My safety net (Love Obviously 1) 44
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Entramos en su apartamento sin encender la luz. Cerré la puerta con el pie mientras Mel dejaba las llaves sobre la bandeja del aparador.

Eran más de las cuatro de la madrugada. Veníamos del club con la música todavía metida en la sangre, la boca llena de risa, los chupitos calentándonos el pulso y esa clase de silencio en el que dos personas ya saben exactamente qué va a pasar, pero ninguno se atreve a decirlo.

El salón estaba casi a oscuras, pero no lo bastante como para salvarme de verla. Aquel vestido verde seguía ahí, pegado a su cuerpo, recordándome todo lo que llevaba horas queriendo hacerle.

Me quité la americana y la dejé sobre el respaldo del taburete sin apartar los ojos de Melani.

Ella caminó hacia el centro del salón.

Entonces, se detuvo. Se quitó el abrigo y lo dejó caer al suelo. No me moví. Ni un puto centímetro. Me quedé muy quieto, respirando entrecortado, con las manos casi en puños y el cuerpo entero temblando de pura anticipación.

En realidad, no tenía ni puta idea de qué se proponía Mel.

Estaba nerviosa. Lo vi en sus hombros, en la forma en que tragó saliva y en ese temblor que la atravesó cuando enganchó los dedos a los tirantes del vestido.

Tragué saliva. Porque no se escondió cuando deslizó lentamente las finas tiras. El satén empezó a resbalar por su piel. Primero los hombros. Luego la espalda. Después la curva de sus caderas. Finalmente, el vestido cayó al suelo y se convirtió en un charco verde a sus pies.

Se me cortó el aliento.

Mel llevaba un tanga de encaje negro y los tacones puestos. Nada más.

Los músculos se me tensaron de golpe, como si alguien me hubiera metido fuego en la piel. Fue una visión tan salvaje. Ni siquiera me había atrevido a imaginarla. Y eso que algunos de mis sueños con ella eran absolutamente explícitos.

Lentamente, se dio la vuelta.

No hizo el amago de esconderse. Temblaba, sí, pero se quedó allí, desnuda delante de mí, mirándome como si acabara de descubrir que podía matarme sin tocarme.

Todo mi cuerpo reaccionó a la vez: mandíbula apretada, pulso desbocado y una erección dolorosamente dura.

—No sé si estoy siendo una dama, pero… no quiero fingir contigo esta noche, Connor. —Su voz sonó cargada de sensualidad.

Tardé un segundo en reaccionar, porque todavía no me creía el puto milagro que estaba viendo.

La observé entera. Sus pechos desnudos, su boca entreabierta, sus ojos clavados en mí, ese tanga que escondía lo que yo quería. La penumbra acariciaba su piel sin llegar a cubrirla, volviéndola casi irreal. Parecía una fantasía.

No, era peor. Era Melani. Mi Melani.

Di un paso hacia ella. Luego otro. Despacio. Me detuve a un palmo de su cuerpo y levanté una mano. Rocé la cálida piel de su mejilla y deslicé el pulgar hacia la comisura de sus labios.

Su respiración tembló cuando mi dedo dibujó su boca. Entonces, la abrió y yo introduje el pulgar dentro. Ella lo chupó con lentitud, sin dejar de mirarme. El gesto me pegó un tirón tan brutal en la entrepierna que se me escapó un gruñido.

Joder, iba a volverme loco.

Bajé la mano hacia su garganta. Mel inclinó la cabeza, ofreciéndome el cuello sin decir una palabra. Esa preciosa y sucia obediencia a punto estuvo de lograr que me corriera en los pantalones. Rocé su clavícula y continué mi trayecto hacia uno de sus pechos. Lo cubrí con la palma.

Era real. Mío solo porque ella me estaba dejando tocarlo.

Acaricié el pezón hasta endurecerlo. Mel contuvo un jadeo, pero ni siquiera entonces bajó la mirada. Así que me incliné y le mordí el labio, lo justo para arrancarle ese gemido roto que había estado imaginando toda la noche.

Después, besé su mandíbula y bajé por su cuello, y ella siguió quieta, con las manos a los lados del cuerpo, dejándome hacer. Ese permiso me estaba destrozando.

Mis manos bajaron por su cintura, siguieron la curva de sus caderas y se cerraron sobre su culo. Lo apreté con hambre y tiré de ella hasta pegarla a mí, obligándola a notar lo duro que estaba por su culpa.

Mel jadeó. Y por fin me tocó. Enganchó las manos a mi camisa. Y entonces la besé como llevaba toda la noche queriendo hacerlo. Con lengua. Con dientes. Con esa locura que ya no tenía fuerzas para disimular.

Se colgó de mi cuello y me tiró del pelo. La empujé hacia atrás sin apartarme de su boca. Caminamos a ciegas hasta que sus rodillas chocaron contra el sofá. La recosté sobre los cojines y caí encima de ella. Mel me recibió entre sus piernas con un jadeo desesperado.

Seguimos besándonos con una urgencia sucia mientras le atrapaba un pecho con la mano y me frotaba contra su centro, buscando esa fricción que nos arrancó el aire a los dos.

Mis dedos bajaron hasta el encaje del tanga y tiré de la tela por un lateral hasta hacerla crujir.

Mel se arqueó, abriendo un poco más las piernas para mí.

—Sabes lo que estoy pensando en hacer, ¿verdad? —jadeé contra su oído.

—Dímelo —suspiró ella.

—Voy a enterrar mi boca entre tus piernas y no voy a parar hasta que te corras.

—Por Dios…

La miré a los ojos.

—¿Lo quieres? —Necesitaba oírlo.

—Ah, sí…

—Bien. Porque llevo toda la noche pensando en comerte.

Volví a besarla, pero ya no tenía paciencia para quedarme en su boca. Empecé a descender, despacio, arrastrando los labios por su mandíbula, la línea tensa de su cuello, el centro de su pecho, demorándome lo justo en cada punto para escuchar cómo se le rompía la respiración.

Mel se estremeció cuando mordí uno de sus pezones, y ese temblor me empujó de rodillas a la alfombra, encajándome entre sus muslos.

Tiré del tanga sin apartar la mirada de la suya. El encaje negro resbaló por sus caderas, bajó por sus piernas y terminó en el suelo. Mel volvió a abrirse para mí, caliente y temblorosa.

Tenía a mi dama completamente desnuda delante de mi boca. Y a mí no me quedaba ni una sola idea decente en la cabeza.

Le agarré los muslos con ambas manos, sintiendo cómo se le tensaba todo el cuerpo. Primero besé la cara interna de su rodilla. Después, subí despacio, arrastrando la boca por su piel, mordiendo apenas, lamiendo después, recreándome en cada estremecimiento que le arrancaba.

Anclé sus caderas con firmeza. Quería mantenerla ahí. Abierta para mí.

Y entonces la probé.

Mel echó la cabeza hacia atrás, enterró los dedos en mi pelo y soltó un gemido ahogado que me atravesó entero.

Volví a hacerlo. Más lento y hondo. Cada vez que se arqueaba, insistía. Cada vez que temblaba, volvía al mismo punto. Cada vez que intentaba cerrar las piernas, se las abría.

—Joder, sabes incluso mejor de lo que imaginaba —murmuré contra ella.

Mel bajó la vista hacia mí, asfixiada.

—¿Lo habías imaginado?

La miré.

—A todas horas, cada puto día.

No me importó admitirlo. No con su sabor en la boca y su cuerpo deshaciéndose contra mi lengua. Aquella había sido una de mis fantasías más primitivas y recurrentes desde que la conocí. Y me importaba una mierda que confesarlo me expusiera.

—Ah, Connor…

Volví a hundirme entre sus piernas. Mel perdió otro pedazo de compostura.

Tiró de mi pelo con fuerza, ya sin fingir cuidado, y yo gruñí contra ella porque me gustó demasiado.

Me gustó que pidiera así, que me reclamara, que dejara de ser correcta y educada.

Porque también era perfecta cuando se volvía loca.

El sonido vibró contra su piel y la hizo estremecerse entera.

—No puedo creer que sigas vestido… —resolló.

—Y yo que tú no lo estés.

Deslicé la mano abierta por su vientre hasta atraparle un pecho. Lo apreté con una posesividad que no intenté disimular.

—Eso suena a ventaja injusta.

—No pretendo ser justo, cereza. Estoy intentando no perder la cabeza con tu sabor y tus tetas.

Le pellizqué el pezón y después lo acaricié con el pulgar, apretando lo justo para escuchar cómo se le escapaba otro gemido.

Mel se empujó hacia mi boca y aproveché ese movimiento para meterle dos dedos.

Sentí que iba a darme un puto infarto cuando noté cómo me recibía, cómo se cerraba alrededor de mí, caliente y empapada.

Curvé los dedos y tanteé el ritmo, la profundidad, el ángulo, guiándome por cada jadeo hasta que su cuerpo me dijo dónde quedarme.

—Ah, te estás recreando demasiado… —balbuceó.

—Por supuesto.

Y me recreé más. Aflojé el ritmo solo para torturarla un poco, apartándome lo justo para soplar su piel y regresar con la lengua. Mel protestó con un gemido agudo y tiró de mi pelo con una rabia preciosa.

Sonreí contra su piel. Ahí estaba mi dama, perdiendo la educación pegada a mi boca. Volví a hundirme entre sus piernas mientras mis dedos seguían moviéndose dentro de ella.

—No sabes lo que me haces —gimoteó, rota.

—Sí lo sé —jadeé—. Lo noto en cómo tiemblas. En cómo me aprietas. En cómo intentas no gemir y fallas.

—Connor…

—No te contengas ahora.

Lo dije contra ella, notando cómo su cuerpo empezaba a cerrarse alrededor de mis dedos, cómo la respiración se le rompía del todo, cómo sus muslos temblaban a ambos lados de mi cabeza.

—No puedo…

—No quiero que puedas. Quiero que te corras en mi boca —le ordené.

—Dios…

—Eso es, mi dama. Dámelo.

Aumenté la presión de mi lengua y de mis dedos. Mel se tensó entera. Por un segundo dejó de respirar, como si el placer la hubiera golpeado. Y después se rompió.

Cerró los muslos alrededor de mi cabeza, se arqueó sobre el sofá y profirió un grito asfixiado y precioso. Me la bebí sin apartarme, sujetándola por las caderas mientras el orgasmo le atravesaba el cuerpo.

No la solté enseguida. Ni de coña. Seguí allí, más suave, acompañando los últimos espasmos con mi boca, besándole la cara interna de los muslos, lamiéndola despacio hasta que dejó de temblar tan fuerte y empezó a respirar como si no supiera en qué puto planeta estaba.

Cuando por fin levanté la cabeza, Mel me miró con las pupilas dilatadas, todavía perdida y temblorosa.

—Ven aquí —exigió.

Tiró de mí con una urgencia nueva. Me incorporé sobre ella y nos besamos como si todavía no hubiéramos tenido suficiente. Mel pudo saborearse en mi boca, y esa idea me golpeó con tanta fuerza que le mordí el labio y ella gimió contra mi lengua.