My safety net (Love Obviously 1) 47
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—¿En serio? —sonrió Connor desde el asiento del copiloto.

Mantuve la vista fija en la carretera con una dignidad admirable, teniendo en cuenta que Positions de Ariana Grande sonaba por los altavoces y que una de las manos de Connor descansaba sobre mi muslo con una inocencia absolutamente falsa.

—¿Qué? ¡Me gusta! —exclamé—. Y no me mires así. Tiene música chulísima y ella es una monada.

Connor bajó la vista hacia el reproductor y luego regresó a mí, con esa expresión de burla suave que me provocaba ganas simultáneas de besarlo y empujarlo del coche en marcha. A baja velocidad, por consideración.

—Es un bicho palo.

—¡Por el amor de Dios! Es pura sensualidad tierna. Y tiene una de las mejores voces del panorama actual.

—Si no lo niego. Pero parece una salamanquesa de esas pequeñitas que se te mete en las pelotas cuando intentas dormir una siesta.

Solté una carcajada indignada y apreté el volante.

Y entonces Connor movió el pulgar. Lento, distraído, con toda la intención.

Ariana Grande era mi barrera emocional cuando mi familia o mis inseguridades corporales me dejaban hecha polvo.

Pero aquella crisis era distinta. Tenía nombre propio y estaba sentado justo a mi lado, tocándome como si fuera normal y mirándome con una intensidad muy peligrosa.

Y yo no sabía cuánto más iba a aguantar sin gritarle que lo quería en algún idioma muerto.

—Me da igual lo que digas —sentencié—. Me gusta esta canción.

—Cereza, esta señora está cantando sobre multitarea romántica.

—¡Es una metáfora de entrega afectiva súper bonita!

—Claro. Y yo soy el arzobispo de Canterbury. Pero, vamos, que si quieres practicar la parte culinaria con esas bragas de encaje que he visto en tu baño, apoyo la moción.

Al llegar al semáforo, pisé el freno con más brusquedad de la necesaria y giré la cabeza hacia él, roja hasta las orejas.

—¿Has hurgado en mi ropa interior?

—No en toda. Dame tiempo.

—Dios santo… No sé ni cómo te aguanto.

Connor sonrió con una tranquilidad insufrible. Y no retiró la mano.

—Estás usando a una mujer diminuta con coleta como barrera emocional.

—Deja de meterme mano mientras conduzco.

No hice el menor ademán de apartársela. Naturalmente. Y él, que se dio cuenta de mi debilidad, subió un poco más los dedos, hasta rozar el borde de mis bragas y se inclinó hacia mí.

—Te has puesto falda. Eso es tener muuuy mala leche. ¡Oh! Esta la conozco.

Los primeros acordes de Into You llenaron el coche. Sentí que mi «amiga» Ariana acababa de cometer una indiscreción intolerable.

—¿En serio?

—Es la única canción que me sé de nuestro bicho palo favorito.

Alcé las cejas, aferrándome a la ironía como un clavo ardiendo.

—¿Ahora es «nuestro»?

—Podría cantártela mientras te echo un polvo. Creo que llegaría a los agudos cuando me corra.

Se me escapó una carcajada.

—No queremos que los vecinos me claven una denuncia por escándalo público, idiota.

—Y yo no voy a dejar que nadie le «clave» nada a mi dama. Excepto…

Lo señalé con un dedo.

—Ni se te ocurra terminar esa frase.

—Me has cortado en lo mejor.

Dios, a ese ritmo acabaría en las páginas de sucesos: «Melani West, veintiún años, fallecida por sobredosis de amor no correspondido mientras fingía controlar la situación».

Qué vergüenza.

Las luces de la sala estaban apagadas y la enorme pantalla panorámica reproducía los primeros fotogramas de Orgullo y prejuicio .

La manipulación del tarro había sido exitosa. Eddie y yo habíamos amañado el sistema con una elegancia criminal. Incluso ejercí de mano inocente con una expresión tan inmaculada que casi merecía una beca para el crimen organizado.

Al principio, por supuesto, hubo revuelo.

Anthony fue el primero en protestar porque «no había explosiones ni tetas».

Jeremy preguntó, genuinamente preocupado, si al menos alguien se batía en duelo.

Y John murmuró desde una esquina que aquellas camisas parecían peligrosamente incómodas para el cuello.

El resto, con un instinto de supervivencia mucho más desarrollado, se limitó a coger sitio antes de que Maggie amenazara con cancelar las palomitas.

Pero ahora todos guardaban silencio.

O casi.

La sala principal estaba llena de cuerpos, repartidos entre sofás, pufs, alfombras, cojines y mantas. Había cuencos de palomitas, bolsas de patatas, vasos abandonados y ese desorden cálido que convertía la residencia en un hogar.

Y, contra todo pronóstico, los Furin habían sido embrujados.

Los observé de reojo, medio divertida y conmovida.

La resistencia masculina inicial se había ido resquebrajando escena a escena.

Incluso los más escépticos se inclinaban hacia delante cada vez que Darcy aparecía en pantalla, como si aquel hombre estirado con problemas de comunicación acabara de convertirse en un asunto de seguridad nacional.

El personaje de Lydia Bennet, en concreto, despertaba en Jeremy un rechazo visceral. Estaba estirado en la alfombra, apoyado sobre un codo y abrazando un cuenco de palomitas. Cada vez que ella aparecía en pantalla, su expresión se endurecía.

—Esa chica necesita un par de guantazos —masculló en algún momento.

Eddie, sentado muy cerca con una manta sobre las piernas, lo miró. Demasiado. No de una forma obvia para cualquiera, pero yo lo vi. Fingía ver la película, pero cada protesta de su mejor amigo le arrancaba una atención silenciosa.

Guardé ese dato en una caja fuerte dentro de mi cerebro para examinarlo más tarde. Ahora no podía.

Porque Connor estaba a mi lado.

Nos habíamos refugiado en el rincón más apartado de la sala, en un sofá pequeño para dos. No estábamos escondidos exactamente, pero la penumbra nos regalaba aislamiento suficiente como para que mi sistema nervioso interpretase la situación como una amenaza directa.

Intenté ver la película. Disfrutar de mi adorado Darcy caminando por Netherfield con tensión reprimida. Pero fue imposible.

Connor tenía el hombro apoyado contra el mío, las piernas estiradas y una concentración inesperada en la pantalla. De vez en cuando se inclinaba para hacerme algún comentario burlón. Y yo sonreía en la oscuridad como una idiota sin remedio.

Lo peor llegó cuando me cogió la mano. Lo hizo con una naturalidad devastadora, como si fuéramos novios. Y a continuación empezó a acariciarme el dorso con el pulgar.

Me quedé congelada. La película seguía, alguien protestó contra Wickham y Jeremy soltó otra barbaridad contra Lydia, pero yo solo podía sentir el pulgar de Connor moviéndose sobre mi piel.

Para él quizá era afecto o confianza. Quizá una forma natural de tocar a alguien con quien había compartido demasiado en muy poco tiempo.

Pero para mí…

Para mí cada gesto suyo era precioso y demasiado peligroso. Cada roce me enseñaba una vida que no tenía derecho a imaginar: Connor existiendo a mi lado con esa calma doméstica y tocándome en una sala llena de gente.

Y entonces lo entendí con una claridad horrible. Aquello iba a doler. No esa noche, quizá. Pero iba a doler. Porque él estaba viendo una película y yo estaba intentando sobrevivir a un amor unilateral muy hermoso y estúpido.

Necesitaba respirar.

Solté sus dedos con cuidado. Connor giró la cabeza hacia mí. Notó enseguida que algo no iba bien. Aquella preocupación silenciosa en sus pupilas verdes casi me deshizo.

Forcé una sonrisa pequeña, lo bastante creíble para no alarmarlo.

—Voy a tomar el aire.

Crucé la sala y salí a la terraza. El aire frío de la noche me golpeó la cara. Respiré hondo, pero no sirvió de nada. El oxígeno no me curaría.

El problema no era quererlo, sino que cada minuto a su lado me enseñaba, con una precisión cruel, cómo sería ser querida por él. Y me encantaba.

Vi a Melani escabullirse a la terraza.

La película siguió sonando de fondo, pero yo ya no escuchaba una mierda. Me quedé mirando mi mano. La misma que se había enredado con la suya.

Ni siquiera me di cuenta de que lo estaba haciendo hasta que ella se soltó.

No lo había pensado. No había calculado si era prudente, si estábamos en público o si aquel gesto cruzaba alguna línea prohibida entre los dos.

Mi cuerpo simplemente la buscó. Y quizá ese era el problema. Que había sido demasiado.

La culpa me mordió. Podía aguantar muchas cosas. Pero la idea de haber hecho que Melani se sintiera incómoda conmigo era insoportable.

Me levanté sin hacer ruido.

Crucé la sala, intentando pasar desapercibido. Eddie apartó la vista de la pantalla al verme pasar. Sus ojos brillaron en la oscuridad, demasiado atentos y listos. Por suerte, no hizo nada.

Salí a la terraza.

Mel estaba junto a la barandilla, envuelta en el frío de la noche londinense, medio girada hacia la ciudad. No parecía enfadada, eso habría sido más fácil. Pero sí estaba rara.

Me acerqué con cuidado.

—¿Estás bien?

Se tensó al oírme.

—Sí. Solo… necesitaba...

No terminó la frase. Y ni siquiera me miró.

Eso me preocupó más que cualquier respuesta. Melani siempre encontraba una salida elegante o ridícula para esconderse. Pero esta vez no hizo nada de eso. Parecía atrapada en algo que yo no podía ver.

—Perdóname. No era mi intención tocarte sin tu…

—Oh, no. No —me cortó casi alarmada. Como si la posibilidad de que yo pensara eso le doliera.

—Te he cogido la mano y luego te has ido.

—No ha sido por eso. De verdad.

Di un paso hacia ella. Solo uno.

—Entonces dime qué he hecho mal.

No entendí esa mirada. No me pareció rechazo. Eso lo noté enseguida. Tampoco detecté asco ni arrepentimiento. Era otra cosa. Y me dio miedo porque parecía a punto de huir.

De pronto, se lanzó a mí y estampó su boca contra la mía.

Me costó reaccionar. No porque no quisiera. Joder, claro que quería. Quería besarla a todas horas. Pero aquel beso no venía de una broma ni de un reto o de esa excitante tensión que había entre los dos.

Nacía de otro sitio.

Mel se enganchó a mi sudadera, se pegó a mí con urgencia y me abrió la boca con una necesidad desbordante.

Entonces reaccioné. La sujeté por la cintura, la atraje hacia mí y le devolví el beso. Intenté seguir su ritmo sin entenderlo del todo. Era un beso raro. Hambriento. Triste. Casi desesperado. Pero me daba igual. Si ella lo quería así, lo tendría.

Pero, tan pronto como empezó, terminó. Y me miró jadeante, con los ojos brillando de deseo y una ternura descomunal. Pero, sobre todo, de miedo. Un miedo que no supe dónde colocar.

—Lo siento —susurró.

—¿Por qué?

—No debería…

Dio un paso atrás.

—Melani…

Otro más.

—Tengo que irme…

Y se fue.