My safety net (Love Obviously 1) 50
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—No sé cómo contar esto sin parecer un cabrón.

—Empieza siendo sincero, y ya veremos lo de cabrón —respondió Kenny.

Nos habíamos sentado en una de las mesas del jardín, alejados del bullicio. Desde allí, el revuelo de los críos alrededor de Köhler llegaba amortiguados.

Kenny estaba frente a mí, con esa calma de quien ya había leído el noventa por ciento de la situación y solo esperaba a que yo reuniera valor para escupir el diez restante.

Me pasé una mano por la cara. Me sentía agotado y no solo por no haber dormido. Estaba agotado de contener algo que ya no me cabía en el pecho.

—¿Cuánto sabes? —pregunté.

—Habla de una vez, Connor.

Respiré hondo.

—Todo empezó con Tinder. Bueno, no así. Aunque… un poco sí, pero no exactamente. Ah…

Me froté la cara otra vez. Kenny no dijo nada.

—Ella estaba intentando demostrarse algo. Me habló del hijo de puta de su ex y de ese plan absurdo.

—La terapia de los diez cuerpos —dijo el capitán.

—Exacto.

—Melani West jamás hace una estupidez sin ponerle nombre de proyecto.

Solté una risa breve, pero se me apagó enseguida.

—Me pareció una puta locura, Kenny. Porque, bajo todas esas sonrisas, estaba asustada. Era una guerra contra sí misma. Y no supe cómo hacerla cambiar de opinión. Por aquel entonces ni siquiera me atrevía a decirle dos frases seguidas. ¿Quién coño era yo para meterme en sus asuntos?

—Pero te metiste, ¿cierto?

Agaché la cabeza y empecé a estrujarme los dedos. Hacía años que no me sentía tan indefenso.

—Le dije que si quería explorar, podía hacerlo conmigo. Que yo no la juzgaría, que cuidaría de ella. Pensé que podía ser su lugar seguro. —Miré hacia el jardín, hacia donde ella estaba—. Cuando nos metimos en esto, yo… yo creí que podía apoyarla sin dejarme el corazón en el proceso.

—Y te equivocaste.

—Muchísimo —resoplé—. Creo que ella se está asustando. Y no sé si soy yo, si hice algo malo, si la estoy presionando sin querer, si debería apartarme o acercarme más… No sé nada.

Kenny me miró con una mezcla extraña de ternura, irritación y un «por fin, idiota» que me dejó sin defensas.

—No has contemplado lo más importante.

—El qué.

—Que estás enamorado hasta las trancas y que ya lo estabas ese día, cuando te ofreciste a ser su lugar seguro.

Bajé la mirada. La frase me cayó encima con una certeza brutal. No podía discutirla. Y tampoco quería.

—Te dije que no sabía cómo contar esto sin parecer un cabrón.

—Podemos concluir que no hay nada de ti que me haga pensar que eres un cabrón.

Tragué saliva. Aquello, viniendo de Kenny, pesaba más de lo que podía admitir.

—No sé qué le pasa —dije bajito—. Y no quiero cagarla intentando averiguarlo.

—¿Qué ha sucedido para que pienses así?

—Anoche me besó como si quisiera quedarse. Luego me miró como si acabara de hacer algo imperdonable y se fue. Creo que quería decirme algo. Me estoy volviendo loco pensando qué le pasó por la cabeza…

—La Melani que yo acabo de ver no parece arrepentida.

—Hay algo más.

Cerré los ojos un instante y cogí aire. Aún podía verla bailando, soltando aquellas verdades como si no fueran a destrozar a cualquiera que la quisiera.

—La cita fue un sueño… Mandamos al carajo al restaurante del Barnaby ese. Cenamos en una pizzería preciosa y terminamos en un club. Me contó cosas horribles mientras bailábamos, Kenny. Lo dijo riéndose como si fuera una anécdota absurda. Habló del colegio, de los moratones, de la bulimia. De ti.

Kenny se quedó muy quieto.

—¿De mí?

—Dijo que casi reventaste una puerta.

—Puede que la puerta exagerara.

La broma intentó asomar, pero se quedó flotando entre los dos. En el fondo, supe que Kenny solo había recurrido a ella para contener el peso de sus recuerdos.

—¿Tan malo fue?

Desvió la vista hacia el jardín. Parecía que miraba a los críos, pero, en realidad, sus ojos estaban muy lejos de eso.

—Peor —admitió al fin—. Porque la vi llorar y nadie hacía nada.

Apreté los puños sobre la mesa.

Lo dijo como si todavía la estuviera viendo.

Como si una parte de Kenny Langford, el capitán, el héroe de todos esos niños, el cabrón brillante que iluminaba cualquier habitación, siguiera siendo un joven delante de una puerta cerrada, oyendo llorar a su prima y entendiendo que nadie iba a salvarla.

—¿Nadie? —indagué.

Kenny soltó una risa sin humor.

—Bienvenido a una de las grandes preguntas de mi vida.

No supe qué contestar. Porque la rabia era fácil, me salía sola. Pero lo difícil era mirar a Kenny y entender que él también se había quedado atrapado allí. En ese momento exacto en que tuvo que hacer ruido porque nadie más iba a hacerlo.

Y entonces sentí una gratitud feroz hacia él. Por haberla visto y haber sido el escándalo cuando todos los demás eligieron la educación. Por no haber dejado que Melani llorara sola.

Ese hombre nunca se cansaba de ponerse en la trayectoria del golpe, aunque el golpe no fuera para él.

Estaba hecho de una lealtad casi insoportable y ni siquiera lo hacía para parecer decente.

Es que no sabía ser de otra manera. Lo entendí la misma noche en que nos sacó de Andover, a todos mis Furin y a mí.

—Necesito saber qué significa ahora —dije.

Kenny volvió a mirarme.

—Significa que cuando tú la miras como si fuera la mujer más preciosa de una habitación, ella quiere creerte. Pero una parte busca el error.

—¿Qué error?

—El de siempre. Que no la has visto bien. Que se te pasará. Que tarde o temprano recordarás que podrías querer a alguien mejor, más delgada, más segura, menos complicada.

Se me revolvió algo por dentro. La idea era tan absurda y cruel que me dieron ganas de gritar.

—Eso es imposible.

—Yo lo sé. Pero ella no. Y si ayer te miró como dices, quizá fue porque, por primera vez, se permitió elegir algo que de verdad quería.

Algo empezó a encajar, aunque todavía no supiera qué forma tenía. Quizá aquel beso no había sido una despedida. Quizá tampoco había sido una respuesta. Quizá había sido Mel tocando algo demasiado real y asustándose antes de poder nombrarlo.

—¿Y qué puedo hacer? ¿Voy hasta ella y le digo que la amo? Bien mirado, si me dice que no siente lo mismo, al menos podré ser su amigo de verdad.

Kenny me miró como si hubiera dicho la mayor estupidez del hemisferio norte.

—Qué mentira más grande. ¿Cómo coño esperas ser «su amigo de verdad» si sigues loco por ella? Eso te convertiría en un mártir con buenos abdominales y una pésima estrategia.

—No necesito que metas a mis abdominales en esto.

—Yo tampoco necesitaba saber tanto de tu vida sexual con mi prima y aquí estamos.

Resoplé, medio avergonzado, medio agradecido de que siguiera usando el humor para que no me hundiera en la mierda.

—Entonces, ¿qué hago? ¿Me declaro o no?

—Para empezar, deja de intentar adivinar el final antes de hablar con ella, capullo.

—Me estás insultando mientras te pido ayuda.

—Sí. Porque pedir ayuda no te exime de decir gilipolleces. Escucha: dile lo que sientes, pero no le exijas una respuesta y, sobre todo, no le hables como si fueras a un fusilamiento. Y luego quédate. No dejes que huya. Porque huirá.

Decirlo. Quedarme. No convertir la confesión en una sentencia. No ponerle delante una bomba y apartarme después para protegerla de mí mismo. No era ni remotamente fácil, joder.

—¿Me quedo aunque se asuste?

—Sobre todo si se asusta.

—¿Crees que tengo alguna oportunidad?

—Sí. No porque me haga ilusión. Créeme, todavía quiero matarte por haber tocado a mi pichoncito. Pero ese no es el punto —bromeó—. La realidad es que Mel no confiaría en cualquiera. Mucho menos lo dejaría entrar. Y ahora deja de mirarme como si necesitases mi permiso para quererla.

Aquella frase me desmontó. Porque, en parte, sí lo necesitaba. No buscaba permiso para amar a Mel, eso ya llegaba tarde. Pero sí necesitaba no sentirme un intruso en la vida de una mujer tan importante para el hombre que nos había salvado a mis hermanos y a mí.

—¿Te parezco suficiente para ella? —pregunté sin apenas voz.

Kenny me clavó una mirada profunda.

—Connor, si no te quisiera cerca de ella, no estaríamos teniendo esta conversación. Tú eres mi familia. Así que, si Mel te elige, dormiré tranquilo. Eso es lo que pienso de ti. ¿Te basta?

La respuesta me llenó de una forma casi dolorosa. Acababa de colocarme algo en las manos que no sabía que llevaba años necesitando.

—Me sobra.

—Ven aquí, idiota.

Kenny tiró de mí y me abrazó.

Tardé medio segundo en responder, pero luego me agarré a él con una torpeza desesperada. Era un abrazo de familia. Mi familia.

Más tarde, cuando el evento del jardín empezó a desinflarse y la residencia dejó de sonar como si una pequeña nación infantil hubiera decidido invadir Londres, me refugié en la secretaría para ordenar unos documentos.

«Refugiarme» quizá era una palabra generosa.

Técnicamente, estaba trabajando. Espiritualmente, estaba escondiéndome intentando parecer una mujer adulta y funcional.

Más o menos.

Kenny apareció un rato después. Venía con esa energía suya de hombre que había pasado horas siendo adorado y, aun así, parecía recién salido de una campaña de perfume caro. Pero yo lo conocía demasiado bien y sabía que, bajo esa sonrisa, me estaba escaneando.

—Hermann amenaza con regresar a Stuttgart andando si intento añadir «solo una actividad más» —dijo.

—Normal, lo estás explotando.

—No es mi culpa que el cabronazo se haga querer con esa cara de general que tiene. Los niños lo adoran.

—En eso estamos de acuerdo.

Se adentró en la secretaría y se apoyó en el borde de la mesa, cruzándose de brazos. Yo seguí fingiendo que ordenaba documentos, ignorando que él me seguía con la mirada.

—¿Y tú, te escondes o trabajas? —indagó.

—Ordeno documentos.

—Mi niña eficiente. Siempre multitarea.

Levanté la vista con una mezcla de advertencia y cansancio.

—¿Has venido a despedirte o a analizarme?

—Soy un hombre con mucho talento. Puedo hacer las dos cosas.

Intenté sonreír, pero no me salió del todo. Kenny lo notó, claro. Él siempre lo notaba.

Se acercó a mí sin prisa y atrapó mi rostro entre sus manos.

Aquel gesto me devolvió de golpe a demasiadas versiones de mí misma.

La niña de doce años a la que él sacó de un sitio horrible.

La adolescente rota que no sabía pedir ayuda.

La universitaria que intentaba parecer sensata.

La mujer que acababa de enamorarse de Connor Bradley y tenía un miedo atroz de perderlo.

—¿Estás bien? —preguntó bajito.

—Sí.

—Mientes con una facilidad muy irritante.

Solté una risa pequeña, casi como una rendición.

—No sé qué estoy haciendo, Kenny.

Fue suficiente. Con esas pocas palabras, mi primo entendió el núcleo del problema. Y me miró con una ternura feroz. El mundo podía atreverse a tocarme, sí, pero primero tendría que pasar por encima de él.

—Ahora mismo estás intentando convertir algo precioso en un problema que no existe solo porque estás asustada.

Agaché la cabeza.

—No estoy huyendo. De verdad que no.

—No he dicho que lo estés haciendo, pero quizá sí estás buscando una salida antes de comprobar si de verdad hay fuego.

—¿No lo hay? —La pregunta me salió mucho más vulnerable de lo que había planeado.

Kenny me acarició los pómulos con los pulgares.

—Yo no lo veo.

Tragué saliva. No me bastó para dejar de tener miedo, pero sí para sentir que el aire encontraba un pequeño hueco en mis pulmones.

—Si me arriesgo…, podría perderlo.

—O ganarlo todo.

—Kenny…

—No tienes que ir a por toda la historia de golpe, Mel. Solo permitirte el siguiente paso.

—¿Y cuál es?

—No castigarte por querer darlo.

Quizá amar a Connor no era una irresponsabilidad ni sinónimo de contaminarlo.

Quizá podía dar ese «paso» como regalo a la chica que todos trataron de hundir.

Si él no me quería de la misma manera, dolería.

Pero eso no cambiaría el hecho de que era el hombre más maravilloso que había conocido. Y mi gran amigo.

Kenny me besó en la mejilla con lentitud, luego se apartó y recuperó su sonrisa canalla.

—Me voy. Noah lleva unos vaqueros que están pidiendo a gritos que se los arranque a mordiscos. Hace más de dos horas que estoy luchando contra una erección.

Parpadeé, horrorizada.

—No era necesaria tanta información.

—Ya sabes que soy muy dado a compartir. Te quiero.

—Yo más.

—No despiertes a la bestia competitiva que llevo dentro, cariño.

Me eché a reír, esta vez de verdad.