My safety net (Love Obviously 1) 43
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Melani West llevaba veinte minutos bailando delante de mí, y yo ya no recordaba qué coño hacíamos en un club de Soho.

Supuestamente habíamos ido a prolongar la noche. A beber algo. A rematar la fuga de aquel restaurante de mierda de su primo.

En la práctica, me encontraba en medio de The Velvet Fox o como se llamase aquel sitio, con la música golpeándome el pecho y la mirada clavada en esa preciosa mujer dentro de aquel vestido verde, intentando no convertirme en el hombre más peligroso de Londres.

La cosa había empezado con un soborno al portero para ahorrarnos la cola, una sonrisa peligrosa que compartimos y dos chupitos.

Intenté protestar cuando pidió otros dos y acercó el móvil al datáfono para pagar.

Pero me fulminó con una mirada de aristócrata dispuesta a defender su independencia económica.

Así que hice lo único sensato: cerré la boca.

Al fin y al cabo, yo había pagado la cena.

Y ahora estábamos allí, con varios chupitos en el organismo, en mitad de una pista abarrotada, descubriendo que mi dama podía pasar de «afectada sensorialmente» en Mayfair a delito público en Soho sin despeinarse.

Bailaba como si fuera un maldito pecado. Al principio, con una risa nerviosa, los hombros algo tensos y una mano aferrada a la mía. Luego, la música entró en su cuerpo, le soltó las caderas y prendió esa versión suya que llevaba toda la noche peleando por salir.

Y yo la seguí. Encontré su ritmo sin pensarlo.

La dejé alejarse lo justo para verla reír entre las luces, y después tiré de ella hasta que su espalda chocó con mi pecho.

Mel echó la cabeza hacia atrás, buscándome con la mirada.

Joder. Aquello no era bailar. Más bien, parecía una sucia negociación entre su cuerpo y el mío.

Mis manos se cerraron en torno a su cintura.

La suya subió hasta mi nuca. Las luces estallaban sobre nosotros, la pista nos empujaba, el calor nos volvía torpes y atrevidos y cada roce parecía venir con una excusa perfecta.

Alguien nos chocaba por detrás, ella perdía el equilibrio, yo la sujetaba, sus caderas encontraban las mías y, de pronto, cualquier intento de comportarme como un hombre civilizado se iba a tomar por culo.

Me acerqué a su oído.

—No sabías bailar, ¿eh?

—Una mentira piadosa.

Bajó una mano por mi brazo, agarró mi muñeca y me guio hacia su vientre.

Me estaba pidiendo que la tocara. Y eso hice.

No mucho ni donde quería. Pero sí lo suficiente para que entendiera que me tenía loco.

La apreté contra mí y bajé la boca hasta su cuello.

Lamí despacio la línea de su yugular. Mel se estremeció entera.

—Eres muuuy peligrosa —susurré.

Se giró hacia mí. Sus brazos en mis hombros, mis manos en sus caderas. Frente con frente, respirando el mismo aire caliente, las luces de neón rompiéndose en el dorado de sus ojos.

—Yo no te imaginaba bailando en absoluto.

—¿Qué esperabas? ¿Que me quedara de pie vigilando las salidas y fingiendo masculinidad?

—Un poco —se rio ella, deliciosamente achispada.

La atraje un poco más hacia mí. Mel me miraba como si hubiera descubierto una parte nueva de sí misma y estuviera probando cuánto daño podía provocar. Joder, lo estaba haciendo de maravilla.

—Pues esta noche soy un hombre misterioso con ritmo.

—No abuses —bromeó.

—Demasiado tarde. Te he visto mirarme.

—Yo también te he visto mirarme.

—No estaba siendo discreto.

—Yo tampoco.

Ahí estuvo el cambio. Mel acababa de admitir, sin esconderse detrás de una broma austeniana, que me estaba mirando porque quería hacerlo. Que estaba allí conmigo, jugando al mismo juego de provocación.

Y entonces movió las caderas contra mí. Fue apenas un roce. Suficiente para arrancarme un segundo entero de respiración. Lo hizo a propósito. Lo supe por la forma en que bajó las pestañas. Esa malicia recién descubierta me desarmó más que cualquier inocencia.

—Si sigues haciendo eso, voy a olvidar que estamos en público.

Lo dije mientras deslizaba una de mis manos bajo la abertura lateral de su vestido. Encontré la curva de su culo y lo apreté con hambre. Mel soltó el aire contra mi boca y clavó los dedos en mi nuca.

—Estás muy guapo cuando sufres —jadeó.

—Mujer cruel. No juegues conmigo así.

—Intenta sobrevivir.

—Lo hago de milagro.

Soltó una carcajada vibrante y, sin previo aviso, me mordió el cuello. El suave pinchazo de sus dientes me estremeció la piel. Mis dedos seguían clavados en su nalga. La apreté de nuevo y me froté contra ella al ritmo de la melodía.

—Pobrecito —se burló.

—No te atrevas a compadecerte.

Me miró traviesa.

—Entonces aguanta, señor Bradley.

—No prometo nada, señorita West.

Mel siguió moviéndose contra mí con una cadencia hipnótica. No imaginaba ni por un instante que el hambre que sentía por ella también era devoción.

Una devoción absoluta.

—¿Sabes qué es lo más ridículo? —Se alejó apenas unos centímetros con una sonrisa gloriosa—. Que me gusta que me mires cuando bailo.

—Eso no es ridículo. No he dejado de mirar desde el primer momento en que te vi, Melani.

La confesión me salió cruda. Demasiado verdadera. Y no hablaba solo de esa noche en la pista de baile. Había perdido la cuenta del tiempo que me había pasado mirándola desde que la conocí. La de cosas que había soñado con ella.

—Odio que me mire la gente, pero me encanta que me mires tú. ¿Qué dirían esos canallas de mi colegio que me insultaban si me vieran ahora?

La frase entró mal. Muy mal.

Dejé de moverme. Mis manos se quedaron clavadas en sus caderas mientras la música seguía retumbando a nuestro alrededor.

—Qué.

Mel se encogió de hombros, restándole importancia, y continuó bailando pese a que yo ya no la seguía.

—También me pegaban —sonrió—. A veces, me costaba ocultar los moratones. Lo normal cuando una institución carísima decide no ver nada. Y luego la bulimia. Eso sí fue muy elegante. Silenciosa, ordenada, fácil de esconder. A mi familia le encantan las cosas fáciles de esconder.

Lo soltó sin más. Sin dejar de bailar. Con una risa algo borracha en la boca y un brillo voraz en los ojos. Y mientras tanto a mí se me rompió algo dentro. Al parecer, no estaba listo para descubrir que la mujer más perfecta que había conocido tenía casi tantas heridas como yo.

La respiración se me atascó. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Fui incapaz de apartar los ojos de ella.

—Hasta que Kenny lo descubrió. Montó una escena legendaria. Y me arrastró a terapia. Tendrías que haberlo visto, mi Kenny… Salvador de gorditas acorraladas, terror de colegios caros y campeón de montar escándalos.

Cerré los ojos un instante para tragarme la rabia que me gritaba que saliera a buscar a todos esos cabrones que le habían hecho daño. Y entonces pensé en Kenny. En todo lo que había salvado antes de que yo supiera siquiera que existía la sonrisa de esa mujer.

—Casi arrancó una puerta. O quizá la arrancó. No lo recuerdo —continuó—. Yo lloraba mucho y él gritaba muy bien. Me salvó la vida con muy poca discreción. Y luego llegó Susan y Breena. Y Londres. Y Maggie y Bishop. Y… tú. —Me señaló con el dedo—. Fin del resumen.

«Y tú», repetí en mi mente. Melani acababa de colocarme, sin darse cuenta, en la misma frase que todas las personas que la habían ayudado a seguir viva.

—Eso no es un resumen —resollé.

Más bien era una puta bomba atómica.

—Lo es si estoy borracha —sonrió—. Pero mírame ahora.

Tragué saliva. Mel se contoneó al ritmo de la música y deslizó las manos por sus propias curvas, reclamando su espacio, su cuerpo, su derecho a ser vista sin pedir perdón.

—Mírame, Connor.

—No sé hacer otra cosa, Melani.

Y era la cruda verdad. La miraba con hambre, sí. Con un deseo feroz que me devoraba las entrañas. Pero también con un amor salvaje que ella seguía empeñada en confundir con amistad, química o cualquier otra gilipollez.

Hizo un mohín adorable con los labios y me estrujó las mejillas.

—No pongas esa cara de querer encontrar a todos esos niños ricos y convertirlos en abono.

—Estoy teniendo una fantasía agrícola muy violenta, sí —admití.

Mel estalló en carcajadas. Y ese sonido terminó de romperme. Porque estaba ahí, contándome algo espantoso y, aun así, reclamaba el presente con uñas y dientes y mucha risa.

No quería compasión.

—Hoy no. Hoy quiero ser una mujer preciosa bailando con un caballero funcional ilegalmente guapo.

La agarré con firmeza por la cintura y acaricié su mejilla con el reverso de los dedos. Mel contuvo la respiración.

—Eso puedo hacerlo muy bien —murmuré en sus labios.

—Lo suponía —jadeó—. Y ahora bésame, mi señor Bradley, antes de que recupere el juicio.

—Dame esa boca, mi dama.

La besé en mitad de la pista. Y supe, con una certeza brutal, que iba a recordar ese beso toda mi vida.