54
Breena nos acompañó de regreso a Gordon Square con esa expresión de peligrosa satisfacción que empezaba a reconocerle demasiado bien.
Durante todo el almuerzo no había dejado de mirarnos. A Mel y a mí. A nuestras manos demasiado cerca sobre la mesa. A los silencios que se nos escapaban entre frases normales. A los rubores de Melani cada vez que yo decía algo mínimamente imprudente.
Breena Harris no estaba disfrutando del espectáculo. Lo estaba dirigiendo desde la sombra con una precisión francamente inquietante. Y a mí me encantaba.
Entonces se detuvo, se recolocó el bolso al hombro y anunció su retirada.
—Yo os dejo. Tengo clase y una reputación que arruinar fingiendo que no estoy disfrutando de todo esto.
—Eres terrible —dijo Mel.
—Y aun así, imprescindible.
Ambas se abrazaron.
—Hablamos luego.
—Obvio que vamos a hablar.
A continuación, Breena se giró hacia mí. Esperé un gesto de cabeza. Quizá un choque de puños. Algo rápido y funcional sin mucha carga emocional.
Error.
Breena me dio un abrazo de oso.
—La biblioteca es un lugar excelente para decir cosas en voz baja —me dijo al oído.
Me quedé muy quieto. Ahí estaba el último empujón.
—¿Eso es un consejo?
—Es una observación arquitectónica con intenciones sentimentales.
Se me escapó una risa.
—Lo tendré en cuenta.
—¿Qué cuchicheáis? —dijo Mel.
Breena se apartó con una inocencia de lo más falsa.
—¡Me voy!
Y se marchó peligrosamente satisfecha consigo misma antes de que su amiga pudiera interrogarla.
Miré a Mel. Estaba entre divertida y desconfiada, con los brazos cruzados y una ceja ligeramente levantada.
—Me guardáis secretos, ¿verdad?
—Muchos.
Entrecerró los ojos. Yo sonreí. Por dentro, el corazón me aporreaba las costillas con demasiada fuerza.
Sí, le guardaba secretos. Uno, en realidad. El único que importaba. El que lo ocupaba todo dentro de mí. El que me ardía en la garganta cada vez que ella me miraba como si todavía no entendiera lo fácil que era quererla.
Dios, la amaba. Y quizá Breena tenía razón. Quizá una biblioteca era un buen lugar para decir cosas en voz baja. El lugar de Mel. De libros, de márgenes, de frases subrayadas y mesas antiguas. Un territorio donde las palabras tenían peso, pero no hacían ruido.
Mel señaló el camino con autoridad.
—Al Wilkins Building. Ya.
—Eso ha sonado importante.
—Es una biblioteca muy seria. Si haces algo raro, te mirarán mal varias generaciones de estudiantes muertos.
—Entonces intentaré no parecer un hombre que acaba de amenazar a otro.
—Te lo agradecería.
Empezamos a caminar por el campus. Yo debería haberme sentido fuera de lugar. Quizá lo estaba. Pero Melani iba a mi lado, y eso cambiaba la geometría del mundo.
La miré de reojo. Todavía tenía ese rubor suave en las mejillas, y hablaba del Wilkins Building como si fuera lo más interesante del mundo. Yo, mientras tanto, intentaba averiguar cómo demonios se sacaba una verdad tan grande del pecho sin parecer un hombre caminando hacia su propio fusilamiento.
Kenny tenía razón. No podía declararme como si estuviera pidiéndole que decidiera mi condena. No podía ponerle mi corazón en las manos y luego mirarla como si su respuesta fuera a salvarme o destruirme. Eso no sería justo para ella.
Tenía que decirlo. Y quedarme. Aunque se asustara.
Sobre todo si se asustaba.
—No tienes por qué acompañarme —murmuró.
—Pero quiero hacerlo.
Mel bajó la mirada. Fue apenas un segundo, pero lo vi. Aquella sinceridad tan pequeña la había puesto nerviosa. Y eso que solo era la verdad más sencilla que podía darle en ese momento.
Nuestras manos se tocaron. Fue un accidente o quizá no. Porque volvieron a encontrarse. Apenas un roce suave, suficiente para mandarme una descarga directa a la entrepierna.
Esta vez no dejé que el gesto se me escapara. Despacio, entrelacé mis dedos con los suyos. Mel no se apartó. Su mano encajó perfectamente en la mía, cálida y tensa al principio. Después se relajó.
Le acaricié el dorso con el pulgar, una sola vez, y seguí caminando a su lado como si aquel gesto no me estuviera desordenando la vida entera.