My safety net (Love Obviously 1) 51
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No eran ni las siete de la mañana cuando llegué a la residencia.

Podía decir que me sentía un poquito más valiente.

Obviamente no lo suficiente como para mirar a Connor Bradley a los ojos sin que mi sistema nervioso considerara solicitar asilo político.

Pero me había preparado mentalmente para ello.

Y atravesé el pasillo con una caja de «mercancía» en la mano y la firme decisión de no castigarme por tener unas ganas absurdas de verlo.

Estaba nerviosa, ilusionada y aterrada. Una combinación muy poco recomendable para presentarse en una cocina industrial fingiendo normalidad.

Aun así, entré.

Bishop estaba junto a los fogones, supervisando algo con esa expresión de ogro doméstico al que no se le escapaba absolutamente nada dentro de su reino de acero inoxidable.

—Traigo mercancía y un delicioso soborno escandinavo.

Se giró despacio y me miró con solemnidad.

—Mi niña favorita.

—Dices eso porque te alimento.

—Exacto. El amor sin bollería es pura propaganda.

Dejé la caja sobre la mesa central y empecé a sacar los dulces, evitando buscar a Connor con la mirada. Fracasé, como era de esperar.

Ni rastro de él.

— Éclairs de crema —anuncié, sacando la primera bandeja.

—Y nervios.

Me quedé rígida una fracción de segundo, pero decidí ignorarlo heroicamente. Negar demasiado rápido habría sido reconocer demasiado.

—Y rollos de canela.

Bishop ni siquiera fingió inocencia. Cogió uno de los rollos glaseados y lo observó embelesado.

—Y más nervios. No discutas con un hombre que sabe distinguir una salsa cortada de una universitaria enamorada.

—¡Bishop!

El grito me salió mucho más escandalizado que convincente. Para colmo, me ruboricé al instante.

—He dicho «universitaria». —Se echó a reír con ganas—. Tu hombre no está.

—No he preguntado. Y no es mi hombre.

—Lo buscas con el rabillo de ojo. Maggie lo ha secuestrado.

Intenté no hundirme en la decepción.

No es que hubiera montado aquella visita logística solo para verlo. Ni que hubiera comprado rollos de canela porque sabía que le gustaban. No exactamente. También traía éclairs, como siempre. Era una visita matutina habitual. Completamente defendible.

—Vale.

Bishop me miró con una ternura casi paternal.

—No ha sido una respuesta trágica, pero ha estado cerca.

Suspiré, derrotada por mi propia transparencia.

—Dame mi té para que pueda irme con la poca dignidad que me queda.

Bishop se llevó una mano al pecho, teatral.

—Ups. Se me ha olvidado.

—Tú nunca olvidas nada.

—Hoy me he esforzado en olvidarlo para tener que decirle a mi discípulo que solvente mi error.

Lo miré, escandalizada y divertida a partes iguales. El muy maquiavélico había provocado deliberadamente una excusa para que Connor tuviera que buscarme después.

—Eso es descarado hasta para ti.

Mordió el rollo de canela y cerró los ojos.

—Mmm, delicioso.

Negué con la cabeza y me marché de allí intentando no sonreír demasiado. Pero la sonrisa me duró todo el pasillo.

Llegué a la secretaría, dejé mis cosas sobre la mesa y me senté con esa sensación soñadora que llevaba días intentando bloquear.

La residencia bullía al otro lado de la puerta: pasos apresurados, voces de los críos preparándose para el desayuno, alguien riendo en el pasillo.

Yo, intentando no pensar en cómo sería robarle un beso tonto a Connor si decidía venir a traerme el té.

¿Qué excusa pondría? ¿Quizá tropezar? Eso se me daba bien.

Me haría ver como una dama victoriana apenas desesperada.

«Oh, disculpe mi torpeza, señor Bradley. No sé dónde tenía la cabeza».

Y de pronto, el beso.

Dios, estaba loca. Sí, eso era un hecho: estaba loca por él. Y esa ridícula fantasía me sacó una sonrisa aún más ridícula.

Entonces el ordenador emitió una notificación.

Peter Olsen.

La burbuja se rompió de inmediato.

Llegué a la secretaría sosteniendo el vaso de té especiado de Mel.

La encontré sola. Sentada frente al ordenador, rígida como una tabla, con la mandíbula apretada y una mano sobre el ratón. No me hizo falta leer la pantalla. Me bastó con verla a ella para saber que algo iba mal.

Aun así, entré como si el corazón no me estuviera aporreando las costillas.

—Entrega oficial de té por negligencia deliberada de mi superior.

—Qué servicio más eficiente. —Intentó sonreír, pero no lo consiguió.

—Bishop afirma que se le ha olvidado preparártelo. Los dos sabemos que es mentira, pero he decidido cooperar porque soy un hombre noble y manipulable. Sobre todo, cuando se trata de ti.

Dejé el vaso sobre la mesa. Ella lo rodeó con las dos manos y soltó un suspiro pesado.

—Gracias. Me hacía falta.

Me quedé a su lado, observándola. La rabia de Mel no se parecía a la mía.

Yo era más de gritar y partir algo. Pero la suya se quedaba quieta como un mar congelado.

Me recordó a una implosión. Y eso fue lo que más me preocupó.

Porque las implosiones eran demasiado silenciosas y aplastaban de forma instantánea.

—Cereza.

Le aparté un mechón de la cara. El gesto me salió solo. Una excusa pobre para tocarla y comprobar que seguía allí, que no se había escondido del todo.

—No es nada —masculló, muy bajito.

—Mientes peor cuando estás enfadada que cuando estás triste.

—Estoy intentando decidir cuál de las dos soy ahora mismo.

—Entonces me quedo hasta que lo decidas.

Cogí una silla y me senté a su lado. No iba a moverme de allí hasta que ella estuviera bien.

—No quiero aburrirte con esto.

—Cariño, te he oído defender a Jane Austen como si fuera una cuestión de seguridad nacional. Puedo sobrevivir a lo que sea esto.

Recordé aquel debate con Eddie en Navidades. Melani, toda indignación culta y fuego dorado, defendiendo a la tía Austen como si de ello dependiera la estabilidad moral de Occidente. Ni Ashcroft se había atrevido a meterse en medio.

Mel miró otra vez la pantalla.

—Es un correo. De Peter.

Fruncí el ceño. No sabía todavía quién coño era Peter. Pero el tono de Melani ya me indicó lo suficiente para odiarlo un poco.

—¿Y ese tal Peter es alguien a quien puedo odiar ya o espero a que me des contexto antes de decidir si le parto algo?

—Contexto. Supongo.

Le dio un sorbo a su té, cogió aire y lo soltó hasta que sus hombros se aflojaron.

—Es mi compañero del proyecto universitario —desveló—. Bueno, lo es desde hace un par de semanas, porque a mí nadie me avisó del cambio ni me dejó elegir. Llevo desde enero trabajando en mi informe sobre stop and search .

Asentí.

—Eso es lo de la policía parando a gente en la calle, ¿no?

—Exacto. Yo lo estoy enfocando desde el daño social. Desde los jóvenes vulnerables y cómo ciertas prácticas policiales afectan a chicos que ya están en una posición precaria. Y él ha decidido que era un enfoque «excesivamente personal» y ha reescrito partes enteras para «equilibrar».

No sabía de términos académicos. Pero ni falta que me hacía. Yo conocía la otra parte. La de pasarlas canutas en la puta calle.

Stop and Search .

Bonita forma de ponerle título a una humillación.

Y ese capullo había cogido el trabajo de mi dama y lo había recortado hasta hacerlo más cómodo y digerible. ¿Quién coño se creía para hacer algo así?

—¿Tú le pediste que hiciera eso? —indagué.

—¡No! Ni siquiera soporto que sea mi compañero —exclamó, irritada—. Y encima ha reservado una sala para mañana. Dice que será mejor revisarlo todo sin interrupciones.

Me hirvió la sangre.

—¿A solas?

—Sí.

No me gustó. Aquello me olía a otra cosa. Parecía alguien moviendo piezas con intenciones que iban más allá de un simple proyecto universitario. Y yo no iba a dejar que nadie usara a mi dama.

—Ni de coña —espeté—. Ese tío quiere demostrarte que él es quien manda y tú tienes que acatar mientras destroza tu propio trabajo.

Mel me miró, sorprendida.

—No sabía que fueras tan bueno leyendo gilipollas académicos.

—No leo académicos. Pero se me da muy bien reconocer gilipollas.

—Sabía que no le bastaría con cambiar de grupo…

Vale, estaba empezando a tensarme de verdad.

Me giré hasta quedar frente a ella. No quería que mi rabia llenara la habitación antes de que Mel pudiera decidir qué hacer con la suya. Pero la situación, de pronto, había cobrado un nuevo matiz.

—¿Qué quieres decir?

La vi dudar. Eso era mala señal.

—Pues que Peter es… persistente. Intentó acercarse… demasiado. En una fiesta.

Su voz se hizo más pequeña. Y lo odié. Odié al puto Peter antes de saber los detalles. Y odié muchísimo más lo que mis instintos ya intuían.

—Define «demasiado».

—Bueno, ah… Me arrinconó un poco. Yo me negué, pero él insistió. No fue nada grave. De verdad. Solo incómodo.

Me quedé muy quieto. Tan quieto que seguramente parecía una puta piedra. Pero por dentro… Joder, por dentro la rabia me golpeó tan fuerte que durante un segundo me dejó ciego.

Peter. Una fiesta. Melani arrinconada. Ella diciendo que no. Él insistiendo. Y ahora ese mismo hijo de puta se inmiscuía en su proyecto y encima la quería a solas en una sala cerrada.

—Incómoda va a ser la paliza que le voy a dar a ese hijo de puta como se le ocurra respirar en el mismo perímetro que tú —gruñí.

—Pues está difícil evitarlo —resopló ella—. Vamos a la misma optativa y la mitad de la nota final de mi proyecto depende de él.

—Dame cinco minutos y una nevera industrial.

Y lo decía en serio. Iba a matar a ese tío con mis putas manos.

—Eso sería un escándalo.

—Depende de dónde esté la nevera.

Mel me miró con una mezcla de horror y diversión.

Bien. Eso era bueno. Me devolvió un poco de aire. No porque se me hubieran pasado las ganas de meter el cadáver de Peter en una cámara frigorífica, sino porque Melani volvía a parecerse un poco a sí misma.

De pronto, cogió aire y agitó los brazos para destensarse.

—Voy a contestarle. Por escrito —anunció un poco más renovada y combativa.

—Mejor. Así queda constancia.

—Y no voy a ir a esa sala.

—Por supuesto que no ibas a ir —protesté de inmediato.

—¿Ves? Soy capaz de gestionar mis propios problemas —dijo, orgullosa.

—Nunca lo he puesto en duda.

—Pero quieres meterlo en una nevera.

—Eso es gestión paralela. —Señalé el teclado—. Escribe. Yo te dicto.

—Mejor no.

Me incliné un poco hacia ella. Solo para mirar la pantalla, sin leer.

Quería estar cerca mientras escribía, para apoyarla y asegurarme de que las manos ya no le temblaban.

Aunque, también lo hice porque olía demasiado bien.

A vainilla suave. A ese toque de limón. A esa nota cálida que me desordenaba el juicio y me hacía olvidar cosas básicas como puertas abiertas, horario laboral y Maggie pululando por los pasillos.

Antes de recordar que estábamos en una secretaría, terminé con la nariz en la curva de su cuello, respirando contra su piel. Mel dejó de escribir.

—¿Qué haces? —preguntó muy bajito.

—Supervisar.

—¿Tan cerca?

—Hueles muy bien. ¿Qué quieres que haga?

Intentó mantenerse firme. Pero se estremeció. Esa reacción tan pequeña e involuntaria me encendió la piel.

—Estoy intentando redactar una respuesta seria y no me estás ayudando.

—Lo sé. —Me acerqué un milímetro más.

—¿Y no piensas corregirlo?

—Estoy valorándolo.

—¿Mientras tienes tu boca en mi cuello?

Sonreí contra su piel y rocé con los labios el punto exacto donde le latía el pulso.

—Me gusta demasiado estar aquí —jadeé.

—No puedes convertir un correo en algo indecente.

—Dame un rato contra esas estanterías. Verás como sí que puedo.

—Oh, por Dios.

Se le escapó una carcajada e inclinó la cabeza hacia atrás para darme acceso. Lo aproveché para besar su cuello. Mel soltó un gemido pequeño, y yo cerré los ojos un instante porque aquel sonido me volvió loco.

Seguía queriendo hacerle cosas horribles a Peter Olsen. Pero Melani ya respiraba de otra manera. Y si de paso acababa sonriendo por mis besos, tampoco iba a pedir perdón por ello.