existiera una salida honorable.

Una posibilidad mínima de que Connor se riera, levantara las manos, dijera que era una broma horrible y me permitiera volver a colocar el mundo en su sitio antes de que se me viniera encima.

Pero no sonrió.

—No pretendo que la tenga.

—Connor… ¿Qué…? Por Dios… No es verdad.

La negación me salió como una defensa desesperada. No era digna de una mujer adulta en una biblioteca respetable. Mucho menos madura o elegante. Pero era lo único que tenía.

—Llevo meses haciéndolo, Melani. Concretamente desde que te vi en el vestíbulo de la residencia aquella tarde de octubre.

Octubre.

La palabra me arrastró al pasado con una violencia silenciosa.

Aquellos días habían sido una pesadilla. La residencia entera olía a miedo, café recalentado y mantas limpias. Nadie dormía bien ni hablaba demasiado alto. Porque todos esperábamos noticias de los chicos que Kenny había sacado de Andover Estate.

La mayoría de los Furin llegó de madrugada, destrozados, temblando, demasiado jóvenes para cargar con tanta supervivencia en el cuerpo. Otros se quedaron en el hospital porque habían sido heridos protegiendo a los pequeños.

Connor fue uno de ellos.

Lo dieron de alta al día siguiente.

Lo recordaba. Dios, claro que lo recordaba.

Las puertas acristaladas de The Safety Net abriéndose.

Nate sosteniéndolo por un lado. Liam cerca, vigilante.

Connor apenas podía caminar. Tenía la cara marcada por golpes recientes, el cuerpo vencido por el cansancio y esa mirada salvaje e indomable que me intimidó y me cautivó antes de que pudiera contener una sacudida.

Entre los críos llorando, las voces emocionadas y Maggie intentando organizar el caos, Connor levantó la vista. Y me miró. Y yo me encogí. Porque el impacto me atravesó entera.

Él pestañeó despacio, como si le costara enfocar la realidad, y entonces me sonrió. Fue una sonrisa tan pequeña, tan debilitada por el dolor y los analgésicos. Aun así me hizo temblar y sonreírle de vuelta.

Y ahora ese mismo chico estaba allí, delante de mí, entregándome unos sentimientos enormes mientras yo lo miraba con el pulso latiéndome en los oídos.

—Necesito… necesito respirar.

Me llevé una mano al pecho. Connor dio un paso hacia mí y mi cuerpo se tensó contra la madera.

—Respira conmigo.

Lo miré con reproche, aturdida hasta los huesos.

—No puedes estar enamorado de mí desde octubre.

—Mi corazón parece tenerlo bastante claro.

—Ni siquiera me conocías.

—Pero te vi.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tuvo para mí.

Lo miré buscando una grieta. Un gesto de duda. Algo que me permitiera discutir aquella locura con argumentos razonables, citas académicas y quizá una pizarra. Pero no encontré nada. Solo a Connor. Más asustado incluso que yo, aunque intentara sostenernos a los dos.

—No puedes amar a alguien solo por verlo en un vestíbulo.

—No te amé entera ese día. Pero empecé a hacerlo.

Sentí que el suelo de la biblioteca se inclinaba. De verdad que necesitaba irme. Si me quedaba, tendría que escuchar más. Si escuchaba más, corría el riesgo de creerlo. Y si lo creía, si caía en aquella verdad luminosa, no habría forma humana de sobrevivir después.

—Tengo que salir de aquí…

Intenté escabullirme.

—No.

—Connor…

Se interpuso en mi camino con una seriedad feroz.

—No voy a pedirte nada. Pero tampoco voy a retirar lo que he dicho solo porque te asuste. Y mucho menos voy a dejar que huyas. No lo haré, Mel.

Mi cabeza se llenó de recuerdos.

Todos aquellos meses creyendo que Connor Bradley me odiaba.

La noche en que apareció en mi casa para estudiar sintaxis.

La cocina. La manera en que me miró cuando le conté lo de Tinder.

Su oferta de ayudarme. Su promesa de ser un lugar seguro.

Las galletas. La lasaña. Su mano en la oscuridad.

Su voz diciéndome que no me escondiera sin decirle antes dónde podía encontrarme.

Yo había llamado a todo aquello nobleza. Bondad. Amistad. Cuidado.

Nunca amor. Nunca me había permitido pensar en algo ni remotamente parecido al amor.

—Solo querías ser bueno conmigo y ayudarme. No confundas pena con amor. ¡Tú no me quieres! Solo tenemos una amistad un tanto imprudente y terriblemente confusa. Pero somos amigos. Déjame ir.