My safety net (Love Obviously 1) 48
74%

48

Conduje hasta Muswell Hill con el pecho tan apretado que me costaba respirar.

La casa de Breena y Susan estaba allí como siempre: con su ladrillo rojo, sus macetas de romero y una calidez que prometía que, pasara lo que pasara fuera, dentro siempre habría alguien dispuesto a no soltarme, aunque llegara hecha pedazos.

Llevaba años asociando ese lugar con la salvación. La primera vez que crucé el umbral de esa casa tenía doce años. Iba de la mano de Kenny y no sabía cómo pedir ayuda. En realidad, ni siquiera entendía que la necesitaba.

En el colegio me estaban destrozando. Y en casa, el maltrato era un guante de seda que perpetuaba la crueldad bajo la etiqueta de «educación». Susan y aquella casa fueron mi refugio, el lugar donde aprendí que podía ser una niña sin tener que ganarme el derecho a existir cada cinco minutos.

Llamé dos veces. Fue Susan quien me abrió la puerta con una espátula en la mano y ese aire tan británico y cálido que tenía. Le bastó con un rápido vistazo.

—Oh, esa cara no corresponde a una visita social —sentenció.

Me encogí un poco.

—Técnicamente, es una visita social muy deteriorada.

—Entra, cariño.

Eso hice, sintiendo que llegaba a un puerto seguro. Al fondo, la cocina, que era el verdadero corazón de la casa, bullía con su habitual desorden amable. Me encaminé hacia allí.

—Si eres el repartidor, que sepas que mi madre ha vuelto a intentar hacer comida saludable y necesitamos intervención externa —le oí decir a Breena.

Estaba sentada en una silla, junto a la mesa, pintándose las uñas de los pies con una concentración obscenamente tranquila.

—No soy el repartidor.

Me miró un instante.

—Vale, vienes con cara de haber descubierto que el amor romántico no es una metáfora conveniente.

—Tienes el alma como ese esmalte negro —protestó su madre.

—Es gris carbón.

Forcé una sonrisa.

—Abrigo fuera, Melani —me ordenó Susan—. Y siéntate.

—Si me siento, voy a llorar.

—Entonces llorarás sentada. No sería la primera vez que esta cocina sobrevive a una catástrofe emocional.

Obedecí. Susan me sirvió un té sin convertirlo en una ceremonia terapéutica, mientras Breena seguía a lo suyo, pendiente de todo sin decir nada. Me estaban dejando decidir cuándo empezar a sangrar.

—No sé qué hacer —confesé.

Breena levantó la vista.

—¿Connor?

Cerré los ojos, derrotada.

—Creo que estoy enamorada de él.

Mi mejor amiga me dedicó una mueca de pura ternura y Susan no se sorprendió en absoluto. Eso me dolió más.

—En realidad, no es que lo crea. Más bien, lo estoy. Demasiado. Y no quiero que suene dramático. Pero… no sé qué hacer con esto. De verdad que no lo sé.

—¿Por qué tendrías que resolverlo? —preguntó Breena.

Me quedé helada. Para mí, «sentir» siempre había sido sinónimo de gestionar, esconder o asumir una humillación. Resolverlo no solo era la costumbre, sino la única forma que conocía de protegerme.

—No es solo que me guste. O que me atraiga. O que haya sido una noche absolutamente preciosa. Es que estoy enamorada. Y sé que suena ridículo, porque todo ha sido maravilloso. Él es increíble… y eso lo empeora.

—¿Por qué? —insistió Susan.

Me encogí de hombros. Maldita sea, ni siquiera me atrevía a mirarlas de frente.

—Si al menos hubiera sido un poco cretino, tendría una excusa. Pero no puedo decir «me ha hecho daño». Ese es el problema, Susan. No ha hecho nada… mal.

Susan me observó con esa pausa que tanto me ayudó de adolescente, dejando que me escuchara a mí misma. Que me diera de bruces con la realidad de todo mi desastre, sin vestirlo con palabras bonitas.

—Y ahora sientes que has cruzado una línea que quizá él no ha cruzado contigo —concluyó.

—Lo que me asusta es que, aunque él no la haya cruzado, yo ya no sé volver atrás. Y no quiero perderlo. Es mi amigo. Mi gran amigo.

Me froté los ojos. No quería llorar.

«Llora, Melani. Al menos, eso siempre te ha salido bien».

—Anoche me miró como si… —cerré los ojos—… como si yo fuera la mujer más perfecta del mundo. Y le creí.

—Eso no parece algo malo.

—No lo fue. Ahí está el error. Me sentí tan hermosa, tan deseada y segura. Y esta tarde, mientras veíamos Orgullo y prejuicio , me cogió de la mano. Solo eso. En la oscuridad, como si fuera la cosa más normal del mundo.

Tragué saliva y negué con la cabeza.

—Dios, soy tan estúpida. Connor no me prometió amor y yo lo he contaminado todo. ¿Qué hago con esto? ¿Se lo pongo encima? ¿Le digo: «gracias por cuidarme. Por cierto, ahora cargo con un amor enorme y completamente inoportuno hacia ti, amigo mío»?

—Melani —me llamó Breena.

—No, es verdad. Él solo ha sido bueno conmigo. Es un chico tan noble y leal, tú lo sabes, Breena. Y yo me he montado una película porque, por un maldito momento, me he creído suficiente… He pensado que sí soy lo bastante buena para aspirar a alguien como él.

La mirada de Susan se endureció.

—Eso sí que no lo voy a permitir.

—¿Qué?

—Durante mucho tiempo creíste que el cariño era algo que había que ganarse portándose bien, ocupando poco espacio y no dando problemas. Lo trabajamos, Melani. Muchas veces. Y ahora estás haciendo exactamente lo mismo, solo que con un chico en lugar de con tu familia.

—No es lo mismo —gimoteé.

—No. Connor no es lo mismo. Pero la voz que usas contra ti sí lo es.

Breena dejó el esmalte sobre la mesa. La cocina pareció quedarse suspendida. Aquella frase me dio donde más dolía, porque era la verdad. No estaba hablando de Connor, sino de mi miedo más antiguo. De la niña que aprendió que ser querida requería no molestar y no necesitar demasiado.

—Has llamado contaminación a amar a alguien que te ha hecho sentir segura, deseada y viva. Eso no es amor estropeando una amistad. Es miedo intentando convencerte de que te retires antes de que él pueda elegirte.

Negué con la cabeza.

—Es unilateral.

—Eso no lo sabes. La diferencia importa. Estás tomando decisiones como si ya te hubieran rechazado. Sin darte cuenta, le estás quitando a él la oportunidad de decidir.

—¿Y si no me elige?

—Entonces dolerá. —Susan no suavizó la respuesta.

Esa era la razón por la que confiaba en ella—.

Claro que dolerá. Pero no será porque hayas sido ridícula, ni porque hayas aspirado demasiado alto, sino porque amar implica riesgo.

No conviertas la bondad de Connor en una trampa.

No le hagas eso a él ni te lo hagas a ti.

Ese chico te ha cuidado con una honestidad que no merece ser reducida a un acto de caridad mal interpretado.

Bajé la vista a la taza. Tenía las manos cerradas alrededor de la porcelana caliente, pero ya no la apretaba con la misma desesperación. No estaba bien. Ni siquiera cerca. Pero la certeza horrible con la que había llegado hasta allí acababa de agrietarse un poco.

Entonces, el horno pitó. Breena señaló hacia él con el bote de esmalte.

—Bien. Primera fase: crisis sentimental, completada. Segunda fase: carbohidratos. Tercera fase: ver a gente muy bronceada tomar decisiones espantosas junto a una piscina.

Me reí entre lágrimas.

—¿Vas a obligarme a ver Love Island ?

—Sí. Se llama perspectiva. Después de diez minutos juzgando a desconocidos en bañador, tu colapso de amor por Connor te parecerá un ejemplo de estabilidad emocional renacentista.

Le di un empujón, agradecida por la salida.

—Breena, cariño, es alarmante la frecuencia con la que dices barbaridades útiles —añadió Susan con una sonrisa de complicidad.