46
Desperté por el zumbido lejano de mi móvil.
Al principio no sabía dónde estaba ni qué hora era. Tenía la boca seca, la cabeza pesada y esa clase de resaca dulce que no provenía solo del alcohol, sino de haber dormido poco, bailado demasiado y pasado la noche entera acumulando emociones que mi cuerpo aún no sabía procesar.
Tardé unos segundos en entender dos cosas fundamentales. La primera: estaba en mi cama. La segunda: Connor Bradley era, indiscutiblemente, la mejor almohada del mundo.
Me encontraba acurrucada contra él, con la mejilla apoyada sobre su pecho, una pierna enredada con las suyas y su brazo rodeándome la cintura como si llevara años durmiendo así conmigo.
¡Parecíamos una pareja! De las de verdad. Y eso era nefasto para mi pobre corazón recién enamorado.
El móvil volvió a vibrar sobre la mesilla. Estiré un brazo casi a ciegas, palpé la madera hasta encontrarlo y descolgué antes de llevármelo a la oreja.
—¿Mel? —Reconocí a Eddie al otro lado de la línea.
—Mmm.
—Tu dicción es preocupante. ¿Te he despertado?
—No. He sufrido una desconexión temporal de la dignidad. ¿Qué hora es?
—Las tres y doce.
Abrí los ojos de golpe.
—¿De la tarde? —pregunté, genuinamente asombrada.
—Eso espero. Si fueran las tres y doce de la madrugada, mi plan sería mucho más inquietante.
Fruncí el ceño.
—¿Qué plan?
Connor seguía dormido, o eso creía yo. Su respiración chocaba lenta contra mi pelo. Intenté incorporarme para hablar mejor, pero me retuvo, atrayéndome más hacia él sin llegar a despertarse del todo. Ese gesto me disparó el corazón de una forma ridícula.
—Necesito tu ayuda para una intervención cultural —anunció Eddie.
—Si esto implica esconder cadáveres, llama a Kenny. Es tremendamente eficaz en casos de extremo delirio.
—Implica algo más delicado. Necesito que manipulemos el tarro de películas.
—¿Perdona?
Intenté sentarme de nuevo, pero Connor se movió conmigo. Me buscó a ciegas entre las sábanas, hundió la nariz en mi regazo y se pegó todavía más a mi cuerpo.
Apreté el móvil contra mi oreja, notando cómo el alma abandonaba mi cuerpo en tiempo real.
—El tarro. El de la mano inocente —insistió Eddie, ajeno a mi crisis—. No confío en esa mano. Últimamente solo saca violencia, posesiones varias y hombres musculados con trauma no verbalizado.
El tarro de películas era una institución sagrada en The Safety Net: dos veces al mes se introducían títulos en un frasco de cristal y una mano supuestamente inocente elegía qué maratón tocaba ver con palomitas.
—Eso último podría ser casi todo el cine comercial.
—Exacto. Necesitamos a la tía Austen. Y, si la moral lo permite, Expiación .
—La moral rara vez permite Expiación sin convertir una noche de cine en una masacre emocional. Pero acepto.
—Excelente. Me alegra comprobar que tus principios morales siguen siendo flexibles cuando la causa es noble.
—Estamos hablando de amañar un tarro, Eddie.
—Sí. Y ahora podríamos hablar de «otra» causa noble que anoche llevaba chaqueta.
En ese preciso instante, Connor se removió a mi lado y hundió aún más la cara en mi regazo.
—Mmm, Melani —murmuró, profundamente dormido.
Me quedé tiesa como una tabla.
No, no, no. Eddie no podía haber oído eso. Bueno, a quién pretendía engañar. Eddie oía hasta el subtexto oculto en el tejido de las cortinas.
—Interesante —sentenció.
—Ni se te ocurra.
Connor se acomodó contra mis muslos. Y yo, como la demente bobalicona que era, bajé una mano por puro reflejo y acaricié su pelo.
Gravísimo error.
Tocarlo cuando estaba medio dormido y en modo doméstico era una pésima decisión para una mujer que intentaba conservar un resquicio de cordura.
—Connor Bradley no ha dormido en la residencia —desveló Eddie—. Tú contestas el teléfono como si hubieras sido atropellada por una experiencia emocional. Y él acaba de decir tu nombre como si estuviera en una adaptación de la BBC.
—Eso no prueba nada.
—No. Pero compone una línea argumental muy prometedora para una obra donde nadie admite nada hasta que ya es escandalosamente evidente.
—No veo qué relevancia puede tener eso para Jane Austen.
—Mucha. Darcy también aparecía de forma inoportuna. Como el murmullo de Connor en esta llamada.
Apreté los ojos, derrotada por un adolescente demasiado inteligente, demasiado observador y que leía demasiada literatura del siglo XIX. Lo cual ahora era un problema terrible para mi seguridad emocional.
—Voy a colgar, mi pequeño demonio austeniano.
—Transmitiré al tarro tu compromiso con la causa. Y prometo una discreción razonablemente flexible.
Iba a contárselo a Nate en cuanto colgara.
Dejé caer el móvil sobre la colcha con la dignidad hecha jirones. Connor seguía pegado a mí. La habitación estaba demasiado tranquila. Las sábanas estaban demasiado calientes. Todo en su conjunto me pareció muy peligroso.
Y empeoró cuando Connor habló.
—Tu pequeño demonio austeniano me ha comparado con Darcy.
Me quedé de piedra.
—¿Estabas despierto?
Ni siquiera abrió del todo los ojos. Pero tenía esa maravillosa cara de no haber regresado por completo al mundo de los vivos.
—Lo justo para saber que soy una causa noble con chaqueta.
—Eso ha sido una frase sacada de contexto.
—Me ha gustado el contexto.
Y, para demostrarlo, me abrazó un poco más fuerte.
Sentí que iba a morirme. Porque Connor no estaba haciendo nada extraordinario. Solo estaba allí, en mi cama, medio desnudo y dormido, abrazándome como si fuera la cosa más natural del planeta.
Dios, lo quería muchísimo.
—¿Has dormido bien? —pregunté, intentando sonar casual.
Fallé estrepitosamente.
—Sí.
—Qué respuesta tan sencilla.
—Tenía a mi dama encima. Soy un hombre de gustos simples.
—Yo no he dormido encima —protesté, indignada.
—Te me enganchaste como un bebé hambriento a la teta de su madre.
—Qué exageración.
—A mí me ha parecido precioso.
Aparté la mirada, incapaz de procesar dónde poner todo lo que sentía.
—Eso, tú sigue dejándome sin defensas.
Abrió apenas un ojo y me dedicó una sonrisa lenta y perezosa.
—Podríamos aprovecharlo.
—¿Aprovechar mi indefensión emocional?
—Estaba pensando en algo más físico, pero acepto matices.
El aire cambió al instante. Su voz seguía empapada de sueño, pero se intuía el deseo. Ese deseo directo, cómodo y que no pedía disculpas. Y mi cuerpo, absolutamente traicionero y perdidamente enamorado, respondió con una sacudida de calor.
Por eso me alejé de inmediato.
—No. Vas a levantarte y a hacer algo de comer.
Connor se incorporó sobre los codos. La sábana resbaló a la cintura, lo justo para que mis ojos se clavaran en su torso y mi cerebro recordara demasiadas cosas de la noche anterior. El club. La alfombra. Sus manos. Su boca. La forma en que me miró después.
Mal. Todo iba muy mal.
—¿Me estás echando de tu cama para usarme como servicio de habitaciones? —preguntó, arqueando una ceja.
—Exactamente.
Me puse en pie con la elegancia de un ornitorrinco y empecé a recoger el caos de ropa que había dejado tirado la tarde anterior.
Connor siguió entre mis sábanas, observándome con una mezcla letal de sueño, lujuria y felicidad.
—Mi versión era más romántica —murmuró travieso.
—No me la cuentes, por favor.
—Implicaba arrancarte ese pijama y hacerte cosas muy guarras.
—Por eso vas a hacer tostadas.
—Preferiría comer otra cosa.
—¡Cállate!
Le lancé su jersey a la cabeza, muerta de risa y de vergüenza.
Me encontraba en la cocina de Melani, medio despeinado, con la sudadera del Tottenham y los vaqueros de Kenny puestos, y el cuerpo todavía lleno del calor de sus sábanas.
Había saqueado su nevera y su despensa con bastante orgullo para ser un hombre expulsado de la cama con fines culinarios. Pero me venía bien eso de cocinar. Después de haberla tenido durmiendo encima, necesitaba hacer algo que no implicara desnudarla a mordiscos.
Estaba colocando el último higo sobre el queso cuando escuché sus pasos.
Mel apareció como si nada y yo casi escupo el corazón por la boca.
Llevaba una falda vaquera, una camiseta blanca sencilla, un cárdigan grueso y unas zapatillas blancas. Nada remotamente parecido al vestido verde.
Y precisamente por eso me destrozó.
—¿Vas a decirme por qué tus tostadas parecen una obra de arte? —preguntó con los ojos brillantes.
—No cocino a medias, cariño. Especialmente si voy a alimentar a una dama que me ha usado de almohada toda la noche.
—Técnicamente nos dormimos al amanecer.
—El tramo horario no varía los hechos. Toma. —Dejé un plato frente a ella y apoyé los antebrazos sobre la isla—. Pan rústico, mascarpone, miel, higos, jamón, pistachos, sal y pimienta.
Mel cogió una tostada y le dio un bocado generoso.
Verla comer algo que yo había preparado fue otro error táctico. Cerró los ojos, masticó despacio y dejó escapar un sonido de puro placer que me provocó un cosquilleo en la entrepierna.
—Dioses —jadeó.
—¿En serio vas a invocar mientras masticas?
—Hasta Odín sufriría un orgasmo gustativo si probase esto.
Me eché a reír.
—Bien. Mi ego necesitaba alimento.
—Tu ego está perfectamente nutrido desde anoche.
—Nunca es suficiente contigo.
Me fulminó con la mirada, pero sonrió. Ahí estaba el problema.
Esos rubores. Esas bromas privadas. Esa forma de mirarme y apartar la vista como si acabara de tocar algo demasiado vivo.
No sabía si coqueteaba porque éramos amigos con un acuerdo peligroso, porque el sexo le había dado confianza o porque, quizá, solo quizá, empezaba a sentir algo por mí.
No me permití creer en esa última opción. Pero la esperanza era una cabrona con muy mala educación.
—¿Siempre cocinas así de bien después de amenazar con arrancar pijamas?
Me incliné un poco más hacia ella.
—Solo cuando me explotan como sirviente.
—No te estoy explotando —protestó ella.
—Me has echado de la cama y me has puesto frente a una sartén. Eso en mi barrio tiene nombre.
Me giré para servirme café.
—¿Cuál?
—Matrimonio.
Mel se atragantó con una carcajada. Yo me arrepentí. A medias, para qué mentir. La palabra había salido vestida de broma, pero se quedó rebotando dentro de mi cabeza con una violencia ridícula.
«Matrimonio».
Cama. Cocina. Desayunos. Mel robándome una tostada de mi plato. Yo preparándole el té como si tuviera derecho a conocer todos los gustos.
Una vida imposible. Y, aun así, demasiado fácil de imaginar.
Le serví su té especiado y me senté frente a ella.
—Ah, que también me has hecho té.
—Obvio. Además de funcional, soy un caballero muy comprometido.
Mel me miró con los ojos entrecerrados.
—No puedes ser guapísimo, bruto, obsceno, dulce y atento al mismo tiempo. Es demasiada oferta para un solo hombre.
Lo dijo en broma, claro. Mel solía hacer eso, dejaba caer bombas envueltas en azúcar y luego pretendía que uno siguiera respirando con normalidad.
—Come —ordené.
—Estás muy mandón para ser un Gunner en territorio ajeno y vistiendo una sudadera del Tottenham.
La verdad era que me importaba una mierda la sudadera.
—Estoy haciendo sacrificios importantes por esta relación… culinaria.
—¿Relación culinaria?
—Bueno, dices que te gusta lo dulce y lo no tan dulce, ¿no?
—¿Seguimos hablando de tostadas? —preguntó, coqueta.
—Eso creo. Más o menos.
Se carcajeó. Y yo me reí con ella.
—Eres insufrible.
—Pero cocino bien.
—Ese es tu único salvavidas ahora mismo.
—Mentira. Tengo otros.
Dejé que la frase cayera entre los dos con toda la indecencia necesaria. Mel bajó la vista a su tostada, pero el rubor le subió por el cuello. Me costó horrores no besarla.
—No me distraigas más —murmuró—. Tengo un tarro de películas que amañar.
—Entonces prepararé la artillería para distraerte durante las películas.
—Imposible. Fitzwilliam Darcy tendrá toda mi atención.
—Perfecto. Que mire y aprenda.
Media hora después estábamos listos para salir. No quería irme. Si por mí hubiera sido, me habría encerrado con ella en aquel apartamento el resto del día. Comida, sofá, besos, sexo, sueño. Me daba igual el orden.
Mel revisó su bolso junto a la puerta.
—Vale. Bolso. Llaves. Móvil. Dignidad.
Sonreí y di un paso hacia ella.
—Te falta la despedida temporal.
—No es una despedida. Vienes conmigo.
La acorralé contra la puerta. Lo hice como travesura, pero mi cuerpo no entendía de bromas cuando ella estaba tan cerca. Mel levantó la barbilla, intentando parecer severa.
—Señor Bradley, está usted insoportable.
—Y usted está preciosa intentando no besarme.
Lo hice yo. Mel respondió al instante, agarrándome de la sudadera y abriendo la boca con ese suspiro al que me había vuelto adicto. Rodeé su cintura, la empujé contra la madera y me hundí aún más en su boca. Me encantaba cómo besaba.
Bajé una mano hasta su culo y apreté. Lo justo para recordarle lo fácil que sería subirle la falda y no llegar jamás a esa tarde de cine.
—El sorteo empieza en menos de una hora —jadeó.
—Qué tragedia.
Pegué mis labios a su cuello. Ella inclinó la cabeza. Noté su pulso bajo mi boca y sonreí contra su piel. Si continuaba, no saldríamos de allí. Y la puerta de su apartamento iba a presenciar algo muy poco compatible con Orgullo y prejuicio .
—Vas a comportarte cuando lleguemos.
—Siempre me comporto —murmuré, ya demasiado encendido.
—Hace unas horas eyaculaste en mi vientre.
—Me comporté fatal, entonces.
—Exacto.
Se le escapó una risilla pícara.
—Y aun así te he hecho tostadas y té.
—Y yo te he permitido invadir mi cama con ese cuerpazo indecentemente pecaminoso que tienes.
Solté una risa suave.
—Ya no sé quién cuida a quién.
La frase me salió demasiado seria.
Porque era verdad. Yo quería cuidarla. Pero ella también lo hacía conmigo. Desde el principio, con esa forma limpia de mirarme, como si no tuviera que ganarme cada minuto de cariño demostrando que servía para algo.
—Voy a necesitar a Ariana Grande en el coche.
Parpadeé ante el brusco cambio de tema.
—¿Eso es una amenaza?
—Es un mecanismo de supervivencia.