My safety net (Love Obviously 1) 42
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Durante unos segundos, caminamos en silencio. Ambos parecíamos estar procesando el hecho de que acabábamos de expulsarnos voluntariamente de un restaurante carísimo con una eficacia preocupante.

Entonces, Connor me miró de reojo. Yo lo miré a él. Seguía muy serio, muy correcto, muy caballero dispuesto a custodiar la salud de una dama al borde del desmayo.

Hasta que arqueó una ceja.

—Afectada sensorialmente.

Y los dos perdimos la batalla al mismo tiempo.

La risa nos alcanzó en mitad de la acera y terminó doblándome.

—¡Me he puesto nerviosa! —exclamé, llevándome una mano al pecho.

Me faltaba el aire de tanto reír.

—Ha sido una obra de arte —se carcajeó Connor—. Parecías una damisela tuberculosa de la alta sociedad.

—Y tú parecías mi marido aristocrático gestionando una crisis nerviosa.

—Soy un marido ejemplar, pero tú has estado espléndida en tu papel, esposa mía.

La palabra «esposa» quedó suspendida entre los dos, cargada de una electricidad peligrosísima. Debería haberme puesto nerviosa. Y lo hice, un poco. Pero, sobre todo, sonreí porque Connor acababa de convertir una humillación familiar en una fuga maravillosa.

—Mi madre va a matarme.

—Tendrá que pasar por encima de mí.

Me mordí el labio, traviesa y un poquito emocionada. Su comentario me había tocado el corazón. Lo había dicho con una naturalidad aplastante, como si colocarse entre cualquier posible daño y yo, fuera un simple acto reflejo.

«No te enamores, Mel. No te enamores. Es un amigo. Te protege. No confundas los términos».

—Tengo hambre.

—Menos mal, joder —exclamó Connor—. Empezaba a preocuparme por tu integración en la secta.

Solté otra carcajada. Él también sonrió, deslumbrante bajo las farolas de la calle.

Entonces, me ofreció una mano. Yo bajé la vista. Miré sus dedos. Después de todo lo que habíamos hecho, aquel simple gesto me pareció casi más peligroso que un beso.

—¿Tienes un plan? —quise saber.

—Por supuesto. Ir a un sitio donde, si gimes con el postre, al menos sepamos qué estás comiendo. Pizza. Con luz, queso y nombres normales. Y pan. Si no hay pan, me voy.

Finalmente, enredé mis dedos a los suyos. Dios, me encantaban sus manos. Eran grandes y cálidas y firmes. Parecían haber sido diseñadas para sostenerme y, al mismo tiempo, complicarme la vida.

—Eso suena indecentemente perfecto.

—Lo sé. Soy un apoyo moral gastronómico excelente.

El Luna Rossa olía a vida. A masa recién horneada, albahaca fresca y leña quemada. Nada más cruzar la puerta, sentí que los pulmones se me abrían de golpe.

Connor se detuvo a mi lado y observó el local con una concentración casi reverente.

Era una pizzería napolitana pequeña, bulliciosa y cálida, encajada en el número 17 de Manette Street, entre una librería de segunda mano y un bar diminuto con luces de neón rojo. La habíamos encontrado de pura casualidad mientras caminábamos por el Soho cogidos de las manos.

De inmediato, se nos acercó una mujer. Era bajita, de mediana edad, enfundada en un vestido de topos rojos protegido por un mandil impecable. Nos escrutó de arriba abajo con una autoridad muy italiana.

—Santa Madonna, ¿venís de un funeral o de una boda carísima?—dijo.

—De algo peor. Mayfair.

La mujer chasqueó la lengua con genuina compasión.

—Ah. Pobrecitos. Sentaos. Os traigo pan.

Señaló con un gesto enérgico la mesa más alejada del local, situada en un rincón tranquilo. No me hizo falta mirar a Connor para saber que estábamos en el lugar correcto.

—¿Has oído eso? —me dijo al oído—. Tienen pan. Adoro este sitio.

Me eché a reír, incapaz de contener la alegría que burbujeaba dentro de mí.

Al llegar a la mesa, me quité el abrigo y lo colgué en el respaldo de la silla. Connor, en cambio, se deshizo de la americana con un movimiento distraído y la dejó sobre el respaldo de la suya.

La tela de aquella camisa negra se le ajustaba al pecho y a los hombros con una indecencia que debería haber requerido licencia municipal. Y yo, que había sobrevivido heroicamente a Nocturne, estuve a punto de perecer allí mismo, entre una mesa de madera y un centrito de lavanda seca.

El muy canalla me pilló mirándolo. Y sonrió. Por suerte, la dueña apareció en ese momento con una cesta de focaccia caliente, una botella de aceite de oliva, vino tinto y una mirada de absoluta superioridad maternal.

—Comed. Luego habláis. Estáis demasiado guapos para estar tan muertos de hambre. —Y nos dejó de nuevo a solas.

Me incliné sobre la pequeña mesa de madera y susurré:

—Creo que nos ha insultado y adoptado al mismo tiempo.

—Me parece una mujer excelente.

Connor agarró un trozo de focaccia , lo mojó en aceite y le dio un bocado. Cerró los ojos un segundo.

—¿Necesitas un momento de privacidad? —me burlé.

—Es emoción italiana. Si me muero, conviérteme en cenizas y lánzame a la bahía de Nápoles.

Lo miré completamente fascinada.

—¿Te gusta Italia? —indagué.

—Me encanta. Y la comida me vuelve loco.

Connor agarró la botella y empezó a servirnos un poco de vino.

—Podríamos escaparnos en verano.

La frase salió disparada de mis labios sin pedir permiso a mi prudencia. Lo peor fue que seguí.

—La costa amalfitana tiene unos lugares preciosos. Además, la comida por la zona es espectacular. Hay hornos de leña, mercados, obradores diminutos y sitios donde hacen la masa como si fuera una religión. Te encantaría. Y aprenderías muchísimo.

Dios. Aquello no parecía un comentario inocente. Sonaba a futuro y a intimidad y a desayunos con el pelo revuelto. A una clase de deseo que no sabía dónde colocar sin entrar en pánico.

Intenté convencerme de que los amigos también hacían ese tipo de planes. Como cuando me fui con Breena al festival de Glastonbury. O cuando viajamos con Sofía a Tulum. Pasé seis días encerrada en la suite por culpa de la picadura vengativa de un mosquito con delirios coloniales, pero eso no cuenta.

Así que proponer Italia no tenía por qué significar nada.

Pero Connor me observó con una intensidad preciosa. Maldita sea, esa mirada amenazó con arrancarme el corazón del pecho, envolverlo en papel bonito y entregárselo con un lacito monísimo.

«Toma, Connor, estoy loquita por ti. Pero, tranquilo, que intentaré que no se note. Tú, por si acaso, guárdalo bien y cuídalo porque es muy sensible y tiende a montarse unas películas espectaculares».

—¿También sería «cita no cita»?

Tragué saliva, sintiendo el pulso en las sienes.

—Sería un viaje de investigación gastronómica y enriquecimiento cultural.

Connor imitó mi postura, se cruzó de brazos sobre la madera y se inclinó hacia mí, acortando la distancia. Se lamió los labios.

Era tan obscenamente sexi que me daban ganas de llorar.

—Ajá. ¿Incluiría dormir en la misma habitación o me tocaría colarme accidentalmente en plena madrugada?

Me puse un poquito nerviosa.

Vale, mentira. Me puse a cien, y mi mecanismo de defensa automático fue recogerme un mechón de pelo tras la oreja.

—Si eso pasara, tendría que reñirte con muchísima severidad. Desde la cama, probablemente.

Connor esbozó una sonrisa traviesa.

—Desde la cama… Y sin ese vestido…

—Deja al vestido en paz —protesté, coqueta y sonrojada.

—No puedo, lo tengo delante y no me deja pensar.

—Eres incorregible.

Nos echamos a reír. Connor levantó su copa y yo tomé la mía. Brindamos en silencio, mirándonos a los ojos, justo cuando la dueña volvió a acercarse a nuestra mesa.

—No os he traído la carta. Él va a mirarte los labios, tú vas a ruborizarte, no vais a leer y pediréis sin saber y yo no tolero cortejos sin mozzarella de por medio.

—Es difícil discutir eso —aceptó Connor.

—Imposible, de hecho —me resigné.

—Bien. ¿Sois alérgicos a algo? —La mujer nos lanzó una sonrisa cargada de deliciosa malicia.

Ambos negamos con la cabeza.

—Entonces: diavola con ‘ nduja para el hombretón, prosciutto y rucola para la signorina . Y más focaccia .

Dio media vuelta y desapareció rumbo a la cocina antes de que pudiéramos asimilar el pedido.

Nosotros seguimos hablando de Italia, de hornos, de recetas y de posibles viajes. La conversación fluía con una naturalidad peligrosa, sin esfuerzo.

Un rato después, la mesa se llenó con dos pizzas humeantes.

—Joder, ¿puedo llamarte mamá? —le suplicó Connor a la mujer.

Solté una carcajada monumental.

—Soy italiana, cielo, no lo soportarías. Pero puedes llamarme Vittoria y visitarme varias veces por semana.

—Hecho.

Vittoria se retiró con una sonrisa satisfecha y nosotros atacamos los platos.

Corté una porción de mi pizza y le di un bocado. El crujido de la masa, la acidez del tomate, la cremosidad del queso y el punto salado del prosciutto me produjeron una felicidad casi indecente.

—Acabas de gemir por una pizza —runruneó Connor.

—Esto me va a costar medio kilo.

Sin previo aviso, Connor agarró una porción humeante de su plato y me la estampó directamente contra la boca. Pestañeé, aturdida, con los labios pringados de tomate.

—¿Acabas de atacarme con un trozo?

—He pensado en aporrearte con la botella de vino, pero me parecía excesivo —replicó él, pegándole un bocado a su porción como si el salvajismo que acababa de cometer fuera lo más normal del mundo.

—Has pasado de ser un caballero funcional a un vándalo napolitano.

Me eché a reír, y mordí el trozo que me había ofrecido por la fuerza.

Sabía perfectamente por qué lo había hecho. Y, en lugar de indignarme, el gesto me enterneció de una forma ridícula. Connor Bradley era una especie de señor Darcy, si el señor Darcy se hubiera criado en los bajos fondos, cocinara lasaña y no tuviera filtro verbal.

«No te enamores, Melani», me repetí inútilmente.

—Saborea el queso, cereza. Esa sí que es una experiencia sensorial.

—Lo estoy saboreando hasta por la nariz, idiota.

Su carcajada resonó en todo el local.

—Podemos meter este incidente en la lista de todas las decisiones cuestionables que caben en una noche —añadí.

—No olvides incluir que no me han arrestado por tocarte en el comedor negro del restaurante de tu primo. Yo lo considero una victoria.

Solté una risilla escandalizada.

—No ibas a tocarme.

Connor me miró fijamente y arqueó las cejas con insolencia.

—Oh, por supuesto que sí, cariño. Iba a meterte mano con tanta devoción que Barnaby habría tenido que cambiar el concepto del restaurante.

Sonreí, pero cometí el error de mirar mi vestido.

—Es incómodo… y se me marca todo.

—Se te marca todo lo que quiero tocar y morder. Ah, sí. Y también lamer.

El calor me incendió el rostro.

—Oh, por Dios… Estamos en un restaurante familiar, señor Bradley. Hay una Virgen en la pared.

Miré de reojo un cuadro despintado que había colgado cerca del horno.

—Pues no me provoques diciendo que se te marca todo como si fuera un problema.

—¿Y qué es? —pregunté, arrastrada por un instinto coqueto que no lograba dominar.

Porque coquetear no era amor, ¿verdad? ¿Verdad?

—La lista de sitios que me han hecho perder la cabeza.

Aquella frase aterrizó justo donde más lo necesitaba mi maltrecha autoestima.

El vestido verde, que una hora antes me había parecido una amenaza, empezaba a convertirse en una pequeña prueba de audacia. Sí, el satén marcaba mi silueta. Pero Connor no la miraba como un catálogo de defectos.

En medio de nuestra burbuja, Vittoria apareció de la nada con una fuente de tiramisú y dos cucharas pequeñas.

—Para la signorina . Y para el hombretón, porque la mira como si necesitara azúcar.

—Dime que no soy tan evidente. —Connor fingió espantarse, llevándose una mano al pecho.

—Tesoro, eres una alarma de incendios con piernas.

—Ah, qué bien —se resignó él.

—No te preocupes. A ella le gusta.

—¡Vittoria! —chillé, completamente avergonzada.

La italiana nos dejó el postre y se alejó meneando las caderas. Connor apoyó los codos en la mesa y volvió a mirarme de esa forma íntima y absolutamente imposible de ignorar.

—Me cae bien.

Cogí mi cuchara para disimular los nervios e intenté centrarme en el postre.

—Come tiramisú.

Connor enarcó una ceja.

—¿Me estás dando una orden?

—Sí. Cállate.

Cargué la cuchara con una generosa porción y se la introduje directamente en la boca en venganza por el episodio de la pizza.

—Oh, y encima me das de comer. Estamos avanzando a pasos agigantados, cereza —comentó él, masticando con satisfacción.

Compartimos el tiramisú. El gesto resultaba demasiado doméstico, demasiado de pareja y peligroso para fingir que aquello seguía siendo casual. Me sentía llena, ligeramente achispada por el vino y feliz de una forma absurda.

Por primera vez en muchísimo tiempo, no estaba calculando cómo me veía desde fuera. Solo estaba allí. Con Connor. Disfrutando con él. Y conmigo.

Aquella noche no estaba siendo la Melani vigilada por su madre. Ni la chica escondida detrás de un vestido seguro. Ni la que calculaba cada bocado como si alguien invisible fuera a levantar acta de sus pecados calóricos.

—No quiero que… termine —dije bajito.

Me arrepentí en cuanto abrí la boca.

Sin embargo, Connor dejó lentamente su cuchara sobre el plato. Su expresión cambió y por un segundo creí que iba a inclinarse para besarme. Quizá ese era su propósito. Pero Vittoria, como si tuviera un radar instalado para abortar escenas peligrosamente románticas, irrumpió de nuevo.

—No os pongáis sentimentales encima del tiramisú. Da mala suerte.

—¿Eso es una superstición italiana? —le pregunté, aturdida.

—Lo es desde ahora. Tomad, limoncello .

Nos plantó dos pequeños vasos de licor amarillo chillón frente a las narices.

—¿Qué celebramos? —preguntó Connor.

—Que ella no se fue a casa después de Mayfair y tú no has roto nada. Todavía.

Vittoria se dio media vuelta y nos dejó con el diagnóstico.

Chocamos los vasos y bebimos. El limoncello me bajó por la garganta como una pequeña llamarada dulce y gélida.

Quizá fue la noche, el vino, la risa constante, Connor mirándome así o esa extraña sensación de juventud recuperable que empezaba a subirme por el pecho, pero dejé escapar una verdad sencilla.

—Nunca me he emborrachado.

Connor me observó como si acabara de entregarle una misión de vital importancia nacional.

—Entonces no podemos terminar la noche aquí.

—Ah, ¿no?

Se levantó con agilidad y se colocó la americana.

—No. Hay cosas que una dama debe experimentar.

—Esa frase ha arruinado reputaciones durante siglos —repliqué, ladeando la cabeza.

—Estoy dispuesto a honrar la tradición.

Me apoyé en el borde de la mesa, mirándolo con curiosidad.

—¿Y qué propones?

Él se inclinó sobre el respaldo de mi silla, invadiendo mi espacio vital con esa naturalidad suya tan apabullante.

—Música. Alcohol y tú bailando con ese vestido.

—No sé bailar.

—Pues vas a hacerlo conmigo, cariño.