My safety net (Love Obviously 1) 40
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Media hora después, me encontraba de pie frente al espejo de cuerpo entero con el vestido verde, peinada y maquillada.

Me miré a los ojos.

Dios, estaba espectacular.

Y justo por eso, entré en pánico.

—Me lo quito.

—No —protestó Breena.

—No puedo bajar así.

—¡Claro que puedes!

Me giré hacia ella, estrujando el satén como si pudiera arrancarme la angustia que me provocaba pensar que Connor me viera así.

—Va a mirarme.

Breena alzó las cejas.

—Cariño, Connor lleva semanas mirándote como si fueras un problema matemático con tetas. Esto no será nuevo para él.

—Esa frase ha sido horrible.

—Y bastante exacta.

De pronto, sonó el timbre del interfono. El zumbido me dejó petrificada.

—Dile que he muerto. Que he sido asesinada por el corte al bies.

Breena acortó la distancia, me obligó a dejar de estrujar la tela y me colocó bien el escote drapeado. A continuación, me clavó una mirada seria.

—Melani West, estás espectacular —aseveró—.

Y el hombre que está abajo no es un desconocido que va a juzgarte.

Es Connor. El mismo Connor que dijo de inmediato «me encantaría» a tu cita no cita y luego soltó «llevo dos días echándote de menos».

El mismo de «te como con la mirada y luego intento parecer normal».

Y tú aquí arriba luchando por olvidar esos detalles.

Suerte que me tienes para recordártelos.

—Eso último nunca lo ha dicho —dije asfixiada.

—No hace falta. Lo lleva escrito en la cara.

No me dejó objetar nada. Breena cogió mis manos y las apretó con firmeza.

—Ha venido porque quiere verte, Mel. A ti.

No al vestido azul ni a esa versión segura que te has inventado.

Así que vas a bajar. Y él va a mirarte como alguien que ya sabe lo que es tenerte cerca y aun así quiere volver a perder la cabeza, por más miedos que tú tengas. Eso no se encuentra todos los días.

Se me empañaron los ojos.

—Te odio cuando eres buena amiga.

—Yo también. Es agotador. Vamos.

Bajé las escaleras del edificio junto a Breena arrastrando la absurda sensación de estar caminando sobre a unos tacones hacia una ejecución pública.

Cada escalón que dejaba atrás me recordaba la apertura del vestido, el roce frío del satén, el cuello demasiado expuesto y la certeza innegable de que Connor Bradley me esperaba en la acera.

Y allí estaba él.

Aguardaba junto a la puerta de un taxi. Llevaba una americana azul noche que se ajustaba a sus hombros.

Una camisa negra abierta en los primeros botones, pantalón gris oscuro y botas Chelsea.

Se ajustaba el puño de la manga con un gesto ligeramente incómodo, como si todavía no hubiera asimilado que estaba escandalosamente guapo.

—Oh, por Dios —jadeé.

—Sí —suspiró Breena—. Ha venido en formato delito. Retiro lo dicho sobre los postres, creo que no llegaréis a los entrantes.

Ni siquiera encontré fuerzas para protestar. Mi amiga tenía razón.

Connor desprendía un atractivo ofensivo, casi violento. La chaqueta acentuaba la envergadura de su espalda, la camisa negra endurecía las líneas de su mandíbula y sus manos activaron un torrente de recuerdos absolutamente incompatibles con la idea de mirarlo a la cara.

Cogí aire y me obligué a avanzar. Al salir, la brisa me produjo un escalofrío. O quizá fue él, que me miró como si el mundo se le hubiera caído encima.

Tragó saliva. El movimiento de su nuez delató el impacto. Y entonces entendí, con una mezcla insoportable de vergüenza y placer, que quizá Breena tenía razón. Connor Bradley no estaba mirando el vestido. Me estaba mirando a mí.

A mí.

—Señorita West.

—Señor Bradley.

Me repasó de arriba abajo con una lentitud que me estremeció entera.

Sentí esa mirada resbalando por toda mi piel.

Lo miró todo. El cuello desnudo. La caída del escote.

La abertura del muslo. No fue educado ni cortés.

Más bien parecía un depredador hambriento a punto de saltar sobre su presa.

Y, contra todo pronóstico, me encantó que apenas se molestara en disimular.

Para rematar, mi cuerpo respondió a su mirada, y me pareció terriblemente desconcertante pensar que el cuarto de contadores acababa de ganar atractivo logístico.

—¿Está usted bien? —intenté bromear.

—No especialmente —jadeó Connor—. Ese vestido… debería venir con advertencia.

—Usted… tampoco está colaborando.

A mi lado, Breena resopló encantada de la vida.

—Dios mío, sois insoportables.

Fulminé a mi amiga con la mirada.

—¿Tú no te ibas?

—Sí, pero estaba presenciando el primer caso documentado de dos adultos que ya han follado y, aun así, se saludan como si estuvieran en un baile de Bath. —Sonrió, descarada y traviesa.

—Voy a matarte —gruñí por lo bajo.

—Después de cenar. Estás demasiado guapa para prisión preventiva.

—En eso estoy de acuerdo.

Se me cortó el aliento. Que Connor dijera aquello sin apartar los ojos de mí me encendió de una forma vergonzosamente inmediata.

Breena se apartó, triunfal.

—Muy bien. Yo me voy antes de que empecéis a reproducir algo de Jane Austen con contenido para adultos en la acera.

—¡Breena! —exclamé.

—Divertíos. Y aprovechad la coherencia temática de vuestra «cita».

Se acercó, nos dio un beso rápido en la mejilla y se fue.

El taxi aguardaba con el motor en marcha, pero ninguno de los dos se movió. La noche envolvía Crouch End con su calma residencial, y entre nosotros se abrió una pausa densa, cargada de deseo y nervios.

Entonces, Connor esbozó una sonrisa lenta.

—Estás preciosa —dijo bajito.

Dios, me estremecí entera.

—Tú también estás… increíble…

—¿Increíble?

Arqueó las cejas, divertido.

—No abuses. Es la única palabra que mi cerebro ha encontrado sin desnudarte mentalmente en la acera.

Soltó una carcajada ronca.

—Yo te he desnudado en cuanto te he visto.

Me encogí un poco, frotándome los brazos por el frío y la timidez.

—Es culpa de Breena. Y de Sofía. Se han aliado contra mí.

—Voy a mandarles flores.

Se me escapó una risilla.

—Vámonos antes de que alguien llame a emergencias.

—Demasiado tarde. Yo ya estoy en una.

Bajó la vista hacia su propio cuerpo. Yo, idiota de mí, miré de reojo su bragueta. La tela oscura delataba un abultamiento bastante elocuente.

El calor me estalló en la cara y volví a mirarlo a los ojos, estupefacta.

—Oh, pero qué indecoroso es usted, señor Bradley.

Connor abrió la puerta del taxi para mí.

—Créame, señorita West, estoy haciendo esfuerzos heroicos por no serlo más.