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Después de cenar, me escabullí a la terraza a fumar con el móvil en la mano y una idea pésima en la cabeza.
Lo de fumar era fácil. Pero lo de llamar a Breena Harris para pedirle ayuda con una declaración de amor en territorio universitario no tanto.
Di una calada, miré la pantalla y pensé en lo que me había dicho Kenny.
«Dile lo que sientes. No le exijas una respuesta. Quédate si se asusta».
La teoría sonaba de puta madre. Mi decisión de declararme en territorio aliado para ella, también. No quería hacerlo en la residencia ni tampoco en su apartamento. Eso podía convertir sus refugios en zonas incómodas si todo se iba a la mierda.
Así que la UCL parecía el lugar menos suicida.
Y además estaba Peter. Quién sabía, quizá, solo quizá, podría partirle las piernas de forma accidental.
Desbloqueé el teléfono y pulsé llamar.
—West Consulting, departamento de crisis románticas.
Fruncí el ceño.
—¿Siempre contestas así?
—Solo cuando me llama un hombre que probablemente está a punto de hacer algo impulsivo por mi mejor amiga.
Miré hacia la oscuridad del jardín, resignado.
Breena Harris daba miedo. Parecía capaz de cometer un crimen, redactar una coartada en tres idiomas y corregir la puntuación del informe policial al mismo tiempo. Y, para colmo, sonreír en todo el proceso.
—Mi impulsividad tiene que ver con entrar en la UCL y acoplarme a vuestro almuerzo.
—Ah, invasión confirmada. Dime, ¿vienes a marcar territorio o a decirle de una vez que estás absurdamente enamorado?
Cerré los ojos. Por supuesto que lo sabía.
—Ambas, para qué te voy a mentir.
Compartimos una carcajada cómplice.
—Qué maravilla. Honestidad masculina. Creía que era mitología celta.
—No te emociones. Todavía puedo cagarla.
—Eso también lo tengo previsto. Entrada principal a las doce. Te estaré esperando con tu pase de acceso.
Apoyé los antebrazos en la barandilla fría.
—¿Necesito pase?
—Sí. Y por suerte para ti, soy una mujer organizada y he decidido impedir que tu gran gesto romántico muera en recepción.
Aquello significaba algo. No sabía exactamente qué, pero significaba algo. Breena no habría movido un dedo si pensara que yo iba a hacerle daño a su mejor amiga ni si creyera que no había una oportunidad.
«O a lo mejor es que estás desesperado porque Mel te diga que sí y ves señales donde no las hay, capullo». Bueno, sí. Eso también.
—Qué gran corazón tienes, Harris —bromeé.
—Compénsame con los detalles más jugosos.
—Me parece justo. Vale, entrada principal, doce en punto.
—Y Bradley.
—Qué.
—Prioriza a Mel sobre el homicidio.
La broma me dejó claro que Breena ya estaba al tanto del puto correo de Peter, y que seguramente ambas habían estado analizando mi reacción en la secretaría.
—Eso puedo hacerlo, siempre y cuando el puto Peter no tenga la gloriosa idea de cruzarse en el camino de mi dama.
—Magnífico. Ya pareces casi funcional.
Colgó. Y yo me quedé mirando el móvil un segundo, con una extraña sensación. Tenía un plan. Era suicida en términos emocionales y probablemente incompatible con no acabar rompiéndole la nariz a un estudiante de Derecho. Pero era un plan. Y merecía muchísimo la pena apostar por él.