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Me agarré a sus antebrazos, ahogando un gemido. Era demasiado perfecto. Era Connor Bradley entrando en mí con una paciencia animal, dándome exactamente aquello que yo le había exigido.
Durante un instante, se quedó muy quieto, completamente hundido en mí. No supe si lo hacía para dejarme recuperar el aliento o porque él tampoco podía respirar con normalidad.
Pero entonces empujó más.
Un gemido se me rompió en la garganta. Clavé las uñas en sus brazos y mi cuerpo lo recibió con una naturalidad feroz antes incluso de que mi cabeza terminara de entender qué me estaba haciendo ese dichoso hombre.
Era demasiado intenso para ser delicado, demasiado físico para ser bonito, y aun así había una belleza indómita en él y en mí y en la forma en la que nos estábamos mirando.
Empujé mis caderas contra él. Connor dejó escapar un gruñido sordo y, por fin, bajó hacia mí para cubrirme con su cuerpo. El cambio me arrancó otro jadeo. Su peso, su calor, su boca rozando la mía y la primera embestida real de sus caderas borraron cualquier pensamiento coherente.
Le arañé la espalda y deslicé mis uñas hacia sus nalgas para clavar mis dedos en su piel.
Aquello era crudo, indecente y desesperadamente nuestro.
Me estaba follando. Y no quise que sonara más suave.
No esa noche. No con él. Quería su fuerza, su hambre, la alfombra raspándome la espalda y ese modo imposible en que seguía haciéndome sentir preciosa incluso mientras me deshacía debajo de su cuerpo.
Connor lo entendió al instante. Me agarró con más fuerza y adoptó un ritmo implacable.
Más firme, menos paciente. Le mordí el hombro para no gritar y él perdió un poco más de control.
Lo noté en sus caderas, en su respiración, en la tensión de sus brazos y en ese jadeo roto que me encendió de una forma indecente.
«Este hombre es mío», pensó una parte completamente irracional de mí.
No importaba que no fuera verdad, o que fuese una locura, o una idea peligrosa, ridícula y destinada a hacerme daño. En ese instante, con su cuerpo hundiéndose en el mío y mi nombre rompiéndole en su garganta, fue la única verdad que quise creer.
De pronto, Connor se incorporó de nuevo sobre sus rodillas y tiró de mis caderas. La nueva postura me dejó medio tendida sobre la alfombra, abierta bajo su cuerpo, obligada a mirarlo mientras me follaba a un ritmo más vertical y crudo.
Toqué su tenso abdomen, arañé la piel perlada en sudor y vi cómo apretaba la mandíbula al sentir mis dedos. Entonces bajé la mano. No aparté los ojos de los suyos cuando la enterré entre mis piernas.
La reacción de Connor fue inmediata. Sus embestidas se desordenaron durante un instante. Me miró como si hubiera dejado de saber dónde terminaba su cuerpo y empezaba el mío.
Bajó la mano y cubrió la mía. Aquello me volvió loca. No era él llevándome ni yo dándome placer. Éramos los dos, su cadencia y la mía, su fuerza y mi mano, mi placer abierto mientras él seguía hundiéndose en mí.
Me corrí primero.
El orgasmo me atravesó con una violencia luminosa. Apreté las piernas alrededor de su cintura, arqueándome hacia él mientras sus embestidas se volvían erráticas.
Me estaba deshaciendo en temblores cuando salió de mí en el último instante, se agarró con una urgencia desesperada, se dio dos tirones rápidos y explotó.
Su placer salpicó mi piel.
Ese instante lo cambió todo.
Seguí su mirada.
Sobre mi vientre, brillando en la penumbra, estaba su marca.
Debería haberme parecido demasiado crudo o íntimo. Alejado por completo de cualquier versión presentable de mí misma. Pero no sentí vergüenza. Ni asco. Ni el impulso de huir.
Me quedé mirando, fascinada, con el cuerpo todavía abierto por el placer y una calma extraña abriéndose paso a través del temblor. Connor me había querido así. Hasta ese extremo. Sin delicadezas decorativas, ni distancias, ni una sola mentira elegante entre los dos.
Yo también. Maldita sea, se lo había pedido. Y allí estaba el resultado, en forma de un rastro espeso de nácar y fuego frío sobre mi piel.
Entonces, clavé mis ojos en él y lo entendí todo.
La realidad no me llegó como una frase bonita. Tampoco hubo violines o una epifanía digna de subrayar en los márgenes de una novela. Más bien me cayó encima como un derrumbe.
Estaba enamorada de Connor Bradley.
Catastróficamente.
Y él seguía observando mi vientre con el pecho agitado y una expresión oscura y posesiva, ajeno a que mis sentimientos acababan de desbordarse.
Sus ojos buscaron los míos.
—¿Demasiado salvaje? —preguntó, ronco.
Todavía tenía el cuerpo deshecho y me temblaban las piernas. Para colmo, sabía que amarlo iba a doler de una forma absurda. Porque Connor era mi amigo. Pero yo nunca había sido especialmente sensata cuando él me miraba así.
Sonreí.
—Mi salvaje, ¿recuerdas?
Connor se lanzó a mí y me besó de una forma desordenada, todavía hambriento. Ni siquiera le importó mancharse. Y a mí me entró la risa tonta mientras lo abrazaba con brazos y piernas y me hundía en ese beso.
Solo fuimos Connor y yo, más auténticos que nunca, devorándonos como si mi corazón no acabara de cometer la imprudencia más peligrosa de su vida.