53
—La sala está reservada para las cuatro. Dos horas.
Me detuve en seco en mitad de Gordon Square.
No sé en qué maldito momento Peter Olsen se había puesto a caminar a mi lado con esa seguridad elegante y profundamente invasiva que convertía cualquier espacio abierto en una habitación sin ventanas.
Me giré hacia él.
—Te dije por correo que la cancelaras porque no voy a ir. Y mucho menos pienso aceptar tu visión de trabajo.
Peter frunció el ceño. Parecía que mi negativa no era una respuesta válida, sino una molestia logística.
—No esperaba esa hostilidad.
—Ni yo que cambiaras «violencia institucional» por «tensión procedimental», pero nunca llueve a gusto de todos.
—Usar «violencia institucional» es una expresión panfletaria. Sabes que mi versión organiza mejor el argumento.
No merecía la pena discutir con él. Me dispuse a esquivarlo, pero Peter se movió lo justo para bloquearme.
—Sigues queriendo parecer más lista de lo que eres.
—Si has terminado de insultarme, me voy —espeté.
—¿Por qué te gusta tanto hacerte la difícil?
Tragué saliva, notando cómo la rabia me trepaba por la garganta.
—Ese es tu problema, Olsen, que sigues comportándote como si mi incomodidad fuera una deuda pendiente contigo.
Su expresión cambió. La sonrisa se le endureció bajo aquella fachada impecable de estudiante brillante.
—Lo que creo es que necesitas una buena polla. A ver si se te pasa esa estúpida necesidad de pelearlo todo.
Se me heló la sangre. No supe si sentía asco o miedo. Quizá todo a la vez. La frase me dejó una sensación sucia pegada a la piel.
Retrocedí por puro instinto. Peter avanzó lo justo para seguir ocupando mi espacio con una precisión repugnante.
No fue nada escandaloso. Tampoco nada que justificara que yo montara una escena.
Pero bastó para que mi espalda chocara contra la pared del edificio y el aire se me quedara atascado en los pulmones.
Entonces apoyó una mano junto a mi cabeza. Y lo entendí todo. No había sido un malentendido, ni una torpeza, ni una conversación incómoda entre compañeros de proyecto. Peter buscaba arrinconarme.
La rabia atravesó mi estupor como una cuchilla.
—Apártate —gruñí.
—Vamos, Mel. Con esa boca que tienes, deberías usarla para algo más útil que corregirme.
Se me cerró la garganta. Mi cuerpo entendió antes que mi cabeza la violencia exacta de lo que acababa de decirme.
Y entonces, en ese preciso instante de pánico contenido, escuché mi nombre.
—Melani.
Giré la cabeza de golpe.
Connor estaba allí.
Durante un instante todo perdió nitidez. Gordon Square, Peter, la pared fría contra mi espalda, los estudiantes cruzando los senderos de grava sin saber que el mundo acababa de inclinarse bajo mis pies. Connor Bradley avanzaba hacia nosotros con Breena un paso por detrás.
No entendía qué hacía en la UCL ni cómo había entrado.
No entendía por qué aparecía justo en aquel momento tan espantoso, conmigo arrinconada y Peter demasiado cerca.
Pero allí estaba. Y no venía corriendo, ni vociferando, ni convertido en esa clase de salvador ruidoso que habría atraído todas las miradas del campus.
Fue peor. Aquella versión de Connor sereno y silencioso irradiaba una calma oscura y concentrada que parecía haber sido tallada a golpes y eso lo hacía mil veces más peligroso.
Los Furin tenían esa forma de moverse antes de la violencia.
Era una quietud tan exacta que el aire alrededor empezaba a comportarse como si también tuviera miedo.
Para colmo, estaba guapísimo. Lo cual, sinceramente, me pareció una indecencia dadas las circunstancias. Era una catástrofe espectacular con piernas.
—Connor —susurré.
Me miró. Solo a mí.
Sus ojos rabiosamente verdes me recorrieron de arriba abajo con una precisión tan feroz que por poco me dobló las rodillas. Estaba comprobando que seguía entera antes de decidir qué hacer con el hombre que tenía delante.
—Hola, cariño —dijo con una naturalidad pasmosa.
Peter frunció el ceño. Y yo dejé de respirar.
Aquel «cariño» cayó como una declaración de guerra envuelta en terciopelo. Delante de Peter Olsen. Delante de Breena. En medio de mi mundo universitario, donde Connor no debería existir y, sin embargo, acababa de aparecer como si hubiese encontrado la coordenada exacta de mi pánico.
Fue absurdo lo rápido que me hizo sentir a salvo.
—¿Qué… qué haces aquí?
Torció el gesto.
—Parece que he llegado en el momento adecuado. Aunque creo que he escuchado demasiado.
Su voz sonó baja. Controlada hasta el milímetro. Nunca lo había visto así. Sin sonrisa, sin broma, sin ese brillo canalla con el que solía desarmarme. Era Connor despojado de todo adorno y convertido en una peligrosísima advertencia.
—Era una conversación privada —intervino Peter, arrogante.
—Pero has elegido un sitio público. Olsen.
Connor clavó los ojos en él.
Peter alzó ligeramente la barbilla. Fue un gesto mínimo, de esos que usaba para parecer superior. En realidad, estaba midiendo el terreno. Pero por primera vez desde que lo conocía, lo vi incómodo.
—¿Nos conocemos?
—Ahora sí.
Mi educación británica, mi instinto de supervivencia y el deseo muy razonable de no ver a Connor Bradley inaugurando una sección de sucesos universitarios me obligaron a intervenir. Avancé lo justo para colocarme entre los dos sin tener la menor esperanza real de servir como obstáculo físico.
—Es… Este es Connor Bradley. Connor, te presento a… a Peter Olsen.
Se estrecharon la mano. Pura tensión masculina envuelta en un acto de cortesía.
El apretón duró apenas un instante, pero tuvo la intensidad de una amenaza.
Peter intentó medirlo. Connor ni siquiera parpadeó.
Él no necesitaba demostrar fuerza porque la tenía, de esa forma que hacía innecesario cualquier esfuerzo.
Al fin y al cabo, se había curtido en las jaulas clandestinas de Andover Estate.
Breena, a mi lado, observaba la escena con una satisfacción casi científica.
—Tenía la esperanza de no verte antes de comer —disparó mi amiga.
—Qué obsesión tienes conmigo, Harris —replicó Peter.
—No confundas asco con interés. Es un error muy tuyo.
La miré, todavía aturdida por su aparición conjunta. Breena sostuvo mi mirada medio segundo. Su expresión lo decía todo: «sí, lo he traído yo. Sí, ha sido una decisión estratégica excelente. Sí, ya me darás las gracias luego».
Peter, tocado en su orgullo, hizo lo que tantos hombres hacían cuando se quedaban sin superioridad: buscó otro sitio donde colocarla.
—¿Y en qué facultad estás, Bradley?
—En ninguna —respondió Connor.
Por Dios, era imposible de leer.
—Ah, entonces, ¿no estudias en la UCL?
—¿Algún problema?
—Solo intento entender qué haces aquí.
—No tienes que entender nada.
El comentario cortó el aire como un cuchillo.
Connor no me tocó, ni me apartó o me convirtió en una criatura frágil que necesitaba ser rescatada. Simplemente se colocó un poco más cerca. Lo justo para ocupar el espacio que Peter había usado contra mí. Creo que supo que ese gesto me ayudaría a respirar.
Peter me miró, frustrado.
—Interesante. ¿Tú opinas lo mismo? Te veo un poco tensa.
Connor apretó la mandíbula. Y, por alguna razón, ese mínimo cambio en él me estremeció entera.
—Lo sabrías si prestaras atención cuando dice algo —masculló.
—Creo que puede hablar por sí misma.
—Lo sé. La he escuchado perfectamente cuando ha dicho «apártate».
El silencio que siguió fue absoluto. Se me aceleró tanto el pulso que creí que empezaría a hiperventilar en cualquier momento.
Connor no convirtió mi defensa en una excusa para imponerse. Estaba haciendo algo mucho más hermoso y demoledor y era recoger mi palabra y sostenerla ante las narices de Peter, irrefutable.
Apártate.
Mi voz. Mi límite. Y mi derecho.
Breena decidió intervenir antes de que la amenaza velada evolucionara hacia algo con papeleo administrativo en Scotland Yard.
—Magnífico. Ahora que todos hemos sobrevivido al seminario «Olsen y el arte de empeorar una mañana», nos vamos.
Me enganchó del brazo. Quise seguirla sin mirar atrás. De verdad que sí. Pero Connor seguía con los ojos clavados en Peter, y yo fui incapaz de apartar los míos de él.
Entonces hizo algo inesperado. Le ofreció la mano para despedirse. Peter dudó, pero al final se la estrechó. Lo que no esperé —y creo que Olsen tampoco— fue que lo atrajera hacia sí con un tirón brusco. Desde fuera habría parecido una despedida masculina algo firme.
Pero Connor se inclinó y le susurró algo al oído. Obviamente, no pude oírlo. Breena tampoco y por la cara que puso era evidente que acababa de perderse la prueba oral más interesante del semestre. Lo que sí vimos fue a Peter Olsen palidecer hasta quedarse del color de la ceniza.
A continuación, Connor lo soltó con una suavidad casi insultante, dio un paso atrás y le dedicó una última mirada.
—Ha sido un placer.
La cortesía impecable de la frase, unida a la palidez absoluta de Peter, me ayudó a entender dos cosas.
La primera: Peter acababa de descubrir que un buen expediente académico no servía de nada contra alguien que se había visto obligado a sobrevivir en la violencia.
La segunda: la faceta de protector callejero de Connor Bradley era aterradora. Y para mi corazón, que ya lo quería de una forma imprudente, aquello fue un golpe hermoso y devastador.
—¿Qué le has dicho?
«Acércate a ella de nuevo y te juro que te reventaré la boca contra el primer bordillo antes de que tengas tiempo de suplicar, ¿me has entendido?».
Eso le había dicho.
Obviamente, no iba a contárselo a Melani.
Bastante mérito tenía haber salido de Gordon Square sin estrenar la mañana con sangre y presencia policial.
Había escuchado lo suficiente de Peter Olsen para saber exactamente qué clase de mierda tenía delante.
Y lo peor era que ni siquiera habría necesitado oírlo.
El cuerpo del cabrón hablaba solo. La cercanía, la mano junto a la cabeza de Mel, esa seguridad de hombre acostumbrado a que su apellido hiciera el trabajo sucio.
No estaba discutiendo un proyecto. El hijo de puta quería someterla. Y en cuanto nos miramos, los dos lo supimos. Por eso tuve que agarrarme a la última hebra de autocontrol que me quedaba para no pegarle una paliza en medio de una plaza preciosa y muy poco preparada para mi historial de violencia.
Además, Mel estaba allí. Y yo no había cruzado Londres para que ella me viera perder los estribos como un animal. Mucho menos después de que Kenny me hubiera metido en la cabeza la única instrucción útil de mi vida.
«Dile lo que sientes. No le exijas una respuesta. Quédate si se asusta».
De momento, mi plan romántico empezaba con una amenaza de bordillo. De puta madre.
—Nada serio —dije—. He sido el tío más amable del mundo.
—No te creo. Pero fingiré que sí.
Mel soltó una carcajada, todavía un poquito temblorosa, y a mí se me aflojó algo en el pecho. No del todo. La rabia seguía ahí, latiéndome bajo la piel con muy mala leche. Pero su sonrisa me recordó para qué había ido hasta la UCL.
Dios, qué guapa estaba.
—Bien, ¿vais a contarme cómo habéis planeado esto?
Caminaba a su lado intentando parecer un hombre civilizado y no alguien que acababa de calcular cinco formas distintas de convertir a Peter Olsen en material decorativo para un jardín.
Breena emitió un sonido de aprobación. Era mi mejor aliada.
—Con un pase perfectamente legal y una discreción absolutamente inexistente —dijo.
— Touché .
Levanté el puño por detrás de Melani y Breena chocó sus nudillos contra los míos. Mel se tapó la cara con ambas manos.
—Me quiero morir.
—No antes de comer —dijo su amiga—. Tengo hambre.
La observé. Seguía roja, aturdida y probablemente avergonzada de que yo hubiera aparecido justo en ese momento. Pero, debajo de todo eso, había un alivio que intentaba esconder con pudor y humor y esa manera suya de tocarse la manga cuando no sabía qué hacer con el cuerpo.
Entonces la cogí de la mano. Lo hice sin pensar, lo cual era preocupante porque mi cerebro, por una vez en la vida, estaba intentando no cagarla.
—No te mueras.
Mel bajó la mirada hacia nuestras manos.
Los dedos se nos habían entrelazado con una naturalidad preocupante. Moví el pulgar sobre su piel, despacio, intentando que entendiera sin palabras todo lo que aún no le había dicho.
—Estoy haciendo un esfuerzo —murmuró ella—. ¿Y esto?
—Es mi forma de asegurarme de que no te vas muy lejos ahora mismo.
Tragó saliva, pero no se apartó. Y ese detalle me disparó las pulsaciones.
—La gente está mirando —dijo ella.
Miré alrededor sin demasiado interés. Sí, había gente. Chicas mirando. Algún tío echando un vistazo de más. Me importó una mierda todo lo que no fuera ella.
—Normal —le aseguré—. Voy con la chica más guapa del campus. ¿Qué coño esperas?
Mel se quedó sin respuesta, y el rubor volvió a encenderle las mejillas y a mí me dieron ganas de mandarlo todo a la mierda y besarla allí mismo.
Breena suspiró a nuestro lado.
—Qué asco dais. Seguid. Me encanta.
Solté una risa baja. Mel intentó fulminarla con la mirada, pero le salió demasiado feliz para resultar convincente. Y mientras nos dirigíamos a la cafetería pensé que en algún momento de ese día iba a tener que mirarla a los ojos y decirle que la quería.
Desde antes de saber cómo coño se nombraba algo así.
Desde siempre, quizá.
Y tenía miedo. Joder, y tanto que lo tenía. Pero Melani no había soltado mi mano. Y eso, en aquel preciso instante, me pareció el milagro más peligroso y hermoso del mundo.