My safety net (Love Obviously 1) 44 #2
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Entre beso y beso, empezó a desabrocharme la camisa con impaciencia, arañándome el abdomen cada vez que fallaba un botón.

—¿Estás satisfecho, señor Bradley?

—No. Quiero hacerlo otra vez.

Le mordí el cuello, buscando su pulso.

—Tentador. Pero primero…

Lentamente, abrió la camisa, deslizó las manos bajo la tela y me abarcó los hombros con una firmeza inesperada, casi posesiva. Deslizó las manos por mi pecho y repasó mi abdomen. Y yo me quedé quieto porque Melani West me estaba tocando como si le gustara absolutamente todo.

Besó mi pecho. A continuación, su boca resbaló hacia una pequeña cicatriz que tenía junto a las costillas y pasó la lengua por encima mientras sus dedos seguían la fina línea de vello que se perdía bajo mi cinturón.

Se me cerró la garganta y clavé las manos en sus caderas.

—Siéntate —me ordenó.

Parpadeé. Mierda, me ponía a cien.

—Qué mandona te has vuelto de repente.

—Y tú qué hablador para ser un hombre que debería estar obedeciendo.

Me eché a reír y dejé que me empujara hasta caer de espaldas en el sofá, con las piernas abiertas.

—¿Qué quieres? —jadeé.

—A ti. Bajo mis manos.

—Esto se está poniendo muy interesante.

Pensé que iba a subirse encima de mí como en el coche, que iba a hundirse despacio y matarme allí mismo mientras ella me montaba.

Me parecía un plan cojonudo, la verdad.

—Todavía no he empezado.

Mel se quedó de pie entre mis piernas.

Entonces se arrodilló en la alfombra. Despacio. Sus ojos fijos en mí. Y yo dejé de respirar porque estaba completamente hipnotizado por la imagen.

Mi dama de rodillas abriendo mis muslos con sus suaves manos y observándome desde abajo con una determinación que no tenía nada de inocente. ¿Cómo coño iba a olvidar eso?

Sus dedos fueron al cinturón con decisión.

Abrió la hebilla, desabrochó el botón y bajó la cremallera con una concentración que me dejó al borde del colapso.

Estaba tan duro que me dolía. Y tener su cara tan cerca de mi polla no ayudaba.

Aun así, algo dentro de mí consiguió agarrarse al último resquicio de sentido común.

—Mel… no tienes que…

—Cállate —me cortó, tan exigente como dulce—. Me dijiste que podía explorar contigo, ¿no? Que podía hacer lo que yo quisiera… —Su voz se hizo más tentadora—. Bien, pues esto es lo que quiero hacer… Te quiero… en mi boca…

—Ah, joder…

Dejé caer la cabeza contra el respaldo del sofá.

Mel bajó la cinturilla de mis bóxers y me liberó. Me quedé expuesto ante ella, duro y completamente perdido. Ella me miró con una fascinación pura y las mejillas encendidas antes de tocarme con la yema del dedo, desde la base hasta la punta.

Contuve el aliento y apreté los dientes. No iba a aguantar.

Poco a poco, me rodeó con la mano. Tanteó mi grosor, el peso, la reacción que me arrancaba con cada movimiento. Estrujé los cojines y me obligué a no mover las caderas.

—No sé por qué me sorprende que esto también sea bonito en ti —susurró, casi enfadada consigo misma—. Es… precioso.

Me clavó una mirada desafiante, como si me prohibiera contradecirla.

—Tanto como tú —sentenció.

Me dejó sin defensas. No supe qué hacer o decir. Me desnudó de formas que nada tenían que ver con la piel.

—Solo lo he hecho una vez —confesó—. Y fue horrible.

—¿Con él?

—Sí.

La rabia me subió tan rápido que tuve que apretar los dientes. El puto Gary. Pero Mel estaba delante de mí, arrodillada entre mis piernas, y esa noche no iba a regalarle a esos canallas ni un segundo más de lo que ya nos habían robado.

Ella apoyó la mejilla contra mi erección, mirándome con una mezcla de nervios y hambre que casi me mató.

—Pero ahora… quiero hacerlo. Contigo.

Se me escapó un gruñido. Aquella Mel quería tomar esa experiencia horrible con su puto ex y sustituirla por algo nuestro. Algo donde ese cabrón ya no mandara.

Me acarició con más seguridad. Pasó el pulgar por la punta, recogiendo la humedad, observando cómo se me quebraba la respiración tal y como yo había hecho con ella.

—¿Es de su agrado, señor Bradley? —preguntó bajito, y yo tuve que apretar los dientes.

Mel sonrió traviesa y repitió el gesto, un poco más firme. Me hundí contra el respaldo del sofá, completamente vendido.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que me queda si no quieres que me corra antes de que empieces —confesé, asfixiado.

—Dime si te gusta.

—Me gusta.

—Pero si no he hecho nada —sonrió.

—Exacto. Ese es el nivel de tragedia.

Mel bajó la mirada hacia mi polla. Seguía acariciándome con una curiosidad lenta.

—¿Y ahora?

No me atreví ni a mirar. La idea de verla tan cerca de mi erección era más de lo que mi sistema nervioso podía procesar sin mandarlo todo a la mierda.

—Ahora estoy rezando.

Y entonces me tomó. El calor húmedo de su boca me produjo un violento espasmo.

Me obligué a quedarme clavado al sofá, con la cabeza echada hacia atrás y los dedos hundidos en los cojines, luchando contra el instinto de empujar.

Mel empezó despacio, insegura y curiosa a la vez, probando la punta con la lengua, succionando lo justo para comprobar cómo reaccionaba mi cuerpo.

Dios, tenía que mirar.

Grave error.

Sus ojos dorados estaban clavados en mi cara, atentos a cada gesto, a cada músculo que se me tensaba, a cada sonido que intentaba ahogar entre los dientes.

Y cuando entendió que me estaba destruyendo, algo cambió en ella.

La timidez siguió ahí, sí, pero asomó esa malicia nueva, brillante y deliciosa que llevaba toda la noche construyéndose.

—¿Y ahora, te gusta? —murmuró contra mí.

—Sí. Joder, sí. No pares. O para. No sé. Me estás destrozando…

Mel sonrió y esta vez me tomó un poco más, combinando su boca con la mano, cada vez más segura de lo que hacía.

Aprendía rápido. Demasiado rápido. Usaba los dedos para apretar mi base, me lamía despacio, volvía a la punta y succionaba mientras me miraba para verme hundirme un poco más en la miseria como un pobre cabrón.

Enterré la mano en su pelo. Me agarré a sus mechones rubios y apreté los dientes, caliente, asfixiado y sin orgullo. Mi dama me la estaba chupando. Ella parecía disfrutarlo. Y eso me estaba dejando en ruinas.

—Entonces… —susurró, rozándome con la lengua de una forma que casi me dejó ciego—, ¿mi técnica es adecuada?

—Melani…

—Noto que reaccionas con mayor vehemencia cuando aplico un poco de succión.

Lo hizo de nuevo y otro espasmo me sacudió entero.

—¿Es así? —susurró, mirándome con una dulzura criminal—. Cariño.

Se me dispararon las caderas antes de que pudiera evitarlo y la mano se me cerró en su pelo.

«Cariño».

—Ah... Melani… Sí. Es perfecta. Tu boca es... perfecta. Sigue… Sigue un poco más, por favor…

—Me gusta oírte suplicar.

Aquel empeño suyo tan hambriento me pareció la cosa más erótica que había visto en mi vida. Se me cerró la garganta. Mel se estaba aprendiendo mi cuerpo a su ritmo y con una determinación preciosa.

Cuando bajó otro poco, se me escapó un gruñido. Me hundí más en su boca y ella no retrocedió. Al contrario, me recibió con un gemido suave, casi satisfecho.

La presión empezó a acumularse en la base de mi polla.

Si seguía un minuto más, iba a correrme en su boca.

Y la imagen casi me mató. En el fondo, una parte de mí quería dejar que me llevara hasta el final.

Pero odiaba que todo terminara ahí. Porque quería follarla.

Quería darle todo lo que llevaba pidiéndome desde que se quitó aquel vestido: dulzura suficiente para que se supiera a salvo y brutalidad de sobra para que dejara de pensar.

—No puedo más.

La separé de mí con urgencia. Mel me miró aturdida, la boca húmeda, los ojos brillantes.

Mi paciencia había muerto. La agarré por debajo de los brazos, la subí hacia mí y la besé desesperado.

Soltó una risa contra mi boca cuando rodamos desde el sofá hasta la alfombra, sorprendida por el movimiento y encendida por la brusquedad.

Le agarré el culo y me apreté contra ella hasta que no quedó ni un centímetro decente entre nosotros.

—¿Eso significa que mi técnica ha sido satisfactoria? —preguntó, traviesa.

—Tanto que si sigues con esa boca, esto se acaba ahora mismo, y yo necesito follarte.

Se mordió el labio con una insolencia que me puso aún más cachondo, si es que eso era posible.

—Me encanta cuando pierdes la educación —bromeó.

—Estás de suerte, cariño. Estoy a punto de demostrarte lo poco caballero que soy cuando te tengo desnuda.

La besé otra vez. Bajé por su cuello, le mordí la curva del hombro y seguí hasta su pecho, donde atrapé un pezón con la boca con más hambre que cuidado.

Entonces, clavé mis ojos en los suyos mientras me incorporaba sobre las rodillas.

Tenía a esa mujer completamente abierta debajo de mí, respirando fuerte, esperándome.

Dios, ni siquiera pestañeó cuando me agarré la polla y la acerqué a su centro.

La rocé primero, con lentitud, de arriba abajo, empapándome en su humedad, disfrutando del modo en que se le entrecortaba la respiración.

—Dijiste que te gustaba cuando no era tan dulce… —murmuré.

—¿Vas a ser mi salvaje esta noche? —me provocó.

Apreté la mandíbula, bajé la vista al punto exacto donde mi cuerpo se deslizaba contra el suyo y volví a mirarla.

—Tu salvaje. Exactamente.

Noté la dura y ardiente presión de su sexo contra mi entrada.

Pero no entró.

Simplemente se quedó ahí, rozándome, empapándose de mí, mirándome desde arriba con una oscuridad tan intensa que el aire se volvió inútil dentro de mis pulmones.

Me froté contra su dureza, presa de una valentía desconocida. Me sentía hambrienta de él, ciega de necesidad, no soportaba ni un instante más sin sentirlo dentro de mí.

Connor apretó la mandíbula. Y entonces entró. Lo hizo terriblemente lento.

Desde aquella posición, arrodillado entre mis piernas, con los pantalones todavía puestos, me parecía inmenso.

Los hombros tensos, la mano cerrada en mi cadera, la mirada clavada en el punto exacto donde nuestros cuerpos empezaban a unirse.

Quería que lo sintiera todo. La forma en que me llenaba y el modo en que mi cuerpo se abría para recibirlo.