My safety net (Love Obviously 1) 49
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No había pegado ojo. Me pasé la noche dando vueltas, reconstruyendo cada momento con Mel. Nocturne. La huida. Luna Rossa. El club. Su apartamento. La mañana en su cocina. El coche. La tarde de cine. Su mano soltándose de la mía. La terraza. El beso.

Sobre todo, el beso.

Seguía sin entender qué coño había pasado. O quizá se había dado cuenta de que yo estaba enamorado hasta la médula y no sabía cómo mandarme a la mierda sin dejarme hecho polvo.

Había huido justo cuando, por primera vez, algo entre nosotros parecía posible.

Mierda, nos entendíamos. Nos hacíamos reír. Nos respetábamos. En la cama éramos un puto incendio. Fuera de ella también. Y aun así yo seguía allí, sin saber qué hacer para no perderla.

Para colmo, la residencia estaba en plena revolución.

Kenny Langford había organizado un evento para los críos de la asociación y del programa de ayudas del barrio.

Tenía a Maggie repartiendo órdenes como un general, a Bishop vigilando la producción con cara de no confiar en ningún ser humano vivo y a los pequeños histéricos perdidos.

Mientras tanto, yo llevaba desde las seis de la mañana moviendo bandejas y haciendo sándwiches, tratando de no meter mostaza donde no tocaba. Una tarea compleja, teniendo en cuenta que mi cerebro seguía atrapado en la boca de Mel.

Dejé las últimas bandejas en una mesa del jardín y regresé al interior. Me pesaba el cuerpo. Apenas eran las once de la mañana y ya sentía que el día estaba durando demasiado.

No había nadie en el pasillo cuando la encontré. O quizá fue ella quien me encontró a mí. Lo único que supe fue que mi corazón dio un salto triple mortal al verla. Creo que me olvidé hasta de respirar.

—Señorita West.

—Señor Bradley.

Se la veía nerviosa, tímida, y no dejaba de morderse el labio.

—Tiene usted aspecto de haber sido secuestrado por una asociación de madres histéricas.

—Maggie vale por cien madres. Imagina si le añades otras cien —bromeé.

—Mis condolencias.

—Gracias. Si muero bajo una montaña de sándwiches, dile a Bishop que la mostaza estaba mal repartida.

Mel soltó una risa pequeña, pero no fue suficiente. Quise otra. Una entera. Quise acercarme, besarla contra la pared y preguntarle por qué anoche me había mirado como si estuviera despidiéndose.

—He ido a la cocina —dijo, encogiéndose.

No había estado allí porque Maggie me había secuestrado. Pero la idea de que Mel me hubiera buscado me produjo una felicidad idiota y una angustia igual de estúpida.

—Echaba de menos el té —añadió.

—¿Solo el té?

Se ruborizó al instante.

—No hagas eso.

—¿El qué?

Di un paso hacia ella.

—Sonar como si supieras exactamente qué estoy evitando decir.

—No lo sé —confesé—. Ese es el problema.

Su sonrisa se apagó un poco. Ahí estaba otra vez, la tensión de la terraza. Tenía a esa preciosa mujer delante, al alcance de mis manos, pero no sabía cómo tocarla sin asustarla.

—Lo siento —murmuró.

—No te disculpes, cereza. Solo… no te escondas sin decirme antes dónde puedo encontrarte.

La frase me salió más honesta de lo que pretendía.

«No me dejes intentando adivinar qué he hecho mal. No huyas de mí si todavía puedo aprender a cuidarte mejor. Déjame estar a tu lado, mi amor, aunque solo sea como un amigo».

—¿Te veo luego? —pregunté.

—Vale.

—Ese «vale» no ha sonado muy convincente.

—Sí, sí. Rotundamente sí. ¿Más convincente?

Nos reímos. La tensión se aflojó un poquito, justo antes de que Kenny apareciera en el pasillo con Hermann Köhler.

Langford se acercaba como si trajera su propia banda sonora. Energía alta, sonrisa de capitán, seguridad escandalosa. A su lado, Köhler parecía todo lo contrario. Calma seca. Precisión. Una de esas personas que no necesitaban ocupar espacio para que todo el mundo notara su presencia.

Ese tío no era solo un jugador del Tottenham, sino el tipo que no corría de más porque siempre sabía qué hacer. El mediocentro más cotizado de la Premier, que ordenaba un partido sin levantar la voz.

Kenny era espectáculo. Köhler, estructura. Y, muy a mi pesar, lo admiraba muchísimo.

—¡Chicos! Traigo refuerzos internacionales —anunció Kenny.

Hermann miró hacia el jardín con escepticismo.

—Langford, me dijiste que solo iba a firmar camisetas.

—Y vas a firmarlas.

—Hay conos.

Mel y yo nos tragamos una sonrisa.

—Siempre hay conos —dijo Kenny, dándole un manotazo en el pecho—. Nadie dijo que sería fácil.

—Nuestra amistad empeora por minutos. Hola, Melani.

Hermann la abrazó con naturalidad. Intenté no fijarme demasiado en eso, pero no lo conseguí.

—Hola, Hermann —sonrió ella—. Bienvenido al caos.

—Gracias. Cuando tu primo me dijo «evento familiar tranquilo» debería haber sospechado.

—Lo tranquilo es un concepto flexible en esta casa.

—Sobre todo porque hay conos.

Esta vez no pude contener la risa.

—Le dan un toque encantador al campo de fútbol —dijo Kenny.

—Tú llamas encantador a cualquier cosa que aumente el riesgo de demandas —replicó Mel.

Observé el intercambio. Hermann tenía una presencia limpia, insultantemente controlada. No competía con Kenny. Justo por eso funcionaba a su lado. El cabrón encima era atractivo. Fantástico.

Langford se volvió hacia mí con una sonrisa demasiado satisfecha.

—Connor, te presento a Hermann Köhler, el tipo que tiene la irritante costumbre de estar siempre donde debe.

—Tú deberías probarlo alguna vez —dijo Hermann.

—Eso es aburridísimo.

—Sé quién es —recalqué.

—Lo ha dicho como si le doliera ser del Arsenal —se burló Mel.

—Me duele por otros motivos.

Le di un codazo suave. Ella sonrió, y yo me agarré a eso como un imbécil.

—Admirar a un jugador del Tottenham es un proceso duro —bromeó su primo—. Estoy aquí para acompañarte.

—Prefiero sufrir solo.

Hermann me tendió la mano.

—Entonces gracias. Aprecio los elogios cuando cruzan territorio enemigo.

Le estreché la mano. No apretó de más ni hizo una demostración absurda de fuerza. Hasta para saludar parecía no desperdiciar energía.

—Langford habla muy bien de ti —desveló.

—Eso sí que me preocupa. Teniendo en cuenta que hace dos días me amenazó con convertirme en pasto para los cuervos del cementerio de Highgate.

—Minucias —dijo Kenny—. Tú sabes que te quiero.

Mel se puso roja hasta el pelo.

—Bueno, Hermann —intervino, rápida—, si quieres sobrevivir al ataque inicial, te conviene entrar por el lateral del jardín.

El alemán frunció el ceño.

—¿Ataque inicial?

Mel señaló fuera.

—Sam ya te ha visto.

—¿Debo preocuparme?

—Depende. ¿Tienes apego a tu espacio personal?

—Bastante.

—Entonces preocúpate mucho.

Kenny miró hacia el jardín.

—Ah, precioso. Ya corre.

—¿Hacia mí?

—Yo lo llamo amor comunitario.

—Langford —resopló Hermann.

—Tranquilo, se me da genial negociar con menores exaltados —dijo Mel, cogiéndolo del brazo.

Los vi marcharse. Vi a Sam lanzándose hacia Hermann como un misil. A Mel moverse entre el caos de críos con esa naturalidad suya que ordenaba el mundo, sin darse cuenta de que el mundo se ordenaba alrededor de ella.

No era el momento. Eso lo sabía bien. Pero necesitaba hablar con alguien.

No, en realidad necesitaba hablar con el único hombre en quien Melani confiaba ciegamente.

Miré a Kenny. Él torció el gesto. Supe que se había quedado porque sabía que yo tenía algo que decir. Siempre detectaba esas cosas. Era lo que más me irritaba y tranquilizaba de él.

—Bradley, ¿tengo que matarte?

—Lo dejo a tu criterio.

—Tendré piedad.

Bajé la vista.

—¿Podemos hablar?

—Ah, las palabras mágicas. Vamos, anda.