41
Nos bajamos del taxi frente a una fachada georgiana tan discreta y sobria que tardé unos segundos en entender que aquello era el puto restaurante.
—Creo que hemos llegado —resopló Mel.
Supongo que lo intuyó por la puerta negra brillante, la placa de latón ridículamente pequeña y el tipo con abrigo oscuro que aguardaba en la entrada.
—¿Estamos delante de un restaurante o de una sociedad secreta? —dije, genuinamente aturdido.
Mel sonrió, pero el gesto no llegó a sus preciosos ojos.
—En Mayfair suele ser lo mismo. La aristocracia británica tiene dos grandes talentos: producir primos y fingir que el hambre es una experiencia sensorial.
—Yo soy más de producir lasaña.
—Y por eso eres mejor persona.
Me eché a reír, pero me mordí el labio para contener el impulso animal de agarrarla por la cintura y besarla contra aquella pared.
—¿Y el primo de tu tío Harris ha abierto esto? —pregunté.
Mel me había puesto al tanto de su extravagante árbol genealógico durante el trayecto, mientras yo hacía auténticos malabarismos para no mirar la abertura de su falda.
—Barnaby Campbell. Sí. Primo cuarto, décimo quinto o septuagésimo. Todavía está por determinar.
—Tiene nombre de estirado que se follaría a sí mismo delante de un espejo.
Mel apretó los labios, intentando contener una carcajada.
—No me hagas reír antes de entrar.
—No prometo nada.
Nos miramos. Ella se ruborizó y cogió aire. Detecté al instante que, bajo esa mezcla tan suya de nerviosismo crónico, sentido del humor afilado y pánico elegante, había algo más. Algo un poco más incómodo de sostener.
—Vale. Entonces entro contigo en calidad de… ¿qué era? ¿Cita no cita? —la pinché, incapaz de resistirme.
—Apoyo moral gastronómico.
Me incliné hacia ella, lo justo para que mi voz rozara su oído.
—Y yo pienso darte ese apoyo muuuy de cerca.
Durante un instante, se quedó tan quieta que pareció olvidar que seguíamos en la calle. Noté cómo se estremecía. Joder. Me gustó muchísimo saber que podía desarmarla con solo un susurro.
Nos acercamos al portero. El hombre inclinó la cabeza a modo de saludo.
—Buenas noches, señorita West. Señor Bradley. Les estábamos esperando.
Pestañeé, francamente asombrado por el recibimiento.
—¿Señor Bradley? —le susurré a Mel.
—Te añadí a la reserva.
—Podrías haber puesto «apoyo moral gastronómico».
—No cabía en el formulario.
El portero abrió la gruesa puerta negra con una solemnidad casi litúrgica.
—Sean bienvenidos a Nocturne.
Pese a sentirme totalmente fuera de mi hábitat natural, respondí desde el respeto más básico. Además, sabía reconocer a un tío que simplemente estaba haciendo su trabajo.
—Muchas gracias.
Apoyé la mano abierta en la parte baja de la espalda de Mel antes siquiera de pensarlo. No fue un gesto aprendido. En realidad, no tenía ni puta idea de cómo se comportaban los ricos en sitios así. Pero sí sabía algo y era que ella pasaba primero.
—Después de usted, señorita West —murmuré.
—Si sigues hablando así, voy a necesitar «apoyo moral» antes del guardarropa.
Sentí un latigazo en la ingle al reconocer que Melani estaba coqueteando conmigo. ¿Cómo demonios resistía yo eso sin que mi polla quisiera participar? Definitivamente la biología masculina era muy injusta.
—Te lo he prometido muy de cerca.
—Qué servicio tan completo —sonrió ella.
—Dímelo otra vez cuando te quite ese vestido.
El interior de Nocturne me golpeó los sentidos. Parecía menos un restaurante y más un espacio para gente que jamás había tenido hambre de verdad. Luz escasa, superficies pulidas, flores oscuras y un silencio tan calculado que daban ganas de romper algo solo por comprobar si allí dentro había vida.
La anfitriona emergió desde la recepción con una sonrisa perfectamente ensayada.
—Buenas noches. Bienvenidos a Nocturne. ¿Puedo encargarme de sus abrigos?
Kenny me había dicho que en lugares como aquel la americana no hacía la función de una chaqueta. Así que me acerqué a Mel.
—Permíteme —dije bajito.
Mi dama se quedó inmóvil cuando mis dedos se engancharon al cuello de su abrigo. Lo deslicé por sus hombros con una lentitud insoportable, midiendo cada centímetro de contacto para que aquello siguiera pareciendo educación y no una miserable excusa para tocarla.
Cuando el abrigo cayó, el vestido verde quedó al descubierto por completo. Y yo perdí el hilo de mis propios pensamientos.
Mierda, mierda, mierda.
El satén verde oscuro caía con una suavidad criminal, dejando al descubierto su espalda. Todo en ella parecía diseñado para arruinarme la cordura. El cuello expuesto, la curva de sus caderas, su perfume, la forma en que respiraba, temblorosa, porque sabía perfectamente que yo la estaba mirando.
Tragué saliva y le entregué el abrigo a la anfitriona sin apartar los ojos de Mel.
—Por aquí, cuando estén listos —dijo la mujer, adentrándose en un pasillo.
Rocé la piel desnuda de la espalda de Mel con los nudillos, justo donde terminaba el vestido, y me incliné hacia su oído.
—¿Así que tu plan para esta noche era volverme loco?
Ella giró un poco la cabeza. Sus ojos me buscaron con una timidez que por poco me hincó de rodillas.
—¿Te… gusta?
Dios. Me moría por besarla. Quise empujarla contra la pared, subirle el vestido y demostrarle con la boca, las manos y todo mi jodido cuerpo hasta qué punto me gustaba.
—Cariño —susurré—, este vestido no debería estar permitido en un sitio donde esperan que me comporte.
—Está usted muy seguro esta noche —sonrió, con las mejillas encendidas.
—Digamos que estoy usando todos mis recursos para parecerlo.
—No sabía si… era demasiado —confesó, insegura.
—Lo es. Para mi sentido común.
Se le cortó el aliento cuando deposité un pequeño beso en la curva de su cuello.
—Eres un puto milagro —jadeé.
Me obligué a retroceder antes de cometer una maravillosa estupidez.
Seguimos a la anfitriona por el pasillo, pero la tensión se vino con nosotros. Y Nocturne, con toda su enfermiza elegancia, empezó a enseñar los dientes. Protocolo rígido, silencio absoluto, oscuridad calculada y una pérdida de referencias diseñada para que nadie supiera dónde cojones pisaba.
—Antes de que comiencen su recorrido, permítanme explicarles brevemente cómo funciona Nocturne.
La anfitriona nos esperaba en una pequeña sala intermedia, sin ventanas, con paredes opacas decoradas por sombras chinescas y una lámpara alta enfocando una mesa auxiliar. Sobre ella reposaba una bandeja de cuero negro. Nos colocamos alrededor como si aquello fuera un altar.
—Su experiencia de esta noche es A Sensory Descent in Seven Movements . Comienza en una sala de adaptación, continúa por un corredor de transición y culmina en el comedor negro, donde la cena se servirá en oscuridad total.
Mel se tensó a mi lado.
—¿Pero es total, total?
—Sí, señorita West. Oscuridad total.
—Qué tranquilizador que lo especifique. —Forzó una sonrisa.
La situación me activó algo antiguo en la nuca. Oscuridad total significaba no ver salidas, no medir distancias, no controlar quién respiraba cerca ni desde dónde podía venir el golpe. Y eso era una desventaja táctica, joder.
—Para preservar la experiencia, deberán depositar teléfonos, relojes luminosos y cualquier dispositivo que pueda emitir luz. Sus pertenencias quedarán custodiadas en recepción hasta el final de la velada.
—No me gusta eso —protesté.
Me negaba a quedarme incomunicado en un puto zulo.
—Si necesita algún tipo de asistencia, señor Bradley, el personal estará encantado de ayudarle.
—¿En la oscuridad total? —ironicé.
—Solo tiene que alzar la mano.
De puta madre. El sistema de emergencia consistía en confiar en que alguien invisible interpretara correctamente la situación.
Ojeé a Mel. Ella no decía nada, parecía haberse hecho más pequeña. Y eso me molestó más que la oscuridad.
—¿También nos desprendemos de la voluntad o eso nos lo ahorramos con el postre? Pregunto para entender el concepto.
La anfitriona me miró impertérrita, como si yo acabara de ensuciarle el mármol con mi falta de entusiasmo.
—El personal les guiará hasta la mesa y les asistirá durante toda la cena. Cada movimiento será presentado por número y posición en el plato. La composición se revelará después de haberlo degustado. Les rogamos que mantengan la voz baja para no interferir en la experiencia de otros comensales.
—Entonces vamos a comer cosas que no vemos, en una sala que no vemos, guiados por gente que no vemos y sin móvil.
—Esa es la base de la experiencia sensorial, sí.
Aquella estirada de mierda me caía como el culo.
—Pues a mí se me ocurre otro nombre.
—No lo digas —susurró Melani, aguantando la risa a duras penas.
—Secuestro con menú degustación.
—Lo has dicho.
Ella se echó a reír por fin y eso pareció aflojarle un poco la tensión en los hombros.
—En voz baja. Estoy respetando la experiencia. —Le guiñé un ojo.
La anfitriona mantuvo su sonrisa artificial.
Yo también conservé el humor, porque Mel necesitaba reírse y no verme entrar en modo perro rabioso.
Pero aquella sala tenía algo que me ponía los nervios de punta, y esa mujer estaba actuando como si avanzar hacia la oscuridad no fuera una gilipollez carísima.
—Cuando estén listos, pueden dejar aquí sus dispositivos.
Colocamos los teléfonos en la bandeja de cuero negro. La mujer los recogió y se los llevó. La seguí con la mirada, lleno de recelo.
—Espero que estés contenta con mi apoyo —le dije a mi dama—. Acabo de entregarle mi móvil a una mujer que llama «experiencia» a cenar a oscuras.
Solo quería subirle un poquito el ánimo. Pero ella se encogió de hombros, resignada.
—Es parte del concepto.
—Los conceptos no llaman a mis Furin si desaparecemos.
—Nadie va a desaparecer.
Forzó otra sonrisa, aunque le temblaba el labio.
—Eso diría un miembro de una secta bien organizada. Dímelo, cereza, ¿te tienen bajo coacción? Mándame una señal y prendo fuego a este lugar.
Soltó una risita por lo bajo.
—Estás nervioso.
—Porque no tengo vías de escape localizadas. ¿Cómo te saco de aquí si pasa algo, ah?
Ella agachó la cabeza y acercó una mano temblorosa a la mía. Rozó mis dedos con suavidad y timidez. Se me cortó el aliento. Aquella mínima caricia me atravesó entero. No tenía nada de sexual y, aun así, me pareció más íntima que muchas cosas que habíamos hecho desnudos.
Mel me estaba buscando. Me necesitaba.
Enrosqué un dedo al suyo.
—Me coges de la mano y arrasamos con todo —recomendó—. Soy muy ágil y se me da genial huir en tacones.
—Mejor te subo al hombro y ya me encargo yo del resto.
Nos miramos, sonriendo en medio de aquella agobiante sala. Mi dama sostenía el papel de representante oficial de la Casa West con una dignidad que no engañaba a nadie. Pero aquella rigidez no era habitual.
—Tienes cara de rehén.
Mel se mordió el labio y apretó un poquito más mi dedo.
—No… Ah… No quiero estar aquí.
Lo dijo sin atreverse a mirarme a los ojos. Supongo que pensó que ser honesta en un momento como ese era un error catastrófico.
—Pero tengo que estar a la altura. —Sonrió.
Y a mí me irritó mucho esa sonrisa porque evidenció muchas cosas. Nocturne no era solo un restaurante ridículo de Mayfair, sino otra prueba impuesta por su familia. Una forma muy elegante de obligarla a obedecer sin que nadie se molestara en preguntarle qué quería.
—Eso te roba el derecho a elegir.
—Es solo una cena absurda —se excusó.
—Que estás intentando soportar porque crees que debes demostrar algo.
Bajó la mirada hacia nuestras manos.
—Digamos que mi madre me ha obligado a venir porque, en su maravillosa cabeza, una hija gorda representa muy bien a la familia cuando hay comida de por medio.
La frase se le escapó con un deje de ironía insoportable. Y yo noté cómo la rabia me cerraba el pecho.
—Qué.
—No pasa nada. Estoy acostumbrada.
—Eso empeora mucho lo que acabas de soltar por tu preciosa boca.
Nos miramos en la penumbra. Detrás de toda aquella mierda, detecté un destello herido en sus ojos dorados.
—No entiendes cómo funciona mi familia.
Me acerqué un poco más a ella.
—Y tú no entiendes cómo funciono yo —espeté—. Si quieres quedarte, me quedo y seré el mejor «apoyo moral» que hayas tenido en tu vida. Pero si quieres irte, te saco de aquí ahora mismo.
El silencio se nos cayó encima. No pensaba decirle cómo debía sentirse ni convertir aquello en una lección moral sobre su miserable madre. Solo quería devolverla a la normalidad, lejos de cualquier lugar donde no se sintiera ella.
Me importaba una mierda el restaurante, la etiqueta y su maldito tío Harris. Yo estaría a su lado, cubriéndole las espaldas en cualquiera de los escenarios que escogiera.
—¿Así de fácil? —preguntó bajito.
—Así de fácil.
Noté cómo su meñique se soltaba del mío. Y entonces se enganchó a mi mano y la apretó con fuerza.
—Quiero… irme —jadeó, como si decirlo le hubiera costado la vida.
Asentí y le devolví el apretón. Sentí una emoción brutal porque Melani confiaba en mí de verdad.
Me incliné hacia ella hasta que nuestras narices se tocaron.
—Entonces pon cara de flor victoriana a punto de morir por una corriente de aire.
—Qué.
La agarré por la cintura y la atraje contra mí justo cuando la anfitriona hacía su aparición.
—Cuando deseen podemos continuar.
—Me temo que no va a ser posible. —Adopté un tono de caballero consternado—. La señorita West no se encuentra bien.
Mel pestañeó, aturdida, pero su mente brillante se activó al instante.
—Ah. Sí. Una… leve indisposición —gimió, llevándose una mano a la cabeza.
—Lamentamos muchísimo no poder completar el recorrido —añadí, compungido.
Mel se apoyó aún más contra mi costado, escenificando su debilidad.
—Oh, por favor, no se preocupen —dijo la anfitriona.
—Necesita aire y privacidad. Y sus pertenencias, por favor —sentencié.
—Estoy desolada —sollozó Mel de forma trágica.
—Devastada —apunté yo.
—Afectada sensorialmente.
—Mucho.
Clavé los dedos en su cintura y apreté un poco para advertirle de que dejara de hacer bromas o me echaría a reír y arruinaría toda la operación.
—Les traeré sus pertenencias de inmediato —anunció la mujer antes de alejarse a toda prisa.